REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 09 | 2017
   

Letras, libros y revistas

Mesita de noche


Patricia Zama

Madrina de lectores

La inglesa J. K. Rowling (1965) que al final de este mes celebra su 52 aniversario, es la madrina indiscutible de millones de lectores de este siglo. Su saga del mago Harry Potter inició en la lectura a quienes hoy disfrutan de las letras. Aquí las primeras líneas de Harry Potter y la piedra filosofal, que llegó a los lectores mexicanos en 2002 editada por Salamandra.
“El señor y la señora Dursley, que vivían en el número 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente. Eran las últimas personas que se esperaría encontrar relacionadas con algo extraño o misterioso, porque no estaban para tales tonterías […] Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendrían lugar en toda la región. El señor Dursley canturreaba mientras se ponía su corbata más sosa para ir al trabajo, y la señora Dursley parloteaba alegremente mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta.
Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana.
A las ocho y media, el señor Dursley cogió su maletín, besó a la señora Dursley en la mejilla y trató de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niño tenía un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes. ‘Diablillo’, dijo entre dientes el señor Dursley mientras salía de la casa. Se metió en su coche y se alejó del número 4.
Al llegar a la esquina percibió el primer indicio de que sucedía algo raro: un gato estaba mirando un plano de la ciudad. Durante un segundo, el señor Dursley no se dio cuenta de lo que había visto, pero luego volvió la cabeza para mirar otra vez. Sí, había un gato atigrado en la esquina de Privet Drive, pero no vio ningún plano. ¿En qué había estado pensando? Debía haber sido una ilusión óptica. El señor Dursley parpadeó y contempló al gato. Éste le devolvió la mirada. Mientras el señor Dursley daba vuelta a la esquina y subía por la calle, observó al gato por el espejo retrovisor: en aquel momento el felino estaba leyendo el rótulo que decía ‘Privet Drive’ (no podía ser, los gatos no saben leer los rótulos ni los planos), el señor Dursley meneó la cabeza y alejó al gato de sus pensamientos. Mientras iba a la ciudad en coche no pensó más que en los pedidos de taladros que esperaba conseguir aquel día.
Pero en las afueras ocurrió algo que apartó los taladros de su mente. Mientras esperaba en el habitual embotellamiento matutino, no pudo dejar de advertir una gran cantidad de gente vestida de forma extraña. Individuos con capa...”

El sucedáneo de la pistola y la bala

A los diecinueve años de edad, con un futuro incierto en un mediocre empleo bancario, Herman Melville se embarcó por primera vez en Nueva York rumbo a Londres, viaje al que siguió una serie de aventuras marinas por varios años, que serían la materia prima de gran parte de su obra. Nacido hace casi doscientos años (1 de agosto de 1819), Melville murió en la miseria, a los 72 años (28 de septiembre de 1891). Aquí las primeras líneas de Moby Dick o La Ballena Blanca, su novela más leída, en traducción de Enrique Pezzoni, para la Editorial Sudamericana:
“Pueden ustedes llamarme Ismael. Hace unos años, no importa cuántos exactamente, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra, pensé darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga, cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome, a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas fúnebres o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera y, sobre todo, cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible. Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala. En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco. No hay nada de asombroso en esto. Pocos lo saben, pero casi todos los hombres, sea cual fuere su condición, alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el océano.
Aquí está pues, la ciudad insular de los manhattoes, rodeada de muelles como las islas indígenas por los arrecifes de coral. El comercio la ciñe con su oleaje, a derecha e izquierda, las calles llevan hacia el mar. En la puerta extrema de la ciudad está el fuerte, augusta mole refrescada por brisas y bañada por aguas que, pocas horas antes, eran invisibles desde tierra. Miren ustedes la multitud que contempla las olas.
Recorran ustedes la ciudad en la tarde soñolienta de un sábado. Vayan desde Corlears Jock hasta Coenties Slip y desde allí, pasando por Whitehall, hacia el norte, ¿Qué ven ustedes?
Apostados como centinelas silenciosos en torno a la ciudad toda, hay millares y millares de mortales perdidos en divagaciones oceánicas. Algunos apoyados contra los pilotes; otros sentados en las escolleras; otros mirando más allá de las amuradas de naves llegadas desde China; otros en lo alto de los aparejos, como empeñados en obtener una vista aún más amplia del mar. Pero todos son hombres de tierra firme…”

Disparate kafkiano

Con toda naturalidad, Franz Kafka, que nació en el verano de 1883, un tres de julio, escribió una de las obras más originales de la literatura al poner el acento de su mirada en el absurdo de la vida. Las páginas de El proceso exhiben lo incongruente de los laberintos de la burocracia, mientras La metamorfosis confronta al personaje con el disparate de sí mismo. Aquí las primeras líneas de La metamorfosis, en la traducción de Jorge Luis Borges:
“Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontrose en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.
–¿Qué me ha sucedido?
No soñaba, no. Su habitación, una habitación de verdad, aunque excesivamente reducida, aparecía como de ordinario entre sus cuatro harto conocidas paredes. Presidiendo la mesa, sobre la cual estaba esparcido un muestrario de paños –Samsa era viajante de comercio–, colgaba una estampa ha poco recortada de una revista ilustrada y puesta en un lindo marco dorado. Representaba esta estampa una señora tocada con un gorro de pieles, envuelta en una boa también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía contra el espectador un amplio manguito, asimismo de piel, dentro del cual desaparecía todo su antebrazo.
Gregorio dirigió luego la vista hacia la ventana; el tiempo nublado (sentíase repiquetear en el cinc del alféizar las gotas de lluvia) infundiole una gran melancolía.
–Bueno –pensó–; ¿qué pasaría si yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías? –Mas era esto algo de todo punto irrealizable, porque Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esta postura. Aunque se empeñaba en permanecer sobre el lado derecho, forzosamente volvía a caer de espaldas. Mil veces intentó en vano esta operación; cerró los ojos para no tener que ver aquel rebullicio de las piernas, que no cesó hasta que un dolor leve y punzante al mismo tiempo, un dolor jamás sentido hasta aquel momento, comenzó a aquejarle en el costado…”

Los Forsyte

Las fiestas suelen ser preludios de grandes batallas en cualquier terreno. Con una fiesta inicia La guerra y la paz de Tolstoi y con una fiesta presentó John Galsworthy a los personajes de la emblemática familia victoriana de La saga de los Forsyte, un clan regido por los principios de la posesión de la propiedad y la belleza. En nueve libros escritos durante 15 años, el inglés Premio Nobel 1932 dibujó la decadencia de una época y el nacimiento de la modernidad. Estas novelas traducidas y editadas por Sudamericana, y hoy casi desconocidas, en un tiempo ocuparon los estantes de las bibliotecas de personajes como Elena Garro, José Luis Martínez y Octavio Paz. La BBC produjo la serie en 1967. Galsworthy nació el 14 de agosto de 1867. En su 150 aniversario, transcribo el inicio del primer libro de la saga, El propietario:
“Aquellos que hubiesen tenido el privilegio de hallarse presentes en una fiesta familiar de los Forsyte habrían asistido al espectáculo encantador e instructivo de una familia de la alta clase media en todo su esplendor. Pero si alguno de tales privilegiados hubiera poseído el don del análisis psicológico (un talento sin valor monetario y adecuadamente ignorado por los Forsyte), habría sido testigo de un espectáculo no sólo delicioso en sí mismo, sino también ilustrativo de un oscuro problema humano. Dicho de manera más sencilla, habría encontrado en la reunión de esa familia –ninguna de cuyas ramas sentía afecto por las otras y en cuyo seno ni siquiera tres de sus miembros experimentaban algo que mereciese el nombre de simpatía– la prueba de esa misteriosa y concreta tenacidad que hace de una familia tan formidable unidad social, tan clara reproducción en miniatura de la sociedad…
El 15 de junio de 1886, a eso de las cuatro de la tarde, el observador que se hubiese hallado casualmente en casa del viejo Jolyon Forsyte, en Stanhope Gate, habría asistido a la máxima florescencia de los Forsyte. Se celebraba aquella reunión para festejar los esponsales de la señorita June Forsyte, nieta del viejo Jolyon, con mister Philip Bosinney. Cuando un Forsyte se prometía en matrimonio, se casaba o nacía, todos los Forsyte se hallaban presentes. Cuando un Forsyte moría… pero todavía no había muerto ningún Forsyte; los Forsyte no morían; siendo la muerte algo totalmente opuesto a sus principios, tomaban precauciones contra ella, las instintivas precauciones de personas dotadas de enorme vitalidad y que miraban con resentimiento toda intrusión en su propiedad… Junto al piano, un hombre corpulento y de elevada estatura lucía dos chalecos sobre su amplio torso, dos chalecos y un alfiler de rubíes, en vez de un solo chaleco de raso y el alfiler de diamantes propios de ocasiones más corrientes, y su rostro de viejo, del color del cuero desvaído, afeitado, de mandíbula cuadrada, con ojos mortecinos, ofrecía su expresión más digna por encima del corbatín de satén. Era Swithin Forsyte. Cerca de la ventana, donde disfrutaba de más aire fresco, se encontraba el otro mellizo, James… Sentadas en fila, muy juntas estaban tres hermanas: las tías Ann, Hester (las dos Forsyte solteronas) y Juley, la cual hacía muchos años que sobrevivía a su marido… Cada una de estas damas tenía un abanico en la mano, y cada una de ellas, mediante un toque de color, una pluma enfática, o un broche, daba fe de cuán solemne era aquella oportunidad…”

Novedades en la mesa

Desde el escenario de miseria y desolación de la Sicilia de 1943-1945 Curzio Malaparte (1898-1957) cuenta los horrores de la guerra en su novela La piel, catalogada en el índice de libros prohibidos del Vaticano, que circula ahora con nueva traducción, con el sello editorial de Galaxia Gutemberg… A dónde vamos y de dónde venimos, ésa es la búsqueda desaforada de los protagonistas de la nueva novela de Dan Brown, Origen (Planeta), el escenario es el Museo Guggenheim de Bilbao…“Que yo estuviese enamorada de Nishino no significaba que Nishino tuviese que estar enamorado de mí”, dice la protagonista de Los amores de Nishino (Alfaguara), la más reciente novela de la japonesa superventas, Hiromi Kawakami… Cuentos de Beedle el Bardo (Salamandra), de J. K. Rowling fue originalmente una edición artesanal de siete ejemplares escritos e ilustrados por la autora para regalar a siete personas especiales (al menos dos de ellas sus editores). Son cuentos de hadas y de magos que en cierta forma dialogan con los legendarios personajes de la saga de Harry Potter… Entre los clásicos que se mantienen siempre en las mesas de novedades, El doctor Zhivago, de Boris Pasternak, editada por Debolsillo, y Cuentos completos de Virginia Woolf, de Ediciones Godot.