REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 11 | 2017
   

De nuestra portada

Atavismos de la izquierda mexicana: el caso AMLO


Héctor Ceballos Garibay

El sorpresivo auge del populismo tanto en la izquierda como en la derecha del espectro político (una tendencia ideológica mundial que presupone el respaldo a líderes todopoderosos con ínfulas redentoras), vuelve pertinente la reflexión sobre las conductas atávicas del movimiento político que, de cara a las elecciones federales del 2018, apoya la candidatura de López Obrador, quien desde hace cerca de veinte años ambiciona la silla presidencial.
Un primer asunto digno de cuestionamiento crítico es la opinión hoy en boga, derivada de la mayoría de las encuestas y los comentarios de numerosos analistas, que considera inevitable el triunfo electoral de AMLO, quien así capitalizaría el descontento popular generado por los “gasolinazos” y por el desprestigio del sistema político en general y de Peña Nieto en particular. Desde la perspectiva de las ciencias sociales, resulta falaz dicho pronóstico fatalista porque: a) El lapso entre la fecha de las elecciones del 2018 y el momento presente resulta demasiado prolongado, lo cual aumenta el número de factores contingentes en el contexto nacional e internacional que podrían modificar sustancialmente los pronósticos emanados de las circunstancias actuales; b) Los contundentes fallos de las casas encuestadoras en los años recientes, tanto en el caso mexicano como en los ejemplos de Inglaterra (el Brexit), de Estados Unidos (el triunfo de Donald Trump) y de Colombia (los acuerdos de paz), restan credibilidad a estas técnicas de consulta, sobre todo en situaciones de lizas electorales muy competidas; y c) Son numerosos los elementos que determinarán al ganador de los sufragios presidenciales del 2018, entre ellos: saber qué partido vence en las elecciones regionales de este año (principalmente en el Estado de México), conocer si hay un agravamiento de la crisis económica, si como política pública avanza o no el combate a la impunidad y a la corrupción, y si disminuyen o aumentan las consecuencias negativas para el país generadas por Donald Trump; averiguar si la izquierda acentuará su fragmentación política producto de la pugna entre MORENA y el PRD, y como resultado de la postulación de una candidata indígena para la presidencia por parte del EZLN; aguardar a ver si emerge, de entre los partidos políticos, un candidato que pueda seducir con su carisma personal a una mayoría del electorado; y nunca descartar la posibilidad de que, sobre la base de un proyecto socialdemócrata (que proponga una reforma fiscal progresiva) y una agenda libertaria en cuanto a derechos humanos, surja un candidato ajeno a la partidocracia y al clientelismo político, cuyo prestigio profesional y probidad personal lo conviertan, por un lado, en un aglutinador del voto meditado y contestatario y, por el otro, en cabeza de un movimiento transexenal capaz de edificar redes institucionales que promuevan la equidad social y la cultura democrática. Además, salvo su fuerte presencia electoral en ciertas entidades, MORENA aún no cuenta con una estructura de militantes y simpatizantes en el conjunto del territorio nacional. Es improbable, por todo lo dicho arriba, que en 2018 Andrés Manuel consiga superar su máximo porcentaje de votos logrado en las dos elecciones pasadas. A lo inútil de augurar un resultado definitivo, hay que añadir un espectáculo bochornoso: las ambiciones personalistas de muchos senadores y dirigentes políticos que hoy se suman a la “cargada” en pos de la bendición política de AMLO.
Quizá el atavismo más pernicioso de la cultura política mexicana sea la glorificación que se le profesa al líder en turno: el cacique, el gobernador, el presidente. Cualquier persona que tenga cierto mando, dada su potestad de otorgar beneficios económicos y políticos a sus fieles, genera una pleitesía y una sumisión rayanas en la idolatría. El caudillismo es una rémora que, por desgracia, igualmente lastra a la izquierda mexicana. Un vicio ancestral, funesto en los tiempos de Cuauhtémoc Cárdenas y ahora con López Obrador. Y mientras prevalezca esta tradición de “culto a la personalidad” jamás habrá una genuina renovación democrática del quehacer político. Tampoco existirá un juicio crítico de cara a decisiones y planteamientos cuestionables de AMLO, tales como: la visión maniquea que separa a los buenos, sus adeptos, de quienes serían los malos: la “mafia del poder” (un fantasmal PRIAN encabezado por Salinas de Gortari); la suposición megalómana de que bastaría con su arribo al poder presidencial para erradicar el complejo problema de la corrupción; el inverosímil y demagógico programa (2018. La Salida) que promete, sin subir impuestos ni aumentar la deuda, generar multitud de empleos, otorgar becas a estudiantes, subir los sueldos, crear refinerías, un crecimiento económico espectacular del 6%, y todo ello se lograría con sólo disminuir los sueldos de la alta burocracia y combatiendo la corrupción; la incongruente actitud, siendo él un personaje de izquierda, de no comprometerse a favor de asuntos como la interrupción del embarazo, el matrimonio igualitario y el uso lúdico de la mariguana, cuestiones que no le parecen prioritarias y deben someterse a consulta; la denostación intolerante hacia sus adversarios políticos y la descalificación de las encuestas que no lo sitúan como puntero, pero que en ambos casos, si cambian y se convierten al lopezobradorismo, entonces alcanzarían la beatificación inmediata; su silencio cómplice ante los atropellos a la democracia en Venezuela, la represión a los disidentes y el fracaso del modelo populista de Nicolás Maduro; la utilización de métodos políticos que refuerzan su poder absoluto: las votaciones en el Zócalo a mano alzada para designarlo “presidente legítimo” y las designaciones de candidatos vía “dedazo” a favor de sus allegados (sea que, para disfrazar las imposiciones, se apele a encuestas o a una ridícula selección mediante sorteos, como si México fuera la Grecia de Pericles); el apoyo político que le dio a José Luis Abarca, alcalde mafioso de Iguala, sin que hasta el momento haya hecho una autocrítica al respecto; los arrebatos emocionales costosos: no asistir al debate político con los otros candidatos y la toma de Reforma en 2006, la promoción de la cultura ilegal del “no pago” a la CFE en Tabasco; el guiñolesco trueque político manipulando a “Juanito”, en Iztapalapa; el intento de sacar raja política de la CNTE sin reparar en los excesos y corruptelas de la cúpula sindical; las gestiones públicas erróneas cuando fue Jefe de Gobierno del Distrito Federal: crear universidades con pésima calidad académica, construir Segundos Pisos favorecedores de las clases privilegiadas (en vez de invertir en transporte público), y la poca transparencia de los recursos financieros utilizados en dichas vialidades, opacidad informativa agravada por los actos delictivos de su gente más cercana de aquel entonces: Ponce, Bejarano, Ímaz; y la falta de “honestidad valiente” cuando presentó su declaración patrimonial 3 de 3, enmascarando sus propiedades mediante el subterfugio de las donaciones a sus hijos y sin notificar las ganancias que le reditúan sus libros y conferencias.
En este mundo contemporáneo donde tanto la economía (las cadenas productivas) como varias de las luchas más nobles de la humanidad (defensa de los derechos humanos, del medio ambiente, de la justicia penal internacional) se encuentran globalizadas, y justo hoy cuando proliferan los líderes que enarbolan un discurso proteccionista y aislacionista (la visión fascistoide de Trump y Le Pen), resulta lamentable que la izquierda mexicana aún sueñe con regresar al “nacionalismo revolucionario” de los años setenta del siglo pasado. AMLO, al atacar las “reformas estructurales”, termina respaldando la inmovilidad del viejo régimen y olvidándose de las lacras de aquellos fatídicos tiempos: el paternalismo estatal, la manipulación corporativa, el presidencialismo absolutista, el “charrismo” sindical, la desmesura de la maquinaria burocrática, y los desequilibrios y excesos gubernamentales que llevaron a la debacle económica. Anhelar un Ejecutivo omnipotente, sin contrapesos democráticos y con un partido oficial a su servicio revela, con claridad, lo mucho que aún conserva él de esa alma priísta que, por ejemplo, le impidió repudiar en aquélla época la matanza de Tlatelolco.
Entre otros muchos pendientes, México requiere fortalecer su pluralismo democrático: contar con partidos fuertes y competitivos en la derecha, el centro y la izquierda. A esta última, el sector ideológico que conjuga la lucha por la justicia social con la ampliación de las libertades, no le favorece el lenguaje mesiánico: prometer el “paraíso en la tierra” y la redención de un país gracias a un sujeto providencial, ni tampoco le conviene la búsqueda obstinada de perpetuarse en el poder, dos prácticas políticas que por desgracia se han enseñoreado recientemente en América Latina. Ojalá pronto, a pesar de las trabas e inercias, florezca aquí una izquierda moderna, con visión de Estado y plenamente democrática.

23 de abril de 2017, Sés Jarháni, Uruapan, Michoacán.