REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 05 | 2018
   

Arca de Noé

Carta hecha con retazos


MariCarmen Castillo Z.

Carta a un depredador que puede ser uno mismo; escrita por un corazón roto en vías de curación.
Año de gracia 2017, mes séptimo, día 12.
Territorio Comanche ganado a canto y agua.
Entre México, Italia, Uruguay, Argentina y España.

María del Carmen Castillo

A veces hay que llegar desde el infierno caminando al cielo.
Encontrar el sentido de las distancias y palabras.
Hay quién lleva bordado un corazón de oro de ley, veinticuatro quilates;
hay otros que presumen del brillo y solo tienen un corazón disimulado
y aunque tampoco lo saben, casi matan.


Una cree ciertos días que las palabras se han agotado para escribir lo que resume la historia dentro de la historia. Y de pronto, asombradas, danzan las letras que se unen y no se sabe a ciencia cierta dónde se detendrán ni cómo se firmará.
No sé si este escrito es una carta hecha jirones, un poema vestido de retazos, o es mi corazón que se hizo añicos y los fragmentos se deshojaron en el espacio. Y no sé, en este momento, si quiero unirlo, porque un corazón con esta clase de remiendos es como el canto del jilguero desprotegido.
Los recuerdos se agolpan en la almohada, los deseos duermen aún insensibles al futuro; es la loba que me habita la que sale a danzar por el bosque.
Ella, la loba es el único sonido, pero aún no aúlla, camina herida, lo demás es silencio. No sé por qué la voz se ha agazapado. La falta de sonido es la calle, la casa y la ventana. No vivo en el pasado, pero los recuerdos se asoman al horizonte que es mi hogar y mi camino.
Los pensamientos se van deshabitando, mis huellas son el pueblo en la media luna de este espacio.
La desnuda promesa
se tiende altiva
y la voz en medios tonos
sonríe triste
tras la argolla
de lo que no fuimos.
Las palabras enclaustradas
no dejaron ver
lo que era
cara o cruz;
el eterno enigma
¿me quiere? / ¿no me quiere?
la dimensión de flor
confundida en las mentiras.
Hubo otro tiempo apenas pronunciado, un tiempo que se inventó a sí mismo; los días de besos infinitos, aquellos donde compartimos el café de la mañana, la risa por los juegos de palabras.
Parecía que no pasaba, pero algo sucedía.
Me sorprendió la notificación que llegó a mis manos, si apenas ayer firmabas tuyo y acurrucabas tu sueño a mi latido, y el mensaje frío, escueto, como si nunca nos hubiéramos conocido: ¡desaloje el corazón, el contrato ha vencido!
Tocaron a la puerta y unos hombres vestidos de nostalgia sacaron los sueños, los dibujos que coloreamos juntos y la esperanza la atravesaron con dardos de ignorancia.
No supe
por tres días
ni de la voluntad
ni cómo
sobreviví a tal calumnia.
Me desperté un lunes
cansada, intempestivamente miserable.
Me senté en la puerta
a esperar
por las sombras sin sustancia.
¿Cómo se explica el silencio?
Apenas el jueves estabas junto a mí,
jugando inocente a los “te quiero”.
El viernes, un ataúd dibujado
ocupaba el lugar donde tus manos acariciaban la sonrisa de la mañana.
Apenas el miércoles
tu cuerpo era el murmullo y atrapábamos juntos nubes.
Apenas el martes
parecías verdadero, abolías de distintas maneras a los fantasmas.
De golpe,
fuiste la fuerza que descubría el paisaje a los espectros que me atraparon.
Lloré durante días por la muerte de tu amor en el salón de las tinieblas, el límite es aprender que los renglones nos respiran, no importa si una quiere o no estar viva, la vida ataca.
Después penetré en el infierno, ese espacio que muchos temen. No es un camino, es una creatura que ocupa la memoria de los tratos a ciegas; es el infierno un nombre con tu nombre; y es en la tierra la confirmación de que la tumba es la visión de los insomnios.
Toqué las murallas hechas de aire, mi claustro era el diálogo interrumpido. No hay dolor más grande que el silencio que viste de oscuridad el mundo; insurrecciones que tragan el corazón por falta de un sepulcro.
Nuestra historia, si algo puede llamarse nuestro, no sé dónde comienza y dónde acaba. Tal vez nunca empezó y aunque creía que teníamos un largo tiempo compartiendo la vida y sus cosas diarias, no lo sé de cierto; de un momento a otro, sin explicaciones, cerraste nuestro piso, apagaste el corazón y olvidaste lo que éramos juntos.
El amor no acaba en un suspiro, ¿o es que de amor llevabas los bolsillos vacíos?
Si representabas algún papel, habrá que darte un gran aplauso, sabes fingir correctamente, te quitaste el disfraz de ángel y el ente del averno salió a golpearme con todos mis secretos.
Lo que sabías de mí lo usaste como arma; si alguna vez dudé que recordabas, me hiciste dar cuenta de que todo lo llevabas anotado. Cada detalle, cada talón de Aquiles. Golpeaste con tu peso medido en palabras todas mis fragilidades.
El amor se fue
como un viajero
que corrompe los barcos piratas.
Cerré los ojos
pensativa
bebiendo cada bala que disparabas.
Perfil de acero
en un segundo del paraíso, fuiste un desierto.
Mi corazón no pudo agonizar,
solo un estallido:
la locura apenas comenzaba.
Todas las palabras vertidas fueron mentiras, detrás de ellas había la nada, el silencio.
Ha pasado el tiempo y es ahora que puedo escribir sobre esto. La lluvia fue el llanto durante largos meses. Guardé el verso y la palabra. Los renglones fueron pasos discutiendo con los días. No me he dejado ver en esta agonía, he estado ocupada pintando los arcoíris de color de duelo.
Al siguiente día, encima de eso, estaba tu nombre dibujado… Y lo borraba de nuevo con el agua que rozaba todas las tragedias del oficio de ser solo mujer con un silencio lapidario cada madrugada.
No hay luz
¿quiero que la haya?
¿me quiso? / ¿no me quiso?
¿ lo quiero? / ¡no lo quiero!
Disfrazo la soledad
como me enseñaste.
El dolor necesita
explicaciones para que se vaya;
al no haberlas
el tiempo parece un faro
que no guía.
Aquel día que vi tu corazón exactamente como era fue un rompimiento con el mundo, estaba en la tierra de nadie. Mientras llorabas conmigo o por mí -no recuerdo las palabras-, en otro lado, otra mujer -que era igual a mí, pero sin alma- te esperaba.
No te diste cuenta de que era yo emergiendo en todas las mujeres, de que la religión de tu venganza se estrellaba contra la bandera de la indulgencia; en cinco instantes, mi tristeza quedó helada. No supiste medir la fragilidad de la vida; mientras derramaba lágrimas, cambiaste mi cuerpo por la muerte; era ella la que te esperaba.
Tomé mis cosas, las pocas que quedaban y la ternura inocente de los pañuelos se pintó de sangre; la misma que se me escapaba. Me quedé clavada a la puerta consumiendo los días que fingías amarme y me abrazabas.
Me ofendían entonces tus labios, quería borrarlos, aniquilar lo tuyo; mientras más luchaba, los distintos matices de tu presencia llenaban todo.
Así, entré al ataúd para tenderme al lado de tu silencio, supe que, si mataba todo lo tuyo, debía firmar la carta de suicidio y preferí abrir los ojos y apretarme a tu fantasma. La vigilia ha sido ardua, he pasado por todas las conquistas y las heridas, reuniendo así los inventarios de las pérdidas. He pasado por todas las ideas de suicidio. Cada día sin ti ha sido de agua; ¿cómo borrar los silencios con palabras?, es terrible saber que el silencio es la única morada. La sensatez ha sido un paisaje opaco que se ha escudado tras la silueta de tus retratos rotos.
He parido mil distancias; la terquedad ha sido el saludo de la mañana. No entiendo al mundo tan desnudo y él, en represalia, abre mi pecho cada alborada.
Tus calcetines formaban parte de mis pies; enlodados, parpadean en los zapatos. El quebranto ha sido el parteaguas. Con él como base, he hecho un territorio de guerra y esta ciudad fantasmal es mi morada.
Inocente hombre
crees amanecer con otro corazón
porque reuniendo indignidades
atravesabas mi luz
para robarlo.
No lo has logrado:
el corazón estalló
no me pertenece más.
Lo que te has llevado
ha sido el tuyo
cruel, silente, triste.
Un corazón que te reclama
arrastrando recuerdos
de lo que proclamas;
palabras sin verdad
mentiras agazapadas.
Peregrino prolongado en todas
las convocatorias de la muerte
ajeno al respiro del esfuerzo;
déjame decirte
que el amor se ha suicidado
es una palabra borrada.
Sé que saldré de esta postura. Cumplí hasta el último rito prometido; dormí tu muerte, cobijándola en mi pecho. He salido del coito de la tumba, he llamado a todos los versículos; me habito en otras horas como dama y duermo en el país de los espejos.
Por eso sé que la sangre volverá a maquillar mis manos, mi cara. Lo sé, porque la luz no es convocada a ser comida por la negrura. Lo sé porque te di verdad en la palabra. Lo sé porque aún recuerdo, pero un día no habitarás más en mis pensamientos.
Y cuando eso sea
el acertijo estará resuelto.
Tu noche, será una oscuridad... larga.
Mientras, las tinieblas de mi noche serán iluminadas por la vida. Abriré los ojos, despertaré de la pesadilla y volveré a pegar el corazón en orden de abecedario. Esta vez, sin embargo, haré un corazón guerrero, lo vestiré de lilas, violetas, magnolias y acacias; será tan fuerte su latido que alejará a los cobardes y sus patrañas, tendré un corazón suave, como de nube y una piel agria.
Caminaré a enfrentarme con la vida; y donde esté tu tumba no sabrá de flores u oraciones. El polvo y la soledad incivilizada será lo que cubra con sus alas tu enfermedad, crueldad y tus motivos.
Y la sinrazón de tu ausencia.
Al condenarme te has condenado.

Tus pecados azotarán
tus noches
cada mañana volverás a caminar
por este mundo
para morir de nuevo
en infinidad de camas.
Te será cobrado
por tiempo inacabado
corazón por corazón
muerte por muerte.
Al fin seremos una mujer y un hombre que cruzaron sus caminos viviendo en el infierno o paraíso que nos hemos construido. Al menos, tendré la frente alta; tú, la desconfianza. Quisiste ver en mí tus pecados; pero me di entera en un acto honesto de ser, tal como era.
Ésta no sé si es una carta o solo una desviación en el camino. Por eso va sin remitente y dirigida a ti en la hora del ocaso.
He retirado todas las promesas; si un día te ofrecí mi luz, he quitado el origen, porque no mereces nada. La derrota o el triunfo vendrán, pero de seguro tú y yo hemos perdido. Yo, por amarte con inocencia absurda; tú, por usar todas las armas contra un cuerpo desvalido y por matar en solo dos minutos un corazón que era sincero, pero más que nada era un corazón que codiciabas.
No te queda nada de mí, estás ahora por tu cuenta. He retirado todas las promesas; si un día te ofrecí la luz, he quitado el origen.
No mereces nada.
No es que presuma de alumbrar la noche. Es que era un amor sincero, un corazón que daba fuego a las llamas y no quedará nada de lumbre; ni amor, ni lágrimas, ni rencor, ni dolor; si este escrito se ve negro, es el reflejo de la oscuridad de tu presencia lo que le da ese tono de luto; la verdad lo es, ¡como que tengo palabra!
Ya te digo, te vas quedando sin nada. Ni el trofeo ni la caza ni el reconocimiento. De mí, tendrás la nada.
Que Dios te perdone por todo el mal que has hecho; mi parte, la he perdonado de manera involuntaria; he limpiado todos los armarios del corazón.
Al llorar como si fuera el mar que no se acaba y al dormir junto a ti mientras el amor se desmoronaba, he pagado por el pecado de haber amado hasta decir basta.
Ylia Kazama
www.yliakazama.com
Cartas de Amor y DesAmor©