REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 05 | 2018
   
06-07-2016 
El uso de la oralidad en “La feria”. La cotidianeidad convertida en literatura.
Autor: Bertha Alicia Macias Duran
El uso de la oralidad en “La feria”. La cotidianeidad convertida en literatura.
Fernando Lázaro Carreter, en relación con los refranes, villancicos y demás creaciones populares, dice: “en las comunidades primitivas debieron de surgir primero los refranes a modo de código social; pero el sentido poético del pueblo los fue enjoyando con toda suerte de adornos, hasta el punto de transformarlos pronto, de aprestes máximas, en beldades dignas de codearse con los partos de las musas.” (1978) De la misma manera, Juan José Arreola tomó los dichos, refranes, canciones y chismes de la gente de Zapotlán y los convirtió en una de las obras más reconocidas en la literatura mexicana. Así como Lázaro Carreter dice que el pueblo adorna las expresiones coloquiales, Arreola entremezcla frases propias del folklore del pueblo mexicano para contarnos los eventos que se desarrollan alrededor de la feria en honor del señor San José en Zapotlán, Jalisco.
¿Cómo justificamos la recurrencia al lenguaje coloquial jalisciense en la obra de Arreola? “El escritor (al menos el narrador) no debe elaborar su obra a través de puros fines estilísticos (por supuesto que la estilística es un fin en toda escritura, mas no el único, aparte, el uso de palabras pasan de moda). Si desea culminar su obra, por fuerza debe atrapar su propia cultura y el uso del lenguaje (mutable e inmutable, apelando a Saussure).” (Evangelista, 2010) Así, La feria está cargada de referencias locales, no sólo en términos lingüísticos sino también en relación a la historia de Jalisco y en ocasiones de México como país. Arreola muestra una capacidad increíble para transformar estos usos del lenguaje en literatura. Lo anterior lo podemos observar a lo largo de La feria, obra de la cual extrajimos los ejemplos que presentaremos en este apartado.
Como es común en el folklore de cualquier país, los mexicanos tenemos una serie de refranes que utilizamos en distintas ocasiones. Ya sea para dar un consejo, para ejemplificar, para justificar o para hacer mofa de alguna situación, en el léxico de la comunidad mexicana hay siempre alguna expresión que se ajusta a nuestras necesidades lingüísticas. Al igual que en todos los idiomas, el uso de dichas creaciones se convierte en un ejercicio cotidiano, e incluso imprescindible. No es extraño, entonces, que un escritor utilice esas referencias culturales para enriquecer sus escritos. Arreola no es la excepción.
El escritor mexicano captura el lenguaje coloquial del pueblo zapotlanense. En el primer ejemplo que presentaremos, el jalisciense utiliza un refrán al referirse a la forma en que el doctor, cuyo nombre desconocemos, escoge el tratamiento de sus pacientes: “Así es siempre este doctor. Le gusta hacer un inventario lo más completo posible de los bienes terrenales de sus clientes, para formarse una idea clara de las condiciones y de la duración del tratamiento, sin cometer injusticias. Porque… según el sapo es la pedrada” (Arreola, 22). Si el doctor ve que la familia del paciente tiene los recursos para seguirle pagando, el tratamiento se prolonga, de lo contrario el diagnóstico se resume a “No le hagas caso a Sebastián, que se está chiqueando como todos los enfermos” (22). Un refrán sirve como eufemismo; esto es, a través de un refrán podemos decir algo sin decirlo exactamente y sin temor a ofender.
De la misma manera, otro de los personajes utiliza un eufemismo para recriminar a su esposa por serle infiel. Arreola utiliza otro refrán para darnos a entender tal situación.
“- Te hice la sopa de elote, de esa que te gusta mucho…
-Y los tamales de chivo” (140).
“Hacer de chivo los tamales” es una forma de aludir a un engaño, especialmente entre pareja. Arreola relaciona el diálogo entre la pareja a través de la comida, de la misma manera que abre el pequeño relato,
“Preguntado Salomón,
Respondió como el recluta:
No es defecto ser carbón
Cuando la mujer es fruta” (140).

Obviamente, las palabras “carbón” y “fruta” hacen referencia a otras palabras que son inapropiadas para muchos contextos. El verdadero sentido de la frase lo podemos descifrar al poner atención a la rima, cuestión a la que pondremos más atención luego, y al fijarnos en el refrán original, “no tiene la culpa el hombre de ser cabrón, cuando la mujer es puta” (Academia Mexicana de la Lengua, 2015). Así entendemos el sentido que el autor da a éste en el diálogo que acabamos de discutir. Por otra parte, Arreola utiliza elementos bíblicos en sus textos, y éste no es una excepción. En la Biblia, Salomón se representa como el hombre más sabio de la tierra, “he aquí lo he hecho conforme a tus palabras; he aquí que te he dado corazón sabio y entendido, tanto que no ha habido antes de ti otro como tú, ni después de ti se levantará otro como tú” (1 Reyes, 3:12). Es por eso que decir que Salomón fue el autor de esa frase se puede interpretar como una oración sin objeción. Sin embargo, esos no son los únicos ejemplos que existen de refranes en La feria, y ciertamente no los únicos que hacen referencia a los animales.
Hay otra instancia en la novela en que encontramos un refrán que hace referencia a un animal, pero que a la vez sirve como una metáfora para explicar una situación que nada tiene que ver con frases pero sí con eufemismos, y es que para la muerte hay muchos. En este ejemplo el que fallece es el Licenciado, patrocinador oficial de la feria de Zapotlán y de las deudas de la mayoría de los habitantes. Según don Urbano, quien cuenta que lo vio morir, las últimas palabras que el Licenciado dijo fueron “¡ay, mamá los toros!’ y yo [don Urbano] pensé ‘unos pintos y otros moros’” (Arreola, 52). En el folklore mexicano, esta frase se utiliza cuando una persona tiene dos opciones y es difícil escoger entre alguna de las dos. Aunque no parece haber referencia a que el Licenciado haya tenido que hacer una elección, lo que sí es evidente es que Arreola juega con el sentido del humor de los mexicanos, una práctica común que se hace presente, especialmente, durante el día de muertos con las “calaveras”, composiciones donde se presenta a la muerte como un personaje que va en búsqueda de alguien para llevárselo con ella. Nunca se presenta de forma trágica y en ocasiones es víctima de la astucia de su “encargo”, quien con frecuencia se libra de ella.
Al igual que el tema de la muerte, Arreola aborda otras cuestiones como el eterno problema de la tierra con un tono sarcástico. El sacerdote de Zapotlán, el único que parece apoyar a los indios en su búsqueda incansable de justicia, recibe un anónimo con otro refrán, muy popular también en el folklore del mexicano. “No tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre.” (140) Según la Academia Mexicana de la Lengua, “Refrán muy popular, originado en las pugnas interétnicas de México, que en forma sentenciosa y enunciación exclamativa sanciona la imprudencia y parte de culpa que tiene quien se queja de algún daño “por haber confiado o valiéndose de persona que no debía”, dice Rubio.” (2015) De esta manera, la culpa de la disputa por los títulos de propiedad de las tierras no es de los indios, sino de los que les dicen que hay esperanza de recuperar lo que un día fue de ellos. Con esta expresión tan sencilla se hace entender al sacerdote (y al lector) que sus acciones y sus consejos a los tlayacanques son los causantes de las querellas ya mencionadas.
Otro de los elementos característicos de las comunidades cuya comunicación es meramente oral y que está presente en La feria es el de las pautas mnemotécnicas y la memorización a través de la rima que ya mencionaba Eric Havelock. Las canciones, los refranes, las rimas y poemas se creaban la mayoría de las veces para reportar un hecho o acontecimiento. La rima y la métrica, sin embargo, ayudaban a los juglares, predicadores y a la misma gente de la comunidad a memorizar la canción o cualquier forma de creación oral, repetirla y que así no se borrara de la memoria de los habitantes de una región en particular y que se diera a conocer tanto como fuera posible. La feria contiene una serie de ejemplos de este tipo. Algunos de los ejemplos hacen alusión a la Revolución Mexicana y a los personajes que la encabezaron. Ya que la mayoría de las historias que se cuentan acerca de las andanzas de Francisco Villa, Emiliano Zapata y los otros héroes revolucionarios enaltecen el concepto de la lucha por la tierra son muy pocas las anécdotas de la crueldad de estos personajes hacia los civiles que llegan a nuestros oídos. Arreola rescata algunas de ellas,
“Voy a contarte Aniceta
Lo que hizo Fierro de Villa:
En Tuxpan dejó el caballo
Y en Zapotiltic la silla.” (10)

Según el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, el verso anterior fue escrito por “Ángel Moreno Ochoa, incorporado a las filas carrancistas y autor de dos libros sobre la revolución en Jalisco. Los versos fueron entregados al periodista Enrique Gómez Salcedo, secretario de redacción del Boletín Militar donde fueron publicados por primera vez. Los mariacheros de Ciudad Guzmán le acoplaron música y la cantaban en lugares públicos.” (INEHRM, 2015) De ahí es que Arreola los rescata y los incluye en su obra. Los siguientes, sin embargo, no aparecen entre los que Gómez Salcedo publicó, lo cual podría indicar que Arreola los transcribió directamente desde la memoria.
“De Tuxpan a Zapotlán,
De una carrera tendida
El Napoleón de petate
Llegó escapando la vida.” (10)

En el siguiente apartado, Arreola profundiza en el hecho histórico, pero desde el punto de vista de uno de los habitantes de Jalisco. Independientemente de los logros que se hayan obtenido, hubo mucha sangre derramada, y no toda fue de los combatientes. El lenguaje que Arreola utiliza para relatar los horrores que tenían que sufrir los que se quedaron a trabajar las tierras por las que otros estaban peleando es también un ejemplo del uso del lenguaje folklórico oral. “Refulufia”, “a salto de mata”, “pariendo chayotes”, “¡quién vive!” y utilizar la palabra “cristiano” para referirse a una persona, todas estas palabras están presentes en el mismo párrafo.

“Este pueblo, aquí donde usted lo ve, con todas sus calles empedradas, es la segunda ciudad de Jalisco, y en tiempos de la refulufia fuimos la capital del Estado, con el General Diéguez como Gobernador y Jefe de Plaza. Quisiera no acordarme. Carrancistas y villistas nos traían a salto de mata desde Colima a Guadalajara, pariendo chayotes. Y a la hora del ¡quién vive! no sabía uno ni qué responder. Si usted se quedaba callado, malo. Si contestaba una cosa por otra, tantito peor. Diario teníamos fusilados y colgados, todos gente de paz. Entraban y salían de aquí jueves y domingos. Y los postes del tren a todo lo largo de la vía tenían cada uno su cristiano, desde Manzano a Huescalapa, y ni siquiera nos daban permiso de bajar a los ahorcados que estaban allí cada quien con su letrero, para escarmiento del pueblo. Otro día le cuento.” (10)

Nadie cuenta en los libros de historia las versiones que corren entre los habitantes de algunos estados de la república dónde Francisco Villa peleó algunas de sus batallas. Arreola lo presenta como un desastre más que como un hecho histórico. “En la cuesta han ocurrido muchas muertes y desastres, sobre todo dos: el descarrilamiento y la batalla de 1915. La batalla la ganó Francisco Villa en persona, y a los que lo felicitaron les contestaba: “Otra victoria como ésta y se nos acaba la División del Norte.” Les dio a sus yaquis de premio quince días de jolgorio en Zapotlán, a costillas de nosotros… Nos habían saqueado bien y bonito, y los carros [del tren] repletos de botín se desparramaron por el barranco [a causa del descarrilamiento del tren]… Y hubo gentes de buen ánimo, de por aquí nada menos, que se entretuvieron desvalijando a los muertos. Ladrón que roba a ladrón…” (21) La última frase está incompleta y se refiere a que cualquiera que robe a alguien que también ha robado “tiene cien años de perdón”. Es innecesario terminar la frase ya que forma parte del refranero mexicano y es frase conocida por todos.
No relacionado al tema de la revolución, pero sí en relación con la memorización a través de la repetición y la rima, está la canción que el chico de la imprenta se aprende y que luego le dice al padre cuando se confiesa.

“-Me acuso Padre de que aprendí una canción.
-¿Cómo dice?
-Soy como la baraja… y luego una mala palabra.
-¿Cuál?
-Caraja…
-¿Qué sigue?
-Como que te puse una mano en la frente, tú me decías: no seas imprudente…
-¿Y luego?
-Otra vez ‘soy como la baraja’…
-¿Y luego?
-Como que te puse una mano en la boca, tú me decías: por ái me provoca…
-¿Y luego?
-Otra vez ‘soy como la baraja’…
-Sí, pero ¿después?
-Como que te puse una mano en el pecho, tú me decías: por ái vas derecho…
-¡Válgame Dios!” (36)

En sus Ensayos de poética, Roman Jakobson nos presenta el ejemplo de Lautréamont, un poeta francés de finales del siglo XIX, quien escribió un libro que no fue considerado de valor en su época sino hasta mucho tiempo después, cuando la corriente surrealista tuvo su auge. (Jakobson, 1977) Si las creaciones del poeta francés no hubieran estado escritas se hubieran perdido con el tiempo y no hubieran obtenido el reconocimiento que tienen en la actualidad. De la misma manera, las canciones y refranes que se consideran inmorales y que carecen de la aprobación de la comunidad se pierden si nadie las traslada al papel. La canción de “la baraja” queda registrada como una de esas creaciones orales que se pierden con el transcurso del tiempo debido a su falta de prestigio y aceptación.
Lo mismo ocurre con ciertas adivinanzas y versos que distan de ser aceptables en ciertos contextos. En La feria el que quizá haya tenido más acceso a dichas composiciones es el sacerdote de Zapotlán. Estas adivinanzas y versos eran tan mal vistos que para algunas personas era necesario confesarse.
“- Me acuso Padre de que el otro día adiviné una adivinanza.
- Dímela.
- “Tenderete el petatete,
Alzarete el camisón…”
- ¿Qué más?
- Es muy fea… es la lavativa…
- ¿Quién te la enseñó?
- Chole. Mi prima.” (15)

Pero así como hay composiciones que no fueron de trascendencia existen las que tienen incluso su propia estatua. Los Versos del Ánima de Sayula, a pesar de pecar contra la moral de las personas, han sobrevivido el paso del tiempo no sólo gracias a la tradición oral sino también a que se erigió una estatua en honor del personaje que creó don Teófilo Pedroza.

“-Me acuso Padre de que también leí los versos del Ánima de Sayula…
-¿Quién te los dio a leer?
- En la imprenta. En la imprenta donde trabajo me pusieron a corregir las pruebas porque tengo menos faltas de ortografía.
-¡Sea por Dios!” (24)

Éstos son otros ejemplos de refranes que carecen de aprobación por los miembros de la comunidad y que por lo mismo suelen desaparecer del lenguaje cotidiano. La única diferencia que existe entre los Versos del Ánima de Sayula y otros que hemos mencionado es que los primeros no parecen haber nacido de la tradición oral sino de la pluma de un escritor picaresco. De esta manera, aunque hayan sido rechazados al principio sobreviven el paso del tiempo al no desaparecer de la memoria colectiva gracias a que se puede volver a ellos en cualquier ocasión. Arreola no nos cuenta la historia del ánima, sólo hace mención a ella, quizá porque sabe que están al alcance de cualquiera que quiera tomarse unos minutos para leerlos. Sin embargo, el autor de La feria rescata y retransmite los versos que están condenados a olvidarse por no estar escritos de la misma forma en que denuncia hechos como los abusos a los indígenas y la expropiación de sus propiedades. “…en muriendo el indio, le llevan un testamento ordenado por su fiscal, que contiene solamente lo que le debe o le deben, y la hacienda que deja, que cuando mucho es un caballo o mula o dineros, todo lo cual manda que se le digan de misas, sin mención de hijos ni mujer.” (27) Lo que se diga de palabra pierde todo valor al compararse con lo que dictan las leyes y las usanzas de la región y se limita a lo que está escrito en papel. Así, cualquier promesa que se haya hecho y que no esté escrita en el testamento se convierte en mera palabrería sin valor.
Por otra parte, y continuando con la cuestión de la rima y las composiciones que se aprenden a través de la repetición, el autor entreteje las anécdotas de Zapotlán de una forma en que el sarcasmo trastoca lo jocoso de las situaciones que presenta. El primero de los ejemplos que mencionaremos es el de la cancioncita que se pone de moda entre la gente de Zapotlán y con la que molestan a todas las parejas que caminan por la calle.

Déjala güevón
Ponte a trabajar,
Llévala a bañar,
Cómprale jabón…” ()

Como era de esperarse, la canción fue perdiendo popularidad al pasar el tiempo, y los encargados de que eso sucediera fueron los mismos habitantes de Zapotlán. Sin embargo, la gente ya estaba tan familiarizada con la canción que al final sólo bastaba que alguien silbara la tonada para que cualquiera se sintiera aludido e intimidado. Otro de los versos que Arreola incluye en La feria es uno que, según fuentes no oficiales , era un letrero que estaba en una ebanistería. El letrero desapareció pero las rimas se conservan gracias a la repetición y, en este caso particular, a que ya están plasmadas en papel. Además, el proceso de memorización a través de la repetición es más sencillo debido a la rima y a la métrica.

“Vamos juntando virutas
En casa del carpintero,
Las cambiamos por dinero
Y nos vamos con las p…”

El hecho de que no tengamos una evidencia escrita o registrada del origen de las líneas anteriores nos hace pensar en el conocimiento que se transmite también de manera oral y que a los ojos de la ciencia y los libros parecería arcaica y sin sentido o fundamento científico. Para muchas personas los conocimientos que ha aportado la ciencia a la sociedad tienen un valor irrefutable, mientras que el que se ha transmitido de una generación a otra a través de la práctica es siempre poco confiable. En muchas poblaciones es muy común que la gente haga ciertas cosas de la forma en que la generación anterior les enseñó; plantar un árbol en febrero, o tener que esperar a que la luna esté “buena” o que haya una “helada” (una baja considerable en la temperatura) para que le planta crezca y no muera rápido o se seque, entre otras costumbres se han mantenido debido a que dan los resultados esperados. Todo esto, sin que exista, en muchos casos, un fundamento científico que lo sustente o lo explique.
Walter J. Ong hace referencia a unos estudios realizados por A.R. Luria, quien “realizó un extenso trabajo de campo con analfabetos (es decir, orales) y con personas con ciertos conocimientos de la escritura en las zonas más remotas de Uzbekistán (la tierra natal de Avicena) y Kirghizia, en la Unión Soviética, durante los años 1931-1932.” (Ong, 1982) En estos estudios, Luria pudo concluir que los miembros de las sociedades orales son mucho más pragmáticas que las sociedades en las que los individuos adquieren un conocimiento abstracto a través de los libros. Para ellos los conceptos son innecesarios; lo que de verdad importa para ellos es lo tangible, lo que se puede ver y que tiene alguna utilidad. Y de la misma manera que los sujetos que Luria estudió en los años 30s, los personajes de La feria transfieren el conocimiento de manera que se pueda aplicar a cuestiones prácticas. El zapatero que decide hacerse agricultor utiliza esa sabiduría, aunque al final no le funcione muy bien, y nos dice cuando comienza a preparar la tierra para sembrarla “…Así se derriban los rastrojos que quedan en pie y las plantas aventureras que en estas tierras florecen, como el moco de guajolote y el chicalote. El primero produce una semilla leguminosa que abona la tierra; es signo de fecundidad su abundancia.” (12)
El signo de fecundidad y abundancia es, para los miembros de la comunidad, el moco de guajolote. Para él y para las personas que lo instruyen es más importante la presencia de esta planta que factores como el clima, la humedad de la tierra o la ubicación del terreno. Desafortunadamente estas deducciones y consejos no funcionan para él y no logra cosechar nada en la desolada Tiachepa. El fracaso del zapatero que quiere ser agricultor se atribuye en gran medida también a que hace oídos sordos a ese conocimiento pragmático de la gente que ha trabajado en el campo y que ha aprendido de los que lo trabajaron antes que ellos, y qué mejor ejemplo que el del mismo arrendador de Tiachepa cuando llega el tiempo de cosechar los elotes, no en Tiachepa sino en el Tacamo, “Yo quería casanguear cuanto antes, pero Florentino me ha dicho que debemos esperar a que engorden más los elotes, porque así de tiernos se asustan y no cuajan como se debe. Aunque no creo en supersticiones, voy a dejar pasar una semana…” (155)
Pero no sólo se transmiten consejos sobre cómo labrar la tierra, sino que también se habla de cuales lugares son mejores para vivir. La reputación de Zapotlán y de otros pueblos, incluida su gente, corren también de boca en boca. ¿Cómo es que tantos fuereños han llegado a Zapotlán? Bueno, es que se habla de las cosas buenas, “A mí me basta con sentirlo [el viento] para preferir Zapotlán entre todos los pueblos que conozco (…) Miren, respiren, éste es el viento que les digo…Los fuereños también lo reconocen, y muchos que van de paso, se quedan a vivir. Hablan mal de nosotros, pero alaban el clima. Y así era antes también.” (14)
Y así como se habla del clima también se habla de las mujeres no sólo de Zapotlán sino de los demás pueblos:
“-Cállese, Laurita, todos andan vueltos locos y no salen de por allá. Con eso de que trajeron dizque unas muchachas nuevas de Tamazula…
- ¡Válgame, Dios! Cuanta vieja se mete aquí de sinvergüenza, luego dice que es de Tamazula. Como si aquí no las hubiera, y con más ganas de darse a la perdición.
- ¡Ay, Laurita, perdóneme! No me acordaba que usted es de Tamazula.
- Y a mucha honra. Lo que pasa es que somos menos hipócritas, pero para que usted se lo sepa, aquí hay mucha más corrupción que allá. Somos más alegres y más bien dadas, por eso tenemos fama, pero hasta ái nomás.” (167)
Hay además leyendas de gran importancia para el pueblo de Zapotlán, leyendas que han dado forma a la vida de los habitantes y que representan para ellos una cuestión de identidad. La leyenda de la llegada de San José a Zapotlán es, quizá, la más importante. Esta historia aparece en la página oficial del gobierno de Ciudad Guzmán, no como hecho histórico sino como un elemento de la idiosincrasia de los habitantes. Arreola la presenta como una leyenda, una que se ha contado de boca en boca de unos a otros habitantes de la ciudad por generaciones. La aparición misteriosa y sobrenatural de la estatua del Señor San José en la ciudad motivó a los creyentes a nombrarlo su Santo Patrono. Arreola se encarga de desmitificar el acontecimiento, y lo relata de la siguiente manera:
“Ya en este siglo, un golpe de aire, misteriosamente venido desde la sacristía el día de San Bartolo, derribó la estatua de señor San José, ante la consternación general. Del cráneo roto, salió un papel donde se declaraba la imagen obra de un escultor guatemalteco, discípulo que había sido de aquel famoso Berruguete…” (17) Una declaración hecha en papel pone en tela de juicio la leyenda del santo patrono de la localidad. Si alguien hubiera dicho, únicamente, de manera oral que la imagen era obra de un artista sudamericano la teoría hubiera sido desechada y no hubiera trascendido, sin embargo el hecho de que la declaración estuviera hecha en papel la dota de una veracidad que es muy difícil de refutar.
Al igual que Zapotlán, todas las poblaciones no sólo de México sino del mundo están llenas de historias, frases, refranes, canciones, versos y otras composiciones que representan y condensan sus creencias, su historia y su idiosincrasia. Es imposible ignorarlas a pesar de que los miembros de esas sociedades hayan adquirido el conocimiento necesario para sobreponer a la escritura sobre la historia hablada. Y es precisamente aquí donde el escritor debe prestar oído. Contrario a cualquier sacerdote, cuyo trabajo es escuchar sin retransmitir, el escritor puede inmortalizar lo que se ha venido diciendo a través de la vida de un lugar. ¿Cuántas historias no podría habernos contado un escritor que se interesara en la vida de aquellos que por cuestiones ideológicas o sociales no están instruidos para poder plasmar sus anécdotas en papel? El sacerdote de La feria dice que “Un río de estulticia me ha entrado por las orejas, incesante como las aguas que bajan de las peñas en las crecidas de julio y agosto. Aguas limpias que la gente ensucia con la basura de sus culpas…” (14) No es así para el escritor, y no fue precisamente así para Arreola.


Bibliografía
Ong, Walter J. Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra. 1982. Digital.

Havelock, Eric. La musa aprende a escribir. Ediciones Paidós Ibérica S.A. Barcelona. 1986. Digital.

Lázaro Carreter, Fernando. Literatura y folklore: los refranes. Anuario de la sociedad española de literatura general y comparada. Anuario I. España. 1978. Digital.


Noguerol, Francisca. Literatura en estado de gracia: Juan José Arreola. Centro Virtual Cervantes. España. 2014-2015. Digital.


Evangelista Ávila, Iram. Sobre el uso y la intención del lenguaje en Juan José Arreola. Revista Synthesis. Universidad Autónoma de Chihuahua. México. Octubre-Diciembre 2010. Digital.


Academia Mexicana de la Lengua. 2015.


Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.


Guzmán, Esteban Cibrián. Leyenda sobre la misteriosa llegada de San José. Gobierno Municipal de Zapotlán el Grande. Jalisco, México. Digital.