REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 02 | 2018
   
06-07-2016 
De lácteos surtidores y otros sensuales borbotones
Autor: Daniel Olivares
Sobre "Leche de mujer bonita" de Sergio Hernández Nieves. México: LEEA, 2015.

De lobos con piel de ovejas; pero también del óbice a que lleva y casi obliga la postura o interposición contraria, pareciera tratarse el sicalíptico convite al que este muy querido amigo de otras nada simbádicas aventuras (hoy oficiante mayor instalado en su advocación de posmoderno fauno) nos convoca.

Pero es más celebratorio que orgiástico el convite (por lo que se deja ver ya de cerca); y más carnavalesco que sacrificial el tono de su talante (el del libro y el autor) advierto, en ambos un tanto inciertos sentidos a los que conlleva el término. Así es que sobre advertencia no hay engaño, aunque de engaños –que no patrañas–, fantasías, engañifas, truculencias, fantasmagorías, figuraciones, espejismos, relatos, picardías: cuentos, pues; de eso se trate finalmente la cuestión.

El juego, la predisposición de un tono primero lúdico, y ya después (si se quiere o se requiere lúbrico) han de reinar en el prado, la pradera o la oquedad tramontana, a la que si se quiere se puede uno asomar desde aquí, y desde ya, mediante la magia de la palabra; desde el breve y fugaz, pero también alegre "aleph" del ahora. Así que queden todos y (sobre todo) todas advertidas, ya que después de acercarse a esta hoguera los primeros que han de perder la castidad habrán de ser ciertos curiosos o desprevenidos ojos y oídos que nunca entendieron el significado del si ya sabes cómo somos para qué te asomas o (me) (te) (se) (lo) invitas o igual y reversiblemente por acá te acercas.

Celebramos y agradecemos, además y por lo demás, el deleite fársico que la presentación de este libro posibilita, toda vez que los tiempos políticos son aciagos y muchos peligros, apuros, sinsabores y penas por demás amargas día con día padecemos; muchas y tantas, pero finalmente no tan tontas como para ciertamente no lamentarnos siempre que las hallemos cotidianamente en nuestro entorno.

Festejemos, pues y entonces, porque es más importante la creación y la amistad; la vida palpable que la que no; más el placer que el dolor, y porque como alguien ciertamente sabio (supónese el osito Bimbo o bien santa Marinela Mártir) alguna vez intuyera: “las penas con pan son buenas”, y si con disfrutable carne, mucho mejor. O porque, como también sabia e indirectamente, en primer y último término, nos aconseja el autor: no hay lugar para el amor sin la correspondiente dosis de humor…

Mas, ya instalados del todo en la comodidad del comentario por demás relajado que la lectura de este material posibilita, habrá que decir (un tanto más gravemente, si es que ello fuese elementalmente necesario) que sin perder nunca el buen humor, que es el otro tema central de estos ¿apólogos?, nos encontramos sin reservas y no sin sorpresa ante ágiles textos (los más), que son flamas, que son luces, que son artificio también sonoro, y deslumbrantes artilugios creativos propios de la mente y de las manos de un demiurgo, de un mago, de un muy hábil prestidigitador, y artista de la palabra. Uno que a partir de (hoy) (ya) no oculta sus muy anunciadas y postergadas ambiciones, y que osado se atreve inclusive desde las solapas y forros de este su enésimo libro (pero ahora literario) a presentar dosis, fórmula y prescripciones para estos sus menjurjes de dudosa procedencia, a los que, sin embargo, augura proclividad afrodisiaca y panacéica; y junto con los cuales, además, para entrar en materia, insisto, no teme otorgar llaves de alcobas o desnudar los secretos del reino… Desnudarlos casi tanto o más que a la mayor parte de todos sus muchos personajes; como desnuda a una viva y desbordada imaginación (que es asimismo la colectiva), y como desnuda a un alma, a un tiempo siempre joven vigorosa (a fuerza de vivir con alegría, fe, desvelos e incontables trasiegos), pero también ahora experta, sibarita y trasnochada.

Son, pues, cuentos labrados con un gran oficio, forjado este –ni duda cabe– tras años y años de ejercicio lector, y –a querer o no– del oficio fino del análisis y de la didáctica cotidiana y del esforzado tallereo sobre los textos propios y sobre los ajenos. Por tanto, escritos ya con un grado de perfección indudable: narraciones míticas, antimíticas y antiépicas; minicuentos, cuentos y recuentos, luego, en toda la extensión de la palabra, que tácita o explícitamente, uno tras otro rinden tributo a los grandes maestros del género; si bien intencionalmente domina en casi todos ellos ese tono coloquial muy nuestro, de mexicanísimo acento e intención; de lo más (y por supuesto) en doble, triple o cuádruple sentido; pero igualmente comedidos, “buena onda” y hasta de lo más ondero en cuanto al tratamiento del lenguaje.

La constante en cuanto a estructura es que en ellos casi todo tiempo el escritor o el fabulador se hace ostensiblemente presente. O bien que pirandellianamente los personajes se saben como tales concebidos o ejercen desde sí mismos –a su vez– los oficios de la creación, del desdoblamiento, de la invención.

Los más son también cuentos intencionalmente paródicos, que se instalan sin desmerecer como herederos de las varias vertientes de las más antiguas y de las más gozosas literaturas de todos los tiempos (y de todos los pueblos). Tenemos así, insisto sin desdoro (dirían Don Juan Manuel y su Conde Lucanor), por un lado al Sergio “Petronio”; al Hernández euripidiano; lo mismo que al Nieves esopéico… Pasando, desde luego, por el Sergio sherezádico, canterbúrico y pantagruélico (confirmaría Giovanni Boccaccio); mismo que más tarde se dará la mano con el Hernández monterrosiano o bien cronópico, y hasta con el Nieves inevitablemente garciamarquesiano (saludan, a su vez, monsieur Pierre Rostand y el Divino Marqués). Todo lo anterior para, sin desmerecer nunca en el intento, convertirse en logro total, además de vencido reto.

Cual pugilista o pulsador de feria, equilibrista o asestador puntual y milimétrico de puñales, el autor ofrece relatos ágiles, dóciles, juguetones, interactivos, y por supuesto con finales abiertos, en los cuales si otra constante hay que admirar es la construcción intencional y graciosamente artificiosa para mantenernos atentos de principio a fin, y para, indefectiblemente, en el momento justo, “descontarnos” burda o de lo más jocosamente con un atípico e inesperado final.
En cuanto a la temática erótica que desde la (sí) sensual portada, tanto prepondera; y que consecuentemente seduce y que hasta presumiblemente “asusta”; el mérito mayor es la diversidad y la gradación más allá de lo cuantitativa y cualitativamente (ya señalado). Son relatos que van de la parodia casi ingenua de los tradicionales cuentos de hadas, hasta en efecto la muy vaporosa exhibición de las más insospechadas pulsiones que los seres humanos, vivos o no, de músculo y hueso (o no), esos que aman–desean–desaman–odian–anhelan–temen–sueñan… suelen (solemos) poseer, y por supuesto gozar–y–padecer.

Mérito final último, pero no por ello menos destacado es el poco menos que magistral manejo del lenguaje: su soltura y dosificación; las atinadas o sugerentes o insospechadas metáforas; los cambios de ritmo, de registro y tonalidad; así como las perspectivas constructivas de voces en primera, segunda o tercera persona; masculinas, femeninas, transgénero o hasta epicenas.

La ambientación, por otra parte, y pese a la esforzada intertextualidad y transtextualidad, es casi siempre contemporánea, con sus dejos de nostalgia de un apenas ayer; a la vez que muy urbana, citadina–chilanga y por tanto universal. La psicología de los personajes, por su parte (y por su arte), va desde la abiertamente procaz, hasta la muy “mamonsona”, pero válidamente intelectual y cosmopolita; cuando no, durante el cortejo (los cortejos) se torna seductoramente elegante (en ocasiones hasta el exceso, cuasi muy Mauricio Garcés, digámoslo, de su parte), pero sin renunciar –tampoco– a toques que franca y afortunadamente, por momentos, lindan con lo poético.

En cuanto al muy variado ritmo descriptivo hay también un manejo acertadísimo que en oportunos momentos se abre a una delectación morosa (que digamos de paso sería una de las características del género erótico si es que lo hubiera…), pues, en concordancia con la intencionalidad de la trama y de la acción sobre todo de la acción–sensación, canaliza una necesaria e imprescindible propensión voyeurística, misma que solo superarían ciertos paneos y closeups cinematográficos, pero que a la vez son rebasados por la profundidad sinestésica (profundo y unísono solaz en todos los sentidos) que solamente logra la literatura.
Sin embargo, por sobre todo ello (y además) reiteramos, se impondrá y reimpondrá siempre, la mirada inteligente, el aporte culterano, el gag, el piquete en el ombligo, y el omnipresente tono divertido, el cual además –lo intuimos de cierto– alguna noble intención traerá (no exactamente detrás) de instruirnos: mas no sobre moralinas por demás caducas, sino sobre las bondades a las que alma y el espíritu, y el cuerpo pleno y mismo y todos sus sentidos han de aspirar, y que son esas que solamente se alcanzan mediante los subterfugios del amar (que eso y no otra cosa es, en una de esas, el nombre del juego). Y no exactamente de amar al prójimo como a uno mismo, sino a la prójima o al prójimo –o uno al otro o una a la otra, y también uno al otro del mismo modo y en el sentido contrario, como dijera en su momento una otrora celebérrima miss latinoamericana –. Todo con sus sencillas, recurrentes, pero asimismo infinitas variantes; por supuesto, de
haber lugar.

Luego de agotar, por lo demás casi sin sentirlo, el trayecto de la lectura se sabe (y se soba) además de una tarea sobradamente cumplida; toda vez que este libro y su autor demuestran e ilustran los placeres de la carne; los deseos de la carne; los temores de la carne; las aspiraciones inconsútiles de la carne; los humores por siempre fugitivos de la carne que, por tanto, y en tanto viva será por siempre (ella misma) digna de solemne celebración.

Cierro el periplo sin nada más que brindar muy complacidamente con Sergio Hernández Nieves por este su cabal tributo a la (su) literatura toda; desde luego preferentemente con Liebfraumilch: divinal elíxir: leche de la mujer bonita; “leche de la mujer amada”.

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Daniel Olivares Viniegra