REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 05 | 2018
   

Arca de Noé

Manuel Aceves


Rogelio Villarreal

Unos días después del festival de rock de Avándaro, celebrado el 11 de septiembre de 1971, el escandaloso semanario Auxilio SOS publicó que ahí se habían reunido “150,000 jóvenes en una orgía de sexo y drogas”, y el tabloide Casos de Alarma denunció “un infierno de vicio y degeneración” en el que hubo “drogas y perversión sexual”. “Lo peor de todo”, añadía el pasquín, “es que es pura imitación de los hippies gringos”. A decir verdad, esa noche, custodiada por el Ejército mexicano, escasearon los conflictos y tan sólo una chica mostró su torso desnudo, la legendaria “encuerada de Avándaro”.
Entre 1971 y 1972 el publicista y escritor Manuel Aceves (La Piedad de Cabadas, 1940-Ciudad de México, 6 de enero de 2009) dirigió la revista Piedra Rodante, versión mexicanizada de la célebre Rolling Stone, entonces de afilado perfil contracultural. Ahí apareció la fotografía de la muchacha con los senos al aire, lo cual —más otros contenidos que irritaban al conservadurismo priista-católico de la época— condenó a la revista a su desaparición. Los voceadores eran hostigados por la policía, los anunciantes se retiraban y Aceves recibía llamadas intimidantes en su oficina de la Zona Rosa. El fiero diputado anticomunista del PRI Roberto Blanco Moheno escribió en El Universal que el editor de la Piedra debería ir a la cárcel por “corromper a la juventud” y sugirió la pena de muerte para él, pues no merecía otra cosa un “pornógrafo y promotor de las drogas”. Aceves no ocultaba su simpatía por la cannabis y los derrumbes (Psilocybe caerulescens), pero en las páginas de la publicación alertaba contra la heroína y el “chemo”, drogas que estragaban a los jóvenes de clases bajas. El anuncio de una maquinita para forjar carrujos —la “chanchomona”— fue el pretexto para que Gobernación clausurara la Piedra, que había llegado a tirar hasta 50 mil ejemplares quincenales.
Manuel Aceves y Piedra Rodante no fueron blanco exclusivo de la derecha cerril. La izquierda mojigata también se cebó en esa emergente cultura juvenil reflejada en la revista, en la que colaboraron José Agustín y Parménides, entre otros escritores de La Onda. La derecha abominaba la “degeneración” en que se despeñaba la juventud, en tanto que la izquierda veía en el rock, la psicodelia y el amor libre una mera copia de costumbres anglosajonas, las del imperialismo yanqui. Aceves pensaba que ese periodo de imitación sería superado cuando la cultura juvenil hubiera madurado, pero para los dogmas de una izquierda aún lastrada por el estalinismo el pelo largo y la minifalda eran tan malignos como la Coca Cola y Burger Boy. Vulgarizador del marxismo, en su historieta Los Agachados Rius equiparaba a los hippies y el rock con trajeados hombres de negocios y la televisión y, desde Londres, Carlos Monsiváis —quien ya había escarnecido a la Piedra y su “idiolecto ondero” en Amor perdido— escribía una carta al caricaturista Abel Quezada en la que se confesaba “aterrado” por esa muestra de colonialismo mental: “Es la primera generación de gringos nacidos en México”, sentenciaba la joven conciencia crítica mexicana. Manuel Aceves, hay que saberlo, vivió con su esposa y su pequeño hijo una temporada en la Polonia comunista, una experiencia que lo vacunó contra el totalitarismo y la utopía.
El establishment se impuso, proscribió el rock y ordenó a la policía seguir vejando a los jóvenes. Aceves, editor visionario, se dedicó a la publicidad y a analizar la psique del mexicano a través del pensamiento junguiano, el cual introdujo a México. Su obra Alquimia y mito del mexicano [Grijalbo, 2000] puede leerse como una profunda contraparte de las tesis de Paz en El laberinto de la soledad. Con la Piedra Rodante Manuel Aceves contribuyó en algo a transformar la rígida sociedad Mexicana, pero no sólo eso, con un puñado de libros heterodoxos el genial publicista y filósofo descubrió otras vías para el pensamiento.