REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 07 | 2018
   
06-07-2016 
Piso catorce
Autor: Edgar Aguilar Farias
Baja del piso catorce a la calle y al salir por el portón cruza la calle chapoteando por los charcos; la lluvia es ligera, pero contante.
El paraguas azul rey gotea y mientras cruza el parque no ha dejado de apretar los libros de su brazo derecho para que estos no se mojen. El morral de palma tejida que lleva a todas partes, está hecho una sopa y no tiene otro para llevar sus objetos personales. Ese verano en particular ha sido muy lluvioso y no ha dado tregua a los citadinos con algo de sol, o por lo menos unas horas sin lluvia.
Y puntual como todos los días llega a la biblioteca municipal. Mientras mete la mano izquierda en su bolsillo, un policía le abre la puerta solo esperando que le enseñe su credencial, como simple formalidad.
Entra y comienza otro rutinario día. Llevar libros, acomodarlos, clasificarlos, sellar credenciales, comer, seguir trayendo libros; la noche cae y con ella otra jornada laboral.
La lluvia es un chipoteo de gotas que no necesitan un paraguas, así que sale y se despide del policía, para cruzar el parque, entrar al edificio de departamentos y subir al piso catorce.
Despojarse de la ropa, ponerse un camisón de franela color mora, sentarse detrás de la mesa de la cocina, poner la tetera, tomar un libro hojearlo, leer algunas partes, esperar a que chifle el pivote de la tetera, hacerse un té verde, e ir a la sala con una taza, unas galletas y sentarse en el viejo taburete envuelta en una cobija, leer a Borges, Neruda o a Novo y quedarse dormida, así termina un lunes.
La radio de la universidad da el noticioso cultural, mientras ella prepara todo para irse; hecho el itacate del almuerzo parte con una chamarra de tela impermeable, baja, cruza la calle con la lluvia encima, cruza el parque con su paraguas azul rey y calzando unas botas de plástico con estampado de flores, mete la mano izquierda en la bolsa de la chamarra mientras la derecha sostiene el paraguas y un grueso libro bajo la axila; enseña su credencial, entra a la biblioteca, acomoda las cosas en su locker y revisa el tarjetero tan pronto la biblioteca abre sus puertas; son las nueve exactas.
Resello de libros, entregas vencidas, acomodar libros, estantes, carritos y al fin la hora de almorzar y las insípidas conversaciones con los compañeros de trabajo. Ella señala al chico universitario de bonitos ojos azules que es cliente habitual de la biblioteca y luego de comer nuevamente a sellar nuevos préstamos, recibir libros, acomodarlos, clasificarlos, revisar el tarjetero y con la noche el regreso a casa: son las nueve exactas.
La ropa a la lavadora y ella a su camisón de franela; la tetera chifla anunciando el agua caliente, y nuevamente al taburete de la abuela con Neruda y Ovidio. Y termina el martes.
Miércoles y ella se levanta a las seis, pone la ducha, su ropa interior blanca de algodón y estampado de ositos, luego la bata y al refrigerador que empieza a vaciarse. La radio universitaria anuncia obras de teatro de: José Ramón Fernández, Alfonso García Zurro y Rafael González. La comida del almuerzo ya está lista y ella igual oliendo a lavanda.
Baja, cruza el parque con una tregua de las negras nubes que tapan el sol, una rubia de anchas caderas se cruza con ella en el parque; mete la mano en su chamarra negra de cuero y enseña su credencial al policía que le permite el acceso. Marca puntual la tarjeta de entrada, acomoda los libros que trajo de su casa debajo de su escritorio en la entrada y revisa el tarjetero mientras abre el policía la entrada. Lulu como es habitual llega tarde.
Libros aquí y allá, sellar y resellar y la hora del almuerzo y nuevamente alguien menciona al chico universitario de bonitos ojos que ha sacado dos libros de química orgánica. Fin del almuerzo y hay que subir al catálogo nuevas adquisiciones, en su mayoría son libros de Carlos fuentes y Jean Braudrillard. Ella no soporta la prosa de Carlos Fuentes.
La noche y con trabajo por acabar, pero mañana; cierran la biblioteca, cruza el parque con la lluvia encima, sube al piso catorce, se despoja de su ropa empapada, y se pone su camisón de franela rosa, el morado ya está sucio.
Un té, galletas de malvavisco, un libro y a dormitar en el taburete.
Café, pan con mantequilla dietética y una manzana es un desayuno perfecto para una esbelta chica como ella que carga sus libros y tira su bolsa de palma al quedar hecha un desastre por el agua. Baja a la calle cruza y entra en el parque con los corredores habituales de todas las mañanas, en especial la rubia de las anchas caderas que no deja de sonreírle a todos con su coqueta sonrisa; llega a la entrada de la biblioteca con la lluvia comenzando y al enseñar su credencial entra, se va a su locker acomoda sus cosas menos sus libros de Juan José Arreola, Julio Cortazar y Hororé de Balzac.
Al abrir el templo de los libros va al área infantil y le entrega a Mari de la sección infantil el libro de Julio Cortazar que le prestara y antes de empezar las labores le comenta su desagrado por la palabra de aquel autor y se retira con peros de su compañera de trabajo y ferviente seguidora de Cortazar.
Libros al primer piso, a estantes, de los carritos a su lugar y acabar de catalogar las nuevas adquisiciones. La hora del almuerzo y un duro debate sobre Julio Cortazar que acaba con un chisme de la de limpieza que vio al chico universitario con bonitos ojos, besándose con otro que llego hecho una sopa. Julio Cortazar murió para las bibliotecarias.
Los libros nuevamente por lo que queda de la tarde; por fin se acabó ese día y todos se van.
Sale ella de la biblioteca y cruza el parque en la naciente noche y los amantes en las bancas. Llega al edificio de departamentos, sube por el ascensor al piso catorce, a su departamento; se quita su ropa que todo ese verano ha llegado mojada, la lluvia es contante y solo varia en su intensidad.
Camisón de franela y a la cocina, la tetera con agua a la estufa, y ella revisa su librero con sus libros favoritos y se recuerda acomodar todo este fin de semana, solo para volverlo a desacomodar entre semana. Y aquella foto, la única con su padre y su madre juntos cuando ella se graduó de la primaria en el colegio alemán.
El murió en un accidente de carro, y de toda la herencia, solo le toco una octava parte y ese departamento en el piso catorce, ese el que usaba para sus amantes. Deja la foto y prosigue con su vida.
Un libro de Sor Juana y al taburete con un delicioso té verde y se queda dormida en la página cuarenta y tres acabando con el jueves.
Son las seis y suena insistente el celular en la mesita de centro detrás del taburete donde pasa sus noches, su cama eternamente tendida, con alguna prenda y su ropa interior de algodón y estampados de niña.
Para almorzar un litro de jugo de uva, un huevo duro, un plátano y pasta al dente con mucha crema. Todo a su bolsa azul ecológica, sus libros de poesía, su paraguas azul rey y a la calle y no hay lluvia, un poco de sol, pero las nubes están allí y perversamente amenazan con seguir con los aguaceros.
Al parque y cruza por donde los árboles son más altos y casi choca con la rubia de anchas caderas y sebosos pechos que saluda a todos los caballeros coquetamente. Se miran con desprecio pese a que nunca han cruzado palabras; son desconocidas.
Ella con su figura que seguramente envidia esa gorda burguesa, acomplejada por una morena, de sedoso cabello chino, lentes redondos y cara dulce, pero sin ninguna suerte con los caballeros, a los cuales sueña al leer sus poesías.
Ella la odia, su coqueto menear de cola, lasciva mirada, una cualquiera, de melena enchinada artificialmente, con ropa deportiva de marca y caro celular. Ella se va deseando que esa caderona oxigenada tenga ladillas.
Puntual le muestra su credencial al policía, y los buenos días como dos personas decentes y luego los libros, grandes, pequeños, largos, cortos, viejos, nuevos, de pasta dura y pasta suave. Ya es hora de comer y Lulu comenta el chisme de ayer sobre el chico de bonitos ojos que resulto invertido. Ella le aclara que todos los hombres guapos son relativamente homosexuales.
El almuerzo se acaba y otra vez a los libros y luego sin saber cómo la noche a llegado y el cierre de la biblioteca municipal y para ella en esa noche de viernes es regresar a su casa, cambiarse, prepararse un té, recostarse en el taburete, dormirse leyendo poesía, la misma desde hace tres años y mañana sábado ir al súper a surtirse la despensa, lavar alguna prenda o varias e idear como no aburrirse el resto del fin de semana, sin televisión, tal vez alguna librería, una galería, un lugar de esos…
La noche es oscura, las lámparas del parque están llenas de palomillas que revolotean alrededor de la luz y un negro brazo rodea el cuello de ella, la jala algún rincón oscuro, donde está un muro.
Ella se sentía sofocada cuando la arrojan al piso y luego el brillo del acero de una navaja. Tiembla al temer morí por nada, pero antes de gritar la callan con la mano en la boca y las amenazas, las obscenidades y esos ojos llameantes, detrás de una máscara negra.
Bofetadas, dos, una para que le quede claro lo que le dijo y la otra por si no entendió. Y ella está en el piso, sobre las hojas secas humedecidas por tanto llover, y el viento frio de la tormenta y el trueno a la distancia.
La navaja corta sus ropas, en girones. Es solo diversión, él sabe que eso le desagrada, sentir la suciedad del piso, con su piel desnuda, el frio y luego ese comentario.
- Bragas de niña ¿qué puta estúpida eres?
Y el castigo un puñetazo en el abdomen; luego de arrancar el brassier; lo usa como bozal, pone sus manos detrás de su cabeza y él le toma fotos. Ella se resiste; patada en las costillas y luego la risa, carcajadas y otra vez la acomoda para la sección de fotos, de su culo, su vagina, sus tetas, toda ella convertida en megapíxeles. Sucia como una puerca y así el la lame, le excita eso.
Un piercing está en su lengua y sirve para auscultarla toda ella. Sus tetas de amplia aureola se le hacen deliciosas y las succiona como si quisiera sacarles leche, las muerde y ella gime del dolor y el las muerde más. Es un animal que la quiere devorar y ha comenzado con sus pechos los cuales son objeto de sus juegos sádicos; golpes, apretones, pellizcos y quedan marcados, morados.
La levanta de los cabellos con los ojos llenos de lágrimas y la bofetea ¿Por qué? Porque es jocoso.
La tira y le para las nalgas, él lo saca y la perfora y como los gatos la agarra del cuello con su boca, la tiene atrapada con una mordida. Y de su virginidad solo sangre, mucha y dolor y miedo y sensación a suciedad, a ser basura y ella solloza tratando de no provocarlo. Cuando él ha terminado la ha dejado marcada, sus marcas personales.
Él tiene unas largas y lustrosas botas de casquillo y dura suela que la aprisionan de la garganta. Ella no quiere morir y abre la boca para atrapar aire y de repente cae un chorro, es amarillo y nauseabundo.
Cuando acaba ella escupe aquella agua de riñón y vómito y él se aleja cantando una sonata satánica. Toma las bragas de ella y se limpia las botas, hasta que brillan y le arroja ese pedazo de tela sucio y le reclama como si fuera de su propiedad.
- Tú y tus feas bragas de niña. La próxima vez una tanga sexy, puta de mierda.
Confusión; ella no recuerda cuanto tiempo le tomo volverse a levantar, no recuerda como llego a su departamento medio desnuda con la poca ropa que le dejo su violador.
Toda su mente se aclaró cuando estando en la regadera se limpió el lodo, la sangre y lo que el dejo dentro de ella. Lloro debajo de la regadera hasta casi las cuatro de la mañana cuando se levantó y se tiro en la cama exhausta y durmió.
Su radio estaba en la basura ese sábado por la mañana, estaba harta de la radio universitaria, y ella en el baño le daba unos retoques a su cara moreteada, su labio partido, su nariz hinchada y su ojo derecho cerrado por la violencia, un diente estaba quebrado.
Los pechos habían aumentado una talla y ardían como si estuvieran en llamas, con todas las marcas de sus dientes alrededor de su pezón, de su aureola. Ese día no uso brassier.
Su mente era una revoltura, se acariciaba sentada en el baño, llenando el escusado con lo que tenía en su vejiga mezclado con sangre y ardor.
Al caminar sentía un reumatismo por lo torcida que estaba a causa de los golpes, no podía mover bien el cuello, la marca de sus dientes era profunda y solo con una crema para aliviar las torceduras parecía que no bastaba.
Desnuda estuvo sentada en su taburete, con el librero a sus espaldas en el piso. No comió nada y con una falda larga y una bruza ligera salió al supermercado con su rostro destrozado. No le importo que la vieran en su estado, como nadie noto cuando salió del parque sin sus cosas, ni cuando entro al edificio con un tirón de ropa sobre ella sostenido con su mano derecha, ni cuando subió al ascensor dejando una marca de lodo de sus pies en la alfombra y llego casi arrastrándose a su departamento. A nadie le importo.
De los extraños en el supermercado solo recibió indiferencia y miradas morbosas. No compro gran cosa ese día, solo llego a su casa, se encuero y se metió a la regadera recordando todo lo que le sucedió en la noche del viernes.
Era domingo y decidida salió de su departamento y bajo por el ascensor, llego al parque; era temprano y a esa hora solo las ancianas salen de sus casas cubiertas de la cabeza para ir a misa. Pero en el parque había mucha conmoción y por donde los árboles son más altos y frondosos, por donde esa caderona rubia siempre pasa corriendo y fingiendo que baja kilos, estaba su cuerpo con las tripas de fuera, así la encontró ella, antes que un oficial la cubriera con una manta.
A doce metros otro individuo, un hombre, un hombre muerto y con la cara al piso, en el lodo, y en un charco de su propia sangre ya seca.
¿Era él? Ella se preguntó, se acercó lo más posible, lo vio por un minuto al muerto. Un policía se acercó y le interrogo si conocía al muerto; ella negó saber algo, no era el, él era fuerte, era alto, era flexible, poderoso; este muerto era un burgués gordo y temeroso que ahora es similar a un puerco salido del matadero; salió del parque y tomo el autobús.
Estuvo sentada en un parque a las afueras de un gran centro comercial y a espaldas la jefatura de policía; las once de la mañana y el centro comercial abre, sus tiendas estaban abiertas, ella entro y a las cuatro salió con diez bolsas. Tomo un taxi y regreso a su casa. Nada había pasado.
Lunes, la radio ya no sonaba más en ese departamento, el librero y los libros estaban en el piso, ya no eran importantes, tres bolsas de basura cerca de la entrada y ella en el baño viendo que la pomada de una tienda naturista era eficiente. Su inflamación había bajado hasta casi desaparecer. Los pechos le dolían todavía y no se puso nada que le apretaran sus senos marcados.
Todavía sangraba un poco cuando hacía del baño, pero el dolor era menor. Afuera llovía, pero a ella no le importo y salió con un paraguas amarillo, porque el azul rey lo perdió. En la entrada a buena hora ella le dijo al oficial que había perdido su credencial pero el oficial no tuvo reparos en dejarla entrar.
Ese guardia le pregunto si no la habían asaltado; el rostro de ella todavía estaba malherido, vendado en la ceja y en el cachete izquierdo. Ella muy segura, con una sonrisa hipócrita negó todo y no dio explicación de nada, entro, dejo su almuerzo en el locker, no trajo libros en esta ocasión.
Lulu la última siempre saludo a su compañera que estaba ya en su puesto como todos los días desde hace tres años. La vio y le pregunto si estaba bien, ella dijo que si con una sonrisa hipócrita.
La fastidiosa rutina de todos los días en la biblioteca y luego a comer; Mari del área infantil le pregunto qué le había pasado; “se me callo el librero encima, ve vi como una torpe el sábado” respondió ella con voz firme y elocuente para que fuera escuchada por todos y nadie preguntara nuevamente algo que en verdad no les importaba.
La de la limpieza le dijo a todos del homicidio en el parque y el morbo de su rostro se disolvió en el olvido así de lo que hizo y no hizo el fin de semana, y para todos, un robo las muertes del parque, era rica la rubia gorda.
Acabar con la rutina del lunes antes de irse, cruzo el parque, como todos los días y viro a la derecha, entro por una calle y a una tienda abierta las veinticuatro horas, compro varias botellas y con ello su paga desapareció. Regreso una hora después a su departamento del piso catorce…
Martes Rutina.
Miércoles Rutina.
Jueves Rutina.
Viernes… Luego del almuerzo va al primer piso y pone los libros de los carritos en las estanterías y baja, se sienta en su escritorio detrás del mostrador donde se expiden credenciales para la biblioteca, se prestan libros, se sellan y se resellan. Y con el wifi de la biblioteca busca al azar algo en la internet que le entretenga, luego el chico de bonitos ojos llega al cuarto para las nueve a que le resellen unos libros y ella los recibe pide su credencial de la biblioteca y frente a sus ojos parte a la mitad la credencial. El pregunta por qué y ella le dice que los libros tienen un día de atraso y le muestra la hoja de registro en la última página del libro de bioquímica y confirma su punto. “es el reglamento joven, lo siento mucho”.
El alega, pero ella solo se levanta de su escritorio por sus cosas para irse, sin importarle nada. El joven se tiene que retirar por petición del policía.
Toma sus cosas, se despide se sus compañeros de trabajo y al salir y darle las buenas noches al oficial, como dos personas decentes, ella se dirige al parque, da unas vueltas y luego a su departamento.
El librero sigue bocabajo y sus libros en una bolsa de basura, la tetera esta arrumbada en algún sitio y en su lugar botellas de ron, whisky, vodka, tequila, coñac, aguardiente, vino tinto, ginebra, limones y vasos. La radio ha desaparecido.
Ella se mete a bañar, se rasura la entrepierna, sale desnuda con una toalla en la cabeza y se prepara un trago, abre las cortinas de par en par y desde esa altura ve el parque, todo el parque.
Se quita la toalla de la cabeza, se cepilla el cabello y de una bolsa de cartón de una tienda de lencería escoge una tanga, una sexy tanga. Una ligera luz alumbra toda la sala donde está el taburete y con esa atmosfera en penumbras delante del taburete que está enfrente de la alta ventana que da al parque ella se pone aquella tanga, lentamente, se sienta en su taburete, exhibiéndose, abierta de piernas y tomando un trago, la vista fija a la noche, al oscuro parque y la puerta sin cerrojo, esperando a ser abierta. Ella espera y desea que el regrese y esta vez tiene mucha bonita lencería, tanguitas sexys que tanto le gustan, para que el regrese a ella y así se queda dormida en su taburete, como es su rutina de todos los días.