REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 04 | 2018
   

Para la memoria histórica - Encarte

TES2


Abraham Gorostieta M.

Abraham Gorostieta M.

Jules Verne hoy

Dentro de la gran literatura de aventuras, quizás hoy la llamaríamos de acción, las obras del francés Jules Verne ocupan un lugar destacado. Sus personajes, tramas y aventuras siguen siendo leídas y buscadas. El cine y la televisión se basan en sus novelas prodigiosas para conseguir éxitos de taquilla. Finalmente, el fenómeno Verne es estudiado por expertos y simples admiradores. Lo hacen para descubrir nuevas vetas y percatarse de que sus personajes e historias van más allá de la simple intención de divertir a un amplio público.
Sin duda estamos ya en presencia de un autor clásico, lo seguimos leyendo y cada generación le halla nuevos valores, méritos consistentes. Sabemos que se adelantó a su tiempo, que en tanto autor de ciencia ficción fue un precursor en todo sentido. Fue tal vez más lejos que Leonardo y nos anticipó el submarino, por ejemplo. Sin embargo iba mucho más allá que escribir simples obras de acción. En todos sus libros hay evidentes protestas sociales y, obviamente, vaticinios funestos para aquellos que contravenían el orden natural. Bajo la apariencia de un señor burgués de vida tranquila, bullía un espíritu progresista que vio venir los excesos del capitalismo y aberraciones como el nazismo.
Son los niños y los jóvenes los que más lo leen, pero dentro de los adultos tiene infinidad de seguidores. Es una lectura obligada, amena y memorable.
Hoy que buscamos desesperadamente lectores, que hay campañas para obtenerlos en docenas de países, es el momento de invitar a los que poco o nada han leído, a comenzar su nueva y enriquecedora tarea con las obras completas del más notable aventurero de la imaginación: Jules Verne

El Búho


VERNE O EL PODER DE LA IMAGINACION*
Julio C. Acerete

«Pero..., ¿tenéis un objetivo?» «Sí», le contesté.
Y le comuniqué mi proyecto de sustituir, en una novela,
las maravillas de la naturaleza por las maravillas de la imaginación.
FÉLIX NOGARET (1740-1831)

Es necesario que haya, en la representación, el repliegue siempre
posible de la imaginación... Y, sin embargo, la similitud es un marco
indispensable para el conocimiento.
MICHEL FOUCAULT (1966)

La obra de Julio Verne —más de ochenta títulos entre novelas, piezas de teatro y libros de divulgación— sigue siendo actual. Es indudablemente un fenómeno literario fuera de lo común. El «poeta del siglo XIX», como se le ha llamado, no fue un gran escritor, como pueden ser considerados algunos de sus contemporáneos, desde Stendhal a Tolstoi, pasando por Dickens, Balzac, Dostoiewski o Flaubert, y sin embargo ha gozado de una pervivencia y actualidad comparables a las de cualquiera de ellos.
Al parecer, Verne pensó su obra —en primer lugar— para los niños y así, entre la trivialización de lo popular y el estudio ingenioso del crítico snob, sus relatos han ido remontando el curso de los años. Otros factores, como la puesta en práctica de algunos descubrimientos técnicos, han contribuido también a perennizar en la memoria de millones de lectores las profecías científicas del famoso escritor francés. En la actualidad, cuando se está a punto de llegar a la Luna, era lógico que la obra de Verne se volviera a ver beneficiada por un nuevo «empujón» de actualidad.
Este aspecto profético de los relatos de Verne es seguramente el factor que más ha trabajado en favor de la mencionada supervivencia de una obra que, desde el punto artístico-literario, es más bien mediocre. En efecto, el tiempo ha venido a probar muchas de las predicciones de Verne, como nos lo demuestra un somero repaso a las más conocidas de sus novelas. El idioma que hablan, por ejemplo, los tripulantes del Nautilus (una mezcla de todas las lenguas) es anterior a la creación del esperanto. Los buzos con escafandra, el electroimán que anuncia al motor eléctrico, la campana submarina que antecede al batiscafo del doctor Piccard, el propio Nautilus, la pesca submarina, el aprovechamiento de la energía del mar... y otras obsesiones menores del capitán Nemo, son en nuestros días probadas realidades, Y esto es tan sólo una parte insignificante del total de sus previsiones, pues recordemos el trasatlántico de Una ciudad flotante, el automóvil y los rascacielos, el cohete espacial cuya base de lanzamiento sitúa Verne, precisamente, no muy lejos de Cabo Kennedy, siendo recogido después en el mar, de una forma parecida a como son recuperados los «Géminis» y los «Apolos» norteamericanos.
Por otra parte, cuando Verne leyó en 1891 La jornada de en periodista en 2889, en la Academia de Amiens, habló ya de la televisión (de la misma forma que en Le Maitre du Monde, «la cantante Stella habría de aparecerse a Franz como si un milagro hubiera hecho revivir a su figura»), así como de la fotografía en color, las máquinas registradoras y de calcular e incluso el fonoteléfono.
El periodista de dicha obra vive en un edificio de trescientos metros (evidentemente un rascacielos) y viaja en el «aerocar», una especie de avión comercial. En la misma narración, su autor nos describe un sistema para aprovechar las mareas semejante al que se ha comenzado —ahora aún— a aprovechar en algunas fábricas francesas. En Los quinientos millones de la Begún, donde Verne presenta la lucha entre el bien y el mal mediante un simbolismo bastante elemental al que era tan aficionado, dos hombres que no se conocen, un francés y un alemán, edifican en Estados Unidos dos ciudades: Francesville y Stahlstadt. En la primera se adivinan las concepciones urbanísticas y arquitectónicas posteriores de Le Corbusier y en la segunda, una ciudad cerrada bajo control policiaco, se prefigura a los campos de concentración nazis. En otra novela posterior, La asombrosa aventura de la expedición Barsac, nos muestra otra ciudad que se aniquilará a sí misma, prediciendo con un cierto pesimismo la actitud ética y moral de algunos científicos actuales que, como Einstein y Rostand, han manifestado una cierta angustia y preocupación por el destino de sus inventos. Uno de los personajes de Verne, el prometéico Robur, se subleva contra los hombres que no creen en el Albatros (una máquina que es a la vez un autogiro y un helicóptero), por lo que despechado fabrica (al igual que el capitán Nemo su Nautilus) un vehículo «todo terreno» capaz de deslizarse tanto por tierra como por el aire y el mar.
Por lo demás, y en otro aspecto ya, tenemos también los testimonios personales. Raymond Russel escribía en 1921 a su empresario y amigo Eugène Leiris en una Carta: «Verne es, y con mucho, el mayor genio literario de todos los tiempos, y estoy seguro de que permanecerá cuando todos los demás autores de nuestra época hayan sido olvidados», Michel Butor ha escrito: «Los mitos que Julio Verne creaba con su preciso lenguaje viven aún en nosotros, pudiéndose decir, sin exagerar, que se encuentran en los orígenes subterráneos de casi toda moderna literatura fantástica». Cuando el almirante Byrd se dirigía a la Antártida declaró: «Es Julio Verne el que me empuja hacia el Polo». Mientras que Yuri Gagarin, el primer astronauta ruso habría de confesar: Leyendo a Julio Verne, fue cuando tomé la decisión de consagrar mi vida a la astronáutica». Y Charcot, el descubridor de la hipnosis como elemento psíquico curativo no vacilaría tampoco en manifestar: «No afirmaré que los libros de Verne hayan sido la causa de la orientación de mi vida, pero sí que puedo decir que los he leído siempre con el mismo apasionamiento que los sigo leyendo todavía».
En fin, como puede colegirse por estos ejemplos, la obra de Julio Verne goza por igual del favor de un sinnúmero de «profecías comprobadas» como del testimonio directo de las más variadas personalidades a lo largo de más de un siglo, es decir, desde que el singular escritor obtuvo su primer gran éxito en 1862 con Cinco semanas en globo.
Como es lógico, un autor con tal audiencia popular, por fuerza tenía que provocar los más diversos juicios, desde el elogio admirativo más elemental a la despreciativa marginación de su obra por considerarla «menor», desde el resabido y esotérico estudio intelectualoide hasta la crítica ponderada y objetiva, o desde el mero elogio sentimental a la admiración extraliteraria y semicientífica por el «adivino de la era atómica». Más allá y más aquí de tan variadas opiniones, como es natural, sería donde podríamos encontrar la verdad: la realidad de un escritor que a lo largo de su obra le vemos caer cientos de veces en la ingenuidad más vulgar, para ver poco después cómo eleva esa ingenuidad hasta lo sublime a fuerza de imaginación y de fantasía.
Pero antes de seguir más adelante en este terreno de artístico-especulativo, detengamos un momento nuestra atención en la peripecia existencial del Julio Verne hombre a través de un pequeño esbozo biográfico.
Julio Verne nació en Nantes el 8 de febrero de 1828. Era hijo de un abogado y tuvo cuatro hermanos más, llamados Paul, Anna, Mathilde y Marie. Su padre no tardó mucho en enviarlo a París para que estudiara Derecho. En la capital, el futuro novelista se constituyó en el clásico provinciano, con un porvenir decidido por el padre y con una vocación que, como ocurre siempre en tales casos, se inclina por derroteros bien distintos a los que determinan los mayores.
En sus primeros años, el pequeño Julio se sabe que tuvo, como maestra a una respetable dama, esposa de un capitán de barco al que esperó durante treinta años. Así es que su inclinación por la narrativa no parece muy razonable atribuirla tan sólo al ambiente literario de París cuando es fácil suponer que, desde su infancia, estaba acostumbrado a los relatos marineros y a su consabida e ingénita provocación nostálgica por la aventura. Un detalle biográfico muy conocido, referente al autor de Veinte mil leguas de viaje submarino, es aquél que se refiere al temprano amor que a los doce años se despertó en el futuro escritor por su prima Caroline, que un día le pide «un collar de coral, de esos que los marineros traen de las lejanas islas del Sur». El adolescente Julio, oídas aquellas palabras, y sin pensárselo dos veces, decide embarcarse clandestinamente a bordo de un velero que se dirigía a las Antillas..., pero su padre, enterado de la fuga por un trabajador del puerto, no tardaría en recuperar al incipiente aventurero. Algunos años más tarde, la despreciativa Caroline no vacilaría en mostrar de la forma más cruda su repulsa hacia el joven enamorado, quien un tanto desesperado decidió hacer —un poco como Goethe— que las aventuras que no estaba dispuesto a arrostrar, las corrieran sus personajes y ficciones literarias, mientras que él proseguía hacia su destino.
A esta vocación juvenil por la literatura, se unió sin duda la circunstancia de que Verne conociera después en París a Dumas, con quien hizo una gran amistad. Y tanta fue así que, gracias a él, a los veintidós años pudo estrenar una pieza teatral, Las pailles rompues, que fue un fracaso total. Más tarde intentó la especulación en la Bolsa, pero no parece ser que le fuera mejor. Por este tiempo, Verne se casaría con Honorine Fraysne de Viane, una viuda con dos hijos, y de la que en 1861 tendría su primer hijo, a quien puso de nombre Michel.
En el mismo año 1861, Verne conocería a Nadar, una especie de genio a lo Boris Vian artista e Inventor, por quien el autor de La vuelta al mundo en ochenta días llegaría a sentir una gran admiración, hasta el punto de hacerle el protagonista de varias de sus novelas. Le denominará mediante un anagrama, Ardan, y figurará ya en su primera obra importante, Cinco semanas en globo. Esta novela sería rechazada por sucesivos editores, ya que Verne no era un escritor conocido y la temática de su obra se apartaba de lo habitual en las narraciones de aventuras. Con la responsabilidad de una familia tras él, Verne parece ser que intentó varios modos de crearse un porvenir, pero por estas fechas decidió centrarse en sus intentos como escritor e insistió una y otra vez a la puerta de los editores parisienses. Hasta que por fin encontró a uno decidido, llamado Hetzel, que le publicó la novela. El éxito fue fabuloso. La carrera de Verne quedó ya marcada para siempre. Cinco semanas en globo aparecería en diciembre de 1862. Según el perspicaz Hetzel, «las obras de Verne estaban llamadas a obtener un gran éxito frente a un público cansado de las reminiscencias románticas de capa y espada, puesto que les ofrecía, debidamente vulgarizadas, todas las posibilidades de la ciencia y la técnica del siglo XIX, una época tan pródiga en inventos espectaculares. En consecuencia, el clarividente editor se apresuró a firmar con Verne un contrato por veinte años, a razón de dos libros anuales, y veinte mil francos.
Entre 1870 y 1871, Verne sería movilizado como guardacosta en Crotoy, lo cual no le impide seguir escribiendo. De 1872 a 1886, según aquellos que fueron testigos de su vida, conoció el apogeo de su gloria y de su fortuna. En 1887 hay un suceso oscuro en la vida del escritor, cuya versión oficial fue la de que un sobrino suyo, con las facultades mentales desviadas, intentó asesinarlo mediante dos disparos de revólver. Algún tiempo después, el prolífico escritor tiene una complicación en la vista. Al decir de sus íntimos, su carácter se hace insoportable en sus últimos años; se convierte en un viejo gruñón, en una persona intratable, se habla de proponerlo para presidente de la República... Pero estos no son otra cosa que pequeños detalles del decorado instalado tras una existencia burguesa con una obsesión bicéfala muy precisa: el trabajo y el dinero. En realidad, ésta y no otra había sido desde siempre la vocación de Verne, que no haría más que precisarse con su primer éxito literario.
A partir de aquel momento, hasta la fecha de su muerte, ocurrida en Amiens el 24 de marzo de 1905, la vida de Julio Verne se estatificó en la totalidad de un oficio cotidianamente ejercido a lo largo de los años. El trabajo y el dinero... Como individuo social y político (a pesar de que circunstancialmente hiciera de consejero municipal representando a un grupo progresista), Verne no fue nunca otra cosa que un cadáver viviente, tan inexpresivo como inalterable ante cualquier suceso que tuviera lugar a su alrededor: ya fuera que su vida estuviera en peligro por culpa de un demente, o que el 18 de marzo de 1871 se desarrollara en París el episodio histórico-político más importante de todo el siglo XIX. Alguien ha visto a Verne como un «revolucionario subterráneo», pero la vocación por la justicia social que muestran algunos —de sus personajes como el capitán Nemo en Veinte mil leguas...— no se traduce en otra cosa que en «gestos mecánicos» que naufragan en la retórica demagógica más elemental. Y es que Julio Verne fue seguramente un «cadáver histórico» desde el momento en que se dejó mecer complacido por la ilusión que le proporcionaban los relatos marineros de su primera maestra: una misma vivencia que la de Herman Melville, pero... ¡qué forma tan distinta de experimentarla y de ponerla en dialéctica frente a la praxis histórico-existencial en que se encuentra envuelto todo hombre como individuo!
De vuelta al terreno de lo artístico-especulativo, insistamos en un aspecto de la obra de Verne: su actualidad. No hace mucho, una editorial francesa ha lanzado un millón de ejemplares de sus diez novelas más conocidas según la popular fórmula del «libro de bolsillo». Los vuelos espaciales han inyectado una nueva dosis de vigencia a los relatos de Verne. Y se escriben incluso monografías exclusivamente dedicadas a su obra.
Aun admitiendo altibajos en el alto nivel a que se han mantenido, en el plano de la popularidad, las narraciones de Julio Verne, es necesario precisar que actualmente pasan por un claro periodo de apogeo. Es el momento, por lo tanto, en que se comenzarán a prodigar toda clase de juicios, comentarios y especulaciones de una obra sobre la que casi siempre se silencia su principal virtud: el caudal imaginativo de que la dotó su autor. Es precisamente este contexto imaginativo, inyectado por Verne en sus narraciones de una forma harto ingenua y elemental, lo que se convierte en un filón para los aficionados a la pirueta simbólico-explicativa o al arabesco trascendentalista.
Es el momento actual el de uno de los apogeos orbitales de la obra de Verne que se aprovechará, por ejemplo, para decir que la figura del capitán Nemo «deja ya presentir por sus numerosos rasgos al profeta nietzscheano de la década de 1880», o que el autor de Veinte mil leguas..., «como decepcionado por la conquista del cielo, se empleó en la exploración del mundo submarino», cuando no que «el principal encanto de los relatos de Verne quizá consista en que siguen siendo un testimonio de un tiempo en el que, antes que Freud, los hombres trataban confusamente de fijar sus sueños». Es el momento de buscarle un significado más o menos metafísico al hecho de que se le ponga un cebo de tocino a un submarino, creyendo que es una ballena; o de explicar el alcance freudiano que conlleva la abundancia de grutas, cavernas y demás antros abismales que se encuentran en la obra verneana; o de espiritualizar hasta una mística de hoja de calendario el «calvario» de muchos de los personajes creados por el autor de La isla misteriosa; o de manifestar por enésima vez que Julio Verne es el precursor de la literatura de ciencia-ficción, cuando sucede que no podía serlo de ninguna forma...
Para nosotros, por el contrario, es el momento de decir otra clase de cosas a propósito de la obra de Julio Verne. Por ejemplo, creemos que es el momento de decir que ciertas obras de Verne han sido sobreestimadas y que otras no conservan nada de su pretendido brillo ni de su ponderado encanto, así como que este fenómeno de la sobreestimación de una obra como la de Verne es quizá más importante que la obra misma que lo suscita, ya que nos ilustra sobre un fenómeno extraliterario ciertamente importante: el de que la infancia, por su frescura emotiva, sus pasiones exclusivistas y sus entusiasmos elementales, tiende siempre a sobreconsiderar los valores que conserva a través de los años, ya que en la imagen que subsiste sobre el tiempo hay indefectiblemente una nostalgia que termina por eliminar todo rastro de objetividad con respecto a los juicios formados tan jubilosamente en la niñez o en los primeros años de la adolescencia..., siendo la verdad que la ternura sentimental del recuerdo no consigue jamás reemplazar a las indispensables referencias y comparaciones deductivas del auténtico acto cognoscitivo.
En cuanto a la pretendida originalidad y sentido literario (en el peor sentido) de la fantasía que se le atribuyen a Verne, sería necesario decir también que, como todos los anticipadores o profetas, Julio Verne se inspiró también y de una forma esencial en la realidad, no atreviéndose nunca a ir más allá de lo posible. Mil veces se ha hablado y escrito de la «portentosa originalidad inventiva» del autor de Veinte mil leguas..., pero Pierre Versins señala nada menos que cincuenta y tres antecedentes temático-inspiradores en la obra verneana, tres de los cuales pertenecen precisamente a Veinte mil leguas de viaje submarino (1869); el de la Atlántida a propósito de Népomucéne Lemercier con La Atlántida o la teogonía newtoniana (1812); el del periplo submarino de Arístides Roger con Viaje bajo las olas (1867); y el del mismo navío submarino de Gautier con Las dos estrellas (1848). Sin embargo, Versins no señala un antecedente de otro tipo, pero mucho más fundamental: el de la persecución del ser excepcional de Herman Melville con Moby Dick (1850), de donde Verne no cogería solamente el motivo temático para toda la primera parte de su obra, sino también la línea y procedimiento narrativo, hasta el punto de rozar casi el plagio.
En cambio, no se ha subrayado nunca lo bastante el ejemplo tan perfecto que constituye la obra de Julio Verne en lo referente a su carácter de proyecto totalizador, comparable tan sólo con La comedia humana, de Balzac, si bien existen tres precedentes en la misma línea que la de nuestro autor: el de Louis-Guillaume de La Follie (1739.1780), especialista químico en colorantes y barnices, y autor de El filósofo sin pretensión, o el hombre raro: obra física, química, política y moral, dedicada a los sabios; el de Félix Nogaret (1740.1831), célebre entre los adeptos a lo conjetural por haber retomado la vieja tesis platónica en sus Conversaciones con un cortesano o la Tierra es un animal; y el de Népomucene Lemercier, en cuya obra llegaba ya a prefigurarse el moderno punto de vista de que la ciencia ficción es una mitología, que escribió en 1812 el libro mencionado más arriba, que era una especie de introducción a su vasto proyecto titulado Alcances generales del plan y de las ficciones de la Atlántida.
De la misma forma, muy pocos críticos se han molestado en establecer las diferencias y altibajos en una obra tan esencialmente irregular como la de Julio Verne. Lo más fácil siempre parece ser que ha consistido en remitirse a una visión de conjunto, como fórmula más eficaz para desprenderse del compromiso de la precisión. A este respecto, Francis Lacassin hace una selección entre todo el acervo de títulos verneanos, que es casi ejemplar, y que estructura de la siguiente manera: en primer lugar, las obras maestras: Veinte mil leguas de viaje submarino, El eterno Adán y El castillo de los Cárpatos; después aquellas obras que hacen lamentar que el autor no haya insistido en una cierta idea: Fritt-Flacc, Maître Zacharius y Un drama en los aíres; y a continuación los relatos con elementos especialmente insólitos: Las Indias negras, La esfinge de los hielos, Mathias Sandorff, La Isla misteriosa, Un drama en Livonia, o todas aquellas aventuras marcadas por una agradable fantasía, como La vuelta al mundo en ochenta días, La persecución, del meteoro, El testamento de un excéntrico, y sobre todo, El doctor Ox y La jornada de un periodista en 2889.
En fin, valdría la pena de aprovechar este momento de «apogeo actualizador» en la obra de Julio Verne para exponer también algunos matices de tipo más general con respecto a la misma. Por ejemplo, se insiste en incidir sobre la «seriedad» del aspecto científico de las narraciones verneanas, cuando su autor, si aportó algo a la literatura, fue la instauración de un cierto sentido del artificio y de la ingenuidad valiéndose de su fantasía (no en el sentido de la invención científica) y potencia creadora, aunque ésta siempre sea utilizada por el escritor en un tono totalmente esquemático.
En este sentido, cabría deducir justamente que lo fantástico y el humor son los valores destinados a ser más perdurables dentro de la obra de Julio Verne, mientras que lo «maravilloso científico», tan alabado y ponderado, está destinado a perderse entre las brumas de lo efímero, es decir, a perder su consistencia con el paso del tiempo y a medida de que la civilización vaya progresando... Porque es precisamente en el entretejido formado por la fantasía imaginativa, el humor y una cierta ingenuidad lúdica, por donde se podría extraer alguna conjetura más o menos seria de la obra verneana, como podría ser la de esa especie de impresión que se experimente ante los mejores relatos de Verne, por medio de la cual se llega a sentir la certidumbre de que la vida merece la pena de ser vivida, ya que el hombre acaba siempre por descubrir su verdadero sentido, aun en pleno fragor de su lucha contra la naturaleza.
Es la paradoja de siempre: la autoaniquilación a la que se suele librar el hombre por culpa de una falsa trascendencia, mientras que a cambio se desprecian otros valores más auténticos. La paradoja de Verne, en este sentido, sería la del «falso brujo» cuyas mejores virtudes son las del «hada buena». Y en cuanto al hombre-Verne, ya hemos visto que ocurrió otro tanto, puesto que prefirió vivir muerto a reconocerse en sus recursos vitales más esenciales: la ingenuidad, el humor y la imaginación… que, por una especie de superparadoja, tan sólo empleó para una tarea tan antivital como es la de hacer literatura.

*Prólogo de Julio C. Acerete “Verne o el poder de la imaginación” al libro de Julio Verne, 20,000 leguas de viaje submarino. Editorial Bruguera, S.A. Primera edición, 1977. Pp. 5-15.


Jules Verne hoy

Dentro de la gran literatura de aventuras, quizás hoy la llamaríamos de acción, las obras del francés Jules Verne ocupan un lugar destacado. Sus personajes, tramas y aventuras siguen siendo leídas y buscadas. El cine y la televisión se basan en sus novelas prodigiosas para conseguir éxitos de taquilla. Finalmente, el fenómeno Verne es estudiado por expertos y simples admiradores. Lo hacen para descubrir nuevas vetas y percatarse de que sus personajes e historias van más allá de la simple intención de divertir a un amplio público.
Sin duda estamos ya en presencia de un autor clásico, lo seguimos leyendo y cada generación le halla nuevos valores, méritos consistentes. Sabemos que se adelantó a su tiempo, que en tanto autor de ciencia ficción fue un precursor en todo sentido. Fue tal vez más lejos que Leonardo y nos anticipó el submarino, por ejemplo. Sin embargo iba mucho más allá que escribir simples obras de acción. En todos sus libros hay evidentes protestas sociales y, obviamente, vaticinios funestos para aquellos que contravenían el orden natural. Bajo la apariencia de un señor burgués de vida tranquila, bullía un espíritu progresista que vio venir los excesos del capitalismo y aberraciones como el nazismo.
Son los niños y los jóvenes los que más lo leen, pero dentro de los adultos tiene infinidad de seguidores. Es una lectura obligada, amena y memorable.
Hoy que buscamos desesperadamente lectores, que hay campañas para obtenerlos en docenas de países, es el momento de invitar a los que poco o nada han leído, a comenzar su nueva y enriquecedora tarea con las obras completas del más notable aventurero de la imaginación: Jules Verne

El Búho


VERNE O EL PODER DE LA IMAGINACION*
Julio C. Acerete

«Pero..., ¿tenéis un objetivo?» «Sí», le contesté.
Y le comuniqué mi proyecto de sustituir, en una novela,
las maravillas de la naturaleza por las maravillas de la imaginación.
FÉLIX NOGARET (1740-1831)

Es necesario que haya, en la representación, el repliegue siempre
posible de la imaginación... Y, sin embargo, la similitud es un marco
indispensable para el conocimiento.
MICHEL FOUCAULT (1966)

La obra de Julio Verne —más de ochenta títulos entre novelas, piezas de teatro y libros de divulgación— sigue siendo actual. Es indudablemente un fenómeno literario fuera de lo común. El «poeta del siglo XIX», como se le ha llamado, no fue un gran escritor, como pueden ser considerados algunos de sus contemporáneos, desde Stendhal a Tolstoi, pasando por Dickens, Balzac, Dostoiewski o Flaubert, y sin embargo ha gozado de una pervivencia y actualidad comparables a las de cualquiera de ellos.
Al parecer, Verne pensó su obra —en primer lugar— para los niños y así, entre la trivialización de lo popular y el estudio ingenioso del crítico snob, sus relatos han ido remontando el curso de los años. Otros factores, como la puesta en práctica de algunos descubrimientos técnicos, han contribuido también a perennizar en la memoria de millones de lectores las profecías científicas del famoso escritor francés. En la actualidad, cuando se está a punto de llegar a la Luna, era lógico que la obra de Verne se volviera a ver beneficiada por un nuevo «empujón» de actualidad.
Este aspecto profético de los relatos de Verne es seguramente el factor que más ha trabajado en favor de la mencionada supervivencia de una obra que, desde el punto artístico-literario, es más bien mediocre. En efecto, el tiempo ha venido a probar muchas de las predicciones de Verne, como nos lo demuestra un somero repaso a las más conocidas de sus novelas. El idioma que hablan, por ejemplo, los tripulantes del Nautilus (una mezcla de todas las lenguas) es anterior a la creación del esperanto. Los buzos con escafandra, el electroimán que anuncia al motor eléctrico, la campana submarina que antecede al batiscafo del doctor Piccard, el propio Nautilus, la pesca submarina, el aprovechamiento de la energía del mar... y otras obsesiones menores del capitán Nemo, son en nuestros días probadas realidades, Y esto es tan sólo una parte insignificante del total de sus previsiones, pues recordemos el trasatlántico de Una ciudad flotante, el automóvil y los rascacielos, el cohete espacial cuya base de lanzamiento sitúa Verne, precisamente, no muy lejos de Cabo Kennedy, siendo recogido después en el mar, de una forma parecida a como son recuperados los «Géminis» y los «Apolos» norteamericanos.
Por otra parte, cuando Verne leyó en 1891 La jornada de en periodista en 2889, en la Academia de Amiens, habló ya de la televisión (de la misma forma que en Le Maitre du Monde, «la cantante Stella habría de aparecerse a Franz como si un milagro hubiera hecho revivir a su figura»), así como de la fotografía en color, las máquinas registradoras y de calcular e incluso el fonoteléfono.
El periodista de dicha obra vive en un edificio de trescientos metros (evidentemente un rascacielos) y viaja en el «aerocar», una especie de avión comercial. En la misma narración, su autor nos describe un sistema para aprovechar las mareas semejante al que se ha comenzado —ahora aún— a aprovechar en algunas fábricas francesas. En Los quinientos millones de la Begún, donde Verne presenta la lucha entre el bien y el mal mediante un simbolismo bastante elemental al que era tan aficionado, dos hombres que no se conocen, un francés y un alemán, edifican en Estados Unidos dos ciudades: Francesville y Stahlstadt. En la primera se adivinan las concepciones urbanísticas y arquitectónicas posteriores de Le Corbusier y en la segunda, una ciudad cerrada bajo control policiaco, se prefigura a los campos de concentración nazis. En otra novela posterior, La asombrosa aventura de la expedición Barsac, nos muestra otra ciudad que se aniquilará a sí misma, prediciendo con un cierto pesimismo la actitud ética y moral de algunos científicos actuales que, como Einstein y Rostand, han manifestado una cierta angustia y preocupación por el destino de sus inventos. Uno de los personajes de Verne, el prometéico Robur, se subleva contra los hombres que no creen en el Albatros (una máquina que es a la vez un autogiro y un helicóptero), por lo que despechado fabrica (al igual que el capitán Nemo su Nautilus) un vehículo «todo terreno» capaz de deslizarse tanto por tierra como por el aire y el mar.
Por lo demás, y en otro aspecto ya, tenemos también los testimonios personales. Raymond Russel escribía en 1921 a su empresario y amigo Eugène Leiris en una Carta: «Verne es, y con mucho, el mayor genio literario de todos los tiempos, y estoy seguro de que permanecerá cuando todos los demás autores de nuestra época hayan sido olvidados», Michel Butor ha escrito: «Los mitos que Julio Verne creaba con su preciso lenguaje viven aún en nosotros, pudiéndose decir, sin exagerar, que se encuentran en los orígenes subterráneos de casi toda moderna literatura fantástica». Cuando el almirante Byrd se dirigía a la Antártida declaró: «Es Julio Verne el que me empuja hacia el Polo». Mientras que Yuri Gagarin, el primer astronauta ruso habría de confesar: Leyendo a Julio Verne, fue cuando tomé la decisión de consagrar mi vida a la astronáutica». Y Charcot, el descubridor de la hipnosis como elemento psíquico curativo no vacilaría tampoco en manifestar: «No afirmaré que los libros de Verne hayan sido la causa de la orientación de mi vida, pero sí que puedo decir que los he leído siempre con el mismo apasionamiento que los sigo leyendo todavía».
En fin, como puede colegirse por estos ejemplos, la obra de Julio Verne goza por igual del favor de un sinnúmero de «profecías comprobadas» como del testimonio directo de las más variadas personalidades a lo largo de más de un siglo, es decir, desde que el singular escritor obtuvo su primer gran éxito en 1862 con Cinco semanas en globo.
Como es lógico, un autor con tal audiencia popular, por fuerza tenía que provocar los más diversos juicios, desde el elogio admirativo más elemental a la despreciativa marginación de su obra por considerarla «menor», desde el resabido y esotérico estudio intelectualoide hasta la crítica ponderada y objetiva, o desde el mero elogio sentimental a la admiración extraliteraria y semicientífica por el «adivino de la era atómica». Más allá y más aquí de tan variadas opiniones, como es natural, sería donde podríamos encontrar la verdad: la realidad de un escritor que a lo largo de su obra le vemos caer cientos de veces en la ingenuidad más vulgar, para ver poco después cómo eleva esa ingenuidad hasta lo sublime a fuerza de imaginación y de fantasía.
Pero antes de seguir más adelante en este terreno de artístico-especulativo, detengamos un momento nuestra atención en la peripecia existencial del Julio Verne hombre a través de un pequeño esbozo biográfico.
Julio Verne nació en Nantes el 8 de febrero de 1828. Era hijo de un abogado y tuvo cuatro hermanos más, llamados Paul, Anna, Mathilde y Marie. Su padre no tardó mucho en enviarlo a París para que estudiara Derecho. En la capital, el futuro novelista se constituyó en el clásico provinciano, con un porvenir decidido por el padre y con una vocación que, como ocurre siempre en tales casos, se inclina por derroteros bien distintos a los que determinan los mayores.
En sus primeros años, el pequeño Julio se sabe que tuvo, como maestra a una respetable dama, esposa de un capitán de barco al que esperó durante treinta años. Así es que su inclinación por la narrativa no parece muy razonable atribuirla tan sólo al ambiente literario de París cuando es fácil suponer que, desde su infancia, estaba acostumbrado a los relatos marineros y a su consabida e ingénita provocación nostálgica por la aventura. Un detalle biográfico muy conocido, referente al autor de Veinte mil leguas de viaje submarino, es aquél que se refiere al temprano amor que a los doce años se despertó en el futuro escritor por su prima Caroline, que un día le pide «un collar de coral, de esos que los marineros traen de las lejanas islas del Sur». El adolescente Julio, oídas aquellas palabras, y sin pensárselo dos veces, decide embarcarse clandestinamente a bordo de un velero que se dirigía a las Antillas..., pero su padre, enterado de la fuga por un trabajador del puerto, no tardaría en recuperar al incipiente aventurero. Algunos años más tarde, la despreciativa Caroline no vacilaría en mostrar de la forma más cruda su repulsa hacia el joven enamorado, quien un tanto desesperado decidió hacer —un poco como Goethe— que las aventuras que no estaba dispuesto a arrostrar, las corrieran sus personajes y ficciones literarias, mientras que él proseguía hacia su destino.
A esta vocación juvenil por la literatura, se unió sin duda la circunstancia de que Verne conociera después en París a Dumas, con quien hizo una gran amistad. Y tanta fue así que, gracias a él, a los veintidós años pudo estrenar una pieza teatral, Las pailles rompues, que fue un fracaso total. Más tarde intentó la especulación en la Bolsa, pero no parece ser que le fuera mejor. Por este tiempo, Verne se casaría con Honorine Fraysne de Viane, una viuda con dos hijos, y de la que en 1861 tendría su primer hijo, a quien puso de nombre Michel.
En el mismo año 1861, Verne conocería a Nadar, una especie de genio a lo Boris Vian artista e Inventor, por quien el autor de La vuelta al mundo en ochenta días llegaría a sentir una gran admiración, hasta el punto de hacerle el protagonista de varias de sus novelas. Le denominará mediante un anagrama, Ardan, y figurará ya en su primera obra importante, Cinco semanas en globo. Esta novela sería rechazada por sucesivos editores, ya que Verne no era un escritor conocido y la temática de su obra se apartaba de lo habitual en las narraciones de aventuras. Con la responsabilidad de una familia tras él, Verne parece ser que intentó varios modos de crearse un porvenir, pero por estas fechas decidió centrarse en sus intentos como escritor e insistió una y otra vez a la puerta de los editores parisienses. Hasta que por fin encontró a uno decidido, llamado Hetzel, que le publicó la novela. El éxito fue fabuloso. La carrera de Verne quedó ya marcada para siempre. Cinco semanas en globo aparecería en diciembre de 1862. Según el perspicaz Hetzel, «las obras de Verne estaban llamadas a obtener un gran éxito frente a un público cansado de las reminiscencias románticas de capa y espada, puesto que les ofrecía, debidamente vulgarizadas, todas las posibilidades de la ciencia y la técnica del siglo XIX, una época tan pródiga en inventos espectaculares. En consecuencia, el clarividente editor se apresuró a firmar con Verne un contrato por veinte años, a razón de dos libros anuales, y veinte mil francos.
Entre 1870 y 1871, Verne sería movilizado como guardacosta en Crotoy, lo cual no le impide seguir escribiendo. De 1872 a 1886, según aquellos que fueron testigos de su vida, conoció el apogeo de su gloria y de su fortuna. En 1887 hay un suceso oscuro en la vida del escritor, cuya versión oficial fue la de que un sobrino suyo, con las facultades mentales desviadas, intentó asesinarlo mediante dos disparos de revólver. Algún tiempo después, el prolífico escritor tiene una complicación en la vista. Al decir de sus íntimos, su carácter se hace insoportable en sus últimos años; se convierte en un viejo gruñón, en una persona intratable, se habla de proponerlo para presidente de la República... Pero estos no son otra cosa que pequeños detalles del decorado instalado tras una existencia burguesa con una obsesión bicéfala muy precisa: el trabajo y el dinero. En realidad, ésta y no otra había sido desde siempre la vocación de Verne, que no haría más que precisarse con su primer éxito literario.
A partir de aquel momento, hasta la fecha de su muerte, ocurrida en Amiens el 24 de marzo de 1905, la vida de Julio Verne se estatificó en la totalidad de un oficio cotidianamente ejercido a lo largo de los años. El trabajo y el dinero... Como individuo social y político (a pesar de que circunstancialmente hiciera de consejero municipal representando a un grupo progresista), Verne no fue nunca otra cosa que un cadáver viviente, tan inexpresivo como inalterable ante cualquier suceso que tuviera lugar a su alrededor: ya fuera que su vida estuviera en peligro por culpa de un demente, o que el 18 de marzo de 1871 se desarrollara en París el episodio histórico-político más importante de todo el siglo XIX. Alguien ha visto a Verne como un «revolucionario subterráneo», pero la vocación por la justicia social que muestran algunos —de sus personajes como el capitán Nemo en Veinte mil leguas...— no se traduce en otra cosa que en «gestos mecánicos» que naufragan en la retórica demagógica más elemental. Y es que Julio Verne fue seguramente un «cadáver histórico» desde el momento en que se dejó mecer complacido por la ilusión que le proporcionaban los relatos marineros de su primera maestra: una misma vivencia que la de Herman Melville, pero... ¡qué forma tan distinta de experimentarla y de ponerla en dialéctica frente a la praxis histórico-existencial en que se encuentra envuelto todo hombre como individuo!
De vuelta al terreno de lo artístico-especulativo, insistamos en un aspecto de la obra de Verne: su actualidad. No hace mucho, una editorial francesa ha lanzado un millón de ejemplares de sus diez novelas más conocidas según la popular fórmula del «libro de bolsillo». Los vuelos espaciales han inyectado una nueva dosis de vigencia a los relatos de Verne. Y se escriben incluso monografías exclusivamente dedicadas a su obra.
Aun admitiendo altibajos en el alto nivel a que se han mantenido, en el plano de la popularidad, las narraciones de Julio Verne, es necesario precisar que actualmente pasan por un claro periodo de apogeo. Es el momento, por lo tanto, en que se comenzarán a prodigar toda clase de juicios, comentarios y especulaciones de una obra sobre la que casi siempre se silencia su principal virtud: el caudal imaginativo de que la dotó su autor. Es precisamente este contexto imaginativo, inyectado por Verne en sus narraciones de una forma harto ingenua y elemental, lo que se convierte en un filón para los aficionados a la pirueta simbólico-explicativa o al arabesco trascendentalista.
Es el momento actual el de uno de los apogeos orbitales de la obra de Verne que se aprovechará, por ejemplo, para decir que la figura del capitán Nemo «deja ya presentir por sus numerosos rasgos al profeta nietzscheano de la década de 1880», o que el autor de Veinte mil leguas..., «como decepcionado por la conquista del cielo, se empleó en la exploración del mundo submarino», cuando no que «el principal encanto de los relatos de Verne quizá consista en que siguen siendo un testimonio de un tiempo en el que, antes que Freud, los hombres trataban confusamente de fijar sus sueños». Es el momento de buscarle un significado más o menos metafísico al hecho de que se le ponga un cebo de tocino a un submarino, creyendo que es una ballena; o de explicar el alcance freudiano que conlleva la abundancia de grutas, cavernas y demás antros abismales que se encuentran en la obra verneana; o de espiritualizar hasta una mística de hoja de calendario el «calvario» de muchos de los personajes creados por el autor de La isla misteriosa; o de manifestar por enésima vez que Julio Verne es el precursor de la literatura de ciencia-ficción, cuando sucede que no podía serlo de ninguna forma...
Para nosotros, por el contrario, es el momento de decir otra clase de cosas a propósito de la obra de Julio Verne. Por ejemplo, creemos que es el momento de decir que ciertas obras de Verne han sido sobreestimadas y que otras no conservan nada de su pretendido brillo ni de su ponderado encanto, así como que este fenómeno de la sobreestimación de una obra como la de Verne es quizá más importante que la obra misma que lo suscita, ya que nos ilustra sobre un fenómeno extraliterario ciertamente importante: el de que la infancia, por su frescura emotiva, sus pasiones exclusivistas y sus entusiasmos elementales, tiende siempre a sobreconsiderar los valores que conserva a través de los años, ya que en la imagen que subsiste sobre el tiempo hay indefectiblemente una nostalgia que termina por eliminar todo rastro de objetividad con respecto a los juicios formados tan jubilosamente en la niñez o en los primeros años de la adolescencia..., siendo la verdad que la ternura sentimental del recuerdo no consigue jamás reemplazar a las indispensables referencias y comparaciones deductivas del auténtico acto cognoscitivo.
En cuanto a la pretendida originalidad y sentido literario (en el peor sentido) de la fantasía que se le atribuyen a Verne, sería necesario decir también que, como todos los anticipadores o profetas, Julio Verne se inspiró también y de una forma esencial en la realidad, no atreviéndose nunca a ir más allá de lo posible. Mil veces se ha hablado y escrito de la «portentosa originalidad inventiva» del autor de Veinte mil leguas..., pero Pierre Versins señala nada menos que cincuenta y tres antecedentes temático-inspiradores en la obra verneana, tres de los cuales pertenecen precisamente a Veinte mil leguas de viaje submarino (1869); el de la Atlántida a propósito de Népomucéne Lemercier con La Atlántida o la teogonía newtoniana (1812); el del periplo submarino de Arístides Roger con Viaje bajo las olas (1867); y el del mismo navío submarino de Gautier con Las dos estrellas (1848). Sin embargo, Versins no señala un antecedente de otro tipo, pero mucho más fundamental: el de la persecución del ser excepcional de Herman Melville con Moby Dick (1850), de donde Verne no cogería solamente el motivo temático para toda la primera parte de su obra, sino también la línea y procedimiento narrativo, hasta el punto de rozar casi el plagio.
En cambio, no se ha subrayado nunca lo bastante el ejemplo tan perfecto que constituye la obra de Julio Verne en lo referente a su carácter de proyecto totalizador, comparable tan sólo con La comedia humana, de Balzac, si bien existen tres precedentes en la misma línea que la de nuestro autor: el de Louis-Guillaume de La Follie (1739.1780), especialista químico en colorantes y barnices, y autor de El filósofo sin pretensión, o el hombre raro: obra física, química, política y moral, dedicada a los sabios; el de Félix Nogaret (1740.1831), célebre entre los adeptos a lo conjetural por haber retomado la vieja tesis platónica en sus Conversaciones con un cortesano o la Tierra es un animal; y el de Népomucene Lemercier, en cuya obra llegaba ya a prefigurarse el moderno punto de vista de que la ciencia ficción es una mitología, que escribió en 1812 el libro mencionado más arriba, que era una especie de introducción a su vasto proyecto titulado Alcances generales del plan y de las ficciones de la Atlántida.
De la misma forma, muy pocos críticos se han molestado en establecer las diferencias y altibajos en una obra tan esencialmente irregular como la de Julio Verne. Lo más fácil siempre parece ser que ha consistido en remitirse a una visión de conjunto, como fórmula más eficaz para desprenderse del compromiso de la precisión. A este respecto, Francis Lacassin hace una selección entre todo el acervo de títulos verneanos, que es casi ejemplar, y que estructura de la siguiente manera: en primer lugar, las obras maestras: Veinte mil leguas de viaje submarino, El eterno Adán y El castillo de los Cárpatos; después aquellas obras que hacen lamentar que el autor no haya insistido en una cierta idea: Fritt-Flacc, Maître Zacharius y Un drama en los aíres; y a continuación los relatos con elementos especialmente insólitos: Las Indias negras, La esfinge de los hielos, Mathias Sandorff, La Isla misteriosa, Un drama en Livonia, o todas aquellas aventuras marcadas por una agradable fantasía, como La vuelta al mundo en ochenta días, La persecución, del meteoro, El testamento de un excéntrico, y sobre todo, El doctor Ox y La jornada de un periodista en 2889.
En fin, valdría la pena de aprovechar este momento de «apogeo actualizador» en la obra de Julio Verne para exponer también algunos matices de tipo más general con respecto a la misma. Por ejemplo, se insiste en incidir sobre la «seriedad» del aspecto científico de las narraciones verneanas, cuando su autor, si aportó algo a la literatura, fue la instauración de un cierto sentido del artificio y de la ingenuidad valiéndose de su fantasía (no en el sentido de la invención científica) y potencia creadora, aunque ésta siempre sea utilizada por el escritor en un tono totalmente esquemático.
En este sentido, cabría deducir justamente que lo fantástico y el humor son los valores destinados a ser más perdurables dentro de la obra de Julio Verne, mientras que lo «maravilloso científico», tan alabado y ponderado, está destinado a perderse entre las brumas de lo efímero, es decir, a perder su consistencia con el paso del tiempo y a medida de que la civilización vaya progresando... Porque es precisamente en el entretejido formado por la fantasía imaginativa, el humor y una cierta ingenuidad lúdica, por donde se podría extraer alguna conjetura más o menos seria de la obra verneana, como podría ser la de esa especie de impresión que se experimente ante los mejores relatos de Verne, por medio de la cual se llega a sentir la certidumbre de que la vida merece la pena de ser vivida, ya que el hombre acaba siempre por descubrir su verdadero sentido, aun en pleno fragor de su lucha contra la naturaleza.
Es la paradoja de siempre: la autoaniquilación a la que se suele librar el hombre por culpa de una falsa trascendencia, mientras que a cambio se desprecian otros valores más auténticos. La paradoja de Verne, en este sentido, sería la del «falso brujo» cuyas mejores virtudes son las del «hada buena». Y en cuanto al hombre-Verne, ya hemos visto que ocurrió otro tanto, puesto que prefirió vivir muerto a reconocerse en sus recursos vitales más esenciales: la ingenuidad, el humor y la imaginación… que, por una especie de superparadoja, tan sólo empleó para una tarea tan antivital como es la de hacer literatura.

*Prólogo de Julio C. Acerete “Verne o el poder de la imaginación” al libro de Julio Verne, 20,000 leguas de viaje submarino. Editorial Bruguera, S.A. Primera edición, 1977. Pp. 5-15.

Jules Verne hoy

Dentro de la gran literatura de aventuras, quizás hoy la llamaríamos de acción, las obras del francés Jules Verne ocupan un lugar destacado. Sus personajes, tramas y aventuras siguen siendo leídas y buscadas. El cine y la televisión se basan en sus novelas prodigiosas para conseguir éxitos de taquilla. Finalmente, el fenómeno Verne es estudiado por expertos y simples admiradores. Lo hacen para descubrir nuevas vetas y percatarse de que sus personajes e historias van más allá de la simple intención de divertir a un amplio público.
Sin duda estamos ya en presencia de un autor clásico, lo seguimos leyendo y cada generación le halla nuevos valores, méritos consistentes. Sabemos que se adelantó a su tiempo, que en tanto autor de ciencia ficción fue un precursor en todo sentido. Fue tal vez más lejos que Leonardo y nos anticipó el submarino, por ejemplo. Sin embargo iba mucho más allá que escribir simples obras de acción. En todos sus libros hay evidentes protestas sociales y, obviamente, vaticinios funestos para aquellos que contravenían el orden natural. Bajo la apariencia de un señor burgués de vida tranquila, bullía un espíritu progresista que vio venir los excesos del capitalismo y aberraciones como el nazismo.
Son los niños y los jóvenes los que más lo leen, pero dentro de los adultos tiene infinidad de seguidores. Es una lectura obligada, amena y memorable.
Hoy que buscamos desesperadamente lectores, que hay campañas para obtenerlos en docenas de países, es el momento de invitar a los que poco o nada han leído, a comenzar su nueva y enriquecedora tarea con las obras completas del más notable aventurero de la imaginación: Jules Verne

El Búho


VERNE O EL PODER DE LA IMAGINACION*
Julio C. Acerete

«Pero..., ¿tenéis un objetivo?» «Sí», le contesté.
Y le comuniqué mi proyecto de sustituir, en una novela,
las maravillas de la naturaleza por las maravillas de la imaginación.
FÉLIX NOGARET (1740-1831)

Es necesario que haya, en la representación, el repliegue siempre
posible de la imaginación... Y, sin embargo, la similitud es un marco
indispensable para el conocimiento.
MICHEL FOUCAULT (1966)

La obra de Julio Verne —más de ochenta títulos entre novelas, piezas de teatro y libros de divulgación— sigue siendo actual. Es indudablemente un fenómeno literario fuera de lo común. El «poeta del siglo XIX», como se le ha llamado, no fue un gran escritor, como pueden ser considerados algunos de sus contemporáneos, desde Stendhal a Tolstoi, pasando por Dickens, Balzac, Dostoiewski o Flaubert, y sin embargo ha gozado de una pervivencia y actualidad comparables a las de cualquiera de ellos.
Al parecer, Verne pensó su obra —en primer lugar— para los niños y así, entre la trivialización de lo popular y el estudio ingenioso del crítico snob, sus relatos han ido remontando el curso de los años. Otros factores, como la puesta en práctica de algunos descubrimientos técnicos, han contribuido también a perennizar en la memoria de millones de lectores las profecías científicas del famoso escritor francés. En la actualidad, cuando se está a punto de llegar a la Luna, era lógico que la obra de Verne se volviera a ver beneficiada por un nuevo «empujón» de actualidad.
Este aspecto profético de los relatos de Verne es seguramente el factor que más ha trabajado en favor de la mencionada supervivencia de una obra que, desde el punto artístico-literario, es más bien mediocre. En efecto, el tiempo ha venido a probar muchas de las predicciones de Verne, como nos lo demuestra un somero repaso a las más conocidas de sus novelas. El idioma que hablan, por ejemplo, los tripulantes del Nautilus (una mezcla de todas las lenguas) es anterior a la creación del esperanto. Los buzos con escafandra, el electroimán que anuncia al motor eléctrico, la campana submarina que antecede al batiscafo del doctor Piccard, el propio Nautilus, la pesca submarina, el aprovechamiento de la energía del mar... y otras obsesiones menores del capitán Nemo, son en nuestros días probadas realidades, Y esto es tan sólo una parte insignificante del total de sus previsiones, pues recordemos el trasatlántico de Una ciudad flotante, el automóvil y los rascacielos, el cohete espacial cuya base de lanzamiento sitúa Verne, precisamente, no muy lejos de Cabo Kennedy, siendo recogido después en el mar, de una forma parecida a como son recuperados los «Géminis» y los «Apolos» norteamericanos.
Por otra parte, cuando Verne leyó en 1891 La jornada de en periodista en 2889, en la Academia de Amiens, habló ya de la televisión (de la misma forma que en Le Maitre du Monde, «la cantante Stella habría de aparecerse a Franz como si un milagro hubiera hecho revivir a su figura»), así como de la fotografía en color, las máquinas registradoras y de calcular e incluso el fonoteléfono.
El periodista de dicha obra vive en un edificio de trescientos metros (evidentemente un rascacielos) y viaja en el «aerocar», una especie de avión comercial. En la misma narración, su autor nos describe un sistema para aprovechar las mareas semejante al que se ha comenzado —ahora aún— a aprovechar en algunas fábricas francesas. En Los quinientos millones de la Begún, donde Verne presenta la lucha entre el bien y el mal mediante un simbolismo bastante elemental al que era tan aficionado, dos hombres que no se conocen, un francés y un alemán, edifican en Estados Unidos dos ciudades: Francesville y Stahlstadt. En la primera se adivinan las concepciones urbanísticas y arquitectónicas posteriores de Le Corbusier y en la segunda, una ciudad cerrada bajo control policiaco, se prefigura a los campos de concentración nazis. En otra novela posterior, La asombrosa aventura de la expedición Barsac, nos muestra otra ciudad que se aniquilará a sí misma, prediciendo con un cierto pesimismo la actitud ética y moral de algunos científicos actuales que, como Einstein y Rostand, han manifestado una cierta angustia y preocupación por el destino de sus inventos. Uno de los personajes de Verne, el prometéico Robur, se subleva contra los hombres que no creen en el Albatros (una máquina que es a la vez un autogiro y un helicóptero), por lo que despechado fabrica (al igual que el capitán Nemo su Nautilus) un vehículo «todo terreno» capaz de deslizarse tanto por tierra como por el aire y el mar.
Por lo demás, y en otro aspecto ya, tenemos también los testimonios personales. Raymond Russel escribía en 1921 a su empresario y amigo Eugène Leiris en una Carta: «Verne es, y con mucho, el mayor genio literario de todos los tiempos, y estoy seguro de que permanecerá cuando todos los demás autores de nuestra época hayan sido olvidados», Michel Butor ha escrito: «Los mitos que Julio Verne creaba con su preciso lenguaje viven aún en nosotros, pudiéndose decir, sin exagerar, que se encuentran en los orígenes subterráneos de casi toda moderna literatura fantástica». Cuando el almirante Byrd se dirigía a la Antártida declaró: «Es Julio Verne el que me empuja hacia el Polo». Mientras que Yuri Gagarin, el primer astronauta ruso habría de confesar: Leyendo a Julio Verne, fue cuando tomé la decisión de consagrar mi vida a la astronáutica». Y Charcot, el descubridor de la hipnosis como elemento psíquico curativo no vacilaría tampoco en manifestar: «No afirmaré que los libros de Verne hayan sido la causa de la orientación de mi vida, pero sí que puedo decir que los he leído siempre con el mismo apasionamiento que los sigo leyendo todavía».
En fin, como puede colegirse por estos ejemplos, la obra de Julio Verne goza por igual del favor de un sinnúmero de «profecías comprobadas» como del testimonio directo de las más variadas personalidades a lo largo de más de un siglo, es decir, desde que el singular escritor obtuvo su primer gran éxito en 1862 con Cinco semanas en globo.
Como es lógico, un autor con tal audiencia popular, por fuerza tenía que provocar los más diversos juicios, desde el elogio admirativo más elemental a la despreciativa marginación de su obra por considerarla «menor», desde el resabido y esotérico estudio intelectualoide hasta la crítica ponderada y objetiva, o desde el mero elogio sentimental a la admiración extraliteraria y semicientífica por el «adivino de la era atómica». Más allá y más aquí de tan variadas opiniones, como es natural, sería donde podríamos encontrar la verdad: la realidad de un escritor que a lo largo de su obra le vemos caer cientos de veces en la ingenuidad más vulgar, para ver poco después cómo eleva esa ingenuidad hasta lo sublime a fuerza de imaginación y de fantasía.
Pero antes de seguir más adelante en este terreno de artístico-especulativo, detengamos un momento nuestra atención en la peripecia existencial del Julio Verne hombre a través de un pequeño esbozo biográfico.
Julio Verne nació en Nantes el 8 de febrero de 1828. Era hijo de un abogado y tuvo cuatro hermanos más, llamados Paul, Anna, Mathilde y Marie. Su padre no tardó mucho en enviarlo a París para que estudiara Derecho. En la capital, el futuro novelista se constituyó en el clásico provinciano, con un porvenir decidido por el padre y con una vocación que, como ocurre siempre en tales casos, se inclina por derroteros bien distintos a los que determinan los mayores.
En sus primeros años, el pequeño Julio se sabe que tuvo, como maestra a una respetable dama, esposa de un capitán de barco al que esperó durante treinta años. Así es que su inclinación por la narrativa no parece muy razonable atribuirla tan sólo al ambiente literario de París cuando es fácil suponer que, desde su infancia, estaba acostumbrado a los relatos marineros y a su consabida e ingénita provocación nostálgica por la aventura. Un detalle biográfico muy conocido, referente al autor de Veinte mil leguas de viaje submarino, es aquél que se refiere al temprano amor que a los doce años se despertó en el futuro escritor por su prima Caroline, que un día le pide «un collar de coral, de esos que los marineros traen de las lejanas islas del Sur». El adolescente Julio, oídas aquellas palabras, y sin pensárselo dos veces, decide embarcarse clandestinamente a bordo de un velero que se dirigía a las Antillas..., pero su padre, enterado de la fuga por un trabajador del puerto, no tardaría en recuperar al incipiente aventurero. Algunos años más tarde, la despreciativa Caroline no vacilaría en mostrar de la forma más cruda su repulsa hacia el joven enamorado, quien un tanto desesperado decidió hacer —un poco como Goethe— que las aventuras que no estaba dispuesto a arrostrar, las corrieran sus personajes y ficciones literarias, mientras que él proseguía hacia su destino.
A esta vocación juvenil por la literatura, se unió sin duda la circunstancia de que Verne conociera después en París a Dumas, con quien hizo una gran amistad. Y tanta fue así que, gracias a él, a los veintidós años pudo estrenar una pieza teatral, Las pailles rompues, que fue un fracaso total. Más tarde intentó la especulación en la Bolsa, pero no parece ser que le fuera mejor. Por este tiempo, Verne se casaría con Honorine Fraysne de Viane, una viuda con dos hijos, y de la que en 1861 tendría su primer hijo, a quien puso de nombre Michel.
En el mismo año 1861, Verne conocería a Nadar, una especie de genio a lo Boris Vian artista e Inventor, por quien el autor de La vuelta al mundo en ochenta días llegaría a sentir una gran admiración, hasta el punto de hacerle el protagonista de varias de sus novelas. Le denominará mediante un anagrama, Ardan, y figurará ya en su primera obra importante, Cinco semanas en globo. Esta novela sería rechazada por sucesivos editores, ya que Verne no era un escritor conocido y la temática de su obra se apartaba de lo habitual en las narraciones de aventuras. Con la responsabilidad de una familia tras él, Verne parece ser que intentó varios modos de crearse un porvenir, pero por estas fechas decidió centrarse en sus intentos como escritor e insistió una y otra vez a la puerta de los editores parisienses. Hasta que por fin encontró a uno decidido, llamado Hetzel, que le publicó la novela. El éxito fue fabuloso. La carrera de Verne quedó ya marcada para siempre. Cinco semanas en globo aparecería en diciembre de 1862. Según el perspicaz Hetzel, «las obras de Verne estaban llamadas a obtener un gran éxito frente a un público cansado de las reminiscencias románticas de capa y espada, puesto que les ofrecía, debidamente vulgarizadas, todas las posibilidades de la ciencia y la técnica del siglo XIX, una época tan pródiga en inventos espectaculares. En consecuencia, el clarividente editor se apresuró a firmar con Verne un contrato por veinte años, a razón de dos libros anuales, y veinte mil francos.
Entre 1870 y 1871, Verne sería movilizado como guardacosta en Crotoy, lo cual no le impide seguir escribiendo. De 1872 a 1886, según aquellos que fueron testigos de su vida, conoció el apogeo de su gloria y de su fortuna. En 1887 hay un suceso oscuro en la vida del escritor, cuya versión oficial fue la de que un sobrino suyo, con las facultades mentales desviadas, intentó asesinarlo mediante dos disparos de revólver. Algún tiempo después, el prolífico escritor tiene una complicación en la vista. Al decir de sus íntimos, su carácter se hace insoportable en sus últimos años; se convierte en un viejo gruñón, en una persona intratable, se habla de proponerlo para presidente de la República... Pero estos no son otra cosa que pequeños detalles del decorado instalado tras una existencia burguesa con una obsesión bicéfala muy precisa: el trabajo y el dinero. En realidad, ésta y no otra había sido desde siempre la vocación de Verne, que no haría más que precisarse con su primer éxito literario.
A partir de aquel momento, hasta la fecha de su muerte, ocurrida en Amiens el 24 de marzo de 1905, la vida de Julio Verne se estatificó en la totalidad de un oficio cotidianamente ejercido a lo largo de los años. El trabajo y el dinero... Como individuo social y político (a pesar de que circunstancialmente hiciera de consejero municipal representando a un grupo progresista), Verne no fue nunca otra cosa que un cadáver viviente, tan inexpresivo como inalterable ante cualquier suceso que tuviera lugar a su alrededor: ya fuera que su vida estuviera en peligro por culpa de un demente, o que el 18 de marzo de 1871 se desarrollara en París el episodio histórico-político más importante de todo el siglo XIX. Alguien ha visto a Verne como un «revolucionario subterráneo», pero la vocación por la justicia social que muestran algunos —de sus personajes como el capitán Nemo en Veinte mil leguas...— no se traduce en otra cosa que en «gestos mecánicos» que naufragan en la retórica demagógica más elemental. Y es que Julio Verne fue seguramente un «cadáver histórico» desde el momento en que se dejó mecer complacido por la ilusión que le proporcionaban los relatos marineros de su primera maestra: una misma vivencia que la de Herman Melville, pero... ¡qué forma tan distinta de experimentarla y de ponerla en dialéctica frente a la praxis histórico-existencial en que se encuentra envuelto todo hombre como individuo!
De vuelta al terreno de lo artístico-especulativo, insistamos en un aspecto de la obra de Verne: su actualidad. No hace mucho, una editorial francesa ha lanzado un millón de ejemplares de sus diez novelas más conocidas según la popular fórmula del «libro de bolsillo». Los vuelos espaciales han inyectado una nueva dosis de vigencia a los relatos de Verne. Y se escriben incluso monografías exclusivamente dedicadas a su obra.
Aun admitiendo altibajos en el alto nivel a que se han mantenido, en el plano de la popularidad, las narraciones de Julio Verne, es necesario precisar que actualmente pasan por un claro periodo de apogeo. Es el momento, por lo tanto, en que se comenzarán a prodigar toda clase de juicios, comentarios y especulaciones de una obra sobre la que casi siempre se silencia su principal virtud: el caudal imaginativo de que la dotó su autor. Es precisamente este contexto imaginativo, inyectado por Verne en sus narraciones de una forma harto ingenua y elemental, lo que se convierte en un filón para los aficionados a la pirueta simbólico-explicativa o al arabesco trascendentalista.
Es el momento actual el de uno de los apogeos orbitales de la obra de Verne que se aprovechará, por ejemplo, para decir que la figura del capitán Nemo «deja ya presentir por sus numerosos rasgos al profeta nietzscheano de la década de 1880», o que el autor de Veinte mil leguas..., «como decepcionado por la conquista del cielo, se empleó en la exploración del mundo submarino», cuando no que «el principal encanto de los relatos de Verne quizá consista en que siguen siendo un testimonio de un tiempo en el que, antes que Freud, los hombres trataban confusamente de fijar sus sueños». Es el momento de buscarle un significado más o menos metafísico al hecho de que se le ponga un cebo de tocino a un submarino, creyendo que es una ballena; o de explicar el alcance freudiano que conlleva la abundancia de grutas, cavernas y demás antros abismales que se encuentran en la obra verneana; o de espiritualizar hasta una mística de hoja de calendario el «calvario» de muchos de los personajes creados por el autor de La isla misteriosa; o de manifestar por enésima vez que Julio Verne es el precursor de la literatura de ciencia-ficción, cuando sucede que no podía serlo de ninguna forma...
Para nosotros, por el contrario, es el momento de decir otra clase de cosas a propósito de la obra de Julio Verne. Por ejemplo, creemos que es el momento de decir que ciertas obras de Verne han sido sobreestimadas y que otras no conservan nada de su pretendido brillo ni de su ponderado encanto, así como que este fenómeno de la sobreestimación de una obra como la de Verne es quizá más importante que la obra misma que lo suscita, ya que nos ilustra sobre un fenómeno extraliterario ciertamente importante: el de que la infancia, por su frescura emotiva, sus pasiones exclusivistas y sus entusiasmos elementales, tiende siempre a sobreconsiderar los valores que conserva a través de los años, ya que en la imagen que subsiste sobre el tiempo hay indefectiblemente una nostalgia que termina por eliminar todo rastro de objetividad con respecto a los juicios formados tan jubilosamente en la niñez o en los primeros años de la adolescencia..., siendo la verdad que la ternura sentimental del recuerdo no consigue jamás reemplazar a las indispensables referencias y comparaciones deductivas del auténtico acto cognoscitivo.
En cuanto a la pretendida originalidad y sentido literario (en el peor sentido) de la fantasía que se le atribuyen a Verne, sería necesario decir también que, como todos los anticipadores o profetas, Julio Verne se inspiró también y de una forma esencial en la realidad, no atreviéndose nunca a ir más allá de lo posible. Mil veces se ha hablado y escrito de la «portentosa originalidad inventiva» del autor de Veinte mil leguas..., pero Pierre Versins señala nada menos que cincuenta y tres antecedentes temático-inspiradores en la obra verneana, tres de los cuales pertenecen precisamente a Veinte mil leguas de viaje submarino (1869); el de la Atlántida a propósito de Népomucéne Lemercier con La Atlántida o la teogonía newtoniana (1812); el del periplo submarino de Arístides Roger con Viaje bajo las olas (1867); y el del mismo navío submarino de Gautier con Las dos estrellas (1848). Sin embargo, Versins no señala un antecedente de otro tipo, pero mucho más fundamental: el de la persecución del ser excepcional de Herman Melville con Moby Dick (1850), de donde Verne no cogería solamente el motivo temático para toda la primera parte de su obra, sino también la línea y procedimiento narrativo, hasta el punto de rozar casi el plagio.
En cambio, no se ha subrayado nunca lo bastante el ejemplo tan perfecto que constituye la obra de Julio Verne en lo referente a su carácter de proyecto totalizador, comparable tan sólo con La comedia humana, de Balzac, si bien existen tres precedentes en la misma línea que la de nuestro autor: el de Louis-Guillaume de La Follie (1739.1780), especialista químico en colorantes y barnices, y autor de El filósofo sin pretensión, o el hombre raro: obra física, química, política y moral, dedicada a los sabios; el de Félix Nogaret (1740.1831), célebre entre los adeptos a lo conjetural por haber retomado la vieja tesis platónica en sus Conversaciones con un cortesano o la Tierra es un animal; y el de Népomucene Lemercier, en cuya obra llegaba ya a prefigurarse el moderno punto de vista de que la ciencia ficción es una mitología, que escribió en 1812 el libro mencionado más arriba, que era una especie de introducción a su vasto proyecto titulado Alcances generales del plan y de las ficciones de la Atlántida.
De la misma forma, muy pocos críticos se han molestado en establecer las diferencias y altibajos en una obra tan esencialmente irregular como la de Julio Verne. Lo más fácil siempre parece ser que ha consistido en remitirse a una visión de conjunto, como fórmula más eficaz para desprenderse del compromiso de la precisión. A este respecto, Francis Lacassin hace una selección entre todo el acervo de títulos verneanos, que es casi ejemplar, y que estructura de la siguiente manera: en primer lugar, las obras maestras: Veinte mil leguas de viaje submarino, El eterno Adán y El castillo de los Cárpatos; después aquellas obras que hacen lamentar que el autor no haya insistido en una cierta idea: Fritt-Flacc, Maître Zacharius y Un drama en los aíres; y a continuación los relatos con elementos especialmente insólitos: Las Indias negras, La esfinge de los hielos, Mathias Sandorff, La Isla misteriosa, Un drama en Livonia, o todas aquellas aventuras marcadas por una agradable fantasía, como La vuelta al mundo en ochenta días, La persecución, del meteoro, El testamento de un excéntrico, y sobre todo, El doctor Ox y La jornada de un periodista en 2889.
En fin, valdría la pena de aprovechar este momento de «apogeo actualizador» en la obra de Julio Verne para exponer también algunos matices de tipo más general con respecto a la misma. Por ejemplo, se insiste en incidir sobre la «seriedad» del aspecto científico de las narraciones verneanas, cuando su autor, si aportó algo a la literatura, fue la instauración de un cierto sentido del artificio y de la ingenuidad valiéndose de su fantasía (no en el sentido de la invención científica) y potencia creadora, aunque ésta siempre sea utilizada por el escritor en un tono totalmente esquemático.
En este sentido, cabría deducir justamente que lo fantástico y el humor son los valores destinados a ser más perdurables dentro de la obra de Julio Verne, mientras que lo «maravilloso científico», tan alabado y ponderado, está destinado a perderse entre las brumas de lo efímero, es decir, a perder su consistencia con el paso del tiempo y a medida de que la civilización vaya progresando... Porque es precisamente en el entretejido formado por la fantasía imaginativa, el humor y una cierta ingenuidad lúdica, por donde se podría extraer alguna conjetura más o menos seria de la obra verneana, como podría ser la de esa especie de impresión que se experimente ante los mejores relatos de Verne, por medio de la cual se llega a sentir la certidumbre de que la vida merece la pena de ser vivida, ya que el hombre acaba siempre por descubrir su verdadero sentido, aun en pleno fragor de su lucha contra la naturaleza.
Es la paradoja de siempre: la autoaniquilación a la que se suele librar el hombre por culpa de una falsa trascendencia, mientras que a cambio se desprecian otros valores más auténticos. La paradoja de Verne, en este sentido, sería la del «falso brujo» cuyas mejores virtudes son las del «hada buena». Y en cuanto al hombre-Verne, ya hemos visto que ocurrió otro tanto, puesto que prefirió vivir muerto a reconocerse en sus recursos vitales más esenciales: la ingenuidad, el humor y la imaginación… que, por una especie de superparadoja, tan sólo empleó para una tarea tan antivital como es la de hacer literatura.

*Prólogo de Julio C. Acerete “Verne o el poder de la imaginación” al libro de Julio Verne, 20,000 leguas de viaje submarino. Editorial Bruguera, S.A. Primera edición, 1977. Pp. 5-15. RAKOS