REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 11 | 2017
   

Letras, libros y revistas

El reino vencido


Hugo Valdez

En El reino vencido, René Avilés Fabila nos recuerda que así como ciertos libros se llegan a formar por el concurso de muchos relatos, de muchos textos, el hombre que somos también se forma, germina y termina de igual manera: por el concurso de las historias que alguna vez ha protagonizado, con mayor o menor gloria, alegría, placer o dolor. El protagonista pretextual, Emilio Medina Mendoza, cae en las manos de un narrador que se propone hacer la exégesis de su vida. Así, el libro se descompone y compone en una serie de capítulos-relatos que se intercomunican o dialogan entre sí conforme la novela avanza. Tal variación de tonos y técnicas le da una apariencia de collage, sin que en momento alguno haya dispersión ni caos: todos los cuadros se antojan los pasajes de una película, pero es la película de una vida única, la de Emilio Medina. ¿O debo decir, la de René Avilés Fabila?
Junto a la meditación de la memoria, del por qué escribir o no bajo el dictado de la autobiografía, y luego de conjeturarse sobre la voz que narra, el texto vuelve a uno u otro momento del pasado. Al romper la cronología convencional, lineal, en lugar de dedicarse por bloques a épocas específicas, mujeres, amigos, viajes, libros, puede lo mismo detallar un amor tortuoso o entrañable y, siguiéndole el paso a la memoria, irse luego a un episodio de adolescencia, subrayando cómo un hombre, acaso todos, vive siempre ligado a sus momentos clave, ocurridos en el tiempo que sea.
En desacuerdo con su presente, Emilio Medina se sumerge pues en sí mismo e imagina pasados vividos lo mismo que pasados deseables y ve su infancia como un edén. Acaso realmente lo fue, a juzgar por lo que, durante mayor parte del tiempo, es El reino vencido: un amoroso, agradecible ajuste de cuentas de alguien que recuerda a las mujeres y los hombres más importantes de su existir como en efecto lo fueron: buenos, malos, brillantes o estúpidos, mochas o putonas, feas o guapas, atractivos o brutales.
De allí que la evocación sea ora nostálgica, ora descarnada, aun fría con todo propósito (igual que un parte policial) para abordar sin dramatismo las partes violentas: desde la iniciación erótica, hetero y homosexual, en compañía de amigos que a la vuelta del tiempo, desgastado el brillo de la juventud, terminaron en el fracaso; pasando por la narración precisa del episodio guerrillero; hasta la épica de la barriada, en la descripción de las peleas entre bandas por delimitar su territorio y honor. Un mérito semejante se aprecia cuando el narrador se contagia de oralidad, por ejemplo en el pasaje de la noche en la cárcel a resultas de una golpiza; además, y pese a su desparpajo verbal, su comedimiento humorístico, el capítulo no deja de mostrar la atrocidad de una maquinaria corrupta, la de nuestro inefable sistema judicial, que inficiona a todo el que se le acerque.
Dado que nuestro amigo René apenas enmascara aquí sus propios recuerdos, esa nota de sinceridad hace más rica a esta novela. Conmovidos y casi convencidos de que alguien nos está confiando sus secretos, incluso los más dolorosos, se queda uno con esta galería de personajes. Pero así como figuraron y fulguraron, algunos de ellos, de pronto tan queridos por nosotros, desaparecen sin más de la vida y la vista del narrador: se esfuman, mueren... Lo más gratificante de todo es que tal bagaje memorioso se convierte una suerte de largo chisme, también en una confesión, pero gozosa, sin tener necesariamente que ser sobre celebridades, a la que el lector, gracias a la vertiginosa manera en que Avilés Fabila sabe rodar el lenguaje, se ata hasta el final.
El reino vencido no sería del autor que lo firma si no hablara, largo y tendido, de mujeres. Recuento de novias, esposas y amantes; inventario cruzado de amores, referido a mujeres interesadas en oír hablar de historias de amor entre su eterno adorador y otras féminas, trátese de Ana, Atala, Elsa, Yolanda, Elena, Laura o María de los Ángeles; el libro revela en Emilio Medina un buscador obsesivo del género femenino menos por satisfacer su carnalidad que por el afán de hallar el amor auténtico. De la retrospectiva minuciosa a pasajes intensos y apasionados, o aun cómicos y estrambóticos, como las relaciones que detallan, las mujeres no sólo son cuerpos y compañías que se gozan: son también historias que llevan naturalmente a otras, libros que asombra leer.
Por otra parte, en la honesta evocación de los amigos inolvidables, como Sergio López Villafañe, así como en la de los héroes de la infancia y adolescencia, reverbera puntual, nítida como telón de fondo, una Ciudad de México hospitalaria que coexistía con las zonas semirurales aledañas, muy lejana al monstruo informe del presente. Quién sabe si nos convence por lo cálido y sustancioso del recuerdo, pero poco importa el vistazo antropológico a la Ciudad de México de mitad de siglo, surcada entonces por los tranvías y gradualmente colonizada por las modas y la cultura de Estados Unidos: la Ciudad Jardín de El reino vencido es una alegoría afortunada, una metáfora de la urbe todavía impoluta que disfrutó una generación de jóvenes.
Un personaje familiar de este universo, un loco inofensivo al que llamaban el Abogado, pareciera la metáfora de nuestro narrador-personaje: "era un cronista de personajes imaginarios -nos dice Avilés Fabila-, en su mundo, todos los habitantes de Ciudad Jardín tenían una historia fabulosa, de aventuras inauditas, antes de asentarse como seres tranquilos, monótonos y aburridos".
No olvidemos, sin embargo, una confesión del narrador, entristecido por el modo tan radical en que ha cambiado el mundo: "Veo tan lejanos y borrosos los días de infancia y juventud que me son difíciles de rehacer. Es posible, entonces, que no esté reconstruyendo esas épocas sino que me encuentre inventándolas y que mi soledad haya sido perfecta y antigua. No tuve amigos ni compañeros de escuela, tampoco familiares, soy una creación literaria y el mundo que me rodeó, por más de medio siglo, sólo existió en la fantasía de un escritor nostálgico y soñador".
Y si, en efecto, fuera esto así, ¿tendría importancia para el lector, contagiado del gozo de vivir, beber, follar, bailar, correr, pelear que irradia de las páginas de El reino vencido?

René Avilés Fabila, El reino vencido, Nueva imagen Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, Colección Grandes Autores, Obras completas, México, 2005.