REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 09 | 2017
   

De nuestra portada

El 68 explicado a los jóvenes


Gilberto Guevara Niebla

PRIMERA PARTE
El México anterior a 1968

En medio de la clase, un alumno, Eliseo Bravo, me pregunta:
—¿Maestro, es posible que surja en el México actual un estallido como 1968?
Yo no dudo un instante:
—Imposible
—¿Por qué imposible? —me replica.
—La historia no es circular, dije, aunque así la pensaba Vico. Es difícil que un hecho histórico se repita y, cuando sucede tal repetición, como Marx decía, lo que primero fue tragedia, se repite después como comedia. Pero más allá de teorías hay que decir que el México de 1968 era un país único, dotado de circunstancias materiales y culturales que ya no existen.
—¿Por qué dice usted “un país único”? —insiste Eliseo.
—Bueno, México vivía un momento especial. Recordemos que a principios del siglo XX hubo en México una revolución, una brutal guerra civil que produjo más de un millón de muertos y que trajo como resultado la instalación de un estado presidencialista, autoritario y populista. Era lógico, ninguna revolución armada produce sistemas democráticos. México pasó a ser gobernado por militares (Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho). Al principio, el gobierno federal lanzó una serie de reformas sociales (educación, reforma agraria) que beneficiaron principalmente a las masas campesinas, pero, desde 1940 en adelante, los sucesivos gobiernos volvieron la espalda gradualmente al campo y apoyaron el desarrollo urbano y la industrialización. Este viraje se acompañó por un endurecimiento del control político que ejercía el Estado sobre la sociedad.
Enseguida tomó la palabra Estrada, un chico muy inteligente, el más crítico de la clase.
—Maestro, explíquenos: ¿Cómo era ese “control político”?
—En la base de todo estaba el partido oficial, un partido creado por los militares que gobernaban el país y que, desde 1945, tomó el nombre de PRI. Era un partido de organizaciones, no de ciudadanos. El PRI tenía un sector campesino (CNC), un sector obrero (CTM), un sector para las clases medias (CNOP) y un sector para los jóvenes (CJM) y, dado que prácticamente no había otros partidos (el PAN fue creado en 1938, pero era muy débil), el partido oficial reunía, efectivamente, a la mayoría de las organizaciones campesinas, obreras, juveniles, etc. (Obsérvese bien: organizaciones, es decir, no agrupaba individualmente a los ciudadanos). En otras palabras, el partido oficial era una gigantesca y poderosa maquinaria corporativa que ejercía un control político abrumador sobre la sociedad. ¿Quién era el líder de ese poder inmenso? Había un líder formal, desde luego, pero el verdadero líder de ese partido era el Presidente de la República a quien la Constitución ya otorgaba un poder desmesurado.
Enseguida habló Mónica Arvizu.
—Maestro, entonces ¿no había elecciones libres?
—Legalmente, había elecciones libres, el derecho a votar existía, lo que ocurría sin embargo era que en cada elección el partido oficial arrasaba y obtenía invariablemente la mayoría de los votos. Los partidos de oposición no la pasaban fácil. Desde los años 30, el gobierno creó una oficina de inteligencia para reunir información sobre los opositores al régimen y en 1947 se creó la tristemente célebre Dirección Federal de Seguridad (DFS) que persiguió implacablemente al PAN y a otras organizaciones políticas opositoras que eran menores, pero que tenían una orientación radical como el Partido Comunista Mexicano. La DFS perseguía igualmente a los grupos sindicales, campesinos, juveniles, etc., que disentían de los líderes priistas.
—¿No había huelgas? –preguntó Bracamontes.
—Cuando estallaba alguna huelga encabezada por líderes no priistas y estos se negaban a “transar” con las empresas, el gobierno reprimía utilizando no sólo la fuerza policiaca sino también al Ejército. Así ocurrió en 1958, con el movimiento ferrocarrilero que dirigió Demetrio Vallejo. En esa ocasión, la huelga fue aplastada con la intervención de miles de soldados y el líder encarcelado y sentenciado a 10 o 20 años de cárcel. En otras palabras, México no era un país democrático y libre, era un régimen autoritario, aunque algunos han llamado a ese régimen de “autoritarismo benévolo” porque era represivo, pero tenía políticas sociales fuertes (educación, salud).
En ese momento Estrada, hizo esta acotación.
—Entonces, era una dictadura.
—No, no era una dictadura. Era un sistema autoritario. Había una libertad restringida en la sociedad, pero cuando el gobierno enfrentaba alguna fuerza, social o política, que escapaba a la tutela oficial, no dudaba en reprimir. La historia de la represión es extensa: en 1942 se reprimió a los estudiantes del IPN; en 1946 se aplastó a los ferrocarrileros; en 1952 la fuerza pública reprimió una reunión de opositores que se realizaba en la Alameda; en 1956 la tropa entró al internado del IPN; en 1958-1959 se reprimió a electricistas, trabajadores postales y ferrocarrileros; en 1962, el Ejército asesinó al líder campesino Rubén Jaramillo; en 1964, militares fusilaron a campesinos en un pueblo remoto de Guerrero; en 1966 el Ejército ocupó la Universidad Michoacana, etc., etc.
Una nueva pregunta, de Estrada, dio un viraje a la conversación.
—Dejando atrás la política, díganos ¿cómo vivían los jóvenes en 1968?
—Hay que definir primero de qué jóvenes hablamos. Si hablamos de los estudiantes de educación superior, nos estamos refiriendo a hijos de la clase media —que, para entonces, había crecido mucho. En realidad, la economía del país vivía una época de prosperidad (el crecimiento anual era de más del 6% del PIB) que benefició principalmente a las ciudades y a las clases medias. El acceso a la educación superior había crecido. Había instituciones excelentes, la UNAM inauguró la Ciudad Universitaria en 1954 y esas instalaciones se convirtieron en orgullo nacional. No perdamos de vista esto: el país con el crecimiento demográfico, la industrialización y la urbanización estaba cambiando aceleradamente, pero desde entonces era perceptible que el modelo político y cultural que se trataba de imponer desde el Estado era como una camisa de fuerza para la sociedad.
—¿Cómo es eso, maestro? —Preguntó Eliseo.
—Era un sistema político muy rígido, rigidez que le impedía enfrentar cara a cara a la disidencia. El gobierno quería controlarlo todo. La educación que impartían las escuelas promovía no la libertad, sino el nacionalismo y la obediencia; los medios de comunicación estaban bajo estricta supervisión del gobierno; los sindicatos estaban tutelados por líderes corruptos, subordinados al poder (los líderes charros); la familia era una familia tradicional, patriarcal, sometida a la autoridad paterna.
En este punto intervino Mireia, la más estudiosa de mis alumnas.
—¿Y los jóvenes, maestro? ¿Eran felices?
—Los jóvenes (de clase media) vivían en medio de contradicciones: los padres de muchos venían del campo, pero ellos habían crecido en la ciudad, asimilando valores distintos a los de sus progenitores. Se comenzó a hablar de un conflicto generacional. En los años 60 surgió la “rebeldía sin causa”, aparecieron las pandillas, surgió el rock-and-roll y llegaron las canciones de The Beatles. Los jóvenes comenzaron a usar el pelo largo (un poco largo). Los desacuerdos entre padres e hijos proliferaron, pero no encontraron salida funcional y se proyectaron como una invisible tensión social.
—Pero los jóvenes no eran violentos, ¿no es cierto? —preguntó Eliseo
—No lo eran. Excepto en ciertas zonas de la capital donde existían pandillas medio facinerosas que se enfrentaban entre ellas o que peleaban —excepcionalmente—con la policía. Otro ámbito donde surgían estallidos de violencia eran las escuelas pre-vocacionales (IPN) o las escuelas preparatorias (UNAM) donde existían “porros”, grupos de estudiantes fortachones y agresivos que, por lo general, estaban bajo las órdenes de algún político o funcionario educativo.

SEGUNDA PARTE
¿Cómo eran los jóvenes del 68?


A mis alumnos les interesaba saber más sobre la juventud de entonces, de modo que abundé sobre esa materia.
—Los estudiantes de aquella época no estaban tan politizados, como se piensa. Eran “chicos fresa” como ustedes, es decir, “hijos de papá”. Es verdad que, en la UNAM, sobre todo, habían proliferado grupos de izquierda (comunistas, trotskistas, maoístas, etc.), que eran pequeños —aunque ruidosos—. Las grandes masas de estudiantes poco sabían de política, de modo que el estallido de la protesta estudiantil de 1968 fue como un rayo en cielo sereno, o como un balazo en catedral.
En este punto intervino Estrada.
—Profe, ¿Qué lenguaje utilizaban? ¿Eran mal-hablados?
—Bueno, la palabra “güey” no estaba todavía en el repertorio de los jóvenes.
—Pero se dice que le entraban duro a la mariguana, ¿no es cierto?
—La mariguana comenzaba su carrera. Había quienes la fumaban, pero no era algo masivo.
—¿Ya existía la televisión? ¿No es cierto?
—Pues sí, la televisión existía desde mediados de la década anterior, pero no era tan “juvenil” como lo es ahora. La programación era más seria, estaba pensada para una audiencia principalmente de adultos. Lo que estaba de moda entre la juventud era el rock-and-roll, Elvis Presley, los Beatles, y comenzaban a tener mucho éxito los grupos rockeros mexicanos, como los Teen Tops, los Rebeldes del Rock, los Black Jeans.
—Y los chicos, ¿eran románticos? —preguntó Mónica.
—Vaya, no se contestar bien. Eran adolescentes a quienes les gustaban las chicas, como en todas las épocas. En la universidad se podía observar a las parejas paseando por el campus, como sucede ahora, supongo que los muchachos eran tan románticos como lo son actualmente.
—Pero entonces no había píldora —dijo Estrada.
—En efecto, los anticonceptivos comenzaban a comercializarse. Las relaciones amorosas eran, por lo mismo, muy auto-contenidas y pocas veces culminaban en el acto sexual. Se temía mucho al embarazo. En muchas familias de clase media existía la costumbre de que el novio pidiera permiso a los padres para visitar a su hija y, una vez que los padres accedían, se fijaba un día y una hora para que el novio visitara a la novia en casa de ésta. Cuando llegaba el día, los novios se reunían en la sala de la casa a platicar y a acariciarse, pero no estaban solos porque los padres de la novia designaban a otro miembro de la familia para que estuviera en la misma sala durante todo el tiempo que duraba la visita. Se esperaba que la presencia de este tercer personaje, al que se llamaba irónicamente “chaperón”, impediría que los novios se propasaran con las caricias.
Estrada, que me observaba con concentrada atención, tomó la palabra para preguntarme:
—¿Qué leían los estudiantes de 1968?
—Bueno, en esos años, ya circulaba Cien Años de Soledad, pero se leía mucho a autores como Albert Camus, Jean Paul Sartre, Hermann Hesse, Curzio Malparte, y algunos mexicanos célebres como Octavio Paz y Carlos Fuentes. En 1968 estaba en su momento la llamada “literatura de la onda” en la cual sobresalía José Agustín. Aunque, para ser objetivos, debo decir que los estudiantes de 1968, como los de ahora, no eran grandes lectores. Lo que, en cambio seducía y arrastraba a esos jóvenes eran los deportes. En 1968 el futbol americano estaba entre los deportes preferidos, los clásicos Poli-UNAM abarrotaban el estadio universitario y suscitaban entusiasmos perdurables, sin embargo, el soccer no se quedaba atrás: en realidad, la televisión lo convirtió en el deporte nacional. En la UNAM se practicaban todo tipo de deportes (había instalaciones adecuadas), no pocos de mis compañeros practicaban el atletismo.
—¿Y las mujeres, maestro? Preguntó Mónica.
—Buena pregunta. En esa época había menos mujeres en la universidad (calculo 80% de hombres frente a 20% de mujeres). Los hombres admitían con naturalidad su presencia. Comenzaba la minifalda, aunque la mayoría de las mujeres vestía ropas tradicionales, era raro ver a una mujer vestida con pantalones. El feminismo no era un movimiento importante, como lo sería después de 1968. Los hombres, por su parte, eran muy convencionales, ya no se estilaba el traje, corbata y sombrero como en los años 30, pero vestían de forma decorosa, no usaban jeans, como ahora, ni calzaban tenis, los más “rebeldes” se dejaban crecer el pelo, a veces hasta los hombros. La vida en la universidad era bastante solemne. Las relaciones maestro-alumno eran formales, el maestro era catedrático, su trabajo consistía en dictar cátedra, lo que significa que en la mayoría de los casos exponía, mientras los alumnos, en silencio, tomaban apresuradamente notas. Sólo por excepción se daban clases más abiertas.
—¿Qué quiere decir usted cuando habla de que entre los alumnos había “rebeldes”? —Interrogó Eliseo.
Eso es muy importante. En realidad, en la sociedad de aquel tiempo existía una efervescencia juvenil que se expresaba en las pandillas de los barrios, en el auge del rock-and-roll, en la rebeldía simbólica que se expresaba en dejarse el pelo largo, etc. y en todas partes se hablaba de los “rebeldes sin causa”. Ese nombre provino de una película estadunidense del mismo nombre protagonizada por James Dean, que narraba las vicisitudes de un adolescente inadaptado que se enfrentaba a la incomprensión de sus padres y de los demás adultos. El cine ya era, en esos años, un espectáculo poderoso: los jóvenes de 1968 vieron películas que ilustraban la rebeldía juvenil, aunque a veces de forma matizada, como en West Side Story, o pudieron ver filmes más politizados en los cuáles se exhibía la opresión colonial, como La batalla de Argel. Por cierto, en el cine también se manifestó el autoritarismo oficial. Por ejemplo, había películas —como Los olvidados de Buñuel o como La sombra del caudillo cuya proyección fue prohibida por el gobierno (la primera exhibía la miseria del país y la segunda era una crítica a los caudillos de la revolución mexicana). Hubo autoritarismo en otros campos: el gobierno prohibió Los hijos de Sánchez, libro escrito por un antropólogo estadunidense que describía la vida de las vecindades pobres de la ciudad de México. La censura —y mucho la autocensura— actuaba en todos los medios de comunicación. Estaba prohibido hablar mal del régimen, criticar al Presidente, elogiar a los críticos del gobierno, opinar negativamente de las fuerzas armadas (regla que todavía hoy se mantiene) y, desde luego, poner en duda que en el país existía una auténtica democracia. Es cierto que hubo excepciones. Por ejemplo, se publicaba la revista Política que era un semanario de filiación izquierdista (fue suprimido antes de 1968).
Estrada, el más informado de mis alumnos, me interrumpió para hacer esta petición:
—Maestro, ¿qué influencia tuvo el movimiento estudiantil de Francia sobre el de México?
—Esto es sumamente importante. En 1968 hubo, en muchas partes del mundo, explosiones de protesta estudiantiles: en Estados Unidos, en Francia, en Uruguay, Inglaterra, etc. La más importante fue la de Francia, estalló en mayo y provocó una huelga general de trabajadores. Los estudiantes franceses hicieron una crítica radical a la universidad y a la cultura. Los sucesos de Francia tuvieron impacto significativo en México, sobre todo en el ala de humanidades de la UNAM. Olvidé remarcar esto antes: existía una cultura persecutoria contra los jóvenes “rebeldes”, es decir, contra los adolescentes con pelo largo que imitaban a James Dean, la policía hacía redadas, llegaban los agentes a los barrios populares, capturaban a los jóvenes melenudos y los remitían a la cárcel. ¿Motivo legal? Ninguno, eran “rebeldes”. Punto.

*Artículos aparecidos en el periódico La Crónica de Hoy.