REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 11 | 2017
   

Confabulario

Delimitaciones


José Luis Velarde

…un negro océano sin límites,
sin dimensiones, donde se confunden,
lo largo, lo ancho, lo profundo,
el tiempo y el espacio.
John Milton
citado en El Libro de las Desapariciones

Es imposible abandonar el recinto que se extiende infinito, sin confines ni muros que lo circunscriban. El universo es inacabable y no alcanzarán las vidas de todos los habitantes de la Tierra para recorrer la vastedad de lo perpetuo. No será posible si se empeñan en continuar sus navegaciones lentísimas. Permanecerán estancados si no descubren los adelantos científicos que les permitan recorrer las distancias que escapan a la escala y a la percepción de los hombres. Me espanta el silencio eterno de estos espacios infinitos, fue la frase con que Pascal expresó la angustia que sólo se manifiesta frente a lo inaccesible. Este filósofo también dijo que para definir la eternidad, había que pensar en una esfera de acero sólido del mismo volumen de la Tierra y luego imaginar que una paloma iba a acercarse a la mole esférica para tocarla con una de sus alas cada mil años. Cuando el roce minúsculo hubiera desgastado la esfera por completo, apenas habría transcurrido una milésima parte de la eternidad.
Tenía razón Heráclito al afirmar la esencia cambiante de las cosas, aunque los humanos tiendan a ratificar toda permanencia y a considerarse imperecederos en la medida en que se multiplican mediante sus descendientes. Los ríos nunca serán los mismos cuando volvamos a encontrarlos y un hombre no será el que fue si falta cualquiera de las circunstancias, incluso las consideradas deleznables, que determinaron el transcurrir de su vida. De ello dio cuenta Asimov cuando escribió El fin de la eternidad, donde los vigilantes, dueños de la facultad de viajar en el tiempo, se dan a la tarea de modificar los futuros hipotéticos de acuerdo a las necesidades planteadas por la sicohistoria que determina las mejores probabilidades para el desarrollo de la sociedad entera. A veces, era necesario matar a un hombre, a veces bastaba hacerle llegar tarde a una cita para que el devenir histórico se viera profundamente alterado. No siempre eran buenos los avances tecnológicos, porque sus implicaciones iban a terminar creando devastación o sistemas carentes de esperanza. El futuro aparece tan moldeable como lo fue en El ruido de un trueno, la historia de Ray Bradbury que anuncia viajes al pasado, donde los turistas pueden participar en expediciones cinegéticas que permiten disparar sobre animales, ya condenados a muerte, en áreas donde desaparece el riesgo de alterar el desarrollo evolutivo, sin embargo, nadie es capaz de prever el espanto de un cazador que, incapaz de disparar a la presa elegida, abandona el camino delimitado con esmero para dar dos o tres pasos erráticos sobre la tierra proscrita. Nada ocurre en apariencia, pero Eckels lleva en la suela de un zapato una mariposa aplastada por el descuido. Al llegar al tiempo de partida, el idioma es apenas diferente, pero un dictador es el gobernante del país abandonado como democracia. El totalitarismo ha surgido por una muerte que cualquiera juzgaría insignificante. El mundo cambia de acuerdo a códigos que la genética parece determinar de manera caprichosa; una autoridad que no duda en recurrir a la involución si le es preciso. Tal esquema fue imaginado por Edmond Hamilton que escribió Devolution en 1936. Su texto se refiere al desencanto que padecen los tripulantes de una nave espacial procedente de la galaxia de Arctar, al no encontrar sobre la Tierra seres inteligentes con la apariencia que ellos poseen; simple protoplasma o células elementales. Estos forasteros se topan con Gray, Ross y Woodin; tres amigos que acampan en el bosque donde, de manera paradójica, hablan de la evolución del hombre a partir de organismos inferiores que al agruparse dieron origen a individuos más complejos. Ambas partes se llenan de horror con el encuentro y tras una breve lucha donde fallecen Gray y Ross, los visitantes dialogan con el sobreviviente. Es así como nos enteramos de que nuestro mundo estaba deshabitado hace algunos millones de años y que una flota llegada de Arctar fue la responsable de su colonización. Por aquellas fechas, los proyectos de dispersión arctarianos abarcaban el universo entero y no hubo posibilidades de seguir de manera adecuada todos los asentamientos planetarios emprendidos, pero el alto mando ha resuelto investigar el silencio procedente de nuestro planeta a pesar del largo tiempo transcurrido. Es infinito el asco y la decepción que experimentan los tripulantes al escuchar la teoría evolutiva que explica el surgimiento del género humano. No entienden cómo los arctarianos pudieron extraviar su inteligencia y su forma para terminar siendo criaturas multicelulares de tan reducidas facultades. Sólo atinan a decir que la Tierra debe tener algún material que les afecta y condena a la involución. Parafraseando a Santo Tomás: Aquellos seres deseaban permanecer perpetuamente. Es obvio añadir que el sentido de la permanencia estaba determinado por la inmutabilidad de sus apariencias y la preservación de la cultura que les había originado.
Lamento que mis restos se hayan conservado en condiciones tales que permitieron a un equipo científico convertirme en el mero reflejo de mi ser. Me parezco a Homer Green que elaboró un procedimiento capaz de regenerar las células y cualquier parte humana a partir de la observación de las salamandras, pero la inmortalidad recibida no le permitió conservar la memoria. John R. Pierce se refirió a este investigador con tristeza infinita cuando escribió Invariant en 1944. Como Green, soy imperecedero, sin haber caminado nunca hacia el poniente para encontrar el río que concede la vida eterna en la obra de Borges.
La clonación me ha multiplicado, cinco seres idénticos a mí viven en distintas regiones del país. Ninguno de ellos es aficionado a la Ciencia Ficción y parece molestarles mi gusto por la corriente literaria que me ayuda a explicar nuestra procedencia. En las escasas ocasiones en que logré reunirme con ellos compartimos el vacío y la memoria incierta construida con los recuerdos y las descripciones elaboradas por otros en biografías escasas y hasta contradictorias. Más allá de las similitudes inevitables es evidente que nuestras aficiones y los estudios elegidos difieren del todo. Somos seis extraños con cuerpos idénticos y debemos resultar graciosos cuando nos desplazamos en grupo. Siempre que puedo suplico a nuestros creadores que nos mantengan distantes. Bien sé que no alcanzarán mis vidas para recuperar los hechos extraviados y la patria que un día soñé creyéndola cierta.
Leonardo Da Vinci se adentró en el río siempre mutable propuesto por Heráclito, al afirmar que el agua que uno toca es siempre la última que ha pasado y la primera que vendrá. Quizá el desengaño es el único sentimiento que puedo expresar aunque mis creadores me hayan condenado a esta especie de inmortalidad.
No soy Francisco Villa, ni lo seré nunca. Soy un mero experimento de laboratorio surgido de las maniobras genéticas. Chihuahua no será sojuzgada por mis tropas ni asaltaré Columbus una tarde polvorienta de 1916. Cruzar la Barranca del Cobre será un simple recorrido turístico. Nunca conoceré el olor de la pólvora ni sabré si fueron ciertos algunos detalles que me entristecen.
A duras penas la Historia me ofrece el consuelo de rehacer algunos fragmentos de los días y los años que me pertenecieron sin lograr revivirlos del todo. Son insuficientes las fuentes informativas que narran mis actos y describen mi forma de ser en las circunstancias propiciadas por la Revolución Mexicana.
Sueños rudimentarios donde los Dorados cabalgan sin rumbo.