REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 12 | 2017
   

De nuestra portada

El periodismo mexicano en tiempos del narco Entrevista con Javier Valdez Cárdenas


Ariel Ruiz Mondragón

El periodismo en México, especialmente en algunas regiones del país, se realiza bajo condiciones muy poco propicias: a condiciones laborales muy precarias se suman la violencia de grupos delictivos e incluso de políticos que se ceba sobre los comunicadores, la cual, en la mayoría de los casos va acompañada por la impunidad.
Sobre varios de los problemas más acuciantes con los que se enfrentan los periodistas Javier Valdez Cárdenas acaba de publicar su libro Narcoperiodismo (México, Aguilar, 2016), sobre el que el mismo autor escribe en las primeras páginas: “No sólo es un libro de narcotráfico y periodismo, es también un libro sobre el poder político que secuestra y persigue, para matar, torturar, amenazar, a quienes trabajan en los medios de comunicación”.
Pero en el volumen, a través de crónicas, entrevistas y diversos testimonios, el autor aporta un panorama más amplio de la situación que atraviesa la prensa mexicana en la actualidad.
Valdez Cárdenas (Culiacán, 1967) estudió Sociología en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Fundador de Ríodoce y autor de siete libros, ha colaborado en medios como La Jornada, Proceso, Gatopardo, Emeequis, Nuestra Aparente Rendición y Horizontal. Ha ganado premios como el Internacional a la Libertad de Prensa 2011, otorgado por el Comité para la Protección de Periodistas, y como parte del equipo de Ríodoce los premios María Moors Cabot, de la Universidad de Columbia, y el Pen Club a la Excelencia Editorial.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy un libro dedicado al narcoperiodismo, sobre las condiciones tan difíciles en las cuales se ejerce el oficio periodístico en nuestro país?
Javier Valdez Cárdenas (JVC): Siempre ando buscando rincones que no se cuentan de la vida nacional, historias no relatadas, rubros y caminitos desolados que no son apreciados en su justa dimensión en los medios de comunicación, que por lo cotidiano y por la muerte tan escandalosa y tan lamentable ya no la vemos. Por eso escribí Los morros del narco, la presencia de los niños y los jóvenes en el narcotráfico; Levantones, sobre los desaparecidos, y Los huérfanos del narco, sobre las viudas y niños de desaparecidos y asesinados. Son espacios no contados, invisibles.
Creo que ahora el periodismo está en crisis en México, y no es consustancial al periodismo sino se debe a diversos factores internos y externos: el narco en las redacciones, en nuestra vida nacional; los políticos y los empresarios que censuran, que no quieren que se publique el otro crimen organizado, que es el del dinero, las inversiones, el lavado. Pero también está nuestra mediocridad, el mercado de la muerte y el exilio de los reporteros, por ejemplo.
Me pareció importante mirar hacia adentro; pero en estos tiempos cuesta mucho porque reconocerse duele y uno se resiste a hacerlo.
También es importante revisar nuestro oficio, y si mi libro puede contribuir a ese debate, pues qué chingón.

AR: El libro rebasa el asunto del narco, por lo que quiero comenzar por un tema planteado que, considero, es central: señala Marco Lara que desde los principios de la década de los ochenta la prensa se convirtió en una pequeña parte de grandes corporativos que tienen muchos otros negocios. Estos grupos tienen muchos intereses políticos, por supuesto. ¿Cómo ha cambiado el periodismo con la irrupción de estos grandes intereses corporativos?
JVC: Coincido con Marco Lara en el sentido de que ya no importa tanto el periodismo, que ahora muchos medios son como sucursales de Televisa, empresas monopólicas, con instituciones de salud a su servicio, que influyen en las políticas de gobierno, que tienen gente de sus grupos políticos en sus gabinetes de gobiernos municipales, estatales y federal, y que son como cotos de poder. Todo eso hace que se olviden del oficio y que el tuétano, la esencia de la empresa inicial que les dio sentido (o sea el periodismo, los reporteros, la información, la investigación) fue hecha a un lado y está sometida al negocio.
La censura es más fácil, más práctica, más cotidiana y más impune, y como que es consustancial al periodismo de este tipo de empresas. No hay que tocar a ciertos personajes y temas: “No te metas en este aspecto de la industria de la construcción porque yo soy constructor y tengo inversiones en tal giro”, “no te metas con este político porque es mi socio en este otro ámbito”, etcétera.
Entonces se sacrificó el periodismo; no se quedó en un segundo lugar sino en uno tercero o cuarto, lo que ha afectado mucho a los comunicadores y también a la sociedad, porque, lamentablemente, muchos mexicanos siguen informándose a través de estos grandes corporativos.

AR: En el libro hay una anotación muy interesante sobre un reportero de Guadalajara que cubría justamente a las inmobiliarias. Él dice que una forma de censura es que a los reporteros los mandan todo el día, todos los días a cubrir actos políticos de los gobernantes. ¿Esto es una forma de censura?
JVC: El mensaje de los dueños detrás de esto es: “No crezcas en la redacción; quiero enanos, reporteros que no piensen, que sean automáticos, que pongan la grabadora, que no incomoden, que no cuestionen, que no investiguen, que no sepan a quién están entrevistando”.
Yo no lo había visto así hasta que empecé a ver esta otra realidad, y es cierta: si te encargan cinco u ocho notas, ¿en qué momento vas a investigar? No hay espacio para reflexionar tu trabajo, no hay tregua para dar dos pasos para atrás y decir “¡ah, las cosas están así”, porque estás en una dinámica tan intensa que no te permite sentir, pensar, sentarte a reflexionar porque son jornadas avasallantes. Entonces te imponen una dinámica que impide que hagas periodismo y que evita que crezcas; por eso digo que a los dueños les interesa que haya enanos en la redacción.

AR: Una parte fundamental es la de las condiciones laborales de los periodistas. En el libro se mencionan diversas denuncias que van desde la negación de acreditaciones, cambio de fuentes de algún reportero por la incomodidad de algún personaje, y hasta la falta de protocolos de seguridad, pasando por los bajos salarios y extensos horarios. ¿Qué nos dices sobre este aspecto?
JVC: Son muy bajos los salarios, no hay prestaciones y hay mucha vulnerabilidad e incertidumbre. Hay muchos reporteros que trabajamos como si fuéramos una empresa más, no estamos en la nómina y entonces no tenemos seguridad social ni aguinaldo ni prima vacacional. Nos subcontratan para abatir gastos en las empresas, adelgazarlas, lo cual tampoco ayuda, porque nos arroja a la sobrevivencia, a una condición de vulnerabilidad, y entonces haces el periodismo que los empresarios quieren que hagas porque si no te corren y dónde vas a encontrar otro trabajo.
En el aspecto de la seguridad, cuando los dueños de los medios hablan de seguridad porque hay mucha violencia, se refieren a su seguridad y la de sus bienes: el edificio y sus colaboradores cercanos. No hablan de la seguridad del reportero y del fotógrafo que andan en la calle cubriendo la realidad. Esto no les importa.
Por las condiciones de trabajo y la violencia en la calle los reporteros están sometidos a una doble o triple vulnerabilidad: económica, familiar y, por supuesto, de seguridad.

AR: En el libro hay una historia de un fotógrafo del Noroeste, quien camino a su trabajo veía diversos incidentes, traía una camarita y comenzó a fotografiarlos. En un congreso de periodistas dijo que él cobraba por muerto, aunque no por suicidios. Habla de los trastornos psicológicos que ha sufrido por tomar imágenes de niños, por ejemplo. ¿Qué nos dice esto del periodismo y de las empresas de la prensa?
JVC: Es el mercado de la muerte. En general nosotros (cuando digo “nosotros” me refiero a los medios y a los periodistas) somos como un instrumento más en ese panorama. Lamentablemente se han frivolizado la muerte, el asesinato, la vida humana; ahora tiene precio o no vale nada. Nos enteramos de que murió alguien y no nos importa; nos acostumbramos a esa muerte diaria, cotidiana, barata. Pero encima le estamos pagando a un reportero en función de los decesos, siempre y cuando no sean suicidios, lo cual es una tontería.
Me parece muy triste que en nuestras redacciones se hable de la justicia, que se vaya a colonias populares que no tienen servicios públicos, que se publiquen las exigencias de los maestros o de los empleados de un ingenio azucarero que fueron despedidos, y digan “yo coincido con esas causas, con las de madres de hijos desaparecidos”, pero resulta que dentro hay una incongruencia: se paga por muerto, lo cual es muy lamentable.
Es el horror de la muerte, de lo que hemos hecho un mercado, lo que incluye fotos no cuidadas, irrespetuosas y calificativos hacia la víctima; por ejemplo, le ponemos apodos y decimos que la “desinflaron”, “la poncharon”, “la borraron”, entre otras expresiones irrespetuosas hacia una persona que ya no puede defenderse pero que, además, tiene hijos, esposa, hermanos, que cómo se van a sentir cuando vean las fotos y lean ese lenguaje vil, incluso criminal, al tratar la información sobre su deceso. Son asuntos que hay que revisar.
Me pareció importante decirlo; no es fácil, pero hay que decirlo.

AR: Hay otra vertiente del libro que abordan cuando menos dos entrevistados en el libro: la ética. ¿Cómo la ve hoy en los medios mexicanos? Por ejemplo, se dan desde la difusión de conversaciones privadas hasta la publicación de imágenes cruentas. Marco Lara pone mucho énfasis en la legalidad, pero ¿qué nos dice usted del aspecto ético?
JVC: Nos hemos olvidado de la ética. Creo que el periodismo está en crisis, lo cual tiene mucho que ver con esta ausencia de ética en nuestro trabajo, en contar las historias, en el manejo de las imágenes.
La ética nos ha salvado a muchos: ¿qué nos pueden decir a nosotros los narcos o los políticos: que somos corruptos, que estamos golpeándolos para favorecer a otros? No pueden decirlo porque somos éticos, profesionales, serios con la gente, con la información, por no prestarnos a ese ajuste de cuentas que acostumbran ellos.
Entonces la ética puede salvarte, pero si no somos éticos, creo que nos engulle más este marasmo irresponsable y criminal del trabajo periodístico.
Hay que impulsar que haya una formación en este aspecto, porque además se publica mucha información en los sitios web de los medios que no es cierta, que no está confirmada y que es exagerada. No podemos seguir publicando información con prisas; sí hay que publicarla rápido, pero si no la tienes amarrada no lo hagas. Eso me parece también mucho muy criticable.
Creo que hay que recuperar algo que es elemental, básico y consustancial al periodismo: la ética.

AR: En el libro hay casos de periodistas caídos, detenidos y otros que se fueron a refugiar a Estados Unidos. Pero hay otros que trabajan para el narco y que están infiltrados en las redacciones; además hay otros, que fueron aguerridos, que terminaron por trabajar en las oficinas de prensa. ¿Qué pasa con ellos?
JVC: A veces siento que perdemos a alguien cuando se va de un medio crítico valiente y luego lo ves como jefe de prensa en una oficina. Aunque es un asunto muy personal, me duele porque siento que perdimos a alguien porque es difícil encontrar a gente crítica, valiente y que trabaje con dignidad.
Pero eso puede superarse porque finalmente es la sobrevivencia: le van a pagar más. Pero resulta que, detrás de ello, muchas veces está el ejercicio de la corrupción, y entonces ya no estamos hablando de un trabajo limpio, profesional y honesto, sino de gente que reparte o recibe dinero, que pueden ser jefes de prensa de una célula del narco, lo que también me parece sumamente criticable. Puedes hacer un trabajo profesional desde una oficina de prensa, pero cuando estás al servicio de criminales, de dentro y fuera del gobierno, ya no hay periodismo: allí hay un mercenario, un homicida, un cómplice de crímenes. Creo que entre los reporteros muertos, exiliados y desaparecidos también hay reporteros coludidos con el narco o con el otro crimen organizado, el de políticos y empresarios, y también hay periodistas honestos, éticos, valientes. Esto hay que mirarlo de frente porque es nuestro monstruo.

AR: Otros asuntos inquietantes del libro son los casos de una periodista, a quien le tocó el violento conflicto cuando se rompió el Cártel de Sinaloa, y el de otro reportero al que le tocó el rompimiento del Cártel del Golfo y los Zetas. ¿Cómo se cubren esos conflictos, cuando se está entre dos fuegos, y hasta tres si contamos al gobierno?
JVC: Nosotros aprendimos a punta de chingadazos porque se nos vino encima la cúspide de la violencia. ¿Cómo se trabaja? Es difícil una fórmula que te salve de todo porque cada historia amerita sus reglas, su cobertura, cada una de ellas tiene una línea que no puedes cruzar, y esa línea se mueve.
Creo que lo importante es que sepas primero el contexto: quién manda en la ciudad, quién la controla, con qué jefe policiaco se entiende e incluso si le molesta que lo menciones por su nombre (aunque en ocasiones es más peligroso mencionar sus apodo). Tienes que saber esa información para reportear y saber ubicar muy bien dónde está esa línea que no se debe cruzar. Cuando te acercas ya con cierta experiencia vas sintiendo cuándo los chingadazos están fuertes y que tienes que dar dos pasos hacia atrás.
Entonces depende de coyunturas y de regiones, pero centralmente se trata de conocer el contexto, por lo cual hay que avanzar mucho muy despacio y escuchar lo que dice la gente en la calle. No hay que confiar, obviamente, en la fuente de gobierno, que siempre es interesada, y hay que confirmar dos o tres veces la versión que te da alguien para poderle dar cierta categoría.
Esas medidas básicas te pueden salvar la vida. No basta con ser valiente y querer investigar y hacer periodismo; si te emocionas y te apasionas, esto te puede llevar al abismo. Hay que ser prudentes, muy conscientes del contexto y de la cobertura que puedes hacer, y ubicar al final qué parte de la historia no vas a publicar porque te vas a colocar en mucho riesgo. No la canceles; guárdala, pero no la escribas ahora. Te puedes emocionar y decir “yo lo voy a contar porque son chingaderas”, y te indignas y te hacen escribir rabiando. Entonces más vale que alguien te diga (que es una ventaja que tenemos en Ríodoce porque discutimos mucho todo esto) “esta parte no porque es mucho peligro”.
Yo creo que eso puede ayudar mucho.

AR: Por lo que se puede ver hay más fuegos, además de los de las bandas delictivas, empresarios y políticos, como el de los movimientos sociales, muchos de cuyos integrantes afirman que los periodistas son vendidos y que tal o cual periódico sirve a los intereses del gobierno. En el libro se aborda el caso del Movimiento Magisterial Veracruzano, que atacó a reporteros. ¿Qué hay de esta otra vertiente del riesgo?
JVC: La gente en la calle no distingue si eres de Televisa o de Milenio, de El Universal, La Jornada o Proceso. Yo siento que ha ganado terreno la desconfianza porque la gente está muy golpeada y desconfiada porque tenemos gobiernos que no atienden sus demandas y necesidades, y a los movimientos sociales les gana el desahogo. Lamentablemente nosotros nos hemos ganado la desconfianza de muchos sectores porque servimos al poder, porque la gente sabe que en la calle pasan cosas y que nosotros no las publicamos. A la gente no le importa si tú escribiste la historia, si ésta es buena y no se publicó; te ven como medio y entonces te condenan.
Es incómodo y lamentable porque yo también soy periodista y creo que he hecho un trabajo digno, que vale la pena revisar. Pero ya estando en medio de la protesta ganan los ánimos y este sentimiento de desconfianza.
Creo que le hace falta al buen periodismo en México una sociedad que lo acompañe. No hay sociedad que respalde a este periodismo que realizan algunos medios y reporteros en México, lo que hace que uno se sienta más vulnerable, y el narco, el delincuente y el político saben que pueden hacerte algo y que no va a pasar nada. Entonces disponen, se sirven y atacan. Pero también es una condición que, de alguna forma, nos hemos ganado.

AR: Al respecto, ¿qué ha ocurrido con medidas como el mecanismo de protección a los periodistas, el botón de pánico (un aparatito que más bien parece que sirve para espiar reporteros), etcétera? Ha habido comisiones legislativas, incluso locales.
JVC: Son un fracaso todas ellas porque tenemos una clase política hija del narco, y no hablo de priistas y panistas sino también de perredistas, lamentablemente. Aquí es un asunto de voluntad: aunque hay leyes y soy mexicano, ciudadano y periodista, me amenazaron, me desaparecieron, me asesinaron, me desterraron. Debe aplicarse la ley: hay una Procuraduría de Justicia, una Policía que investiga, un juez, etcétera; pero nadie indaga y no hay castigo. Esto de los mecanismos es como para disimular, para que se piense que se está actuando.
Este país sigue siendo muy peligroso para los periodistas, y eso que no tenemos una guerra convencional. Lo demás es discurso, basura, estupideces, son pretextos para espiarnos, para gastar recursos de manera discrecional.
Para mí es insuficiente lo que se ha hecho. Es increíble que incluso las autoridades de la Procuraduría de Justicia del DF, ciudad gobernada por un partido de izquierda, no avance en el caso de las investigaciones del caso de Rubén Espinosa.

AR: El periodismo debiera ser, básicamente, un servicio para la sociedad. En el libro cuando menos dos periodistas dicen que no cuentan con ella, y una académica dice que sí. ¿Cuál ha sido la reacción de la sociedad ante el cúmulo de agresiones contra los periodistas?
JVC: Insisto: hace falta sociedad que acompañe al buen periodismo, especialmente los medios que no queremos que nos ubiquen en el montón, en la corrupción, en seguirle el juego al gobierno.
Nadie sale a protestar por los muertos, y los movimientos sociales son escasos y aislados. Allí están, por su cuenta, los de Ayotzinapa, las rastreadoras de cadáveres en Sinaloa, la Coordinadora, el Ejército Zapatista, etcétera. Son movimientos sociales fragmentados, que desconfían de sí mismos, en su interior y entre ellos, y así no puede acompañar la sociedad al buen periodismo.
Creo que hay asomos de apoyo; por ejemplo, en Ríodoce cerca del 70 por ciento de los ingresos provienen de la venta de periódicos, aunque me gustaría saber si esos miles de lectores salen a la calle si nos pasa algo. ¿Qué va a pasar mañana si Ríodoce o Proceso cierran por amenazas o inviabilidad económica? ¿De verdad el público estará con esas publicaciones, saldrá a la calle por ellas, va a respaldarlas? Yo creo que no, que va a haber por allí asomos de protesta, de apoyos, pero veo un movimiento ciudadano fragmentado, dividido, enfrentado, desolado, y yo creo que por eso muchos activistas han sido asesinados.
Yo veo poca sociedad, lo que deja a los medios, a los críticos, a los activistas, a los defensores de los derechos humanos y a los reporteros valientes solos, por lo que son vulnerables: pueden ir por ellos, matarlos y no pasa nada.

AR: En el libro se ve a varios valientes reporteros solos. Pero ¿cómo se han ayudado los periodistas a sí mismos?, ¿qué ha pasado con el gremio, que es el primero que debería cerrar filas?
JVC: Fíjate que ganan la hipocresía, los celos, las envidias, las parcelas de poder. Muchos dicen: “Es que es de otro medio y no voy a publicar lo que hizo porque es la competencia”. Pero puedes retomar el asunto y mejorarlo, darle buen seguimiento y arrebatarle el tema si haces un buen trabajo periodístico.
Igual: si amenazan a alguien de otro medio pensamos que es de otro periódico, y creo que estamos dándole prioridad a la competencia, a los egos, a la intriga, a las parcelitas de poder y a la envidia, y también estamos divididos, fragmentados, peleados. No hay, por ejemplo, foros de discusión sobre la cobertura periodística del narco, no hay esas instituciones académicas o asociaciones de periodistas haciendo una mesa redonda sobre ello. No hay nada de eso.
Veo muy difícil el panorama: en el gremio periodístico hay un páramo, y allí es todavía peor la soledad que se padece.

AR: Hay una vertiente de destierro, que puede ser interno, como el de Rubén Espinosa cuando salió de Veracruz hacia la Ciudad de México, y otros que salen del país. Hay un dato en el libro: hay 250 periodistas mexicanos en Estados Unidos que tuvieron que salir del país. ¿Qué ha pasado con este destierro de periodistas?, ¿a qué ha llevado? Se han perdido profesionales y algunos terminan de jardineros o limpiando mesas...
JVC: Muchos de esos compañeros no van a volver a México nunca, quizá sus hijos. Es tristísimo y doloroso porque no es gente que haya hecho algo malo en el país y que se vio involucrada en una situación producto de su trabajo, como el caso de Alejandro Pacheco, y entonces tienen que irse porque no hay gobierno en México que los proteja. Como dijo Federico Campbell: el Estado no está. Entonces estamos a merced de los narcos, de los delincuentes. Creo que hizo bien Alejandro en irse del país, pero qué difícil es acomodarse en una casa que no es la suya, trabajar de jardinero, lavando platos o limpiando mesas en un restaurante, vivir de la caridad, de lo que den otros mexicanos u otros periodistas de allá, y ver tu casa por internet porque no puedes volver a ella. Es terrible.
Me parece inmerecido el futuro que están teniendo estos compañeros periodistas y activistas exiliados.

AR: En términos de seguridad, muchas veces los propios reporteros son quienes toman medidas. ¿Dónde ves la esperanza de que cambie esta situación?
JVC: En los activistas, en un periodismo humano en el que la gente de la calle vea sus problemas retratados, en un gobierno diferente al PRI y al PAN, que ya los tuvimos y no nos fue bien. Creo que nos hacen falta gobiernos honestos, y este país puede cambiar a partir de que se aplique la ley y se combata la corrupción.
Con el narco no vas a acabar; hay que invertir mucho dinero en recuperar el tejido social, en atender a niños y a jóvenes, quitarle el mercado laboral que tienen cautivo los narcotraficantes. No se trata de detenerlos sino de ganarles el espacio social que ya tienen, que nosotros recuperemos la calle. Creo que conjuntando todo eso podemos tener otro periodismo, otra sociedad y otro país.
Parece una quimera, pero yo creo que vale la pena.
También pienso que es importante que se sepa que en este país la democracia también pasa por un asunto cotidiano de los reporteros, que no sólo es un asunto de elecciones. Si queremos que este país cambie tenemos que cambiar los reporteros y asumir que la lucha por la democracia es un trabajo también de información, de orientación, de desnudar la corrupción, los malos tratos, los abusos y el tráfico de influencias. Si los medios de comunicación cumplimos con esa tarea estamos construyendo ciudadanía.
Asimismo, si nosotros hacemos nuestro trabajo, reconocemos lo que nos pasa, revisamos el trabajo periodístico que hacemos y realizamos una autocrítica responsable, podemos contribuir mucho a que esto cambie.