REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 06 | 2018
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

Tranco I
El pasado domingo, 29 de octubre, el INBA me hizo un homenaje con motivo de haber cumplido 80 añejos. Lilia Aragón, Dionicio Morales e Ignacio Trejo Fuentes, fueron los encargados de decirle al público algunos datos y cosas y aventuras por las que yo he pasado a lo largo de tantos años. Y mira, Rosario, lo que nuestro común amigo dijo al respecto:


CARLOS BRACHO, EL POLÍTICO
Ignacio Trejo Fuentes

Hasta hace no mucho, los periodistas sabíamos que en México existía absoluta libertad de expresión, aunque con tres excepciones no escritas pero operantes: se podía hablar, incluso mal, de todo, menos del presidente de la República, del Ejército y de la Virgen de Guadalupe. Y todos, desde los directivos hasta los más humildes redactores se ceñían a esa disposición o corrían serios peligros como la censura desenmascarada, las golpizas, el exilio y aun la muerte. Aun así, hubo muchos que se brincaron las trancas y arriesgaron sus vidas con tal de expresar lo que querían y creían su deber: a algunos les fue de lo peor. Por supuesto las confrontaciones entre gobernantes y poderosos de otra naturaleza (empresarios, caciques) y en consecuencia las amarras y los golpeteos se dieron casi desde que apareció el periodismo en este país; recuérdese cómo les fue a decenas de periodistas, como los hermanos Flores Magón, por oponerse al régimen dictatorial de Porfirio Díaz: persecuciones, cárcel, exilio.
En nuestros días la situación ha cambiado, ahora cualquier pelagatos con tribuna pendejea al Presidente y aun se atreve a cuestionar con severidad a las fuerzas armadas; la única que conserva el privilegio de la inmunidad es la Morena del Tepeyac.
Para no ir muy lejos en el recuento de profesionales del periodismo que solían transgredir la regla ominosa recordemos a Julio Scherer y su equipo de articulistas y reporteros que fueron expulsados del diario Excélsior a mediados de los años setenta del siglo pasado por no sujetarse a las órdenes del entonces presidente Luis Echeverría. Pero antes, o paralelamente, varios personajes se resistieron al sometimiento y no les fue muy bien que digamos: Jorge Piñó Sandoval, crítico e incisivo, beligerante antigobiernista, fue finalmente sometido y debió cambiar de bando y trabajó para el antes enemigo: había sufrido atentados contra su vida. Así cómo no.
Pero pienso en personajes más cercanos a nosotros, como Gonzalo Martré y René Avilés Fabila: mostraron siempre, desde sus respectivas trincheras, que era posible alzar la voz contra las injusticias cometidas por los poderosos, pertenecieran al poder político o no. Martré terminó excluido de la gran prensa, porque resultaba incómodo para los editores/empresarios. René se ganó la enemistad de los intelectuales que marchaban por la derecha y la de muchos políticos. Además, los tres mencionados actuaron abiertamente en partidos de izquierda, como el Comunista, lo que era un suicidio. A esa estirpe pertenece Carlos Bracho.
Adivino que al escuchar tal afirmación algunos enarcarán las cejas, intrigados, pensando: “pero ¡cómo, si Carlos es actor, qué tiene que ver con el periodismo, con la política!” Sí ha tenido, y tiene que ver, y mucho.
Los compañeros de mesa ya han ponderado las virtudes de nuestro amigo en el terreno del teatro, el cine, las telenovelas, la fotografía, la literatura y otras linduras a las que aquél se ha entregado de cuerpo y alma, así que me ahorro comentarios al respecto y me limito a exponer algunas anotaciones sobre su actitud y actividad políticas.
En su más tierna juventud, como dicen los cursis, Carlos fue un milusos, y desempeñó trabajos casi inverosímiles, como cargador, vendedor de mil artilugios y aun, según cuenta, aprendió a sembrar la tierra y a cosechar. Sólo cuando dejó Aguascalientes y llegó a la capital del país definió lo que habría de ser su actividad sustancial, la actuación. Pero quise remitir a sus actividades primigenias porque de ellas aprendió que existe la desigualdad, la injusticia, el maltrato a los menos favorecidos, a los jodidos, y por eso encaminó sus otros quehaceres a la búsqueda de paliativos, si no remedios, a esas más que lamentables condiciones de la gente, por desgracia la mayoría. ¿Pero cómo hacerlo, desde dónde?
Aprovechando los reflectores que le daban el teatro, el cine y principalmente la televisión, Bracho sentó sus reales en la Izquierda (que ahora parece ya no existir, o se ha pervertido), y desde sus distintas posiciones alzó la voz para reclamar, para hacer denuncias. En eso tuvo mucho que ver su arribo al periodismo de opinión: desde diferentes diarios y revistas, como Diario de México, se distinguió por su rebeldía, por no someterse a los dictados del poder y evitar pertenecer a la borregada. Y eso incomodó a más de uno, propios y extraños.
Y de pronto se le vio en la militancia activa. Fue cofundador del Partido Mexicano Socialista, y más tarde del Partido de la Revolución Democrática, del que ahora, por suerte, se ha distanciado. Y sin haberse desprendido de sus funciones artísticas, desde sus cargos en la Asociación Nacional de Actores y en el Salón de la Plástica Mexicana, de la que fue iniciador, se preocupó por defender al gremio, por conseguir mejoras en todos los sentidos y, lo fundamental, el respeto y la dignidad. Hizo muchas, grandes cosas en ese sentido.
Pero no conforme con eso, participó más que activamente en la vida política del país: fue diputado federal (compartió Legislatura con el enorme poeta Jaime Sabines, aunque en bandos opuestos) y contendió por la gubernatura del Estado de México, que se le fue de las manos por los chanchullos del partido todopoderoso. ¿Pero qué tenía que hacer Carlos en el importante estado mexiquense si es más aguascalentense que la Feria de San Marcos? La respuesta es fácil: Bracho ha vivido siempre, y lo sigue haciendo, en aquella entidad.
Y Carlos Bracho no ceja: en todo momento está a favor de las causas justas, de los movimientos que tienden a sacudirse las garras del oprobio, y los apoya con todo el poder que le da la fama, pero sobre todo la valentía. Es una incómoda piedra en los zapatos de los poderosos: políticos de distintos calibres, empresarios, religiosos, le tienen miedo, pavor: para ellos, la lengua y la pluma de nuestro amigo son espadas poderosísimas, y aunque no se lo he oído decir, sospecho que ha sabido esquivar zalamerías, coqueteos, acercamientos amenazantes.
A cada oportunidad Carlos despotrica contra el gobierno corrupto y cínico, le saca trapos al sol a gobernadores, secretarios de Estado y aun al Presidente: con frecuencia está ante las cámaras y micrófonos de los medios, y desde ahí fustiga, incansable.
El año pasado, circuló en las redes cibernéticas la información de que Carlos Bracho había muerto, y la “noticia” se volvió viral, el mayor trending topic, como dicen los que saben de eso. Y por supuesto, salió en su propia defensa para desmentir el rumor. Dijo: “Sí, para desgracia de los corruptos y cínicos polacos mexicanos, sigo vivito y coleando”.
Nuestro ya mencionado amigo René Avilés Fabila escribió a propósito de Carlos: “En varios diarios capitalinos Bracho combate políticamente, es tenaz y suele dejar su estilo amable y caballeroso para convertirse en fiero rival del sistema”.
Admiro a Carlos, y él lo sabe. Porque debido a su popularidad y a la estabilidad económica que se ha ganado con el sudor de la frente y otras partes de su anatomía, bien pudo replegarse a la comodidad, instalarse en el bienestar; pero supongo que su férrea conducta y su honestidad a toda prueba se lo impiden. Si yo fuera él me dejaría apapachar por las musas, por los poderosos y a disfrutar las comodidades de la vida. Él, en cambio, optó, y sigue haciéndolo, en favor de los ofendidos y humillados, y eso le da un aura personal y profesional que mucha gente que lo admira por sus talentos histriónicos ni sospecha, además de que como ciudadano es ejemplo: es mesurado, gentil, cumplidor; no se emborracha, si bien no desprecia unos mezcales, y vive feliz con su esposa y con la lejana cercanía de sus hijos. Y con sus amigos, por supuesto.
Felicidades, querido y admirado Carlos. Muchos días de estos.