REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 11 | 2017
   

De nuestra portada

Del premio al castigo


Teófilo Huerta

Nada más unas cuantas líneas, no más para un truhán de las letras como Sealtiel Alatriste. 

Desde 2006 no me cansé en señalar al referido individuo como un aprovechador de textos ajenos y por tanto, violador de los derechos de autor; el tiempo lo ha puesto en su lugar.

El triste ocaso

El inmerecido otorgamiento que se le hacía a Sealtiel Alatriste con el Premio Xavier Villaurrutia, desencadenó el descontento de muchos y Guillermo Sheridan volvió a sacar a la luz los plagios detectados cuando aquel era articulista del Reforma y más recientemente en la propia Revista de la Universidad.

Ello conllevó al repudio generalizado tanto hacia el hecho de que Alatriste pudiera conservar el máximo cargo de la cultura universitaria como para que fuera acreedor a un premio literario. Ambas distinciones eran inadmisibles e incongruentes. Se habló estúpidamente de “linchamiento” cuando simplemente había una natural exigencia para evitar un atropello literario y para corregir una designación desafortunada que salvaguardase tan importante puesto.
Singular fue la convocatoria por Internet del grupo Escritores contra el plagio para recabar firmas electrónicas con la intención de lograr la revocación del Premio Villaurrutia. La petición expresaba: “No se puede premiar el plagio. Quien plagia no es escritor, sino un ladrón de ideas y palabras. Cuando se utilizan fuentes ajenas, debe mediar un reconocimiento expreso como una cita o mención a la fuente. Sealtiel Alatriste ha demostrado no hacer eso y tomar párrafos enteros de otros escritores haciéndolos pasar por suyos. Esto no se debe permitir”.

Más allá de las posibles rencillas entre grupos e ideologías subyacentes, la evidencia de las trampas de Alatriste lo condenaba. Hábilmente el cuestionado se retiró del cargo y el premio, antes de que efectivamente hubiera sido despedido y le hubieran revocado el galardón, evitó así una vergüenza mayor, aunque demostró no conocerla al interpretar a su modo la ley de autor y minimizar su falta. Se afana en restituir su prestigio cuando él mismo lo soslayó.

Desde 2006 en esta revista consigné las artimañas de Alatriste, en su otra terrible faceta emparentada con la de plagiador, la de un editor que traficaba con los textos. Aquellos que llegaban a sus manos para una evaluación de publicación o mediante un concurso, aparecían retocados en las obras de plumas reconocidas.

En el más reciente artículo en el que lo mencioné en esta publicación: Ha muerto Saramago: vivan los derechos de autor (No. 121, agosto de 2010) apuntaba (entrecomillo mi propio dicho para evitar el autoplagio): “La irritabilidad plasmada en sus declaraciones develaron a un hombre acosado, afanoso de deslindarse de una culpabilidad que en su fuero interno asume y le incomoda.”

Y ahí siguen los blogs en los que he dado seguimiento al caso: http://sealtielalatristecazador.blogspot.com y http://alfaguaraeditorial.blogspot.com

¿Colofón?

Varias han sido las películas que he visto donde la denuncia contra un portentoso empresario o político parece imposible fructificar por serios obstáculos como la impunidad, enorme poder y redes de intereses. No obstante, la férrea tenacidad de uno o varios protagonistas culminan por desenmascarar a los tramposos. Cinta emblemática es la de 1939: Mr. Smith goes to Washington (El señor Smith va a Washington o Caballero sin espada), de Franz Capra, basada en una historia de Lewis R. Foster y guión de Sydney Buchman, estelarizada por James Stewart en el papel de Jefferson Smith.

Uno piensa que cosas así sólo pasan en las cintas cuyos argumentos buscan exaltar la honestidad y demostrar que el bien le gana al mal. Pero cuando algo parecido sucede en la realidad es difícil dar crédito a ello. Fue así que la decidida voluntad de escritores, periodistas y seguidores de las redes sociales, no sólo logró evidenciar las trampas de un individuo (que todavía se escuda en una pésima interpretación de la ley sobre derechos de autor, que aunque no conciba el término “plagio” tal cual, de ninguna manera excusa la falta), sino que también provocó su renuncia al máximo puesto de la cultura universitaria y al premio literario del que se creía merecedor.
Ocurrieron así dos afortunados sucesos (después de dos pésimas decisiones: una la del nombramiento de Sealteal Alatriste por el rector en 2007, y otra la del dictamen de un desorientado jurado del Premio Xavier Villaurrutia). Faltaría lo más trascendente: resarcir daños a los plagiados (algunos ya desparecidos) y a todos aquellos que hemos sido afectados por la sustracción indebida de nuestras obras. Esto último cae en el ámbito de la utopía, pero si hemos sido testigos de que a veces lo que se ve en las películas puede pasar en la realidad, quién quite y algo suceda hasta que no aparezca la palabra “Fin”.

teohm7@gmail.com
http://teohuerta.blogspot.com