REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 07 | 2018
   

Letras, libros y revistas

Mesita de noche


Patricia Zama

¡Gracias!
Ha sido un privilegio muy placentero compartir lecturas con los adictos a la literatura que frecuentan las páginas de El Búho. Si miro los registros de mis colaboraciones descubro miles de libros y cientos de autores entrañables que habitan mi biblioteca, rondan mi memoria y multiplican mi vida en cada historia. Gracias a Rosario y a René por crear este espacio de encuentro y por invitarme a formar parte de él. Gracias a los compañeros de páginas y a los lectores fieles.

El poder del cuento

El rey Shahriar había descubierto la infidelidad de su esposa, de la esposa de su hermano y hasta de la pareja del genio. Las mujeres lo habían decepcionado, pero el sexo seguía siendo imprescindible en su lecho. Transcribo el inicio del Libro de las mil y una noches en la versión de “Clásico para hoy”:
“...Y desde entonces solía Shahriar tomar esposa virgen y, cuando le arrebataba su virginidad, la mataba aquella misma noche sin aguardar a la mañana. Y no dejó de hacerlo así por espacio de tres años seguidos, hasta que al fin empezó a clamar la gente y a huir de la ciudad llevándose a sus hijas, hasta no quedar allí ninguna mocita virgen. Visto lo cual, ordenó Shahriar a su visir le buscase una muchacha que fuese doncella y se la llevase para hacer según su costumbre con ella. Salió pues el visir y buscó, pero ninguna mocita encontró, y se volvió a su casa, airado y temeroso por su alma, a causa de su soberano.
Pero tenía el visir dos hijas dotadas de belleza y hermosura y gentileza y garbo y de cuerpos bien formados. Llamábase la mayor Shahrazad y la menor Duniazad. Y había la mayor leído libros e historias relacionadas con los pueblos antiguos y los reyes pasados y los poetas afamados. Y fue Shahrazad y le dijo a su padre...
--¡Por Dios, padre mío! Cásame con el rey y a fe que moriré o serviré de rescate a las hijas de los musulmanes y las libraré de entre sus manos... No hay más remedio sino que he de hacer lo que pienso.
Equipola, pues, el padre y subió luego a donde el rey Shahriar. He aquí que Shahrazad hiciera testamento en favor de su hermana menor Duniazad y le dijo:
--Cuando yo vaya con el rey te mandaré llamar y, luego que allí estés y veas que el sultán ya despachó su asunto conmigo, me dirás: ‘Cuéntanos una historia, hermana, para que nos entretenga la velada’. Yo, entonces, te contaré un cuento en el que se cifrará, si Dios quiere, la salvación de todas las mujeres.
Luego que su padre el visir subió con su hija al rey, al querer éste entrar a ella, echóse a llorar la muchacha con gran pena. El rey le preguntó:
--¿Qué te pasa?
Ella le contestó:
--Has de saber, oh rey, que tengo una hermana pequeña y querría despedirme de ella.
Mandó entonces el rey por Duniazad y vino ésta a ver a su hermana y se abrazó a ella y se sentó al pie del trono, a su vera. Levantose luego el rey y entró a Shahrazad y la despojó de su virginidad, después de lo cual ambos se sentaron y se pusieron a conversar.
La hermana menor díjole a Shahrazad:
--¡Por Dios, hermana! Cuéntanos un cuento que nos entretenga la velada.
A lo que contestó la hermana:
--Con alma y vida lo haré al instante, si me da la venia este monarca galante.
Al oír esas palabras, el rey, que no tenía sueño, holgose de escuchar un cuento y dio su venia, sin impedimento.
Y la primera noche dijo Shahrazad...”

Mes de la Luna Halcón

“Mes de la luna halcón mes de noviembre mes de mi cumpleaños mes de frío consolidado mes en el que los secretos empiezan a susurrarse en la mesa alta antigua anciana tierra sagrada de los hopi mes en el que los Antílopes y el clan de la cuerna hacen sonar las primeras señales de la desnuda y vacía necesidad de plegarias primera danza serpiente en la boca danza espíritu danza serpiente boca mano pintada y relámpago mes para lavar la larga melena morena mi mes de nacimiento: el mes de la Luna Halcón.”
Mes de noviembre, mes de Sam Shepard (5 de noviembre de 1943-27 de julio de 2017), creador en la literatura, el cine y la música, puntual intérprete del mundo estadunidense. De su libro de relatos, poemas y monólogos Luna Halcón (Anagrama 1986, traducido por Enrique Murillo) transcribo las primeras líneas.
“Allá por los años setenta, los muchachos querían que les hiciesen unos billares; peleaban en serio los viernes por la noche en plena carretera, deteniendo el tránsito. Sin navajas, pistolas ni cadenas. Sólo puños. Nadie quería sangre. No eran como las peleas de ciudad. Los bailes de Diligent River siempre atraían grandes gentíos y se libraban tremendas peleas entre pueblos rivales, como en los tiempos de El Monte Legión Stadium. El gran asesino era el aburrimiento. Ni trabajo ni billares, diez chicos para cada chica, y esta solía, encima, ser fea, mala radio, viejos agonizantes y borrachos, tiendas de parroquia, un baile al mes y ni siquiera rock and roll, un juke box que siempre tenía los mismos discos, crudos inviernos nevados y neblinosos veranos. Lo más emocionante que llegaba a ocurrir era que alguien cazara un alce o un oso, y eso era muy poco frecuente. Entonces llegaron los de Estados Unidos. Primero un goteo y después todo un río. Evasores del reclutamiento, delincuentes, gente que huía de las ciudades, tipos que se pavoneaban a derecha e izquierda. Comenzó a circular por los pueblos cierta extraña literatura pornográfica. Grandes páginas a todo color con pollas y chochos y tetas y culos. Las drogas se filtraron por todas partes, colándose con la facilidad del aire salado del mar. En los bosques, ahogando bajo su estruendo el ruido de las sierras mecánicas, sonaba el rock and roll. Tipíis y cúpulas de extrañas formas, colores chillones y dibujos espeluznantes. En los sembrados, para pasmo de los cuervos, ondeaban largas pancartas con cintas colgando. Motocicletas monstruosas, pintadas de negro, con cromados, se zambullían en el barro de las pistas forestales. Estampidas de motos trucadas y de Harleys rugiendo por las calles de las aldeas de pescadores. Posters de los Rolling Stones pegados en las paredes de pajares e iglesias. Tatuajes que aparecían en los lugares más inimaginables de la piel de las chicas de por allí. Llamaron a la Montada, pero las cosas ya habían ido demasiado lejos. No había modo de distinguir a los chicos canadienses de los estadunidenses. Todo el mundo andaba jodiendo y mamando y fumando y pinchándose y bailando sin esconderse. Y desde lejos te llegaba el ruido de Estados Unidos, resquebrajándose por la mitad y hundiéndose estrepitosamente en el mar.”

Dulce cuento de terror

Fue en sueños como Robert Louis Stevenson (13 de noviembre de 1950 – 3 de diciembre de 1894) concibió ese “dulce cuento de terror” que escribió en tres días, publicó al inicio de 1886 y que conocemos como El doctor Jekyll y el señor Hyde. En un aniversario más del nacimiento del autor británico, transcribo unas líneas de la más leída de sus historias.
“...fueron a desembocar los dos amigos en una callejuela de uno de los barrios comerciales de Londres. Se trataba de una vía estrecha que se tenía por tranquila pero que durante los días laborables albergaba un comercio floreciente... A dos casas de una esquina, en la acera de la izquierda yendo en dirección al este, interrumpía la línea de escaparates la entrada a un patio, y exactamente en ese mismo lugar un siniestro edificio proyectaba su alero sobre la calle. Constaba de dos plantas y carecía de ventanas. No tenía sino una puerta en la planta baja y un frente ciego de pared deslucida en la superior... La puerta, que carecía de campanilla y de llamador, tenía la pintura saltada y descolorida... Mr. Enfield y el abogado caminaban por la acera opuesta, pero cuando llegaron a dicha entrada, el primero levantó el bastón y señaló hacia ella. ‘¿Te has fijado alguna vez en esa puerta? –preguntó. Y una vez que su compañero respondiera afirmativamente, continuó–. Siempre la asocio mentalmente con un extraño suceso... Volvía yo en una ocasión a casa, quién sabe de qué lugar remoto, hacia las tres de una oscura madrugada de invierno... De pronto vi dos figuras, una la de un hombre de corta estatura que avanzaba a buen paso en dirección al este, y la otra la de una niña de unos ocho o diez años de edad que corría por una bocacalle a la mayor velocidad que le permitían sus piernas. Como era de esperar, al llegar a la esquina hombre y niña chocaron, y aquí viene lo horrible de la historia: el hombre atropelló con toda tranquilidad el cuerpo de la niña y siguió adelante, a pesar de sus gritos, dejándola tendida en el suelo... Aquel hombre no parecía un ser humano, sino un juggernaut horrible. Le llamé, eché a correr hacia él, le atenacé por el cuello y le obligué a regresar al lugar... El hombre estaba muy tranquilo y no ofreció resistencia, pero me dirigió una mirada tan aviesa que el sudor volvió a inundarme la frente como cuando corriera. Los reunidos eran familiares de la víctima, y pronto hizo su aparición el médico, en cuya búsqueda había ido precisamente la niña. Según aquel matasanos la pobre criatura no había sufrido más daño que el susto natural... Le dijimos al caballero de marras que daríamos a conocer su hazaña, que todo Londres, de un extremo al otro, maldeciría su nombre, y que si tenía amigos o reputación sin duda los perdería... ‘Si desean sacar partido del accidente –nos dijo–, naturalmente me tienen en sus manos. Un caballero siempre trata de evitar el escándalo. Díganme cuánto quieren’... le exigimos cien libras para la familia de la niña... ¿Y, a dónde crees que nos condujo sino a ese edificio de la puerta? Abrió con una llave, entró, y al poco rato volvió a salir con diez libras en oro y un talón por valor de la cantidad restante, extendido al portador contra la banca de Coutts y firmado con un nombre que no puedo mencionar a pesar de ser ése uno de los detalles más interesantes de mi historia. Lo que sí te diré es que era un nombre muy conocido y que se ve muy a menudo en los periódicos...”

Juego en el llano

En recuerdo de Daniel Sada, originario de Mexicali, fallecido el 18 de noviembre de 2011, amante de la métrica en la prosa y del humor sutil, transcribo un fragmento de su relato “Cualquier altibajo” (Registro de causantes, Joaquín Mortiz, 1992).
“Antes que nada debería estar prohibido hacer juegos de ocho, diez, o más horas en época de verano, pues son demasiado largos para los espectadores y los mismos peloteros se fastidian a causa del calorón. El béisbol divierte o cansa, según sea el punto de vista. Sin embargo, esta vez no fue como otras, ¡ni Dios mande! Empezaron a jugar luego de la madrugada aprovechando el relente para sí terminar pronto, digamos, antes del anochecer. Se enfrentaban los acérrimos rivales: Cachorros de Sacramento contra Forajidos de Boquillas: los segundos: visitantes. El juego se llevó a cabo en el llano que está hacia la orilla sur, por el rumbo del panteón. Siempre se utilizaba una bola porque era la costumbre, o más bien, para evitar despilfarros. Poca gente se dio cita: unos ocho sombrerudos que llevaban lonche y soda. Estos sentáronse en unas piedras. Ni siquiera vendedores ambulantes por ahí.
Los Forajidos traían un total de doce hombres, con dos píchers abridores en la banca y listos para el relevo, también un jugador de refresco por si acaso se ofrecía; en tanto que los Cachorros justo eran los nueve batos. De fallarles el picheo alguno de los del cuadro tenía que cubrir la ruta. ¡Claro!, podía presentarse el caso de que uno se lesionara, pues ni modo, a ver cómo se arreglaban para remover gorrudos a distintas posiciones encontrando las ideales de acuerdo al bateo enemigo. Para colmo, ninguno de los conjuntos traía a su manejador.
Fue por ello que desde antes que empezaran los del cuadro visitante se sintieran ya ganados burlándose con descaro de los pobres contrincantes que ni siquiera contaban con una mínima porra que los pudiera animar. Después del calentamiento los capitanes de equipo y el ampáyer se llevaron más de una hora discutiendo varias reglas de terreno. Los Cachorros, por su parte, comentaban entre ellos que ojalá viniera el resto de sus demás compañeros, pero que el inconveniente es que en la noche de ayer hubo fiesta en Sacramento: mucha bala y borrachera, además del consabido desvelo. Acá en las averiguatas lo que les llevó más tiempo fue discutir quién recogería la bola, ya que era una impertinencia nombrar en forma oficial a uno de los asistentes para labor tan molesta. Se acordó que los propios peloteros fueran los recogedores tanto en terreno de ful como si la bola se iba hasta el mismito panteón, el cual estaba bien lejos, aunque pudiera ocurrir.
Esto era precisamente lo que retardaba el juego. El cácher, el responsable, si el batazo iba hacia atrás. Lo mismo el primera base o el jardinero derecho –depende— calculando la distancia donde muriera la línea, o quien quedara más cerca…”

Novedades en la mesa

El ensayo de Phillippe Ollé-Laprune, Los escritores vagabundos (Tusquets) lleva al lector a recorrer las páginas literarias de trotamundos como Hemingway, Pound, Lowry Zweig, entre otros… México y España, exilio y diplomacia 1939-1947 (UNAM) de José Francisco Mejía Flores… Pasa el desconocido, antología personal de Alí Chumacero, obsequio en librerías por el Día Nacional del Libro (12 de noviembre de 2017)… La nueva novela de Mónica Lavín, Cuando te hablen de amor, editada por Planeta; y la novela biográfica de Silvia Cherem, Esperanza Iris. La última reina de la opereta en México (Planeta, 2017).