REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 09 | 2017
   

Letras, libros y revistas

10 lustros de Cien años de soledad


José Luis Velarde

Introducción
El diecisiete de abril de 2014 falleció Gabriel García Márquez, un hombre de magia reiterada y palabra certera; siempre hábil y generosa para recrear mundos que la mayoría de las personas dejan de advertir. Agua, selva, paisajes irreductibles como los mostrados en las historias telúricas de la década de los veinte, donde la naturaleza americana era invencible e incapaz de saber que un día habría un Boom literario; y que una nueva literatura surgiría para conmocionar al mundo asombrado por los hechos y circunstancias de personajes tan extraordinarios como los que narraron para García Márquez, de quien es imposible hablar sin referirse a los abuelos maternos: Tranquilina Iguarán Mina y el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, Papalelo, sobreviviente de la Guerra de los Mil Días. Guerra cierta aunque parezca una invención perdida entre las muchas invenciones presentes en la vida de García Márquez, quien nació el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, hace poco hubiera cumplido 90 años, pero sólo tenía dos cuando los padres lo entregaron a los abuelos maternos para mudarse a Barranquilla. Regresaron a finales de 1934, de aquella ciudad a donde sólo se podía arribar en embarcaciones cada vez menos frágiles, tras navegar una ciénaga y el río Magdalena. Volvían como seres fantasmales de tan hipotéticos que se vuelven los recuerdos en la mente infantil que los redescubrió sin alterar la influencia fantástica de los abuelos. Antiguos acumuladores de palabras e imágenes sempiternas en la imaginación del futuro autor.
En 1936, el padre decidió mudarse a Sincé, para entonces Mina había perdido la vista y García Márquez no volvería a ver al abuelo fallecido un año después. 1 Vivir para contarla es la obra autobiográfica donde García Márquez ratifica las diversas herencias recibidas. Algunos comentan lo afortunado que fue el escritor por recibir esos testimonios ineludibles. En lo particular creo que muchas otras personas, millones de personas, tienen parientes capaces de contar un cuento tras otro, historias de cuando la realidad era tan generosa que hoy parece increíble. ¿Recuerda usted los tiempos, quizá referidos en las crónicas de María Castaña, una imprecisa mujer del siglo XIV?

«¡Sí, se nos ha vuelto el tiempo de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas (...)!», decía el licenciado de El casamiento engañoso de Miguel de Cervantes Saavedra, a finales del siglo XVI y comienzos del XVII, cuando el autor de El Quijote escribió sus Novelas ejemplares, los tiempos de Maricastaña, ya eran una frase hecha que permitía remontarse a una antiquísima época diluida en el recuerdo que quizá nunca existió... ¿O quizá sí?2

Y si no sabía usted de esa mujer que dicen encabezó una revuelta en 1346 contra los señores feudales, en campos de Lugo, quizá haya oído historias de cuando había tanta riqueza que los perros eran atados con longaniza sin dar de mordiscos a su peculiar atadura muy frecuente en el pueblo de Candelario, también en España. ¿Me pregunto si recuerda las monedas de siete lados? ¿Las pesetas, los tostones, los dos centavos, los ríos de la región repletos de agua en un mundo submarino de acamayas, arpones y banquetes bajo la sombra de árboles inmensos y tan distantes como el río Purificación? Abuelos y madres empeñados en contar historias, casi siempre consideradas repetitivas, sin encontrar en ellas testimonios propios y literaturas interminables. Las influencias sobrepasan y silencian a los interlocutores fallidos. Lo mágico y lo maravilloso destellan al alcance de los sentidos, pero muy pocos escritores son capaces de tomar las influencias recibidas del entorno y los familiares para transformarlas en una obra literaria tan exuberante como la creada por Gabriel García Márquez, a quien hoy recordamos muy cerca de cumplirse diez lustros del primer tiraje de Cien años de soledad, el próximo cinco de junio. Aniversario constituido como punto de partida para reunirnos hoy gracias a la invitación del Museo de Historia Natural de Tamaulipas, TAMUX, el Instituto Tamaulipeco de Cultura y mi amigo Carlos Avilés Arreola. Hoy iremos a los orígenes de Macondo, recorreremos velos, hablaremos de ventas y William Faulkner, para saber un poco más de un autor arraigado en el gusto popular y personaje de amistades sólidas y fructíferas. Mucho de García Márquez se revela en Vivir para contarla, autobiografía que se anunció incontables ocasiones tras exhibir como muestra de su existencia un solo capítulo hasta presentarse en el 2002. La historia arranca a los veintitrés años del colombiano al recibir la visita de una madre aún distante, apenas reconocible, pero de aires altivos. Luisa Santiaga Márquez Iguarán ordena cuando solicita compañía en arranque poderoso; definitivo y escueto.

—Vengo a pedirte el favor de que me acompañes a vender la casa.
—No tuvo que decirme cuál, ni dónde, porque para nosotros sólo existía una en el mundo: la vieja casa de los abuelos en Aracataca, donde tuve la buena suerte de nacer y donde no volví a vivir después de los ocho años. Acababa de abandonar la facultad de derecho al cabo de seis semestres, dedicados más que nada a leer lo que me cayera en las manos y a recitar de memoria la poesía irrepetible del Siglo de Oro español. Había leído ya, traducidos y en ediciones prestadas, todos los libros que me habrían bastado para aprender la técnica de novelar, y había publicado seis cuentos en suplementos de periódicos, que merecieron el entusiasmo de mis amigos y la atención de algunos críticos. Iba a cumplir veintitrés años el mes siguiente, era ya infractor del servicio militar y veterano de dos blenorragias, y me fumaba cada día, sin premoniciones, sesenta cigarrillos de tabaco bárbaro. Alternaba mis ocios entre Barranquilla y Cartagena de Indias, en la costa caribe de Colombia, sobreviviendo a cuerpo de rey con lo que me pagaban por mis notas diarias en El Heraldo, que era casi menos que nada, y dormía lo mejor acompañado posible donde me sorprendiera la noche. Como si no fuera bastante la incertidumbre sobre mis pretensiones y el caos de mi vida, un grupo de amigos inseparables nos disponíamos a publicar una revista temeraria y sin recursos que Alfonso Fuenmayor planeaba desde hacía tres años. ¿Qué más podía desear? 3


Describirse es fantástico
Vivir para contarla, aclara, precisa los misteriosos oráculos que desencadenaron el universo de Macondo, y con él, cierta América habitada por seres heroicos o vulgares adentrados en paisajes extraños, íntimos o externos, descritos con palabras dispuestas a salirse de las páginas de los libros que aún intentan contenerlas. ¿Cómo creer que García Márquez tuvo problemas constantes con las reglas del lenguaje? ¿Cómo suponerlo al encontrar una autobiografía que usa recursos novelísticos para expresar reminiscencias, complejas tramas literarias e influencias de Juan Rulfo y William Faulkner, para narrar con increíble naturalidad el origen de cuentos y novelas fantásticos? Es evidente que el estilo personal de García Márquez va más allá para entreverar los mundos presenciados y los compartidos con nosotros, al escribir con singular destreza, pues aunque parezca a punto de precipitarse por las orillas de una metáfora altísima y estabilidad dudosa, no vacila al sostenerse sobre una frase innovadora para ir aún más alto. Vivir para contarla conjuga el oficio del periodismo y los sortilegios del novelista. Enreda géneros, pues si contar el origen de lo real maravilloso debiera delinearse con la precisión exhibida en Crónica de una muerte anunciada, para producir cualquier variante de literatura realista, termina por ser una realidad tamizada por la fantasía arribada en párrafos excepcionales hasta que resulta imposible establecer límites entre ambas condiciones.
Así de complejos somos los seres humanos.
La realidad es tan personal que termina por ser fantástica en el instante mismo que comienza a explicarse. No importa la precisión que pretenda imprimir al texto García Márquez, pues siempre las descripciones terminarán por volverse símbolos individuales al enriquecerse al ser retomadas por los lectores, los intérpretes disímbolos, para quienes la realidad del autor se revela tan cierta como Macondo, ese territorio de ubicación definitiva en los mapas internos. Los mapas personales donde convive todo aquello que se considera cierto de tanto repetirse. La verdad suele ser una cuestión de fe y terquedad hasta volverse dominio público, porque la memoria suele ser materia frágil y dúctil como los sueños.
Los orígenes de Macondo son convincentes como Yoknapatawpha, condado estadunidense descrito por Juan Tebar con precisión, quizá definitiva, quizá mera historia de fantasmas, para aproximarnos al entendimiento de García Márquez, aún a sabiendas de que a los genios no se les puede precisar de tan huidizos que son:

Porque todo Faulkner sucede en Yoknapatawpha, y aquellas páginas que parezcan no suceder allí, en verdad sí suceden, porque el condado está hecho de la tierra de su propia tierra (que lo fue también de Sherwood Anderson), y de la sangre de sus propios sueños. Tierra Dividida quiere decir su nombre. Dividida entre el realismo y la pesadilla de lo nunca ocurrido, entre la autobiografía y lo fantástico, entre sucesos y espectros. 4

García Márquez es Macondo y Macondo es el universo donde un explorador afortunado podría encontrar Yoknapatawpha y Comala entre brumas y fantasmas lindantes con Aracataca, me encanta decir esta última palabra: Aracataca.
Es obvio advertir en esta exposición extrapolaciones fantásticas, pues de la nada aparente surgió la Comala de Rulfo, pero extrapolar es parte de las condiciones que deben establecerse para intentar entender los orígenes de la obra que heredamos de Gabriel García Márquez. Es creación que se alimenta de sí misma sin consumirse en el intento, va y viene empeñada en deshacer misterios para crear sus propios valores estéticos, complejos y populares a la vez que se vuelve compleja, de pronto es un misterio encontrar tantos lectores y aficionados a lecturas que no siempre son sencillas. ¿Cuántos leen, leerán o leyeron a García Márquez más allá del boom literario y del boom comercial bien escondido en libreros decorativos e inútiles?
Muchos se preguntan y preguntan a cuantos pueden: ¿dónde están los secretos que conjuntan calidad y demanda inusual en un mundo cada vez menos lector?
Una respuesta probable la aporta el hecho inspirador de que a los 9 años Gabriel García Márquez se adentraba en Las mil y una noches y que al poco tiempo Verne, Salgari, Dumas y los hermanos Grimm eran autores de sus lecturas. Lecturas que lo llevaron a escribir poemas y a obtener una beca en el prestigiado Liceo Nacional de Zipaquirá en 1943.
¿Cuáles son los misterios ocultos en ese adolescente que años después postuló el sueño de una América fortalecida? Un país utópico de inmediato vilipendiado por los críticos que al no encontrar reproches literarios, se dieron a cuestionar la amistad sostenida durante años con Fidel Castro. Quizá porque resulta imposible separar la literatura de la política, pero no sé gran cosa de cómo y por qué García Márquez fue embajador de Fidel alrededor del mundo. Quizá, porque es más fácil advertir las diferencias que surgen al ir del publicitado muro norteño entre México y los Estados Unidos, a la Patagonia de arideces semejantes, pero inconcebibles en la selva colombiana.
El diario colombiano La República, publicó tras el fallecimiento de García Márquez en el 2014, cifras que revelan parte de las ventas alcanzadas por el autor.

De Cien años de soledad la estimación es que se han vendido 40 millones de copias en 35 idiomas.
La edición conmemorativa de este título salió a la venta a partir de 2007, a propósito de los 40 años de su lanzamiento. Fue distribuida por editorial Alfaguara y se estima que durante ese año se vendieron en promedio 150 mil ejemplares semanales en Estados Unidos, Latinoamérica y España.
De El amor en los tiempos del cólera se han comercializado 30 millones de ejemplares. Éste, según el mismo diario, ha sido el libro más vendido del escritor colombiano en Estados Unidos y Francia.
De Memoria de mis putas tristes, se vendieron en una semana 400 mil ejemplares en todo el mundo.
Luego de la muerte de Gabo, Vivir para contarla y Cien años de soledad, se encuentran entre las más solicitadas. 5

Dejo de tarea, a quien pudiere interesarle, citar las cifras verdaderas de la obra de García Márquez, pues ya pasaron diez años; lo expuesto en 2014 es distante, incompleto y de seguro inexacto. Aclaro que es misión de alto riesgo, porque las casas editoriales son muy dadas a maquillar cifras y porque una de las obras más reproducidas en ediciones piratas, aquí y en China, es la del colombiano.

La complejidad de García Márquez
Todo intento de contar la vida de otro implica abrevar y abreviar, a veces más lo segundo que lo primero, en las reseñas, incontables o escuetas, dedicadas a los misterios implícitos en cada existencia, significa también ejercitar la memoria para reconstruir los misterios personales desvelados en cada encuentro con la obra del ausente. A veces digo, sin reflexionar, que toda biografía es un ejercicio novelesco. Hoy me apoya la cronología del Centro Virtual Cervantes, como auxiliar imprescindible para exponer en orden abreviado asuntos biográficos donde se intercalan diversas reflexiones que nos aproximan a Cien años de soledad.
En 1947 se inscribe en la Escuela Nacional de Derecho de Bogotá, tras breves estancias en Cartagena y Aracataca. Ya cumplió 23 años y es lector de Dante, Petrarca, Garcilaso, Quevedo, Thomas Mann, Rubén Darío, Freud y Franz Kafka, entre tantos otros.6 García Márquez publica en el diario El espectador su primer cuento y significa su entrada definitiva al mundo de la escritura, algunos de los textos presentados en ese medio de comunicación serán parte del libro Ojos de perro azul, ya suenan distantes los trabajos firmados como Javier Garcés, seudónimo colegial, por esas fechas entabla amistad con Plinio Apuleyo Mendoza, tan cercano que puede ser biógrafo presencial de buena parte de la existencia del escritor a quien hoy pretendemos acercarnos. Colombia sufre revueltas que llevan al cierre de la escuela de derecho y al traslado de García Márquez a Cartagena, nuevo domicilio familiar, donde consigue espacio en un periódico recién fundado y descubre su afición por la música vallenata. En 1950 viaja a Barranquilla, donde se une al periódico El Heraldo, para publicar su famosa columna llamada Jirafa; colaboración diaria firmada como Séptimus, seudónimo extraído de una novela de Virginia Woolf. El ejercicio periodístico de todos los días le permite afinar la escritura reforzada por nuevos autores de lengua inglesa donde figuran Faulkner, Joyce, Hemingway y John Dos Passos, además de la ya citada Virginia. Antes de finalizar el año comienza la escritura de La hojarasca, la primera novela.
La hojarasca no es de lectura fácil, tiene el encanto de presentar por primera vez a Macondo, pero es contada por tres voces que se alternan en las descripciones sin que nadie las presente. A veces es simple distinguirlas, pero a pesar de que se trata del padre, la hija y el nieto no siempre son evidentes.
Ha fallecido un hombre que según los pobladores del pueblo no merece ni siquiera ir a la tumba en paz, pues a su afición por las mujeres suma no haber atendido a un grupo de pobladores heridos en una de las tantas revoluciones regionales, pero el abuelo se empeña en desarrollar los funerales como si el muerto fuera alguien respetable, aunque sea alguien que sólo cuenta a su favor con una carta de recomendación expedida por el Coronel Aureliano Buendía. La historia arranca con una escena de Antígona donde se cuenta la sentencia que impide dar sepultura a un muerto. Luego aparece el viento. Una ráfaga muy parecida a la que da fin a Cien años de soledad.

De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos; rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil. La hojarasca era implacable. Todo lo contaminaba de su revuelto olor multitudinario, olor de secreción a flor de piel y de recóndita muerte. En menos de un año arrojó sobre el pueblo los escombros de numerosas catástrofes anteriores a ella misma, esparció en las calles su confusa carga de desperdicios. Y esos desperdicios, precipitadamente, al compás atolondrado e imprevisto de la tormenta, se iban seleccionando, individualizándose, hasta convertir lo que fue un callejón con un río en un extremo un corral para los muertos en el otro, en un pueblo diferente y complicado, hecho con los desperdicios de los otros pueblos. 7

El viento no arrastra aire puro sino desechos. Retumba estridente para iniciar o terminar sagas entremezcladas. No se puede hablar de Cien años de soledad sin referirse al inicio de La hojarasca y al mundo recreado en las obras de García Márquez, pertenecientes a lo real maravilloso y la escritura intrincada, quizá por ir y venir por los mismos rumbos. Sin embargo, el universo del autor también atiende otras posibilidades estéticas presentes en el desarrollo de crónicas y asuntos surgidos de la práctica y las técnicas periodísticas.

En medio de aquel ventisquero, de aquella tempestad de caras desconocidas, de toldos en la vía pública, de hombres cambiándose de ropa en la calle, de mujeres sentadas en los baúles con los paraguas abiertos, y de mulas y mulas abandonadas, muriéndose de hambre en la cuadra del hotel, los primeros éramos los últimos; nosotros éramos los forasteros; los advenedizos. Después de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabíamos que la hojarasca había de venir alguna vez, pero no contábamos con su ímpetu. Así que cuando sentimos llegar la avalancha lo único que pudimos hacer fue poner el plato con el tenedor y el cuchillo detrás de la puerta y sentarnos pacientemente a esperar que nos conocieran los recién llegados. Entonces pitó el tren por primera vez. La hojarasca volteó y salió a verlo y con la vuelta perdió el impulso, pero logró unidad y solidez; y sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra. 8

En 1952 se publica El invierno, un capítulo de La hojarasca; en el periódico El Heraldo, añaden los biógrafos que poco se sabe del autor durante un año, aunque voces como la de Jaques Guilard, cuenten que se dedicó a vender enciclopedias en diversos parajes de La Guajira colombiana. No lo dudo, aunque no pueda corroborar que la información sea verdadera, pero encaja con todo lo dicho hasta este momento así tengamos que ir hasta el último confín de Colombia en el Atlántico. Y si La hojarasca es una novela breve, al contar lo ocurrido en 30 minutos, mediante tres voces narrativas, en más o menos 150 páginas, según la edición, al final es una obra de largo alcance por anticipar historias y la creación de otros mundos que no pueden quedar ausentes cuando se pretende hablar de 100 años de soledad, pues el entorno y algunos personajes ya existían en los días en que estuvo a punto de no ser publicada, pues La hojarasca, exhibe varios rechazos, el más conocido y anecdótico fue el procedente de la Editorial Losada, radicada en Argentina, donde el editor Guillermo de Torre sólo encontró “un apreciable sentido poético” tras lo cual añadió un casi sepulcral “mejor dedíquese a otra cosa”. 9
El escritor colombiano Álvaro Mutis invita a García Márquez a colaborar en El Espectador, donde escribe comentarios semanales dedicados al cine. Comenta películas con pasión que acrecentaría con los años. En reiteradas ocasiones dijo que le hubiera gustado asumir el papel de director cinematográfico.
La hojarasca demora su salida hasta 1955, en edición de autor ofrecida de puerta en puerta por el propio García Márquez, según cuentan algunos testigos. En ese mismo año aparece Relato de un náufrago, publicado en el diario donde trabaja. Es un reportaje crónica, donde cuenta la historia verdadera de Luis Alejandro Velasco, quien pasa diez días sin comer ni beber, tras el hundimiento del destructor Caldas de la marina colombiana, para sobrevivir de manera increíble. Aclamado como héroe se presenta en la redacción del periódico, donde es entrevistado por el joven periodista en veinte sesiones de seis horas diarias sin contar con una grabadora buen funcionamiento. Los testimonios surgidos más que novela de aventuras implican denuncias políticas que desmienten los reportes oficiales y llevan al incipiente autor a exiliarse en Ginebra, Suiza, más que en la bebida del mismo nombre. 10 García Márquez decide permanecer en Europa y emprender una vida pobre en París, donde comparte espacios con Plinio Apuleyo Mendoza, mientras inicia la escritura de El coronel no tiene quien le escriba. Al poco tiempo se traslada a Roma, donde se inscribe en el Centro experimental de Cinematografía para estudiar los rudimentos del guión antes de viajar por Europa Central. Mientras tanto, en Colombia, el general Gustavo Rojas Pinilla decide clausurar El Espectador, como otro acto patibulario de la dictadura que encabeza.

Las obras antecesoras de Cien años de soledad
Relato de un náufrago le da más prestigio al incipiente escritor que La hojarasca. En 1956 termina la escritura de su segunda novela y publica 90 días en la Cortina de Hierro; colección de artículos redactados tras un viaje por la República Democrática Alemana, Checoslovaquia y la Unión Soviética. Viaja a Venezuela donde se incorpora como articulista político en la revista Momentos. La revista Mito, radicada en Bogotá, publica en 1958 El coronel no tiene quien le escriba, por esas fechas empieza la escritura de Los funerales de Mamá Grande. 11 Para entonces es más reconocido en ámbitos artísticos y políticos por la simpatía otorgada al socialismo y por el Relato de un náufrago más que por la obra literaria. Las novelas y los cuentos publicados aún no provocan revuelo. Mientras tanto García Márquez afina sus recursos narrativos en el exilio marcado por incontables privaciones, pero es un escritor incansable que no vacila al experimentar técnicas narrativas, mientras cruza fronteras interiores y externas para revelarse como autor en cada palabra que escribe. En ese año contrae nupcias con Mercedes Barcha, a quien había conocido en 1943, en Sucre, cuando ella cumplía 9 años y él apenas 14.
Gabriel García Márquez viaja a la Habana tras el triunfo de la revolución cubana en 1959. Allá conoce los inicios del nuevo régimen con el que desarrollará una particular hermandad. Regresa a Colombia donde publica 90 días en la Cortina de Hierro. Festeja el nacimiento de Rodrigo su primer hijo. Trabaja en Prensa Latina y retorna a Cuba en 1960, para radicarse durante seis meses. En 1961 es nombrado corresponsal en Nueva York, pero renuncia al poco tiempo por las presiones políticas surgidas en Cuba y los propios Estados Unidos. Decide radicar en México, donde espera subsistir y mantener a la familia con los pagos recibidos de la escritura de guiones cinematográficos. 12
El coronel no tiene quien le escriba aparece sin demasiado revuelo en Bogotá, trata de un hombre empeñado en obtener el reconocimiento, una simple pensión de veterano de guerra, tras participar en una revolución colombiana bajo las órdenes de Aureliano Buendía. La pensión nunca llega y el hombre vive una existencia miserable, mientras se niega a vender su único bien. Un gallo que al final arriesga por no contar con otra posibilidad de sobrevivir. Llega entonces la buena noticia del triunfo de La mala hora en el premio de novela ESSO, en Colombia. ESSO era una compañía petrolera llamada así por las iniciales S y O que denominaban a la Standar Oil, empresa estadunidense de la cual recibió tres mil dólares de premio, cantidad que le motivó a emprender la escritura de la primera versión de El otoño del patriarca sin encontrarla satisfactoria.
Los viajes, la escritura desmedida y la experimentación estilística maduran y favorecen el crecimiento del autor. Con obras de mayor o menor elocuencia narrativa ya dispone del mundo de Macondo al exhibir y replantear los universos generados en la infancia. Ya puede arriesgarse a escribir una obra de mayores horizontes, mientras se codea y comparte andanzas con intelectuales mexicanos donde destacan Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Fernando Benítez, Manuel Barbachano Ponce y Carlos Monsiváis, también amigos del escritor colombiano Álvaro Mutis que un día de 1961 sorprendió a García Márquez al regalarle un libro de Juan Rulfo.

Fue Álvaro quien me llevó mi primer ejemplar de Pedro Páramo y me dijo: ‘Ahí tiene, para que aprenda’. Nunca se imaginó en la que se había metido. Pues con la lectura de Juan Rulfo aprendí no sólo a escribir de otro modo, sino a tener siempre listo un cuento “distinto”, recordó García Márquez en Mi amigo Mutis, leído en 1993 en el cumpleaños 70 de su compatriota y publicado como prólogo de La mansión de Araucaíma.

Ese entorno intelectual es tertulia y fiesta, pero también intercambio enriquecedor donde fluyen bromas, comentarios y hasta correcciones y apuntes que a todos benefician, mientras la década arranca entre acordes de rock, Guerra Fría, misiles, Vietnam y la esperanza latinoamericana de arribar al primer mundo conducida por la Alianza para el progreso, la ONU y otras falacias aún inadvertidas como tales. Es un ámbito intelectual irrepetible donde surgen textos literarios destinados a prevalecer en la literatura de nuestro continente.
La mala hora se presenta en Madrid en 1962, en una edición pirata que rechazaría el autor. Meses después expone en México, el libro de cuentos Los funerales de Mamá Grande, mientras colabora con revistas literarias, trabaja en agencias publicitarias y atestigua el nacimiento de Gonzalo, su segundo hijo.
García Márquez se adentra en la escritura de guiones cinematográficos. No en balde ha sido comentarista de cine y estudioso implacable del género. A partir de 1963 escribe en colaboración con Carlos Fuentes, una docena de guiones cinematográficos. El primero de ellos es El gallo de oro, basado en una obra narrativa breve de Juan Rulfo. Roberto Gavaldón fue el director de la cinta protagonizada por Ignacio López Tarso, Lucha Villa, Narciso Busquets, Carlos Jordán, Agustín Isunza y Enrique Lucero, para contar la historia de un hombre que encuentra a un gallo de pelea moribundo para cuidarlo hasta ganar una pelea tras otra, pero el destino, la Caponera, interpretada por Lucha Villa y la envidia lo dejarán en ruinas como siempre. La película fue un éxito de taquilla sustentada en la fotografía de Gabriel Figueroa, pero Gretel Herrera no vacila al afirmar:

Aunque es un filme bastante sólido y está considerada de las mejores películas de este director mexicano, en relación con su referente literario El gallo de oro se despoja de toda su fuerza, convirtiéndose en una simple historia de amor y duelo de galleros. De las características de Dionisio, su discapacidad es eliminada al igual que la prepotencia que lo lleva al suicidio, final literario que también es trocado por uno más benévolo en el que no hay muerte, ni esa visión cínica y mordaz que tenía Rulfo de la naturaleza humana. La Caponera es la gloria del filme y es salvada al final de ese destino inexorable que le había otorgado su creador “(…) murió una noche sola, sentada en su sillón de siempre, sin que nadie la auxiliara ni se enterara del ahogo que la llevó a la muerte, provocada por el alcohol”. 13

Tiempo de morir es otra cinta destacada donde comparten créditos García Márquez y Carlos Fuentes, cuenta la historia de un ranchero mexicano que intenta emprender una vida en paz junto a la mujer que ama, pero su deseo es interrumpido por los hijos del hombre a quien mató hace años. La historia es desvirtuada por los intereses comerciales que incluyen cowboys para convertir la historia en un western sin tomar en cuenta las recomendaciones de los autores del guión.
García Márquez vive del cine a pesar de las discrepancias surgidas en cada trabajo con productores empeñados en obtener ganancias. En 1965 llega a la pantalla En este pueblo no hay ladrones, adaptación de un cuento de García Márquez, el proyecto lo respaldan Alberto Isaac, Luis Buñuel, Juan Rulfo y Carlos Monsiváis. Los ámbitos del cine parecen propicios para destinarles mayor tiempo, a pesar de ello el colombiano se distancia para empezar la escritura de una nueva novela. Se trata de Cien años de soledad.

Cien años de soledad
García Márquez fue siempre un escritor compulsivo. Desde los tiempos en que escribía Jirafas en El Heraldo de Barranquilla, solía trabajar durante jornadas exhaustivas. Una anécdota referida a la escritura de La hojarasca, lo confirma:

Quería encerrarme sin pausas para hacer la primera copia en cuartillas oficiales antes de la última corrección. Tenía unas cuarenta páginas más que la versión prevista, pero aún ignoraba que eso pudiera ser un tropiezo grave. Pronto supe que sí: soy esclavo de un rigor perfeccionista que me fuerza a hacer un cálculo previo de la longitud del libro, con un número exacto de páginas para cada capítulo y para el libro en total. Una sola falla notable de estos cálculos me obligaría a reconsiderar todo, porque hasta un error de mecanografía me altera como un error de creación. Pensaba que este método absoluto se debía a un criterio exacerbado de la responsabilidad, pero hoy sé que era un simple terror, puro y físico.14

García Márquez escribe sin pausas durante 1965 y 1966, para reunir los mundos entrevistos, mientras los desata en una obra definitiva para la literatura del Siglo XX. El estilo se afina de tanto practicarse y de tanto resonar en la memoria del autor. Las palabras se renuevan cuando los escritores las manipulan en nuevos sortilegios. Suelen desatar sorpresas mientras buscan su propia identidad hasta que de tanto buscarla nos devuelven el gusto de los símbolos originales; los significados ocultos en las palabras cuando se pronunciaron por primera vez. Somos, decía Ernst Cassirer, seres complejos determinados por los símbolos que sustentan el lenguaje y nuestro pensamiento. El idioma otorga las posibilidades de constituir literaturas destinadas a trascender, pero entre los muchos practicantes son pocos los que logran precisar las tonalidades donde la literatura se sublima y se vuelve fenómeno universal sin dejar de ser tan íntimo como las emociones provocadas en cada lector.
En 1966 las revistas Amaru en Lima, Eco en Bogotá y Nuevo Mundo en París, publican fragmentos de Cien años de soledad. En 1967 la Editorial Sudamericana de Buenos Aires, publica la primera edición. El reconocimiento internacional apenas empieza. En el 2007 aparece una edición especial cuidada por la Real Academia de la Lengua Española, ahí refieren:
…la lengua en que se encarna la historia de los Buendía y de Macondo no es en absoluto dialectal o costumbrista. La creación de García Márquez integra los registros de la mejor tradición literaria oral y escrita, en la que, en efecto, resuenan algunas voces, ya hispanizadas, que proceden del arahuaco, del náhuatl, del quechua o de otros dialectos caribes, y que, amalgamadas con las viejas palabras castellanas, enriquecen el español universal.
[ ] Arraigada su acción en un rincón de América, en ella palpitan experiencias universales de humanidad: Macondo es un lugar que contiene todos los lugares. 15

García Márquez inventa, recrea, el lenguaje de Macondo tal como lo hiciera Juan Rulfo al referirse al campo mexicano. No es réplica fiel, pero es creíble y ésa es una virtud inapreciable en este mundo incierto.


NOTAS
Centro Virtual Cervantes. (2017). Cronología histórica. Disponible en http://cvc.cervantes.es/actcult/garcia_marquez/cronologia/1927_67.htm
2 Arrizabalaga, M., ¿Quién fue la Maricastaña de los remotos tiempos del dicho? Diario ABC, Disponible en http://www.abc.es/archivo/20140916/abci-quien-maricastana-aquellos-remotos-201409051422.html
3 García Márquez, G. (2002). Vivir para contarla. Mondadori. Barcelona.
4 Tebar. J., El País. (1979). El nacimiento de Yoknapatawpha.
Disponible en http://elpais.com/diario/1979/06/27/cultura/299282413_850215.html
5 La República. (2014) ¿A cuánto asciende la millonaria herencia de García Márquez? Disponible en http://www.pulzo.com/economia/cuanto-asciende-la-millonaria-herencia-de-gabriel-garcia-marquez/121781
6 Vivir para contarla. Óp. Cit. Páginas 118-126.
7 García Márquez, (1955). La hojarasca. Plaza janés. Edición de 1974. España.
8 Ibidem.
9 Siete famosos rechazos literarios. Revista Arcadia.
Disponible en http://www.revistaarcadia.com/libros/articulo/famosos-rechazos-literarios/29226
0 Vivir para contarla. Óp. Cit. Páginas 281-290.
1 Centro Virtual Cervantes. (2017). Op. Cit.
2 Ibídem.
3 Herrera, G., El gallo de oro de Juan Rulfo y el cine. Disponible en http://www.elespectadorimaginario.com/el-gallo-de-oro-de-juan-rulfo-y-el-cine/
4 García Márquez, G., (2002) Vivir para contarla. Op. cit. Página 236
5 Real Academia de la Lengua Española. IV Congreso Internacional de la Lengua Española. Disponible en http://fundaciondhyana.weebly.com/uploads/3/0/0/8/30085277/cien_aos_de_soledad_garca_mrquez.pdf