REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 11 | 2017
   

Letras, libros y revistas

Mesita de noche


Patricia Zama

Recuerdo de René Avilés Fabila
Con el primer aniversario de la muerte de René Avilés Fabila (15 de noviembre de 1940 - 9 de octubre de 2016) coincide la edición de su primer libro póstumo, Retablos y altares de la literatura universal, con el sello editorial de la Universidad Autónoma de Puebla. Se trata de una selección de textos escritos entre 2006 y 2016, preparada por el propio autor, acerca de sus maestros literarios. La cuidada edición que incluye fotografías de la vida del escritor, resulta hoy un justo homenaje. Aquí las primeras líneas de “La maravillosa ninfa llamada Lolita”:
“¿Recuerdan la extraordinaria novela de Vladimir Nabokov, Lolita? Elogiada por Denise de Rougemont y Graham Greene, conmovió a muchos lectores del planeta. En México, donde no cabía la literatura erótica, fue recibida como una innovadora salvación. Las descripciones de la hermosura, gracia de la jovencita y su delicada piel eran perturbadoras.
El tacto es uno de los elementos del amor. El principio del erotismo. Acariciando la piel comienza en lo profundo a gestarse el orgasmo. Un beso (lo sabían Klimt y Rodin) desata una explosión que el corazón apenas nota y el cerebro tarda en digerir. La literatura amorosa lo ha propagado y la realidad es todavía más explícita. En todo gran poema o novela de amor aparecen alusiones a la piel. Imposible concebir el amor sin que pase por la piel. Tersa, suave, morena, rubia, negra, blanca, delicada, nacarada son calificativos frecuentes. Cleland, Shakespeare, Sade, Neruda, D. H. Lawrence, Bukowsky, Henry Miller, son algunos que le han dado forma a los sueños y fantasías amorosas de los lectores…
En ‘Aclaración tardía’: Borges Explica (en Leopoldo Lugones) ‘…una cosa es el máximo escritor y otra el libro máximo; no hay libro de Quevedo que pueda equipararse al Quijote, pero Cervantes, juzgado como hombre de letras, es inferior a Quevedo, sin menoscabo de su gloria…’ Esta idea que me sacó de una confusión juvenil, acaso muy personal: Alfonso Reyes es el hombre de letras, mientras que Martín Luis Guzmán es el autor de La sombra del caudillo. Hoy es la aclaración a las diferencias entre García Márquez y el propio Borges: el primero es el autor de Cien años de soledad, el segundo es el inmenso hombre de letras, el único que consiguió hacer una revolución literaria en el castellano actual con afortunadas repercusiones en el resto de las lenguas”.
El pasado 10 de octubre en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, se reunieron María Luisa, La China Mendoza, Óscar de la Borbolla, Jairo Calixto y Miguel Sabido “Para recordar a René Avilés Fabila”.

El candidato del Caudillo
En el aniversario 130 del nacimiento de Martín Luis Guzmán (6 de octubre de 1887- 22 de diciembre de 1976) y con la campaña de la sucesión presidencial en marcha, es oportuno recordar las primeras líneas de su novela más popular, La sombra del caudillo:
“El Cadillac del general Ignacio Aguirre cruzó los rieles de la calzada de Chapultepec y, haciendo un esguince, vino a parar junto a la acera, a corta distancia del apeadero de Insurgentes.
Saltó de su sitio, para abrir la portezuela, el ayudante del chofer. Se movieron en el cristal, con reflejos pavonados, trozos del luminoso paisaje urbano de aquellas primeras horas de la tarde –perfiles de casas, árboles de la avenida, azul de cielo cubierto a trechos por cúmulos blancos y grandes…
Y así transcurrieron varios minutos.
En el interior del coche seguían conversando, con la animación característica de los jóvenes políticos de México, el general Ignacio Aguirre, ministro de la Guerra, y su amigo inseparable, insustituible, íntimo: el diputado Axkaná. Aguirre hablaba envolviendo sus frases en el levísimo tono de despego que distingue al punto, en México, a los hombres públicos de significación propia. A ese matiz reducía, cuando no mandaba, su autoridad inconfundible. Axkaná, al revés: dejaba que las palabras fluyeran, esbozaba teorías, entraba en generalizaciones y todo lo subrayaba con actitudes que a un tiempo lo subordinaban y sobreponían a su interlocutor, que le quitaban importancia de protagonista y se la daban de consejero. Aguirre era el político militar; Axkaná, el político civil; uno, quien actuaba en las horas decisivas de las contiendas públicas; otro, quien creía encauzar los sucesos de esas horas o, al menos, explicarlos.
Por momentos el estrépito de los tranvías –fugaces en su carrera a lo largo de la calzada– resonaban en el interior del coche. Entonces los dos amigos, forzando la voz, dejaban traslucir nuevos matices de sus personalidades distintas. En Aguirre se manifestaban asomos de fatiga, de impaciencia. En Axkaná apuntaba una rara maestría de palabra y de gesto, sin menoscabo de su aire reflexivo, lleno de reposo.
Ambos redujeron a conclusiones breves el tema de su charla. Dijo Aguirre:
--Quedamos entonces en que tú convencerás a Oliver de que no puedo aceptar mi candidatura a la Presidencia de la República…
--Por supuesto.
--Y que él y todos deben sostener a Jiménez que es el candidato del Caudillo…

El erotismo del siglo XX
Viajero consumado, siempre bajo la sospecha de ser espía, el inglés D. H. Lawrence (septiembre de 1885-marzo de 1930) ganó su lugar en la literatura universal con la novela que inició la corriente erótico literaria del siglo XX, El amante de Lady Chatterley (1920). Aquí las primeras líneas:
“...[a Constance] La guerra le había derrumbado el techo sobre la cabeza. Y ella se había dado cuenta de que hay que vivir y aprender. Se había casado con Clifford Chatterley en 1917, durante una vuelta a casa con un mes de permiso. Un mes duró la luna de miel. Luego él volvió a Flandes, para ser reexpedido a Inglaterra seis meses más tarde, más o menos en pedacitos. Constance, su mujer, tenía entonces veintitrés años, y él veintinueve. Su apego a la vida era maravilloso. No murió, y los pedazos parecían irse soldando de nuevo. Durante dos años estuvo en manos del médico. Luego le dieron de alta y pudo volver a la vida, con la mitad inferior de su cuerpo, de las caderas abajo, paralizada para siempre. Esto fue en 1920. Clifford y Constance volvieron a su hogar, Wragby Hall, “sede” de la familia... Clifford era ahora un baronet, Sir Clifford, y Constance era Lady Chatterley. Fueron a comenzar su vida de hogar y matrimonio en la descuidada mansión de los Chatterley, sobre la base de una renta más bien insuficiente... Paralizado sin remedio, sabiendo que nunca podría tener hijos, Clifford había vuelto a su hogar en los sombríos Midlands para mantener vivo mientras pudiera el nombre de los Chatterley. Realmente no estaba acabado. Podía moverse por sus propios medios en una silla de ruedas, y tenía otra con un pequeño motor incorporado con la que podía deambular lentamente por el jardín... Sus hombros eran anchos y fuertes, sus manos potentes. Vestía ropa cara y llevaba corbatas elegantes de Bond Street. Y, sin embargo, en su cara podía verse la mirada vigilante, la ligera ausencia de un paralítico... Constance, su mujer, rubicunda, de aspecto campesino, tenía el pelo castaño, un cuerpo fuerte y movimientos pausados, llenos de una energía poco frecuente. Era de ojos grandes y admirativos, con una voz dulce y suave; parecía recién salida de su pueblo natal. Nada de esto era cierto. Su padre era el anciano Sir Malcolm Reid, en tiempos muy conocido como miembro de la Real Academia de Pintura. Su madre había sido una de las cultas Fabianas de la floreciente época pre-Rafaelita. Entre artistas y socialistas cultos, Constance y su hermana Hilda habían tenido lo que podría llamarse una educación estéticamente poco convencional. Las habían enviado a París, Florencia y Roma para respirar arte, y habían ido en la otra dirección, hacia La Haya y Berlín, a los grandes congresos socialistas, donde los oradores hablaban en todas las lenguas civilizadas sin que nadie se asombrara. Las dos chicas, por tanto, y desde edad muy temprana, no se sentían intimidadas ni por el arte ni por la política teórica. Era su ambiente natural. Eran al mismo tiempo cosmopolitas y provincianas, con el provincialismo cosmopolita del arte...”

Graham Greene, primeras lecturas
Espléndido narrador, longevo (1904-1991) y prolífico (unos 50 libros, 31 de ellos novelas), Graham Greene, como buen informante de la vida, cultivó el misterio tan inglés de la dualidad espía-narrador. Le debemos una dura visión del México cristero en El poder y la gloria (1940), entrañables historias de espionaje (El americano impasible, 1955, Nuestro hombre en la Habana, 1958), reflexiones existenciales (Un caso acabado, 1961) y divertidos libros de viaje (El tren a Estambul, 1932, Viajes con mi tía, 1969). Detrás de esa gran montaña de letras hay una todavía más alta, la de sus lecturas. Transcribo una parte del prólogo a su libro de ensayos La infancia perdida y otros ensayos (Seix barral 1986):
“Tal vez sólo en la infancia los libros ejercen una influencia profunda en nuestra vida. En la vida posterior los admiramos, nos entretienen, podemos modificar criterios que ya sustentamos, pero es más probable que encontremos en los libros únicamente una confirmación de lo que ya ocupa nuestra mente: como en una relación amorosa, son nuestros propios rasgos los que vemos reflejados halagadoramente.
Pero en la infancia todos los libros son textos de adivinación que nos hablan del futuro y, al igual que la pitonisa que ve en las cartas un largo viaje o una muerte en el agua, influyen en nuestro futuro. Supongo que es por eso que los libros nos excitaban tanto. ¿Qué extraemos hoy de la lectura que pueda equipararse a la emoción y la revelación de aquellos catorce años primeros? Por supuesto que me interesaría la noticia de que esta primavera iba a aparecer una nueva novela de E. M. Forster, pero nunca podría comparar esta suave experiencia de placer civilizado con el paro cardíaco, el júbilo horrorizado que sentía cuando encontraba en el anaquel de una biblioteca una novela de Rider Haggard, Percy Westerman, Captain Brereton o Stanley Weyman que todavía no había leído. No, es en aquellos años tempranos donde yo buscaría la crisis, el momento en que la vida cobró un nuevo sesgo en su itinerario hacia la muerte.
Recuerdo claramente la celeridad con que una llave giró en una cerradura y descubrí que sabía leer, no sólo las frases en un cartón con las sílabas acopladas como vagones de tren, sino un libro de verdad. Tenía una portada con el dibujo de un chico atado y amordazado, colgando del extremo de una cuerda en el interior de un pozo con el agua más arriba de la cintura: una aventura de Dixon Brett, detective... el futuro se alineaba en derredor en múltiples estanterías a la espera de que el niño eligiera: la vida de un perito mercantil, quizá, de un plantador en China, un trabajo estable en un banco, felicidad y desventura, a la postre una forma determinada de muerte, porque indudablemente escogemos nuestra muerte del mismo modo que elegimos nuestro trabajo. Se desprende de nuestros actos y nuestras evasiones, nuestros miedos y nuestros momentos de valor...”

El principio de la cadena
¿Quién habría podido apadrinar mejor a Mario Puzo? “Detrás de cada gran fortuna hay un crimen” (Balzac), reza el epígrafe de El padrino, la legendaria novela acerca de la mafia siciliana que atrapa al lector nada más abrir las tapas. Aquí las primeras líneas:
“Amerigo Bonasera estaba sentado en la Sala 3 de lo Criminal de la Corte de Nueva York. Esperaba justicia. Quería que los hombres que tan cruelmente habían herido a su hija, y que, además, habían tratado de deshonrarla, pagaran sus culpas. El juez... se recogió las mangas de la toga, como si se dispusiera a castigar físicamente a los dos jóvenes que permanecían de pie delante del tribunal. Su expresión era fría y majestuosa. Sin embargo, Amerigo Bonasera tenía la sensación de que en todo aquello había algo de falso, aunque no podía precisar el qué.
–Actuaron ustedes como unos completos degenerados –dijo el juez, severamente. Eso, eso, pensó Amerigo Bonasera. Animales. Animales. Los dos jóvenes, con el cabello bien cortado y peinado, y el rostro claro y limpio, eran la viva imagen de la contrición. Al oír las palabras del juez, bajaron humildemente la cabeza–... y menos mal que no agredieron sexualmente a aquella pobre chica, pues ello les hubiera costado una pena de veinte años... –sus ojos, enmarcados por unas cejas sumamente pobladas, miraron disimuladamente al pálido Amerigo Bonasera... Frunció el ceño, como si lo que iba a decir a continuación estuviera en desacuerdo con su punto de vista–. Pero teniendo en cuenta su edad, su limpio historial, la buena reputación de sus familias... y porque la ley, en su majestad, no busca venganzas de tipo alguno, les condenó a tres años de prisión. La sentencia queda en suspenso.
Gracias a que llevaba cuarenta años en contacto más o menos directo con el dolor, pues era propietario de una funeraria, el rostro de Amerigo Bonasera no dejó traslucir en absoluto la decepción y el inmenso odio que le embargaban. Su joven y bella hija estaba todavía en el hospital, reponiéndose de su mandíbula rota ¿y aquellos dos bestias iban a quedar en libertad? ¡Todo había sido una farsa!.. Por la garganta de Bonasera subió una hiel negra y amarga, que le llegó a los labios a través de los dientes fuertemente apretados. Se limpió la boca con el blanco pañuelo que llevaba en el bolsillo. En aquel preciso instante los dos jóvenes pasaron junto a él, sonrientes y confiados, sin dignarse a dirigirle una mirada. Bonasera no dijo nada... Los padres de los bestias iban detrás... Le miraron a hurtadillas. La vergüenza se reflejaba en sus caras, aunque en sus ojos brillaba una luz triunfante. Entonces Bonasera perdió el control.
–¡Os prometo que lloraréis como yo he llorado! –gritó amargamente–. ¡Os haré llorar como vuestros hijos me hacen llorar a mí!...
Durante los años que llevaba en América, Amerigo Bonasera había confiado en la ley, y no había tenido problemas... se volvió hacia su mujer, que todavía no se había dado cuenta de la farsa que se había desarrollado ante sus ojos.
–Nos han puesto en ridículo –le dijo. Guardó silencio y luego, con voz firme, sin temor alguno al precio que pudieran exigirle, añadió:
–Si queremos justicia, deberemos arrodillarnos ante Don Corleone.


Novedades en la mesa
Llegan dos novelas esperadas: 4321 (Seix Barral) de Paul Auster, un libro de 960 páginas escritas a mano y transcritas en una máquina mecánica Olimpia, primero después de siete años de silencio de su autor. Y Berta Isla (Alfaguara) de Javier Marías que el autor califica como “falsa novela de espionaje” y que fue escrita, como todo lo de Marías, en máquina mecánica… Con la Lo que no te mata te hace más fuerte (Destino), primera novela de David Lagercrantz que continuó la saga Milennium del sueco Stieg Larsson, a la muerte del autor, los lectores sintieron un cambio de tono, cierto acartonamiento y algo de magia perdida. Sin embargo, los fieles admiradores de la heroína Lizbeth Salander han vuelto a las librerías por El hombre que perseguía su sombra (Destino), la más reciente entrega, donde Lagercrantz dice sentirse más cómodo que al escribir el libro anterior, cuando enfrentó el reto de continuar la historia sin decepcionar a los más de 300 millones de lectores de Larsson… En las mesas de novedades mexicanas, hay al menos dos novelas del Premio Nobel de Literatura 2017, Kazhuo Ishiguro, editadas por Anagrama: Pálida luz en las colinas y El gigante enterrado… Ya circula el primer ejemplar de la revista Textos, nueva época (número 1, año 1, abril-junio de 2017) con su doble portada de número doble y contenido de narrativa, poesía y arte. La dirige Aarón Quintero Pérez… En la colección Clásicos para hoy, de la Secretaría de Cultura, sale en dos tomos una cómoda bella y económica edición de Las mil y una noches.