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21 | 05 | 2018
   
06-07-2016 
RECUERDOS DE LA CIUDAD DE MÉXICO DE ANTAÑO I La avenida Juárez
Autor: Héctor Osorio Lugo
RECUERDOS DE LA CIUDAD DE MÉXICO DE ANTAÑO I) La avenida Juárez
Por Héctor Osorio Lugo
Si las calles son testigos de la historia, algunas lo son más que protagónicamente, además de privilegiados espacios del arte, sea literario, arquitectónico o plástico. Así la avenida Juárez. En el siglo XIX fue escenario de las vísperas de una dolorosa tragedia para todos los románticos: por su alameda caminaban Juan de Dios Peza y su atribulado amigo Manuel Acuña cuando éste lo citó para el día siguiente en la Escuela de Medicina. Le dijo algo así como “Te espero a la una, sé puntual; si no, ya no me vas a encontrar”. Peza llegaría corriendo al desencuentro -porque ya no fue encuentro- para descubrir a un Acuña, caliente sí, pero ya exánime tendido en su cama. Había sido la alameda el espacio de la última plática documentada del poeta, pues en aquella infausta tarde Peza lo dejó a las puertas de la casa de la equívocamente célebre Rosario ¿Ella lo recibió? ¿Estaba en casa? ¿Supo siquiera que la buscaba por última vez el poeta? La respuesta a estas preguntas, ¿influyó en la decisión tomada horas después en Santo Domingo?
Pasan algunos años y en el mismo siglo construye su mansión en esa calle –entonces Puente de san Francisco- un acaudalado personaje de la era porfiriana. Su apodo: El rey del pulque, pues esta proteínica bebida, de alta demanda en aquellos años, daba para convertir a sus empresarios en primeras figuras del sector privado. Hay dos particularidades, entre muchas otras, en el reinado de esta persona. La que tiene que ver con nuestra avenida consiste en que el arquitecto constructor de su casona se caracterizó por encargarse de la terminación, sólo de ella, de dos grandes monumentos nacionales, el teatro Juárez de Guanajuato y la Columna de la independencia: Antonio Rivas Mercado, su cuñado. Lástima grande, porque el edificio hoy demuestra que no se sabe qué hacer con él y es evidente que el INAH o el INBA no lo han tomado bajo su tutela. La otra particularidad es que el espíritu de nuestro personaje –ése sí tutelar- le dio derecho de aparecer en la nómina de filántropos de conocida colonia: fue Ignacio Torres Adalid.
La avenida, por cierto, aparece también, aquí ya décadas después, en el conmovedor arranque de La noche de Tlatelolco. Elena Poniatowska describe a los muchachos del ’68 en una marcha por las históricas cuadras:
Son muchos. Vienen a pie, vienen riendo. Bajaron por Melchor Ocampo, la Reforma, Juárez, Cinco de Mayo, muchachos y muchachas estudiantes que van del brazo en la manifestación con la misma alegría con que hace apenas unos días iban a la feria; jóvenes despreocupados que no saben que mañana, dentro de dos días, dentro de cuatro estarán allí hinchándose bajo la lluvia, después de una feria en donde el centro del tiro al blanco lo serán ellos (…)
Da la impresión que Elena tan sólo hace el testimonio, con datos y fechas, de lo que ya Efraín Huerta había visualizado en su poema Avenida Juárez:
(…)
y todo es un montón de frías cenizas,
un hervidero de perfumados gusanos
en el andar sin danza de las jóvenes,
un sollozar por su destino
en el rostro apagado de los jóvenes
(…)
Y es que Efraín además de cantor de la ciudad como es bien sabido (Te declaramos nuestro odio, magnífica ciudad) lo es en particular de esta avenida. No por nada están otras líneas del texto citado en esa calle, sobre un libro escultórico que las exhibe orgulloso. En otro rumbo, el barrio de Polanco, Huerta y Alejandro Aura platicaban cuando las torneadas piernas de una mujer los hicieron enmudecer y mirarse sorprendidos. Juárez-Loreto era la ruta del camión que la guapa abordó. Y a él, al camión, y a ellas, la de las piernas y la avenida, el poeta les escribió un audaz poema ¿su nombre?: Juárez-Loreto (!)
Es la avenida Juárez, vamos.
Es la calle que ha exhibido el Sueño de una tarde de domingo en la alameda de uno y otro lados de la calle, pues originalmente el pintor lo dejó en un hotel de la acera sur; vinieron los sismos del ’85, el hotel sucumbió y ese patrimonio de nuestra vía se mudó a la acera de enfrente. Hoy lo disfrutamos en un agradable museíto creado ex profeso a unos metros del lugar donde el reloj de otro hotel se quedó detenido mientras daba fe, entre los escombros de sí mismo, de la hora atroz en que el primero de aquellos implacables temblores estremecía a la ciudad de México… y en particular, otra vez, pues protagónica ha sido y será, a la avenida Juárez.

hectorosoriolugo2013@yahoo.com.mx