REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 09 | 2017
   

Confabulario

La trampa


Rosa Martha Jasso

Sin saber cómo, los últimos rayos dorados se funden con una sombra oscura. Cae sobre las copas de los árboles ahogándolos en medio de un viento silbante. Los pájaros se han silenciado y solo reverberan las hojas en el patio. Es el caserón de un rancho. El portón inmenso de madera se eleva desde las baldosas hasta tocar casi las tronaderas de mampostería. Hace frío. De la penumbra de la cocina, iluminada apenas por una bombilla de debilidad amarillenta, emerge un hombre alto y delgado. Con determinación cruza el corredor y se dirige al recuadro de la entrada. Una niña escuálida y vaporosa lo sigue. El hombre enciende una lámpara de pilas y revisa el portón, que esté bien asegurado. Trae algo en las manos. Tras dudar unos segundos se pone de rodillas. Se santigua. Unas largas y picudas tijeras, con una ligera pátina oscura, son colocadas sobre el piso, semiabiertas, en un ángulo de casi cuarenta y cinco grados. La niña que observa en silencio se acerca. ¿Para qué son abuelo? La mirada adusta y admonitoria del viejo la detiene. Dos ojos ardientes intensamente azules la traspasan.- ¡Shh! ¡Silencio! ¡Es para que caigan las malditas brujas! -El hombre asegura la posición correcta y coloca con cuidado sobre las tijeras, que dan a la escena un toque macabro, algunas estampas de santos y unas palmas en formas de cáliz y de cruz. –Están benditos – dice, esto hará la trampa más efectiva. ¿Y si cae una, qué le harás? Pregunta la niña, apenas entendiendo lo que pasa. ¡Pues matarla! Andan muchas acechando por los caseríos, se llevan a los niños, ahogan a los enfermos, echan a perder las cosechas. Si cae una, ya verá. La niña observa consternada los objetos que configuran una especie de señal, mortal, piensa ella, para las brujas. Las manos callosas del viejo repasan con la tenue luz de la lámpara que todo esté en orden, en su lugar preciso, que cumpla como se espera su mágica tarea. El hombre se incorpora, apaga la lámpara. Tomando a la niña de la mano la entrega a una sirvienta que la conduce al dormitorio. Las últimas luces de la casa se apagan y las últimas puertas se cierran a la noche con sigilo. En su cama, la pequeña niña no concilia el sueño, la imagen de ese hechizo atrapa brujas la agita. No creo que sean malas, piensa. Sólo son feas y con esto por fin cierra los ojos y duerme. La noche avanza. El frío se intensifica. El viento ulula y cruje al chocar con las tejas. Afuera, la calzada de alcanfores brilla platinada con la luz de la luna. Sólo los grillos y el croar de algunos sapos salpican el silencio. Un sonido seco despierta a la niña. Salta de su cama y corre a la puerta, la entreabre. La estremece el frío. Un sonido más. Algo se agita en la entrada. Sale al pequeño corredor cerrando la puerta tras de sí. Un gemido. La niña avanza hacia el portón casi sin tocar el piso que está helado. La baña una luz nocturna mientras se asoma por la esquina del despacho, tratando de ocultarse. Le toma un poco acostumbrarse a la penumbra, pero después: ahí está. Toda ella. La escoba de varas hirsutas tirada a un lado. Dos piernas venosas y robustas rematadas en un par de botines extraños tratan de incorporarse. Un cuerpo deforme envuelto en velos negros y por fin, la cara. La verruga en la nariz es muy notoria. La enorme boca gesticulando al emitir una especie de chillido apagado se muestra desdentada. Los cabellos cenizos y larguísimos le medio cubren el rostro y unas manos rugosas de uñas muy largas intentan desesperadamente hacer palanca para incorporarse a la vez de intentar colocarse el sombrero de nuevo en la cabeza. Sí, es negro y picudo, doblada la punta y de ala ancha. La niña sin dudar corre hacia ella. La ayuda a ponerse en pié y la saluda y ya cerca de ella nota que está herida: una pequeña cortada en la frente que sangra mucho y un profundo raspón en la rodilla que emana un líquido viscoso. –Debo ponerte a salvo- dice la niña. –Mi abuelo no debe verte- . La pequeña ofrece su hombro como apoyo y avanzan niña y bruja, que cojea y emite pujidos, hacia el granero que la niña conoce muy bien. La puerta cede pronto y el lugar luce pleno de montañas de granos almacenados: maíz, frijol, garbanzo. –Las lentejas- dice la niña. –Son pequeñas y suaves y podrás descansar. Cuando te recuperes debes irte, es por mi abuelo-. La mítica viejilla se recuesta con dificultad y se abraza a su escoba. La niña se apresura a salir y cerrar, sin hacer ruido, la puerta. Se detiene un momento conteniendo el aliento. Su corazón late con fuerza y regresa a la cama, percibiendo a lo lejos el entrecortado resollar de su huésped. –No son malas- dice y cae en un sueño profundo. Los sonidos nocturnos aún se escuchan, pero la noche es empujada por la aurora. Unos débiles haces de luz tenue comienzan a llegar. Los cerros y las llanuras no han despertado y las cumbres más altas se alzan en la oscuridad. En una zona escarpada que azota el viento, visible apenas por la luz de la luna, se perfila por los aires una figura recortada contra el cielo. Desciende titubeante por un camino estrecho y alcanza una casucha que nadie advierte penetrando por su puerta. Al interior la atmósfera es extraña. La oscuridad es total, de no ser por un pequeño fogón donde hierve un caldero. Animales disecados están por doquier. Manojos de yerbajos penden del techo emitiendo un olor nauseabundo que inunda todo. La bruja coloca con extremo cuidado su escoba en un rincón. Cierra la puerta lentamente, produciendo un chirrido estremecedor. Está maltrecha, herida. Su frente y su rodilla aún supuran. Se aproxima a una estera cubierta de pieles malolientes y antes de tumbarse en ella, sobre un recipiente próximo, transparente y lechoso, abre el puño de una de sus manos rugosas, por cuya palma escurren dos esferas espesas bañadas en sangre, dos miradas penetrantes y admonitorias, dos ardientes ojos intensamente azules.