REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 06 | 2018
   

Para la memoria histórica - Encarte

Carson McCullers y la literatura sureña


René Avilés Fabila

En el Jean-Paul Sartre crítico literario encontramos su deslumbrada admiración por la literatura norteamericana del siglo pasado, tormentoso y atormentado, que acabó dejando millones de muertes y oleadas de destrucción, sueños, utopías y grandes aspiraciones sociales, abandonando asimismo obras fundamentales de la poesía y la prosa. Estados Unidos se llenó muy pronto de figuras memorables, por ejemplo: Edgar Allan Poe, Herman Melville y Mark Twain. De este último, Ernest Hemingway decía que descendía toda la literatura estadunidense, al de en medio, Ermilo Abreu Gómez lo señalaba como el más grande novelista del siglo XIX con Moby Dick. El primero no necesita otra recomendación luego que Baudelaire lo describiera como un inmenso poeta, un narrador de sumo talento y lo tradujera al francés. Más adelante, el propio Sartre, quien viviera tanto momentos de impulso revolucionario como de conservadurismo implacable y siempre consiguió mantenerse como literato de especial hondura, filósofo original y crítico literario que concentrara su atención en Flaubert y se permitiera rechazar el Premio Nobel (porque pensaba que le restaría independencia, libertad), añadiría a algunos más a su listado de preferencias: el John Dos Passos de Manhattan Transfer y el John Steinbeck de Las viñas de la ira.
EU, entre otras cosas, rápidamente se convirtió en un formidable productor de literatura (en este trabajo me concentro en narradores), con figuras que han conmovido y sacudido al mundo como Hemingway, Faulkner, Truman Capote, Henry Miller y Norman Mailer. Hablemos por ahora de una escritora enigmática, de profunda belleza espiritual que nos consta por sus fotografías y de un talento sin par. Comienzo siendo tajante: Carson McCullers es para mi gusto dueña de la prosa más hermosa y delicada del inglés contemporáneo, tanto o más, quizás, que Scott Fitzgerald.
Carson McCullers nació en 1917 en Georgia y murió en 1967 en Nueva York. Su primer libro fue publicado en 1940: El corazón es un cazador solitario. Este libro, de extensión modesta como todo lo suyo, la hizo de inmediato célebre. Era la primera piedra de un edificio luminoso, un edificio que alberga magia y soledad y que tiene una atmósfera misteriosa. Algunos críticos suelen compararla con dos de sus paisanos sureños: William Faulkner y Truman Capote. Se insiste en ponerla como hermana menor del primero y señalan afinidades. La verdad es que son muy distintos. William Faulkner posee temas y tratamientos de alta complejidad, el segundo amó tanto al periodismo que lo convirtió en gran literatura y de esta forma la non fiction es un invento suyo. Por su lado, Carson McCullers, pulió y pulió sus frases y diálogos hasta hacerlos poesía pura, poesía en prosa, novelas y cuentos poéticos, cargados de una dulce violencia rural. Desde su primera obra, El corazón es un cazador solitario, se convierte en una de las más formidables escritoras de todos los tiempos, en una novelista singular. Esto quiere decir, que nació adulta para las letras, que estaba perfectamente diseñada para escribir un puñado de libros perfectos, inobjetables. Pero si así lo quieren muchos críticos, no hay problema, sólo que también sería bueno pensar que el sur los marcó a todos ellos, que existe en efecto una narrativa típicamente sureña, caracterizada por elementos poéticos, de atrasados acentos rurales y precisiones psicológicas que les dio afinidades.
Reflejos en un ojo dorado, le sigue, la publica en 1941. Es una obra ya clásica junto con La balada del café triste. Esta segunda novela le permite conformar un mundo de atmósfera melancólica, de nostalgias y amarguras. Miss Amelia se convierte en un personaje de la literatura antiépica, de una soledad interna irrepetible. Vale la pena señalar que este papel en cine lo hizo Vanessa Redgrave y la novela anterior fue llevada a la pantalla por John Houston en 1967 con Marlon Brando y Elizabeth Taylor en los papeles principales.
Insistiría, si he de ser franco y tenaz: el Sur de EU, para mi gusto, es más hermoso y profundo en la versión de esta narradora de excepción. La belleza y el talento en Carson McCullers comienzan, explicó un crítico, por los títulos, todos son notables y un tanto extraños. Otro estudioso, Heinrich Straumann, en la Literatura norteamericana del siglo XX insiste en encontrar semejanzas entre Faulkner y Carson McCullers, “no sólo porque ambos son sureños y les obsesiona el problema de la inaprensible naturaleza del hombre, sino también por la preferencia que muestran por sus personajes de mentalidad subdesarrollada o anómala. Carson McCullers tiene sin embargo más fuerza en la creación de una atmósfera consistente y pocas veces es confusa en sus elementos. Además, hay en sus obras visión, una búsqueda de algunos valores remotos que, por más grandes que sean las diferencias en otros aspectos, la colocan también al lado de otro escritor: Thomas Wolfe. Alcanzó la fama antes de llegar a los 30 años y cualesquiera que puedan ser las reservas que despierte tan temprana celebridad, hasta ahora Carson McCullers no ha desmentido su eminencia.”
He llegado a la época de las relecturas y a la búsqueda de libros y autores que se me escaparon a causa del novelista actual que innovaría las letras universales. Vuelvo a aquellos libros que en etapas de formación me impresionaron. A veces me confirman sus valores y otras aparecen aires de decepción. Las obras de Carson McCullers están entre las primeras. Sólo que ahora encuentro mayor belleza de la que antes capté. Son relatos de un arte supremo, de una perfección casi mágica. Su realismo es pura apariencia, Carson McCullers escribió sobre seres irreales, fantásticos.
Centrémonos en Reflejos en un ojo dorado y en La balada del Café Triste porque entre nosotros son más fáciles de obtener y porque suelen venir juntas en un volumen. La primera tiene un inicio excepcional, que de inmediato capta la atención del lector: “Un puesto militar en tiempo de paz es un lugar monótono. Ocurren cosas, pero se repiten una y otra vez. El mismo plano de un campamento contribuye a la monotonía. Enormes barracas de concreto, filas idénticas de cuidadas casitas de oficiales, el gimnasio, la capilla, el campo de golf, las piscinas -todo está proyectado ciñéndose a un patrón más bien rígido. Pero quizá sean las causas principales del tedio de un puesto militar, el aislamiento y un exceso de ocio y seguridad; ya que si un hombre entra en el ejército sólo se espera de él que siga los talones que le preceden. Y a veces pasan también en un puesto militar ciertas cosas que probablemente nunca se repitan. Hay un fuerte sureño, donde, hace pocos años, se cometió un asesinato. Los participantes en esta tragedia fueron dos oficiales, un soldado, dos mujeres, un filipino y un caballo.”
El célebre dramaturgo Tennessee Williams explicó que esta breve novela “es una de las obras más puras y profundas concebidas con el sentido de lo terrible que es la oscura raíz desesperada de casi todo el arte moderno más significativo, desde Guernica de Picasso hasta los dibujos humorísticos de Charles Adams.” Habría que añadir, que pese a las insistencias de diversos críticos, su mundo literario es único e irrepetible. Acepto que hay ciertas afinidades entre Carson McCullers y Faulkner y Capote, más con el primero que con el segundo, y que en efecto hay alguna relación con Flannery O’Connor y William Styron, pero son muchas más las diferencias con todos ellos. Carson McCullers es una mujer eminente, que observó detenidamente no los movimientos de sus paisanos sino los mecanismos mentales que ordenaban esas acciones. En Reflejos en un ojo dorado no hay explicaciones para que alguien meta un gatito en un buzón o para que una mujer se corte los pezones con unas tijeras de podar pasto o que la señora Penderton, la dueña del caballo Firebird sea una hermosa retardada incapaz de hacer una suma más que para recordar a sus muchos amantes. Podríamos decir que sus obras son de un alto grado de observación psicológica y que en términos literarios se traduce en eficaces personajes de historias torvas y trágicas, narradas con brutal naturalidad y un lenguaje maravilloso.
Carson McCullers también estudió música, pero sus más afortunadas clases fueron de creación literaria en la Universidad de Nueva York y en Columbia. Quizás su gusto por la música haya derivado en esa prosa delicada de adagio, de pianísimo, nunca de allegro. Y es que para hablar del alma de sus personajes no se necesitan aspavientos ni ruidosas descripciones. En Frankie y la boda, el enfrentamiento generacional, la inseguridad de los jóvenes y un mundo de incomprensión es el eje de una historia de apariencia sencilla, pero que refleja grandes evoluciones de la vida norteamericana, particularmente en el Sur, que se sigue antojando como un vasto territorio desgarrado por múltiples problemas que ni el Oeste ni el Este de esa nación poseen. La guerra civil y los problemas raciales, un modo de vida predominantemente agrario y un espíritu ajeno a los cambios son algunos elementos que detienen el avance impetuoso que se dio en otros territorios estadunidenses.
La narrativa de Carson McCullers tiene una elegante sencillez y es resultado de muchas lecturas y de un rigor inusitado que le permitían pulir sus frases, algunas memorables, como aquélla que encontramos en Reloj sin manecillas: “la muerte es siempre la misma, pero cada hombre se muere a su manera”. Es una narrativa de hondura poética, un universo de sutilezas y extrañas experiencias, de aires melancólicos, gobernada por la soledad y la incomunicación. Su talento para narrar va más allá de lo habitual, yo la considero genial.
No soy crítico experto, me he limitado a admirarla y gozar la belleza extraña de sus historias, de sus personajes reales e imaginados, seres anormales o complejos y retorcidos, dentro de escenarios detenidos en el tiempo, como aquellos que encontramos en La balada del Café Triste, ruinosos, a punto de derrumbarse.
Los mexicanos nos sorprendemos del éxito local que pronto alcanzaron algunos de nuestros narradores. Pero Carson McCullers a los veintidós años era una celebridad. El corazón es un cazador solitario la reveló como una novelista de talla internacional. Los siguientes títulos sirvieron para confirmar la opinión y extender su fama con traducciones múltiples y versiones cinematográficas. No es un caso único. Raymond Radiguet falleció poco después de los veinte años. Meses antes había escrito El diablo en el cuerpo, y Rimbaud sin cumplir treinta, enmudeció: todo lo había escrito ya. La perdurabilidad de Carson McCullers se debe no tanto a sus historias terribles como a su fuerza expresiva. En Reflejos en un ojo dorado, dentro de una escena violenta, el capitán Penderton va del tono frío (“Me das asco”) al iracundo (“¡Te mataré!”); Leonora “Se quitó el jersey, hizo una bola con él y lo arrojó a un rincón. Luego, con toda intención, fue desabrochándose el pantalón de montar y se lo quitó. En un momento se quedó desnuda junto a la chimenea. Su cuerpo resultaba magnífico frente al fulgor dorado y naranja del fuego. Sus hombros eran tan rectos que las clavículas formaban una línea preciosa y pura. Entre sus pechos redondos había venas azules y delicadas. Pronto alcanzaría su cuerpo la plenitud de una rosa de sueltos pétalos, pero ahora la suave redondez estaba sujeta y disciplinada por el deporte. Aunque permanecía allí de pie muy quieta y plácidamente, había en todo su cuerpo una vibración sutil, como si al tocar su carne rubia se pudiera llegar a sentir el lento y vivo fluir de su sangre lozana.” Una descripción de un fino erotismo, que continúa mientras la extraña mujer se pasea desnuda por la casa con movimientos lánguidos y sensuales, observada a través de la ventana por el perturbado soldado Williams, quizá el personaje más solitario y oscuro de la literatura de Carson McCullers.
Poco más adelante, en la hermosa y sorprendente descripción de la señora Penderton, Carson McCullers escribe: “Leonora Penderton no temía a los hombres, ni a los animales, ni al diablo. A Dios no le había conocido nunca. Si oía el nombre del Señor se acordaba de su padre, que algunas tardes de domingo leía la Biblia. Dos cosas recordaba de aquel libro con claridad: una, que Jesús había sido crucificado en un sitio llamado Monte Calvario; la otra, que en alguna ocasión había tenido la ocurrencia de montar una burra.”
Uno, como escritor, se esfuerza porque los principios y finales de cada historia sean contundentes, convenzan al lector. Carson McCullers los hacía de manera natural, sin frases grandilocuentes, con una elegante sencillez. Veamos el final de Reflejos en un ojo dorado: “El cuerpo del soldado tenía incluso en la muerte un aire de bienestar cálido y animal. No se había alterado su rostro grave, y sus manos morenas yacían con las palmas hacia arriba sobre la alfombra, como si durmiera.”
La manera en que concluye La balada del Café Triste, una suerte de epílogo, pues antes hemos dado por concluida la historia de una patética Miss Amelia en un pueblo olvidado, desolado, donde no hay buen licor y las almas se enferman de aburrimiento, es a la vez desconcertante y mágico: “¿Quiénes son estos hombres, capaces de hacer una música así? Sólo doce mortales, siete muchachos negros y cinco muchachos blancos de este condado. Sólo doce mortales que están juntos.”
Los aspectos psicológicos son resaltados con maestría por Carson McCullers. Lo hace, como ha dicho el crítico Straumann, como una sorprendente mezcla de “casos virtualmente clínicos y de una franca narración de horror. Un capitán del ejército sureño que tiene ‘en sí un delicado equilibrio entre los elementos masculinos y femeninos, con las mismas susceptibilidades de ambos sexos y sin las potencias activas de ninguno de los dos’, mata a un soldado a quien lo une una mezcla de amor y de odio, y que durante semanas enteras ha estado observando por la noche a la mujer del oficial” ¿Y qué decir de la enfermiza relación de Miss Amelia y el jorobado? Quienes han visto en esto una estética del horror no están lejos de la verdad. Como en Poe, lo enfermizo, lo morboso, sirve para crear una novedosa y soberbia narrativa.
McCullers puso su enorme talento al servicio del reino de la imaginación y el Sur de EU se pobló de figuras fantasmales, inasibles, que vagan por las páginas memorables de una autora tímida, de grandes ojos nostálgicos, que, como decía Borges, la sabían escritora. Su obra no tolera otra lectura que la estética. Es probable que con el paso del tiempo el Sur haya modificado su apariencia, lo que a nadie le importa; lo que ha quedado para siempre es el misterioso universo que creó con los elementos que le dio su natal Columbus, Georgia. Imágenes como la siguiente, nunca se repetirán: “Era agosto, y el firmamento había estado ardiendo toda el día sobre el pueblo como una sábana de fuego.” Como tampoco el arte prodigioso de una mujer que describió personajes de una gran complejidad sin recurrir a muchas palabras, sólo ateniéndose a los gestos y movimientos de manos, a los impulsos del alma y a rostros como máscaras de gran infelicidad.