REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 11 | 2017
   

Confabulario

Más allá del Río Bravo


José Luis Velarde

El suelo es una caricia antes de volverse quemadura.
El Libro de las Desapariciones

El hombre entrelaza las manos sobre la boca y tiembla sobre la tierra caldeada. Sus atacantes le supusieron muerto y lo abandonaron entre las sombras con un balazo en el pecho. El moribundo mira el espejeo de la luna en las aguas del Río Bravo y piensa en la cantidad miserable que le robaron. Quizá los asaltantes dispararon disgustados por tanta pobreza y no lo comprende, si ésta es la ruta de los que no pueden pasar la frontera con los papeles en regla.
Los recuerdos deambulan por los alrededores como espectros y se multiplican entre las ramas de los árboles y la hierba como si no quisieran desvanecerse ante la muerte. La sangre desciende por el pecho, humedece la ropa y forma otro río sobre la tierra resquebrajada. Las cigarras y los grillos zumban arrullos para adormecer al hombre que no quiere soñar, aunque los sueños sean inevitables. El dolor no existe. Se manifiesta en otro, en alguien que se encuentra tendido muy lejos de la frontera.
Las manos ascienden y cubren el rostro. Los ojos permanecen descubiertos; a salvo. La máscara otorga alivio y se mantiene serena cuando los peces agitan el agua y las aves nocturnas producen ruidos extraños. La mirada se deslumbra con la luz que procede del otro lado del río. Una familia de mapaches que camina con nerviosismo detiene la marcha y aguarda en las tinieblas. Se escucha una voz dulce que apresura a un niño.
El pequeño se encuclilla junto a la madre absorta que mira los círculos amarillos distorsionados por el agua. La oscuridad se aparta despacio. Las crías de mapache se agitan y penetran en la madriguera cálida. Los padres permanecen afuera. El niño los ha visto en los atardeceres; en la hora en que asoman despacio, en fila india y con las colas enroscadas. Siempre parecen tener sed y no se alejan del agua, pero nunca los había visto de noche. Los ojos de los animalitos son rojos ante la luz y resplandecen.
La mujer se incorpora. La camioneta de la patrulla fronteriza se conformó con ostentar su presencia y se fue de prisa para buscar a los que cruzaron el río. Los guardias piensan que la mujer y el niño no van a intentarlo. Perciben que la advertencia prolongó el miedo más allá del cauce estrecho en el verano sin lluvias y aumentan el volumen de la estación de radio que presenta un especial de música country desde Edinburg.
Los perros ladran en un lugar impreciso y los vaqueros de la melodía beben cerveza y buscan regresar al terruño abandonado. Hay olores de humedad y de miedo esparcidos en la noche. La madre tranquiliza a su hijo y le habla de la suerte que no permitió que los descubrieran. La voz es cálida y luego, sin saber por qué, entona una canción de cuna para el niño que a los siete años comienza a detestar las piezas infantiles.
El niño aguarda otra visión de los mapaches. Desea mirarlos correr y llegar al agua. Admira las manos pequeñas y ágiles que desmenuzan los alimentos humedecidos, antes de llevarlos a los hocicos que parecen sonreír desde siempre. Observa la luz amarilla que persevera en la memoria del hombre silencioso. El que no puede incorporarse y es incapaz de olvidar mientras permanece inadvertido en la orilla del río interminable.
La melodía es muy dulce, ahuyenta el calor y la angustia. Reconforta y ofrece descanso. La noche no durará demasiado si las manos de mamá acarician las sienes del niño que entrecierra los ojos y se refugia en el abrazo que lo protege de los ruidos que no cesan.
Hace mucho tiempo que mamá no le cantaba una canción.
El hombre yerto desea pasar inadvertido. Se contenta con saber que aquellos seres aterrados lo acompañarán un rato, quizá hasta la llegada de la muerte. Sigue oculto detrás de las manos. Su mirada escapa entre los resquicios que dejan los dedos. Busca ir más allá de la penumbra y el ulular de un búho recién advertido. Desea encontrar los mapaches que contemplaba en la orilla de otro río. Un río caudaloso donde las tortugas se adentraban en las pozas que escondían peces y acamayas frente al Bernal de la Clementina. El río era tan ancho que pocos se atrevían a traspasar las aguas que destellaban con las tonalidades del verde y escondían serpientes de agua dulce que asustaban a los niños.
A veces prefería permanecer en las orillas delineadas por jarales y árboles frondosos que nunca supo distinguir. Sólo se alejaba al atardecer, antes de escuchar el croar de los sapos que semejaban almohadas y escupían el rostro de quien se atrevía a agredirlos. No se atrevía a probar con ellos el arco y las flechas que había fabricado en otro verano. Pensaba que la piel de los sapos iba a rechazar el clavo que remataba cada vara de bambú transformada en saeta y que la resortera no ofrecía la posibilidad del golpe contundente que necesita un sapo para morir.
La mujer apresura al niño. Le toma en brazos y camina con dificultad entre los matorrales bajos y la oscuridad que le impide distinguir al hombre que se desangra sobre la tierra hendida por la sequía interminable. Son acompañados por la mirada que surge del piso y por la canción infantil que el hombre entona en la memoria.
El niño atisba la penumbra. Busca los mapaches y no quiere descubrirse rodeado de sapos. Les teme desde la vez que el Tío León lo mandó a buscar leña por la noche. El sapo era invisible sobre la tierra amarilla del barranco donde iniciaba el río. Por eso no pudo impedir que el pie derecho se hundiera en la suavidad imprecisa. La caída lo condujo a la orilla del río donde quedó paralizado. No se atrevió a pronunciar una sola palabra cuando la luz amarilla de una lámpara se reflejó sobre las aguas del estero, pero no se movió hasta que mamá y el Tío León le ayudaron a incorporarse.
El viento que había permanecido quieto se intensifica para llevarse cualquier indicio de nubes.
La canícula se reafirma en el noreste de México. Los matojos secos de la ribera son arrastrados para formar esferas resecas que giran entre los aullidos que el aire arranca de las ramas de los árboles. La madre y el hijo caminan a tropezones. El hombre que se muere sabe que se alejan, aún siente la mirada del niño recorriéndolo y agradece no haber sido denunciado. El pequeño es conducido por la madre rumbo al resguardo de una vieja construcción abandonada, ahí permanece en silencio como si hubiera rodado al fondo de un barranco.
El polvo se estrella con fuerza en el hombre muerto y comienza a desfigurarlo.