REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 09 | 2017
   

Para la memoria histórica - Encarte

Historia personal de la literatura mexicana del siglo XX y XXI


René Avilés Fabila

Preámbulo
Visto desde el extranjero, México sólo cuenta con un puñado de escritores, sobresalen algunos con méritos propios, sobrados, y otros que han conseguido filtrarse utilizando como conducto al poder político y sus instituciones. Cada nueva generación ha negado a la anterior. No son pocos los intelectuales perversos, moviéndose con la técnica que los mexicanos llamamos ninguneo, que han exaltado sólo a unos cuantos y denigrado o, incluso, negado a muchos más. El político y escritor Héctor Pérez Martínez así se lo hizo saber a Alfonso Reyes refiriéndose al grupo Contemporáneos que despreciaba a buena parte de los escritores mexicanos. En años más recientes los intelectuales que solían denominarse la Mafia, encabezada por Fernando Benítez y Carlos Fuentes, hizo un alegre y festivo rechazo a todos aquellos que no participaban de sus simpatías. El combate entre mafiosos y los demás puede ser visto en dos libros: uno de Luis Guillermo Piaza, La Mafia, otro, mío: Los juegos, ambos publicados hace más de cuarenta años y que provocaron un sonado escándalo. Han sido analizados someramente por un narrador reciente, Jorge Volpi. Por último, otro aquelarre de tal índole se debe a Christopher Domínguez y un libro suyo: Diccionario de la literatura mexicana, donde hay más ausencias que presencias, el desdén y la arrogancia son los hilos conductores y cuyos criterios de análisis han sido criticados con severidad. Ello significa que en México la ausencia de crítica literaria es notable y se manifiesta en la entrega de premios literarios, en los dictámenes de las editoriales, en las becas del Sistema Nacional de Creadores y, obviamente, en el desconocimiento de los méritos de infinidad de escritores o en la excesiva valoración de algunos de ellos. En este punto, los medios de comunicación son aliados estupendos.

Antecedentes

La literatura mexicana del siglo XX comienza con la Revolución de 1910, cuando al fin concluye el XIX, tan cargado de dificultades políticas y económicas para el país, invasiones norteamericanas y francesas, luchas intestinas. Algo semejante ocurrió en Europa: el nuevo siglo surge lenta y brutalmente luego de la Primera Guerra Mundial, 1914-1918. Hasta ese momento, la belle époque mantiene su hegemonía. Son los atroces sacudimientos militares los que cambian de una etapa a otra. En México no solamente cuenta el levantamiento en armas de Francisco I. Madero, todavía en plena dictadura, antes Justo Sierra funda la Universidad Nacional y el filósofo Antonio Caso le da un golpe al positivismo que era el soporte filosófico del porfirismo. Las ideas anarquistas de los Flores Magón se cuelan en el magno movimiento y en 1919 es fundado el Partido Comunista Mexicano bajo la influencia de la naciente Unión Soviética. México es una suerte de crisol donde se funden nuevas corrientes de pensamiento político y llegan aires distintos en materia de cultura y literatura específicamente.
La gran rebelión mexicana se transformó pronto, junto con la rusa, en una de las grandes revoluciones del siglo XX. Surge, en efecto, por razones internas, luego de una larga dictadura y de la entrega de recursos nacionales al extranjero, cuando los explotados sufren en el campo y en las ciudades se resiente la falta de libertad y democracia. Francisco I. Madero es la mecha del enorme movimiento que se desatará en pocos meses. Se han acumulado fuerzas incontenibles que brotan entre los campesinos y los indígenas y que tienen fuerte respaldo en las urbes donde intelectuales y profesionistas, unos cuantos obreros y masas de desarrapados exigen cambios radicales. Con la nueva reelección de Porfirio Díaz, queda claro que sólo dejará el poder por la fuerza de las armas y así se inicia la insurrección a gran escala. Madero lanza el Plan de San Luis donde aparece la no reelección y hace un llamado a las armas para el 20 de noviembre. En Puebla, Aquiles Serdán resiste y finalmente es asesinado mientras que en Chihuahua estalla la Revolución. Muy pronto aparecen los dirigentes que darán los grandes combates contra las tropas gobiernistas. Francisco Villa, Emiliano Zapata, Pascual Orozco, Pánfilo Nateras, Venustiano Carranza, Felipe Ángeles, Álvaro Obregón y otras figuras alimentan la imaginación popular y se traducen en corridos y leyendas, murales y novelas y cuentos que desbordan las fronteras nacionales. Zapata y Villa, por ejemplo, han sido llevados una y otra vez a la cinematografía norteamericana. Vale la pena citar la mejor versión que de Emiliano Zapata se ha hecho: ¡Viva Zapata! con Marlon Brando y Anthony Quinn del cineasta Elia Kazan. Periodística e históricamente es el norteamericano John Reed con su obra México insurgente, uno de los mejores cronistas que la naciente revolución pudo tener. No sólo ello, también dejó un libro notable de relatos que en México publicó el Fondo de Cultura Económica en 1972, Hija de la Revolución.
La Revolución atrajo e influyó a narradores de la talla de D. H. Lawrence (La serpiente emplumada), Graham Grenne (El poder y la gloria), Valle Inclán (Tirano Banderas, como todo lo peninsular, más de aires españoles que mexicanos), Emmanuel Robles (Los cuchillos). Más adelante llegará a México B. Traven a darle vigor a los temas sociales e indigenistas con multitud de cuentos y novelas de enorme éxito. La identidad de este enigmático narrador permaneció oculta hasta que el periodista y novelista Luis Spota logró descifrarla.
Si bien la novela colonial es un comienzo, ésta tiene naturalmente raíces en España, son trescientos años de dominio español y distanciamiento del mundo anterior, imposible evitar esa enorme referencia. De tal suerte que la novela histórica en México, en boga después de Noticias del imperio de Fernando del Paso, Gonzalo Guerrero de Eugenio Aguirre y Madero el otro de Ignacio Solares, vienen no solamente de Walter Scott (1771-1832) con obras de la talla de Ivanhoe y Quintin Durward, cuyo éxito y veloz traducción al castellano fue impresionante, sino también de más lejos, con libros como Crónica del rey don Rodrigo con la destrucción de España, de Pedro del Corral, escrita alrededor de 1403 y que da origen a infinidad de novelas épico-históricas, cuyo eje son las batallas entre árabes y españoles.
Hay que aceptar, pues, que las letras mexicanas comienzan con los textos de los vencidos (los aztecas en principio) y fundamentalmente con las crónicas (que no novelas) de los vencedores. Imposible narrar en pocos párrafos las deudas del México actual con España, baste decir que entre nuestros antecedentes literarios, por obvias razones en consecuencia, se cuentan El Lazarillo de Tormes (1554), Don Quijote de la Mancha (1604), el Amadís de Gaula y la novela picaresca. En plena lucha por la Independencia de España (1816), José Joaquín Fernández de Lizardi escribe El Periquillo Sarniento, la que muchos clasifican como la primera novela mexicana y un libro que anticipa algunos de los males que han prevalecido hasta nuestros días: la corrupción, la riqueza del subsuelo y la pésima administración política.
La novela histórica tiene de pronto un enorme éxito en México, de hecho lo tiene a nivel continental. Los escritores, buenos y malos, acuden a la historia buscando personajes que transplantar a sus obras literarias. EL mejor estudio de esta posibilidad es Seymour Menton con su agudo análisis La nueva novela histórica de la América Latina, 1979-1992. Destaco una idea coincidente conmigo: “La gran mayoría de las novelas, tanto en Hispanomérica como en los Estados Unidos, aspiran a ser éxitos de librería sin grandes aspiraciones artísticas. La fórmula general es la fusión de un tema histórico con un tema amoroso con énfasis en la trama, es decir, la aventura y el suspenso: grandes personajes planos, de poca complejidad psicológica, y el predominio del diálogo sobre la descripción, con un lenguaje relativamente sencillo.” Claro, hay obras que superan los escollos y se han hecho clásicas, perdurables. El propio Menton hace una lista de ellas y las clasifica.
De muchas maneras, los años que van de 1821 a 1910, menos de un siglo, son intensos para el mundo y para México. Este país recién independizado recibe distintas invasiones, algunas implacables como la norteamericana de 1847, por la cual pierde más de la mitad de su territorio, y la francesa que dura unos tres años y establece un segundo imperio ahora con monarcas europeos de la casa Habsburgo. Lugar aparte están las atroces luchas intestinas que desangran y dividen al país y cuya cumbre es la guerra entre liberales y conservadores. Grandes novelistas aparecen: Justo Sierra O’Reilly, José López Portillo y Rojas, Rafael Delgado, Emilio Rabasa, Heriberto Frías. Manuel Payno, Guillermo Prieto y muchos más que desarrollan y consolidan la literatura propiamente nacional.
En 1900 la literatura mexicana seguía anclada en el pasado inmediato. Federico Gamboa, digamos, y su naturalismo, préstamo del francés, se mantiene. No ha sido suficientemente valorada la aportación de voces propias como la de El periquillo sarniento de Lizardi y Tomóchic de Heriberto Frías, por sólo citar dos casos importantes. Pero está por comenzar un proyecto literario de gran envergadura para México. En ese arranque de siglo ya habían nacido los escritores fundamentales del XX: José Vasconcelos, Julio Torri, Martín Luis Guzmán, Alfonso Reyes, Enrique González Martínez y Mariano Azuela. Los cuatro primeros forman parte de una generación, El Ateneo de la Juventud, el último, será quien formalmente inaugure lo que conocemos como Novela de la Revolución; ruptura y arranque, porque con esta literatura se acaba la dependencia de las corrientes europeas dominantes y principia una tendencia propia y poderosa. La Revolución, es cierto, brinda una sana explosión de nacionalismo, haciendo de lado al afrancesamiento que prevalecía en la cultura, sin embargo, y ello no deja de ser interesante, al mismo tiempo le dio al país un sentido universal del que carecía. Quizá esto se pueda apreciar más en artistas plásticos como Rivera y Siqueiros, aunque ambos tenían un definido proyecto estético nacionalista y revaloraban el pasado prehispánico, pero habían tomado lo esencial de la cultura universal; en política, digamos, venían del alemán Marx y del ruso Lenin. Diego había pasado por diversas escuelas, especialmente por el cubismo y se había perfeccionado en París. Siqueiros, a su vez, tenía deudas con grandes muralistas del Renacimiento.
A don Alfonso Reyes le reprochan su ausencia de temas revolucionarios y su atenta mirada hacia los clásicos, su admiración por lo europeo. Lo que a nadie le cabe la menor duda es su talento literario. El propio Jorge Luis Borges, tan poco dado a elogiar a los demás, reconoce la excelsitud de su bagaje cultural y su capacidad para las letras. No hay desdén para el movimiento que a sus correligionarios iniciales subyuga, Martín Luis Guzmán y José Vasconcelos, lo que ocurre es que la muerte de su padre, militar de alto rango al servicio de la dictadura, ocurrida en un intento de asonada frente a Palacio Nacional, lo conmueve mucho, su dolor lo traduce en versos tardíamente dados a conocer. Julio Torri, por su lado, permanece único y respetuoso, absorto ante la más delicada literatura universal, incapaz de conmoverse con los brutales cambios políticos que a su alrededor ocurren.
Vale la pena precisar que la literatura de la Revolución Mexicana no fue ciertamente una literatura revolucionaria, un movimiento estético de gran envergadura, pero a nivel mexicano consiguió grandes cambios artísticos. Su temática fue nacional. Como en el caso de la pintura y la música, los creadores volvieron los ojos hacia lo propio y apareció una enorme preocupación por la forma y los temas mexicanos. La nueva literatura hizo que los escritores se fijaran en los indios, los campesinos, en los grandes problemas nacionales, lo cual le dio a la novela y al cuento una preocupación social y política desconocida hasta entonces y un impulso artístico avanzado. Recordemos, por ejemplo, el célebre cuento de Rafael F. Muñoz, “Hombre, caballo y oro”, así como el capítulo del libro de estampas o cuadros de Martín Luis Guzmán, “La fiesta de las balas”, o la novela de este mismo narrador La sombra del caudillo. Todos ellos son trabajos memorables que dejan una profunda huella en los mexicanos y que, de no haber sido escritas en castellano, serían obras de alcance internacional.
Todavía en los años cincuenta, los escritores se movían pensando en función de ese movimiento, fuera para elogiarlo o vituperarlo. Sin duda lo que produjo fatiga no fue tanto el tiempo pasado como la insistencia política de hablar de ella cuando ya agonizaba y le entregaba a la burguesía recién creada los recursos por los que las masas campesinas habían luchado y muerto. La burocracia política, con sus discursos demagógicos, hacía chocantes a las figuras revolucionarias.

Etapas de la novela de la Revolución Mexicana
Para estudiar el fenómeno de la literatura de la Revolución Mexicana es necesario acudir a la edición de Aguilar La novela de la Revolución Mexicana (Aguilar) en dos volúmenes, realizados por Antonio Castro Leal, y seguramente continuar con Los protagonistas de la literatura mexicana del siglo XX, entrevistas realizadas por Emmanuel Carballo, independientemente de acudir a otras fuentes. Antonio Castro Leal es quien primero estudia, agrupa y ordena a los autores de la Revolución, como también lo hizo con la novela del México colonial. Lo hace de forma aguda para que no haya equívocos: en principio están aquellos que fueron testigos directos, quienes como Azuela, médico de las tropas villistas y Martín Luis Guzmán cercano a Villa, toman las escenas y los personajes de primera mano. Ellos son parte del movimiento armado, igual que José Vasconcelos, quien narra en libros formidables, como el Ulises criollo, su propia experiencia, su memoria de los días violentos y soberbios de la gesta revolucionaria. A ellos se suman autores como Rafael F. Muñoz, Gregorio López y Fuentes, Mauricio Magdaleno y Nelly Campobello…
A la novela inicial, Los de abajo, obra de gran empuje tardíamente descubierta por el hombre de letras Francisco Monterde (él mismo autor de libros sobre el tema: Lencho y El mayor Fidel García), le siguen otras basadas en la realidad inmediata. Martín Luis Guzmán y José Vasconcelos escriben obras memorables. Todos los narradores son protagonistas, hombres y mujeres que participan del movimiento armado. Son, pues, autobiográficas.
Enseguida vienen aquellos que nacieron durante los años revolucionarios, los que plasman sus recuerdos infantiles o cuentan historias que escucharon durante sus años iniciales o de formación. Sin embargo, el tema que propone la Revolución, que bien podría ir de 1910 a 1920, año en que es asesinado en Tlaxcalaltongo Venustiano Carranza, se ha estirado enormemente. No olvidemos que en 1962, Fernando Benítez escribe El rey viejo, historia novelada de la muerte violenta del constitucionalista. Más adelante, Agustín Yáñez (1904-1980) retoma el tema revolucionario en su obra Al filo del agua, novela que introduce técnicas modernas y cuenta la historia de un modesto poblado que vive al margen de la gran tormenta: la gesta no pasa por allí, da un rodeo, lo deja prácticamente igual. No importa que las poderosas tropas de generales formados en la lucha guerrera, sacudan a la nación y destruyan el feudalismo que el régimen de Porfirio Díaz permitía. Para muchos es el inicio de la novela moderna, con una severa influencia de Manhattan Transfer de John Dos Passos. También José Revueltas recurre al tema o, mejor dicho, a la secuela que ha dejado. Más adelante, cuando los críticos suponían agotado el tema de la Revolución, Carlos Fuentes escribe dos obras fundamentales: La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz, en ambos casos presenciamos la muerte simbólica de la Revolución, su caída con seres corruptos que se beneficiaron con los logros de aquellos que quedaron en los campos de batalla. Ello significa que podríamos hablar de una tercera etapa de la literatura de la Revolución, una literatura ya no de corte épico sino más bien de crítica áspera a los resultados de la gesta libertaria, su total decadencia convertida en PRI, la corrupción a gran escala, el autoritarismo llevado a extremos brutales como lo prueban las represiones frecuentes a electricistas, maestros, médicos, estudiantes, y, por último, una pobreza que repite la situación de 1910. El país de nueva cuenta ha quedado en manos de ricos, banqueros y empresarios extranjeros que revierten la obra revolucionaria cuyo momento de máximo esplendor llega con Lázaro Cárdenas, entre 1936 y 1940, donde es diseñado el México posrevolucionario, sus instituciones, su presidencialismo, sus vicios y virtudes que siguen vigentes.
La novela de la Revolución Mexicana, con sus logros y carencias, con sus autores hondamente preocupados por los problemas nacionales del país, supo presentar un movimiento grandioso que cambió el rostro de la nación y le ayudó a levantarse de una postración de siglos. Hoy, para hacer un nuevo intento de adentrarse plenamente en la modernidad, México no invoca más a la Revolución, no obstante, nadie podría negar los luminosos méritos de todos aquellos que por una razón u otra tuvieron la fortaleza de llevarla a cabo y que, por último, le dieron a la literatura mexicana la posibilidad de mostrar héroes y villanos de peculiares características, de grandeza y miseria.
Sin embargo, el tema no se agota, adquiere otras formas y tratamientos. Carlos Fuentes (Panamá, 1928), por ejemplo, lo retoma lleno de nostalgias; mejor dicho, aborda los resultados: una creciente corrupción y un presidencialismo que hereda los defectos del caudillismo histórico que conforman a México y que viene de muy lejos: hablamos de la fusión de dos autocracias, la azteca y la española. ¿De dónde podríamos arrancar la democracia? Hablo de La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz. Fuentes va más lejos y escribe Gringo viejo. En esta obra recupera a muchos de aquellos personajes legendarios y lo hace, en la figura del talentoso humorista Ambrose Bierce, un homenaje a los muchos extranjeros que vinieron a México a pelear o a morir, por una causa ajena y poco comprensible, como Mina, aquel soldado español que luchó y falleció por la Independencia mexicana y a quien Martín Luis Guzmán le rindió un cálido homenaje en Mina, el mozo.
Quizá lo más interesante de La región más transparente sea que se trata de una de las novelas que le permiten a México ingresar en las naciones que poseen una acabada literatura urbana. Más que en Agustín Yáñez, es evidente la influencia de Manhattan Transfer, cuyo personaje central es la ciudad de Nueva York. Casi simultáneamente aparecen dos novelas más: de Rafael Solana, El sol de octubre y de Luis Spota, Casi el paraíso, lo que contribuye a reforzar una temática, la urbana, que aparece tardíamente en México. No son los únicos casos, pero sí los más destacados.
Fuentes, además de darle firmeza a esta corriente literaria, retoma la Revolución y sus dramáticas consecuencias de corrupción y frivolidad. Martín Luis Guzmán y Octavio Paz están presentes. Las generaciones siguientes, aquéllas de quienes nacieron después de 1950, en un país que recupera la epopeya revolucionaria y aprecia la gesta social como pura nostalgia con frecuencia frívola. Así tenemos libros de autores jóvenes como Paco Ignacio Taibo II y Pedro Ángel Palou, que ven a Villa y Zapata con ojos de admiración y novelan sus respectivas historias. Los corridos populares que exaltaban a los revolucionarios son sustituidos por narcorridos, música popular destinada a exaltar a los traficantes de drogas. Las fotografías de escenas revolucionarias de los Casasola son puestas en bares distinguidos para jóvenes metrosexuales o para una multitud de personajes que se divierten y beben despreocupadamente, cuyos valores son evidentes y vienen de Estados Unidos, la potencia triunfadora luego de una larga confrontación con el proyecto socialista ruso, el llamado socialismo real, de muchas formas una aberración, una pésima versión del marxismo. La tragedia quedó atrás. Incluso ya hay margen para la parodia con Jorge Ibargüengoitia; su novela Los relámpagos de agosto hace mofa de la literatura de la Revolución Mexicana y parece el punto final de una épica que se extendió de modo asombroso. En el campo de las ciencias sociales, una y otra vez aparecen libros que hablan de un movimiento traicionado o interrumpido, como si fuera posible que desembocara en una transformación socialista según las ideas de Marx y Engels. Puras especulaciones para una revolución que nació de la ira popular sin ningún proyecto más que acabar con las injusticias, lo que no es, por otro lado, poca cosa.
Para la mitad de la década de 1950, aparecen dos autores espectaculares: Juan Rulfo y Juan José Arreola, uno el primero, sigue en los temas rurales, pero los corona con obras irrepetibles: El llano en llamas y Pedro Páramo. Arreola, por su parte, se asume, luego de Julio Torri, como el gran escritor de literatura fantástica, su huella es portentosa, orientada por la obra de Jorge Luis Borges y su admiración por Kafka y Schwob. Por más de un lustro, ambos autores, grandes amigos en una época, que mueren distanciados, reinan en México. El mundo literario se divide en dos, dicen con simplismo algunos críticos: los que quieren narrar conforme a los principios de Rulfo y aquellos que se dejan subyugar por Arreola. Realismo y fantasía enfrentados. ¿Pero acaso Pedro Páramo, donde hablan los muertos es una obra realista? En todo caso la característica de Rulfo es el campo, pero Arreola también lo toca con su ameno e ingenioso libro La feria. Ambos son irrepetibles. Con este último, hombre generoso, se forman docenas y docenas de prosistas y poetas que buscan amparo en su casa o en el Centro Mexicano de Escritores, donde por cincuenta años, se ayudó a los literatos jóvenes. Su influencia será permanente, crecerá, mientras que la de Rulfo cesa casi de inmediato: él mismo coronó y enseguida sepultó la literatura rural con dos obras maestras, perfectas.
Las escritoras no parecen pertenecer con precisión a una generación determinada, aparecen con fuerte independencia de los grupos. Los mejores ejemplos de esto son Sor Juana Inés de la Cruz y Elena Garro. Si a Rosario Castellanos, Inés Arredondo, María Luisa Mendoza, Elena Poniatowska, Guadalupe Dueñas, Ángeles Mastreta, se les puede incluir en grupos generacionales, no a Sor Juana y a Garro. Esta última nos abruma con su historia de desamores y desencuentros con Octavio Paz, con la distancia infranqueable que ella pone con los intelectuales mexicanos. Esto la ha marcado e impedido disfrutar del sitio que en las letras le corresponde. Su periodismo crítico y sus recriminaciones a los intelectuales durante el 68, aunado a un mal matrimonio con Paz, la hacen detestable a sus pares. Su fuga de México la oculta de las miradas, pero no la defiende del terror gubernamental y de la aversión de aquellos que toman partido por Octavio Paz en la pugna de la pareja. Por fortuna, sus obras magníficas que merecieran los comentarios elogiosos de Bioy Casares y Borges, se imponen gradualmente. Novelas como Los recuerdos del porvenir, obras dramáticas como Felipe Ángeles y cuentos como los que están en La semana de colores sobresalen con fuerza y prueban que fue la mejor escritora del siglo XX mexicano, tal vez de América Latina por su fuerza, sentido poético y originalidad.
Pero hay algo que choca con la tendencia natural a agruparse en generaciones, crear revistas o conformar grupos por razones de identidad, simpatías o convergencias. El individualismo, algo normal dentro del arte. Un poeta puede sumarse a una tendencia ideológica o artística, como lo hizo Mayakovski, pero el llamado de su propia personalidad terminará por regresarlo a la singularidad. Por ello en México la lista de escritores poco fáciles de clasificar en grupo, es notable. Pienso ahora mismo en Ricardo Garibay, tan ligado a poetas del nivel de Rubén Bonifaz Nuño, Josefina Vicens, atrapada en su propia obra, El libro vacío, en Sergio Fernández, casado con la academia, pienso en Vilma Fuentes quien ha seleccionado el exilio en París.

El distanciamiento con la Revolución

Antes de que iniciara la Revolución, alrededor de 1904 y 1905, nacen los integrantes de la generación que se llamará Contemporáneos; brillan Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Gilberto Owen, Celestino y José Gorostiza. Cuando Francisco Villa daba las grandes batallas que acabarían con los restos feudales del México porfirista, 1914-1915, nacen los miembros de otra generación distinguida, donde Octavio Paz es la figura señera: Taller, a la que también pertenecen Rafael Solana, José Revueltas y Efraín Huerta. A Contemporáneos le corresponde la búsqueda de lo universal, algo que parecía haber quedado sepultado bajo toneladas de nacionalismo producto de la Revolución. A la discutible idea de no hay más ruta que la nuestra, dicha en artes plásticas por Siqueiros, y avalada por cientos de escritores e intelectuales, esta generación busca en James Joyce, Viriginia Wolf, André Gide, por ejemplo, fuentes de inspiración. Son una protesta contra los excesos del nacionalismo revolucionario existente en México. No les interesa el Ulises criollo de Vasconcelos, les importa el Ulises de Joyce. La respuesta es brutal: Diego Rivera los ridiculiza en un muro de la Secretaría de Educación Pública con orejas de burro, sus “inútiles” caballetes y los libros de Joyce son barridos por obreros y campesinos que actúan, como lo harán en la Alemania de Hitler y la China comunista, contra el arte “degenerado”.
La generación que se hizo llamar Estridentista, con Arqueles Vela, Germán List Arzubide y Manuel Maples Arce, Luis Quintanilla, Salvador Gallardo, Aguillón Guzmán y Germán Cueto, entre otros, permaneció siempre como inalterable oposición a Contemporáneos y mantuvo hasta el fin una actitud irreverente y antiimperialista. Por aquí se mezclaban los aires del dadaísmo, con los del futurismo y el surrealismo y lo mezclaban con los de un aguerrido antiimperialismo sin omitir la presencia del nuevo mundo soviético. Fue un grupo con sentido del humor, de consignas graciosas e irreverentes que sesionaba en el Café de Nadie y en cuyo menú destacaba Merde pour le burgoise y el grito era ¡Viva el mole de guajolote!
Luego de Arreola y Rulfo vienen otros narradores y poetas. Una generación que se agrupa por afinidades más cercanas a las de Villaurrutia y Novo, bajo la influencia de autores europeos, como Juan García Ponce y Juan Vicente Melo. La siguiente, los nacidos alrededor de 1940, clava su atención en los autores norteamericanos: Hemingway, McCullers, Faulkner, Nabokov, Capote, Salinger y Mailer, por ejemplo. Pareciera extinguirse la literatura de la Revolución en medio de nuevos mitos, temas y tratamientos.

Razones para morir

Volvamos al principio. La Revolución Mexicana fue una descomunal tarea de la sociedad en su conjunto. Es un fenómeno peculiar, no tiene a Enciclopedistas como antecedente en Francia ni a teóricos como Marx, Lenin y Trotsky igual que en Rusia. Es en efecto una chispa que enciende una enorme llamarada. Como señaló el escritor español republicano, Max Aub: “El interés personal de los jefes priva sobre el ideológico, por la sencilla razón, como hemos visto, de que éste no tenía formulación teórica. La gente se sacrificó por acabar con un régimen injusto con una utopía por meta.”4 Ello sin duda explica la hondura de los escritores de ese periodo, sus personajes sombríos, brutales e introvertidos, su futuro incierto, la muerte prematura, como la de Demetrio Macías de Azuela en Los de abajo. Es, pues, un comienzo original para las letras nacionales. A diferencia de otras corrientes literarias, la mexicana no es revolucionaría en sí misma sino por su tema. Aunque en más de un momento la novela o el cuento adquieren características de asombrosa novedad. Tales son los casos de La sombra del caudilloz en novela, de “Hombre, caballo y oro” en cuento y de Felipe Ángeles en teatro, ya citados.
Para el año 2000, políticamente la Revolución Mexicana ha muerto. Para muchos su agonía comenzó al concluir el periodo del general Lázaro Cárdenas, momento estelar de un movimiento que dio extraordinarias figuras, conmovió a todo el continente americano y atrajo figuras del orbe entero, incluida de la naciente Unión Soviética. Entra, pues, en un hospital para desahuciados, cuando en 1940 el sucesor de Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, revierte el artículo tercero constitucional que entonces precisaba que la educación primaria, amén de laica, gratuita y obligatoria sería socialista, se declara católico públicamente sin importarle las largas luchas entre la reacción y los liberales, los conservadores y las fuerzas progresistas y la guerra cristera exacerbada por el asesinato de una figura como el general Obregón a manos de un fanático católico azuzado por la alta jerarquía eclesiástica. Lentamente la Revolución desaparece, sus hazañas quedan en las páginas de los libros y en los acartonados discursos de la clase gobernante. Después del general Cárdenas, cada presidente de la República se inclina más a la derecha: cesan las políticas sociales, los logros políticos y económicos. Para multitud de jóvenes, en 1968, con exactitud, el 2 de octubre, la Revolución muere violentamente cuando fuerzas militares y policiacas, en una maniobra conjunta, asesinan de golpe a más de quinientos estudiantes y encarcelan a cientos de jóvenes, intelectuales y académicos, entre ellos al escritor José Revueltas. Como en el sexenio anterior, habían puesto en prisión a David Alfaro Siqueiros. Me tocó estar en medio de aquella muchedumbre que corría desesperada de un lado a otro huyendo de las balas, viendo a mis compañeros morir. En esos momentos, México se había colocado, con alguna discreción, al lado de Estados Unidos y sólo mantenía relaciones con Cuba a causa de las tradiciones diplomáticas nacionales de no intervención y autodeterminación de los pueblos. De ello dejé constancia en una novela que originalmente apareció publicada en Buenos Aires, en 1971: El gran solitario de Palacio.
Sin embargo, la palabrería “revolucionaria” no acabaría sino hasta el periodo de Miguel de la Madrid, en 1984. Con él, escuchar hablar de revolución y mirar alrededor resultaba irónico y ofensivo para aquellos que por miles murieron en la gran gesta, mucho más para la memoria de intelectuales que sufrieron cárceles y persecuciones. Ya con Carlos Salinas y Ernesto Zedillo no existe siquiera el recuerdo de la Revolución, ha comenzado el total retroceso o ha concluido una larga etapa política y económica del país. Ellos abren formalmente las puertas del Partido Acción Nacional, partido fundado en 1939, por un intelectual de derecha, Manuel Gómez Morín, parte de la generación llamada Los siete sabios, donde estuvo también el marxista Vicente Lombardo Toledano, impulsor de largas luchas sociales. México entra de lleno en el mundo del conservadurismo, en lo que los marxistas han llamado el reflujo; triunfa la globalización, el modelo neoliberal, impulsado por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, se extiende sin importar si coincide o no con las historias patrias y los valores de tantas naciones pobres. Sin el socialismo real, derrumbado de forma estrepitosa por sus propios defectos y errores, comienza la era de las privatizaciones a ultranza, de la entrega de los recursos nacionales a empresarios extranjeros. En suma, las viejas políticas sociales y el papel del Estado rector en México se vienen abajo. De nueva cuenta padecemos la contradicción entre un puñado de familias multimillonarias y millones de miserables, de mexicanos en condiciones de extrema pobreza. La literatura fijará su atención en otros elementos sociales, éticos, políticos y económicos.

Onda y escritura

En 1960 hay sorpresas, junto a la interesante generación que retoma más de Contemporáneos su gusto por la literatura europea, formada por José Emilio Pacheco, Juan García Ponce, Juan José Gurrola, Juan Vicente Melo, Inés Arredondo, Salvador Elizondo, que realiza una literatura atractiva y opuesta entre sí (nada más distante que De ánimas a Farabeuf y a Batallas del desierto) comienzan a surgir nuevos nombres menos ligados al ritmo de la literatura mexicana: Gustavo Sáinz, José Agustín, Juan Tovar, Parménides García Saldaña, entre otros. Ésta, la generación a la que pertenezco, tiene características especiales. Yo la describí con algún cuidado en un largo artículo, “La mía, una generación sin generación.”* Margo Glantz, crítica literaria salida de la academia, trató de analizarla con desparpajo y poca seriedad en un libro antológico inicial, Narrativa joven de México y más adelante en otro: Onda y escritura. En este último, Glantz separa, como su nombre indica, a los narradores de su generación, los primeros, que son quienes escriben con pulcritud, y nosotros, que lo hacemos con desenfado y algún descuido. Su intento es interesante, pero su afecto por las generalizaciones la pierde y la confrontación que ella busca se diluye. Cada grupo generacional tiene sus peculiaridades y hay un enorme salto entre los que nacieron poco antes que los que hemos sido llamados de la Onda, no con injusticia sino con falta de seriedad crítica. En Estados Unidos, ante públicos escolares y sus respectivos profesores, algunos de nosotros hemos negado una y otra vez pertenecer a un movimiento más social que literario llamado “La Onda”.
Junto con la consolidación de la música de rock and roll, la Revolución Cubana, la lucha de Ernesto Guevara en diversos países del mundo, la revuelta estudiantil en París de mayo 1968, el autoritarismo creciente de los gobiernos mexicanos, la guerra de Vietnam, la generación Beat, el desmedido crecimiento de la Ciudad de México, el hastío que produce en los jóvenes el nacionalismo oficial, son algunos elementos propios y externos que permiten la aparición de una generación sui géneris que Margo Glantz llamó “La Onda”. En ella, los nacidos alrededor de 1940, la mayoría formados por Juan José Arreola, teníamos como característica principal la de escribir sobre la ciudad capital, el Distrito Federal. Pero no a la manera de Fuentes, pensando en ella como un sólo ser, un individuo, el DF es ya enorme y dejó atrás los aires románticos y provincianos, está a punto de ser una megalópolis casi demencial. Las historias de estos jóvenes escritores dividen a la ciudad en zonas. José Agustín, por ejemplo, toma la colonia Narvarte, una zona al sur del DF. Los libros de estos narradores tienen otras características formales: el uso de la puntuación, el lenguaje coloquial, sus alocados personajes juveniles. La importancia de esta generación no ha sido debidamente analizada, pero su influencia entre los jóvenes que le siguen es considerable.
Sin embargo, la nueva literatura mexicana tiene multitud de presencias. Fatigada “La Onda”, Borges sobresale como el autor más influyente del siglo en español, no es el autor de un libro archifamoso como puede serlo García Márquez con Cien años de soledad, es una auténtica revolución en las letras. En México es fácil detectar su benéfica presencia. A los clásicos se llega a través del escritor argentino, sus recomendaciones reaparecen una y otra vez, es multicitado, su prosa deslumbrante imitada y su ingenio repetido. Atrás quedaron las prohibiciones cubanas de no leerlo, de suponer que sólo faltaba la biografía de Borges para que quedara completa La historia universal de la infamia. El porteño muerto en Suiza se impone de modo avasallador en todo el planeta; México no es la excepción, es probable que haya sido Arreola quien primero pronunció su nombre, allá por 1955 ó 56.
La Revolución Mexicana tiene secuelas, una de ellas, para muchos una contrarrevolución, una revuelta reaccionaria motivada por el clero, para otros más una lucha tardía por consignas zapatistas, es decir, por la posesión de la tierra, es la que han llamado la guerra cristera o la cristiada y que de muchas formas entronca como pariente pobre con la novela de esa época. Elena Garro no sólo escribió su memorable obra dramática Felipe Ángeles, sino que en Los recuerdos del porvenir delineó a muchas figuras cristeras. En esta tesitura, dentro de la literatura que produce la lucha de los que se alzaron en nombre de Cristo Rey contra los gobiernos revolucionarios, destaca entre muchos libros poco conocidos, una novela intensa y bien lograda de Manuel Estrada: Rescoldo, publicada en 1961. Esta literatura, la que produjo la guerra cristera, merecería un mayor estudio y la incorporación de diversos autores al cementerio de los escritores ilustres por la vía de la consagración oficial.
Luego de 1968 la literatura recupera un impulso de crítica social. Es ella quien juzga a los asesinos de Tlatelolco, a través de una serie de novelas y poemas. El arte en general asume una vez más cercanía con la política. Sólo que el gran personaje de 1910-1920 está ausente: ahora se lucha contra sus magros resultados. En nombre de la Revolución Mexicana, el Ejército (al que la burocracia considera una gran herencia del movimiento revolucionario) y la policía disparan sus balas contra estudiantes inermes, los políticos del sistema condenan el movimiento estudiantil como si fuera obra de provocadores y dementes, de anarquistas.
La literatura de 1968 sirve de memoria para que los mexicanos no olviden la represión y las muertes, juzga a los responsables y, seguramente, es de inmensa utilidad para que el país sufra transformaciones positivas. Para muchos es incluso un parte aguas. Esa literatura, sin personajes memorables, más bien anónimos, con algunos autores de significado cultural importante, hace que cada 2 de octubre se reaviven los impulsos democráticos y libertarios por los cuales los jóvenes lucharon y fueron masacrados. Luego de la matanza, muchos iniciaron el camino de la guerrilla. En los inicios de la década de los 70 el Ejército y la policía masacran a estos combatientes, es una guerra sin cronistas y sin memoria, olvidada, perdida en el recuerdo de uno o dos ensayistas y de un novelista, Salvador Castañeda, que la vivió y padeció prisión. Hoy de nueva cuenta existen guerrillas como el EZLN y el EPR, que comienzan a contar con narradores propios. La literatura de 68 está bien representada por Luis González de Alba, Los días y los años, María Luisa Mendoza, Con él, conmigo, con nosotros tres, Fernando del Paso, Palinuro de México y tal vez por El gran solitario de Palacio novela escrita por mí en 1970. En materia periodística, vale la pena citar dos casos: La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska y Días de guardar de Carlos Monsiváis.

El presente

Las letras mexicanas gozan de buena salud, se desarrollan en un mundo de mayores desafíos debido a la globalización, en especial de los medios de comunicación que permiten que los descubrimientos literarios y en general culturales sean más eficaces.
El gran ausente sigue siendo la crítica literaria. Carecemos de ella. No me refiero al análisis de figuras, ésas las hemos tenido en escritores como Paz y Torres Bodet o en académicos que centran su larga atención en algunos autores consagrados en busca de algo más que mostrar a sus admiradores. Lo que no tenemos es el cuerpo crítico, de origen académico, que analice cotidianamente las obras que aparecen a diario y nos permitan saber qué son, cuáles son sus méritos o defectos. Hay, desde luego, casos aislados, tal es el de Ignacio Trejo Fuentes, quien de una forma intensa valora la literatura reciente y al mismo tiempo trabaja en autores consagrados como Sergio Galindo, un autor que apenas ahora comienza a ser visto como un narrador de enormes cualidades. Lejos queda el caso de Emmanuel Carballo, quien bien visto, es más un agudo entrevistador de escritores que un crítico literario. Es famosa su incapacidad para aceptar a escritores que personalmente le son antipáticos, sin importar sus cualidades literarias.
Si Fuentes o Paz (y ninguno más) han hallado en otros países las críticas necesarias para valorar su obra, los que permanecemos en México tenemos ese enorme e infranqueable problema. No sabemos con precisión qué escribimos, cuál es su valor. Sin embargo, pese a estas dificultades, los narradores, poetas y dramaturgos hacen puntualmente su trabajo en pos de una grandeza que es individual pero que enriquece a una nación, a un continente y desde luego, a un idioma: el castellano. El país ha puesto distancia con la Revolución que ahora cumple cien años de edad. Los homenajes que con tal motivo se preparan son un réquiem de escasa dignidad. Mejor conmemoró la dictadura de Porfirio Díaz el centenario de la Independencia, meses después el longevo gobierno cayó bajo el ímpetu revolucionario. Las artes de México quedaron con una deuda profunda con el movimiento político-militar. Sobre la literatura, el citado Max Aub hizo un señalamiento aclarando su importante influencia a finales del siglo XX, pero al mismo tiempo mirando hacia el futuro: “…estamos ya en otro mundo, el de nuestros días; sin la narrativa de la Revolución serían otros.”5 Tenía razón.

1 Azuela, Mariano, Los de abajo, México, 1972. Aguilar. p. 112.
2 Castro Leal, Antonio, La novela de la Revolución Mexicana, dos volúmenes. México, 1972. Aguilar. p. 29.
3 Martínez, José Luis, México, cincuenta años de Revolución. Tomo IV, La cultura. México, 1962. Fondo de Cultura Económica. p.336.
4 Aub, Max: Narradores de la Revolución Mexicana. Fondo de Cultura Económica, 1969. p. 13.
5 Aub, Max: Op. cit. P. 64.