REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 11 | 2017
   

De nuestra portada

Cacería y carnicería humana


Hugo Enrique Sáez A.

La violencia contamina todo el tejido social
En la concurrida Colonia Condesa de la Ciudad de México, meses atrás un pervertido atacó a una periodista estadunidense y le arrancó la falda en plena calle. La mujer logró escapar de esa furia criminal, mientras que las autoridades policiales nunca resolvieron el caso, razón que determinó la decisión de la abusada de retornar a su país de origen. Las estadísticas del INEGI revelan que en México se registraron casi 24 mil feminicidios en 2016, un altísimo y preocupante promedio de 20 feminicidios por cada 100 mil habitantes. Durante 2017 este delito ha continuado en ascenso, sin que se vislumbren programas efectivos para contenerlo. Desde otros países latinoamericanos se reportan casos similares en que las mujeres son víctimas de la violencia machista. No obstante, pese a que es evidente el estigma machista en la vida cotidiana, habría que profundizar en las causas psicológicas y sociológicas asociadas a esta conducta en esta fase mundial del predominio neoliberal.
Publiqué en Facebook una frase que suscitó polémica: “En esta época hay una cacería de cuerpos fragmentados: se busca el goce genital y se ignora el cuerpo total”. Un amigo sostuvo que los medios se encargan de conformar la cultura popular. En principio, es inobjetable el papel de la realidad virtual para modelar subjetividades, no sólo populares. Repito una frase célebre de Margaret Thatcher al inicio de la fase neoliberal en la década de 1980: “El método es la economía; el objetivo es el alma.” Precisamente, hay que comenzar por exponer el protocolo en que se basa la producción de subjetividades.
Primero, cabe aclarar que una expresión breve y aislada se publica con el objetivo de que cada lector se interrogue sobre el sentido que encierra, a partir de su propia experiencia. No se abunda en las causas, se presenta un hecho. La exigencia implícita es que cada contacto de la red interprete su significado. Es similar al koan del budismo Zen, con la diferencia de que este último trabaja con cierta versión del absurdo. Por ejemplo, ¿Cómo suena el aplauso de una sola mano? El maestro lo plantea y cada discípulo ensaya una respuesta que no debe responder a la lógica aristotélica. A menudo se rechazan las palabras que intentan explicarla, hasta que el discípulo toma conciencia del aquí y ahora.

La producción de subjetividades por los medios
En los fragmentos de los presocráticos es necesario reflexionar y apelar al propio ángulo de observación. Por ejemplo, Heráclito escribió “Todo fluye”, y lo ilustraba con un hecho: Nunca te bañas dos veces en el mismo río. En mi caso, por supuesto que tengo una respuesta a la situación planteada en la mencionada descripción fenomenológica. Lo que genera esa cacería del objeto parcial identificado con el cuerpo es el plus de goce teorizado por Lacan. Se trata de un concepto bastante complicado para desarrollarlo en este artículo.
Aun así, trataré de ilustrarlo. En una carnicería suelen exhibir el dibujo de una vaca recortada en cada una de sus partes con el nombre correspondiente para que el cliente sepa qué corte de carne llevará para satisfacer su apetito. En los tiempos que vivimos sucede algo similar con el cuerpo humano desde el punto de vista erógeno. El deseo masculino perverso, entonces, privilegia piernas, senos, vulva, nalgas. El cuerpo se ha convertido en un objeto parcial como objeto del deseo. La excitación que invade a un sujeto lo impulsa a apropiarse de ese objeto incluso con violencia. Se trata de una perversión que va más allá del placer, propio de Eros, y se mueve en función de la destrucción, en manos de Thanatos.
Se parte de Foucault, en el sentido de concebir el cuerpo total como un campo de operaciones de poder en el que se fabrica la subjetividad individual de un “sujeto” hablante, sexuado y mortal, según Lacan; que además está “sujeto” a distintas servidumbres voluntarias. El discurso capitalista enfatiza la necesidad de ser “uno mismo”. En el neoliberalismo se modela el lenguaje políticamente correcto, esa infraestructura que al animal bebé lo incorpora a la sociedad y le asigna un lugar, tomando como plataforma un discurso centrado en el poder de la mercancía. En la sociedad mundial se impone una organización “racional y técnica” que exige productividad, cada vez más trabajo para convertirse en consumidor consumido. Así, en un capítulo de la serie Black mirror, los habitantes de ese mundo futuro pedalean sin elaborar producto alguno, ya que en la pantalla se les informa de los puntos obtenidos para comer y habitar un espacio, siempre con la ilusión de incorporarse a los medios en los que se convierten en personas de primera.

El deseo entre Eros y Thanatos
Si se analiza el deseo (deseo del deseo del otro) como pulsión central del animal humano, su satisfacción va acompañada de placer. Cada uno habita la lengua de una manera singular, que siempre está expuesta a la expropiación por el discurso del poder, que en la actualidad se guía por el precepto de Goebbels: una mentira repetida muchas veces termina por convertirse en verdad. Podemos hablar español, aunque en cada individuo se expresa un dialecto de la lengua madre. Los medios proceden a transformar ese dialecto singular de manera homogénea: el éxito se identifica con la posesión de objetos que encienden el sentimiento de poder. Naomi Klein ha mostrado el papel de los “logos” en la estructuración de las subjetividades de masas. Ahora bien, el goce es un exceso de placer, un más allá del placer ordinario, en el que se alucina una sensación momentánea de poder. Se la podría considerar una especie de hierofanía del capitalismo: el dios Dinero te ha tocado, eres un afortunado al orientar tus acciones para acceder a esa transgresión de lo cotidiano. Comer un platillo delicioso en casa genera placer; al consumir un alimento exótico en restaurante “de marca” sirve para la ostentación de “persona importante”. Durante un viaje en transporte público oí la conversación de unas enfermeras que comentaban el romance de otra con un médico, que “no van a loncherías, él la lleva a restaurantes”.
El plus de goce desata, en su versión perversa, el abuso sexual o la fuga hacia distintos tipos de adicciones; el secuestro, tortura, violación y asesinato de mujeres. En cuanto práctica extendida en la sociedad, Laclau observa que los sectores pobres ahora no se restringen a ser los que no tienen nada que perder, porque les queda la posibilidad del goce (falta y exceso al mismo tiempo). En su conciencia, si están desorganizados políticamente, se desconectan del lugar que ocupan en la estructura económica y así se los convierte en consumidores consumidos cuyo voto se puede comprar regalándoles una pantalla de televisión, como se hace en México, o bien una despensa en un supermercado que nunca habían pisado antes.
Los ricos se ajustan a la “ley de la sociedad moderna”, y surgen por la reproducción abstracta e invisible del capital financiero. Por este motivo, se distinguen por satisfacer el goce mediante consumos suntuarios. ¿Para qué sirve un Ferrari de oro que aparece en un video mostrando al hijo del corrupto Romero Deschamps paseando por Mónaco? Son juguetes de lujo para ociosos que desean exhibir su poder y su impunidad. Lo chistoso del video es que se oye la voz de un argentino preguntándose si el dueño de ese ostentoso vehículo “¿Será ese gordo pajero que está por subirse?” Goce es un placer excedido, esa hierofanía caída del cielo que se apropia del individuo o de la masa al anotar un gol su equipo. Marx ya teorizó esta situación de culto de la mercancía y del dinero en el capítulo sobre el fetichismo de la mercancía. La prevalencia de la mercancía está por encima de los medios de comunicación. De la plusvalía se deriva el plus de goce que se empieza a manifestar de forma masiva desde que se inició el embate del neoliberalismo.