REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 05 | 2018
   
06-07-2016 
¡Rechazado!
Autor: José Luis Fernández Sepúlveda
¡RECHAZADO! José Luis Fernández Sepúlveda

Estimado Mauricio Avendaño:
Lamento comunicarle que el manuscrito enviado por usted en fecha reciente con título “Tradiciones y leyendas de mi barrio” ha sido rechazado. El consejo dictaminador se ha visto en grandes aprietos tratando de descifrar el texto. Es decir, su obra es completamente ilegible. Le pido encarecidamente que asista a algunos talleres de gramática y redacción con el fin de poder, en un futuro, recibir su texto una vez más y volverlo a considerar para su publicación.
Saludos cordiales.
Oscar Schelmann
Director Editorial
Ediciones Bonham

*

Por enésima ocasión, el texto de Avendaño era descalificado. “Ese estúpido de Schelmann no tiene la menor idea acerca de la buena literatura”. El incipiente autor, estaba harto de corregir y corregir el mismo texto con la ilusión de ser publicado. Reza un viejo proverbio que un hombre debe tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro. Recordó que tenía un hijo y que alguna vez había sembrado un árbol: “Sí, en aquella campaña de reforestación a la que fui con los compañeros de la primaria”. Solamente faltaba el libro.
Tomó una hoja en blanco, le colocó papel carbón y puso debajo el papel copia. Siempre se embarraba los dedos de negro y manchaba las hojas. “Seguramente por eso rechazan mi texto”. El engorroso papel carbón ya lo tenía hasta la coronilla. Ni modo, tenía que escribir en aquella vieja Remington color verde olivo que había recibido como única herencia de su padre. “Quizá por eso soy escritor, es mi destino”. Necesitaba dinero para comprar una computadora, pues a la larga salía muy caro enviar los manuscritos por correo. “Si publicaran mi ensayo, si publicaran mi ensayo, si publicaran mi ensayo”. Miraba la hoja de papel en blanco imaginando un texto estéticamente perfecto, como queriendo que se escribiera solo, por sí mismo. Flaqueaban las fuerzas creativas.
Su más reciente manuscrito ya no se parecía en nada al primero. Tantos borrones, tantas correcciones a través de los años habían llevado al texto a una continua metamorfosis sin resultado alguno. “¡Un gusano que nunca reencarnará en mariposa! ¡Eso es mi ensayo!”. Y rompió en llanto.
Angustiada por los sollozos de su hijo, la madre del escritor irrumpió en la habitación sin tocar la puerta.
─ ¿Qué tienes hijito? ¿Algún problema con tu novela?
─ ¡Qué no es novela! ─respondió montando en cólera─ ¡Es ensayo! ¡EN-SA-YO! Se nota que no sabes nada de literatura. Antes de interrumpirme en mi proceso creador, por lo menos podrías tocar la puerta, ¡toc, toc! ─exclamó golpeando al unísono el escritorio con los nudillos─, ¿me entiendes?
Acostumbrada a los arrebatos del hijo escritor, la anciana se retiraba cerrando la puerta con sigilo. Antes de alejarse rumbo a la cocina escucharía un último reclamo:
─ ¡Espero que ya esté lista mi cena, tengo hambre!

“¡Uf, ahí viene Avendaño! Vamos a hacernos tontos a ver si pasa de largo”. La observación llegaba demasiado tarde, el ensayista ya iba en camino a la mesa de los escritores. Todos los días, estos artistas se juntaban en el café “París” para comentar las novedades literarias, es decir, lo último que habían escrito. Entre ellos la lisonja era común pero, ¡había que verlos en la cantina! Siempre era lo mismo, discutían interminablemente sobre el famoso Ulyses de James Joyce. Sí alguien se atrevía a comentar que no entendía ni pío de la novela, era atacado salvajemente por los intelectuales. Uno de los profanos con la obra de Joyce era Avendaño. Había intentado leerlo, sí, pero tuvo que aceptar que era mejor dedicar todo su esfuerzo literario a la publicación de su “Tradiciones y leyendas de mi barrio”.
Saludó alegre a la concurrencia y tomó asiento sin pedir permiso. Haciendo caso omiso de muecas y chasquidos les comunicó los recientes adelantos en el ensayo: “Ahora sí, muchachos. Estoy seguro que con la última corrección me publican. Ya contacté a una editorial española. Seguramente los ibéricos sabrán comprender el texto mejor que mis propios paisanos. ¡Qué vergüenza verse obligado a buscar opciones en el extranjero!”.
Mirándose entre sí, los escritores no hallaban el modo de deshacerse de Mauricio y lanzaban sonoras indirectas que el ensayista no parecía escuchar. Finalmente se despidió y encaminó sus pasos a la iglesia de San Juditas para rezar algunos padrenuestros en aras de la edición del libro.

Días después, el artista entraba a un café internet para checar su e-mail. Tenía los nervios de punta, no se atrevía a consultar su buzón. ¿Soportaría otra decepción? Respirando profundamente hizo el click. ¡Sí, ahí estaba el mensaje de la Editorial Don Quijote! Con mano trémula lo abrió: “Lo sentimos mucho…”. Sin terminar de leerlo, salió furioso del local. El empleado del negocio lo alcanzó en la esquina exigiéndole el pago del servicio. “¡Carajo, hasta tengo que pagar por recibir malas noticias!”. Hurgó en sus bolsillos y entregó, cabizbajo, sus últimas monedas.
Bajo un cielo encapotado, deambuló por los callejones de la barriada buscando la muerte. “¡Ojalá me parta un rayo!”. Cual presagio funesto, un cruel relámpago tronó en las cercanías. Pegando un brinco de canguro y pálido como una hoja de papel bond, Mauricio se santiguó. Continuó su camino derechito a casa.
¡Cuál no sería su sorpresa al encontrar a multitud de vecinos apiñados frente a su casa! Acercándose, conoció el motivo de la reunión: el terrible rayo había caído directamente en la vivienda. El cuerpo carbonizado de doña Eulalia era retirado del lugar por un equipo de paramédicos bajo la mirada atónita de Mau ─así le decía su mamá─ y de los curiosos vecinos.

Todavía habitable ─salvo la agrietada recámara de la difunta─, la casa era ahora propiedad de Avendaño. De carácter cínico, el escritor revisaba las pertenencias de su difunta madre pensando en rematarlas de inmediato. La causa era noble: publicaría él mismo su ensayo. Encontró los documentos de una cuenta bancaria en la cual era nombrado beneficiario. Si antes había brincado de susto, ahora lo hacía de alegría. No era mucho dinero pero, seguramente alcanzaba para lo del libro.
Para afianzar el texto de “Tradiciones”, contrató a un escritor fantasma. Avendaño simplemente firmaría como autor. Por otra parte él era su propio consejo dictaminador y aprobaría de inmediato su manuscrito. El escritor-editor se frotaba las manos. “¡Asunto resuelto!”.
Mauricio Avendaño pasó de ser un sujeto taciturno a ser el hombre más jovial del barrio. Algunos vecinos que le daban el pésame por la trágica muerte de su querida madre recibían por respuesta: “Eso es cosa del pasado. Ahora lo importante es mi libro, pronto lo tendrán en sus manos”.

En su mesa de la terraza, el grupo de escritores seguía con su práctica cotidiana: tomar café y platicar. Los papeles habían cambiado y ahora Avendaño era quien los miraba con desprecio. “¿Cuándo escribirán estos vagos si están todo el tiempo en el café?”. Sin embargo, el día era hermoso y se sentía de un humor magnánimo. Saludando, tomó asiento sin ser invitado.
─Tengo una nueva editorial. ¿Quién de ustedes quiere publicar su obra?
Poniendo ojos de plato y frunciendo el ceño, se miraban unos a otros.
─ ¿Qué dices Avendaño?
─Sí, me cansé de las arbitrariedades de los editores y he fundado mi propia editorial. Una vez más: ¿Quién de ustedes quiere publicar?
Todos despreciaban a Mauricio pero, ante la posibilidad de publicar por primera vez en sus largos años de carrera, cambiaron de actitud. Gerardo Beltrán fue el primero en hablar
─ ¡Eres grande Mauricio Avendaño! Siempre te hemos admirado, sabíamos que tarde o temprano tendrías éxito. Estamos orgullosos de ser amigos de un hombre tan talentoso. Yo quiero publicar mis poemas.
Continuó Julio Alvarado:
─Yo sabía que contigo tendría la oportunidad de proyectarme como novelista. Con el apoyo de tu editorial llegaremos lejos Mau, estoy seguro.
Emilio Puente y Miguel Larrea, cuentistas, se dirigían al flamante empresario editorial expresando parecidas zalemas. Como poniéndose de acuerdo, todos preguntaron:
─ ¿Cómo se llama tu nueva editorial?
Orgulloso, Mauricio Avendaño contestó:
─Es una sorpresa. Ya lo sabrán.

“Antes que nada, a comprar la computadora”. Comenzaba el proyecto editorial de Mau Avendaño organizando una pequeña oficina en la sala de su recién heredada casa. Contrató servicio de internet y mandó correos a Larrea, Puente, Beltrán y Alvarado ─próximos autores de Editorial Avendaño─, indicándoles los requisitos para enviar sus manuscritos, haciendo hincapié en la ortografía y la redacción. Algo había aprendido a través de largos años de rechazo editorial.
Telefoneó a su escritor fantasma quien le indicó que por la tarde recibiría el texto completo de “Tradiciones y leyendas de mi barrio”. ¡Todo marchaba sobre ruedas! Al día siguiente, buscaría una imprenta decente para iniciar de inmediato el tiraje. No había tiempo que perder, tantos años de espera se desvanecían ante la expectativa de ver su sueño realizado. Imaginaba concurridas presentaciones del libro con personajes importantes del mundo de la literatura, hermosas edecanes sirviendo el vino de honor y docenas de lectores haciendo fila solicitando el autógrafo. Él, con una sonrisa encantadora, complacería a todos escribiendo una amable y cariñosa dedicatoria.

Uno por uno, los manuscritos de los escritores del café “París” llegaban por correo electrónico a Editorial Avendaño. El director ─Mauricio─, enviaba acuse de recibo con un comentario que terminaba en: “…turnaremos su manuscrito al consejo editorial para dictamen.”
Emocionados, el poeta y los narradores no hablaban de otra cosa que no fuera la publicación de sus obras. Habían olvidado a Joyce y a Bukowsky para admirar a su nuevo ídolo: Mauricio Avendaño. “¿Quiénes estarán en el consejo dictaminador?” se preguntaban estos hombres de letras. “Imagino que vendrán de fuera, quizá los manden de España, por sus contactos en aquel país”, comentaba el poeta Beltrán. “Seguramente conoce gente importante en el Consejo de las Artes que lo podrían asesorar”, decía el cuentista Larrea. Los otros escritores ─Alvarado y Puente─, estaban seguros que sus manuscritos serían aceptados sin importar quienes formaran parte del consejo editorial por el simple hecho de ser amigos del editor Avendaño. En fin, todo tipo de conjeturas se discutían en la mesa del café.

“TRADICIONES Y LEYENDAS DE MI BARRIO libro del escritor Mauricio Avendaño será presentado el día 16 de abril a las 19 hrs. La cita es en la Galería Municipal, Hidalgo 21, Centro Histórico.”
El arduo trabajo finalmente daba frutos y el autor no cabía en sí mismo de orgullo y satisfacción. “Dios aprieta pero no ahorca, pronto seré famoso”.
Mauricio había pensado en grande con motivo de su ansiada premiere. Para su mala fortuna, el dinero se había agotado con el pago al escritor fantasma, la compra de la computadora y principalmente, el tiraje de su libro. Necesitaba conseguir algo de capital para el pago de las edecanes, el vino y los canapés.
Encontró la solución con sus nuevos amigos escritores: “Sus libros deben estar casi listos para la imprenta, son excelentes textos, ya los leí y no cabe la menor duda que pronto verán la luz en las mejores librerías. Fíjense muchachos que tenemos que promocionar la editorial para que cuando salgan sus libros encuentren mercado rápidamente. El jueves 16 presento Tradiciones y leyendas de mi barrio, primer título publicado por Editorial Avendaño. Nada más me hacen falta unos pesitos para acabalar para el coctel de honor y los bocadillos. Pensé que podrían apoyarme… No, no piensen mal, desde luego sería un préstamo que pagaría de inmediato con la venta de los primeros ejemplares del libro. Si no consigo dar una buena impresión en este evento, no creo que su libro tenga posibilidades de ser publicado, pues la editorial carecería de capital revolvente, ustedes saben de economía y lo entienden. ¿Verdad?”
A regañadientes, los escritores se presentaron en casa del editor con algo de dinero. Estaban sacrificando lo de la renta de sus cuartos con el fin de apoyar el proyecto editorial. Le dejaron claro a Mau, que sería la última aportación y además que ya no podrían seguir invitándole los cafés. Llevaban meses haciéndolo. “Sí, sí muchachos, no hay problema, tengan fe, verán que luchando hombro con hombro, saldremos avante”.

El texto de Avendaño consistía principalmente en una serie de referencias a las familias de más alcurnia en la ciudad. Benefactores, militares, políticos, obispos, empresarios y grandes personajes de todo tipo brillaban con impresionantes títulos y rimbombantes nombradías. Su narración de las tradiciones y leyendas consistía en un aburrido refrito de “La llorona”, “El jinete sin cabeza”, “Chucho el roto” y cosas por el estilo. El éxito estaba asegurado de antemano: cualquier asistente a la presentación encontraría en el libro alguna mención a un pariente lejano y, como a todo mundo le gusta tener a alguien famoso en la familia, pues comprarían el libro. Ésta era la mercadotecnia del editor.
Tal como había sido profetizado por Avendaño, la presentación del libro fue un éxito. Invitado por el autor, presenté y comenté su Tradiciones y leyendas de mi barrio. Debo confesar que, aunque conocía muy bien las patrañas de Mauricio, me divertí de lo lindo observando a los orondos asistentes hojear el libro y encontrar entre sus páginas a algún ilustre antepasado: “Este señor Juan Alcocer fue mi tío bisabuelo”, “el obispo Loyola tuvo varios hijos ilegítimos, uno de ellos fue mi abuelo”. Un viejo sinvergüenza afirmaba que Chucho el Roto había sido amante de ¡su propia madre! “¡Qué barbaridad, hasta podría ser su hijo!”
El autor dedicaba ejemplares al por mayor. Para controlar las finanzas, él mismo vendía, cobraba y firmaba los libros. ¡Negocio redondo! La primera edición del libro “Tradiciones y leyendas de mi barrio” del autor Mauricio Avendaño quedaba agotada.

Emilio Puente y Julio Alvarado fueron los primeros en llegar. Pidiendo su café americano con un poquito de leche, comenzaron la habitual tertulia: “Se hinchó de dinero Avendaño en la presentación de anoche. Vendió todo”. Por lo menos estaba garantizado el pago del préstamo que le habían proporcionado a Mau. Aunque no entendían el concepto a ciencia cierta, suponían que ya existía el capital revolvente necesario para la publicación de sus propios textos.
Mientras charlaban, los otros compañeros se acercaban gesticulando y hablando casi a gritos: “Fuimos a ver a Avendaño y el muy cínico dice que apenas y salió para los gastos de la presentación. ¡No nos quiere pagar el hijo de la chingada!”.
El incumplimiento del pago representaba severos problemas para la cuarteta de artistas. Se podía sobrevivir con cigarrillos y café, pero era inconcebible perder el alojamiento. El casero los estaba presionando y amagaba con exigir el desalojo si no pagaban a la brevedad el alquiler de los cuartos. Tendrían que encontrar alguna solución. “Podemos decirle a Don Cuco ─el casero─ que somos escritores y estamos por publicar nuestros libros, muy posiblemente con gran éxito. Con las ventas le pagaríamos las rentas atrasadas incluso con intereses. Nada más que nos aguante un poquito”. El comentario caía en oídos sordos. Todos suponían que, si no les había pagado el préstamo, Avendaño tampoco les publicaría. Pidieron otro café ─en esta ocasión, de fiado─ y se sumieron en el silencio y la depresión.

Llegaba el otoño y una fina llovizna caía sobre la terraza del café “París”. Bajo la tarde gris, el poeta, el novelista y los escritores de cuentos, levantaban displicentemente sus cuadernos de apuntes para emprender la retirada. Se despidieron cabizbajos para dirigirse a dormir, quizá por última vez, a sus cuartos. No se verían al día siguiente ─no había dinero para el café─. ¿Quién ocuparía aquella mesa que había sido testigo de hermosas conversaciones literarias acerca del gran Joyce y del maestro Bukowsky?
“¡Hola muchachos!”. Mauricio Avendaño llegaba a la mesa de los escritores. Tomó asiento sin pedir permiso. A una señal del editor, un muchacho, empujando un “diablito” repleto de cajas con libros lo estacionaba a un lado. Abriendo caja por caja y sacando libro por libro Mauricio iba anunciando: “Cuentos de ultramar de Emilio Puente, Poemas infinitos por Gerardo Beltrán, Bajo la sombra del olmo, novela de Julio Alvarado y, por último, Relatos macabros de Miguel Larrea”.
Emocionado, Mau seguía hablando: “He visto a don Cuco y le he pagado por adelantado varios meses del alquiler de sus viviendas. Por cierto, ¿ya cenaron? ¡Mesero, la carta por favor! ¡Yo pago!”.
Una vez más, los escritores quedaban boquiabiertos. Por lo pronto ordenaron una opípara cena, la primera decente en mucho tiempo. No se atrevían a preguntar lo que todos pensaban: ¿De dónde había sacado Avendaño todo ese dinero para las publicaciones y el pago de los alquileres?

Casi al término de la cena y en pleno reparto de los respectivos libros, se acercó a la mesa una amable y elegante viejita indicándole a Mauricio: “¿Has terminado amor mío? Recuerda que me tienes que acompañar a misa de siete”.
El editor Mauricio Avendaño se despedía de sus amigos escritores tomando del brazo a su prometida doña María de los Ángeles Loyola y Urrutia, última marquesa del Villar.

Abriéndose paso entre las iridiscentes nubes, la luna brillaba como una enorme moneda de plata. La silueta de dos enamorados, se reflejaba sinuosa en el húmedo mármol del piso ajedrezado del café “Paris”.