REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 05 | 2017
   

De nuestra portada

El síndrome de la servidumbre voluntaria


Hugo Enrique Sáez A.

Estos tiempos catastróficos por los que transitamos exigen interpretar lo que está ocurriendo con categorías nuevas, o bien adecuando viejos pantallazos de sensatez a la comprensión de la crudelísima guerra sistémica que azota al planeta, en cuyo transcurso el neoliberalismo intenta someter toda resistencia. Ante la tensión predominante en las relaciones internacionales, me angustia despertar un día con el anuncio de que se lanzó una bomba atómica en contra de objetivos poblacionales en un país, ya sea Corea del Norte, los Estados Unidos de América, o cualquier otro. Y lo más grave de esta coyuntura es la derechización pasiva del electorado en países de América Latina y del resto del mundo.
La crisis de los trece días que mantuvo en vilo a millones de familias en 1962, a raíz del pleito por los misiles nucleares instalados en Cuba, no luce tan inquietante como la actual situación en escala internacional. Sea como fuere, John Kennedy, Nikita Jruschov y Fidel Castro eran estadistas, en el sentido que definió el término Winston Churchill: pensaban en las siguientes generaciones. Ahora pululan por todas partes los políticos simples: aquellos que se ocupan de sus cálculos para las próximas elecciones. Súmese a esta miserable situación en la conducción de los asuntos públicos, el hecho de que hay un extendido sesgo totalitario en sus respectivas acciones de gobierno. Peor aún, lo más preocupante es que esos gerentes de supermercado metidos a funcionarios estatales parecen contar con apoyo entre amplios sectores sociales, que andan como entumecidos en su capacidad de defender sus intereses más allá de la supervivencia económica.
Primero, en auxilio de entender el fenómeno de subordinación frente a los poderosos, vino a mi mente el síndrome de Estocolmo. El caso de aquellas víctimas de secuestro que terminaron desarrollando un vínculo afectivo y de complicidad con sus propios captores. Evoqué también a Patty Hearts, nieta del millonario William Randolph Hearts, hecha prisionera por el Ejército Simbionés de Liberación en 1974. Después de que el potentado pagara seis millones de dólares en comida para los pobres, Patty cambió su nombre por Tania y fue fotografiada mientras asaltaba un banco junto con sus secuestradores. Recopilando conversiones de humanos en freaks me fui a sucesos más cercanos en el tiempo: cómo se explica que a partir de la piñata sandinista se borraran los ideales y llegara a gobernar la dictadura de Daniel Ortega, personaje que en su momento encabezó la lucha para derrocar la abominable dinastía de los Somoza. Más pueril, pero significativo, refugiados argentinos ya acomodados en México olvidaron su pasado rebelde y en las últimas elecciones presidenciales votaron por un corrupto derechista llamado Mauricio Macri.
Luego apelé a mi formación académica y dos autores vinieron en mi auxilio: Etienne de la Boétie y Baruch Spinoza. Ambos produjeron magníficas páginas que esclarecen la dominación de una élite sobre un heterogéneo conjunto de población. Así, Etienne de la Boétie (muerto a los 33 años en 1563) escribió a los 18 años un panfleto incendiario, El discurso de la servidumbre voluntaria, que sería publicado como libro por Montaigne en 1572. ¿Qué se entiende por servidumbre voluntaria?
“¿Cómo llamar ese vicio, ese vicio tan horrible? ¿Acaso no es vergonzoso ver a tantas y tantas personas, no tan sólo obedecer, sino arrastrarse? No ser gobernados, sino tiranizados, sin bienes, ni parientes, ni mujeres, ni hijos, ni vida propia. Soportar saqueos, asaltos y crueldades, no de un ejército, no de una horda descontrolada de bárbaros, contra la que cada uno podría defender su vida a costa de su sangre, sino únicamente de uno solo.”

Han pasado casi cinco siglos y medio y el pequeño panfleto parece describir lo que Jorge Alemán ha caracterizado al referirse al neoliberalismo: un modo de producción de subjetividades absorbidas por el sistema e impelidas por la exigencia de productividad. La situación de subalternos que soportan la dominación sin reaccionar, e incluso prestando con placer una obediencia sumisa, cuestiona profundamente la idea de las elecciones como expresión de la voluntad libre de los ciudadanos, quienes en elevada proporción se han convertido en consumidores colectivos y recogen cualquier regalo o empleo para vender su voto a favor del explotador en turno. Por consiguiente, la explicación más que económica es psicoanalítica, ya que en la pobreza el goce también se obtiene de productos del mercado, como puede ser una pantalla de televisión o un juego electrónico.
Por su parte. Baruch Spinoza, judío sefardí de origen portugués asentado en Holanda, reflexionó sobre el fenómeno en su Tratado teológico político (1670) con una enorme valentía, dado que llegó a cuestionar la teoría de Hobbes sobre el pacto social, que en última instancia justificaba el poder absolutista de los monarcas.
“…el gran secreto del régimen monárquico y su principal interés consisten en engañar a los hombres, disfrazando bajo el hermoso nombre de religión al temor del que necesitan para mantenerlos en la servidumbre, de tal modo que crean luchar por su salvación cuando pugnan por su esclavitud; y que lo más glorioso les parezca ser el dar la sangre y la vida por servir el orgullo de un tirano, ¿cómo es posible concebir nada semejante en un estado libre, ni qué cosa más deplorable que propagar en él tales ideas, puesto que nada más contrario a la libertad general que cohibir con prejuicios, o de cualquier otro modo que sea, el libre ejercicio de la razón individual?”

Habría que practicar una mínima corrección al párrafo de Spinoza, y donde dice “religión” sustituir la palabra por “medios de programación de masas”. En efecto, por conducto de las múltiples pantallas virtuales que existen se atrapa a los individuos y se los somete a la religión del dinero como un nuevo becerro de oro en pleno siglo XXI. Una aproximación a las estrategias hegemónicas de las clases dominantes nos indica que en la mayoría de los dirigentes de los mercados y de los estados se instala el cinismo, en el sentido que lo definió Peter Sloterdijk: “…ellos saben muy bien lo que hacen, pero, aun así, lo hacen.” Por supuesto, no se declaran las intenciones ocultas, sino que se las maquilla con descaradas mentiras, lo que se ha denominado la post verdad. En consecuencia, se desvanece la responsabilidad como elemento de justicia y se deja librado cualquier pleito a la relación de fuerzas entre víctima y victimario. Las diferencias entre los sujetos individuales terminan siendo establecidas por el mercado: el nivel económico de la familia en la que naciste, la escuela a la que concurriste, el lugar que ocupas en cuanto a ingresos.
Con estas categorías comencé a examinar los recientes acontecimientos bélicos. Así, destacó en la prensa mundial el ataque con 59 misiles disparados en contra de objetivos sirios, a un costo de millón y medio de dólares por cada uno. Luego, la llamada “superbomba” que se hizo estallar en unos túneles de Afganistán para matar a presuntos miembros del Estado Islámico. ¿Y las leyes? ¿Y los tratados internacionales? ¿Y los derechos humanos? ¿Se extinguieron en medio del fuego infernal de las armas? Se habrían pagado 314 millones de dólares por el artefacto explosivo llamado GBU-43/B. Y el ejército de Estados Unidos posee 19 explosivos más de este tipo. En la hoguera de las vanidades arden millones de dólares empleados en la industria de la muerte.
En conclusión, como afirma el mismo Spinoza, la conciencia social se estructura en torno a la emulación del otro, tanto en las conductas destructivas como en las que procuran armonía entre los sujetos sociales. El poder neoliberal privilegia las conductas basadas en el narcisismo, en la ignorancia del interés del otro; todas ellas, destructivas. ¿Hay esperanzas de oponer a esa pasión de Thanatos una pasión que emancipe a la sociedad? ¿Quizá se halle esa pasión en el sentimiento de pertenecer a una comunidad que comparta nuestro deseo de universal por encima de individuos atomizados? ¿Tendremos la fuerza para escarmentar a los déspotas, corruptos, criminales, delincuentes, y a toda esa laya de cínicos que se regodean de la pasividad colectiva frente al abuso y la ofensa infligidos a la sociedad?