REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 05 | 2018
   
06-07-2016 
La ciudad (será que somos agua).
Autor: Aldo Rosales Velázquez
La ciudad (será que somos agua)

Aldo Rosales Velázquez

En las tardes de llovizna ligera, cuando llueve con sol —y pagan los avaros, se dice— la tierra comienza a despedir un olor fresco, un olor vegetal de cortezas jóvenes y tallos vigorosos. Entonces los automóviles de la ciudad caminan más despacio, voluptuosamente, y de sus neumáticos surge un ruido favorable, descansado, inactivo y dulce. Es el rumor del agua viajera, sin fango, sin malos propósitos, que baja de las nubes inocentes con el solo fin de dar más luz a la ciudad y acentuar sus tonos claros, sus imposibles cercanías.
José Revueltas, Los muros de agua.

Santa ciudad, Suburbia
cuando faltas tú.
Suburbia, tanta ciudad
y me faltas tú.

La ley, tanta ciudad.


Pienso en la relación que un maestro de la carrera —maestra, de hecho: la de literatura hispanoamericana— hizo entre texto y lectura: un texto contiene varias lecturas, casi infinitas, dependiendo quién, cuándo, cómo y por qué lo lea. Lo mismo, creo, con las ciudades. Esa aglomeración de edificios, de calles, de callejones y de personas que han dado por llamar ciudad, contiene infinidad de ciudades, dependiendo quién, cómo, cuándo y por qué la recorra.
Por ejemplo, hace un par de años le pregunté a mi hermano dónde quedaba una dirección, no recuerdo cuál, pero sí me acuerdo de que más o menos ubicaba el lugar; sólo buscaba certeza. Él me dijo el metro más cercano, el nombre de las calles aledañas y un par de referencias más.
—Ah, ya, ahí cerca está el local donde venden tal cosa (yo).
—No seas (inserte aquí las groserías) te estoy diciendo que entre la calle tal y tal, cerca del metro tal (él).
—Sí, eso ya lo entendí, pero ahí también está ese local que te digo.
—Ah, no sabía. Bueno, por ahí. ¿A poco ahí venden eso?
—Sí, te estoy diciendo, pero como eres un (inserte aquí también las groserías, de mayor calibre, de preferencia) no me haces caso. ¿No lo has visto? Atrás del otro local.
—Ah, es que yo siempre paso por ahí, pero en el transporte, nunca me he bajado.
Como la obra infantil de Carballido, donde un grupo de ciegos tocan un elefante y no logran llegar a un acuerdo sobre la fisonomía del animal, porque cada uno tocó una parte diferente. La ciudad es un enorme elefante de piel de smog (que contiene, a su vez, innumerables elefantes blancos).
Una ciudad, distintas ciudades dentro de la misma. Un párrafo enorme de construcciones, de asimetrías, donde yacen mil lecturas, dependiendo, empero, quién, cuándo, cómo y por qué se aventure en ella.


I


Hay, según veo, cuatro opciones cuando se trata de recorrer la ciudad: transporte público, automóvil, bicicleta y por aire —en helicóptero o avión, porque los índices de contaminación han resultado ser peligrosos, incluso mortales, para dragones y pegasos— y cada una de éstas tiene sus características propias y sus ventajas y desventajas. Pensemos en ellas como herramientas: uno no se dispone a cortar metal con un desarmador, ni piensa en pulir madera con un vernier o una regla. Así, pues, cada manera de recorrer la ciudad es única, y se necesita de cada una de ellas en distintos momentos, o para obtener diversas tomas, diversas experiencias, de la ciudad.
Hace años, muchos ya, cuando mi mamá tenía una tienda de abarrotes, una de mis distracciones durante las largas jornadas de venta era platicar con los repartidores. Uno de ellos, el que llevaba los productos de limpieza —no diré la marca porque no llegamos a un acuerdo en cuanto a las tarifas de publicidad— insistía sobre las ventajas del transporte privado sobre el público, mientras que yo, matamoscas en mano, jugaba la férrea parte de la oposición. Era un debate que sosteníamos acaloradamente, aunque de manera inofensiva, de vez en cuando. Entre las ventajas que yo mencionaba se encontraban la posibilidad de dormir en el trayecto, y así recuperar las horas perdidas de sueño. Además, le decía siempre, más de la mitad de frases obscenas de mi repertorio las debía al lenguaje de los choferes o, en su defecto, de los pasajeros; eso sin contar las inscripciones hechas a plumón en las paredes del vehículo. Imagínate esto, le decía, vas por tal avenida y de pronto te encuentras un embotellamiento. Si vas en tu propio carro tendrás que estar ahí hasta que las autoridades satisfagan las demandas de los manifestantes (que siempre piden, según tengo entendido, gases lacrimógenos, agua a presión y golpes, porque en cuanto se les proporcionan estas cosas terminan por irse a sus casas, o a la delegación a agradecer en persona al jefe policial). Si vas en transporte público no tienes que esperar, te bajas y buscas otra ruta, y dejas el camión como las víboras dejan la piel. En fin, que luego de mucho discutirlo acordamos que cada cual tiene sus ventajas, y desventajas, y que depende mucho de lo que se necesite hacer. Además, me dijo, yo me meto al carro, subo los vidrios, prendo mi música y me olvido de lo que hay afuera. Entonces no conoces la ciudad, sólo sus calles, pensé en decirle, pero nunca lo hice.

II

Si uno quiere andar por el centro, en las calles aledañas a Palacio Nacional (se tome el rumbo que se tome, ya sea a Isabel la Católica, rumbo a Eje Central, dirección a Lagunilla y Tepito) no es muy recomendable andar en carro; como reza el adagio oriental, un carro en dichas zonas (sobre todo en Tepito y Lagunilla, donde los puestos se han robado la banqueta, como las señoras que se guardan sobres de maicena bajo las enaguas en los supermercados) un carro, digo, es como un toro en una cristalería.
Dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio, rezan las leyes de la física, aunque en el transporte público a veces esa ley parece no existir. Si se trata de apretujones, de hacinamientos y similares, traslademos ahora el pensamiento, por un segundo, al metro. Quienes saben viajar en metro, los verdaderos expertos, han adoptado una maleabilidad que en mucho se parece al agua. Se colocan a orillas de la puerta, esperan a que bajen los pocos que van a bajar y luego, sin más, dejan el cuerpo laxo, flexible, y permiten que los demás usuarios los arrastren al interior. El verdadero usuario de metro, al que ya no asustan ni las más grandes estampidas ni los bocineros o faquires, ha desarrollado una especie de aikido de transporte público: aprovecha la fuerza del rival en beneficio propio.
Es benéfico también, lo sé, adoptar técnicas de meditación cuando se viaja en metro, y considerar que todos somos uno mismo, que somos pétalos de una misma flor. Si se logra, si se perfecciona esta técnica, los viajes en metro, sobre todo en hora pico —y más en las estaciones del centro— se hacen más llevaderos: uno puede creer que ese sudor en la nuca es el propio y no el del oficinista detrás, que ese aroma a vísceras herrumbrosas se escapa de la propia boca y no de la del empleado de limpia, o que esa mano en las posaderas es otra de nuestras manos.
Volvamos a las calles, para que se disipe el sentimiento de claustrofobia. Andar por las calles del centro es lo más benéfico, según yo, si se quiere conocer, en verdad conocer, la ciudad. Además de las obvias razones de espacio, recorrer el centro de la ciudad a pie permite conocer los detalles que, desde el transporte público o el auto, son simple y sencillamente invisibles. Que el Pollo ama a Raúl, digamos, o que Mariana privilegia tal o cual posición amatoria, son aforismos de baño público o de banca de la Alameda que uno desconocería si viajara en algún vehículo, terrestre o aéreo (si nadie estuvo ahí para leerlo, la inscripción que dice “Alberto Trejo es pasivo”, ¿realmente existió?).
La caminata por la ciudad sería, en lenguaje cinematográfico, el zoom. En ella se aprecian los detalles, los pequeños puntos del tejido de la ciudad. Por ejemplo, si uno camina desde la plancha del Zócalo hasta el teatro del pueblo notará que en una de las calles intermedias hay una vecindad de aspecto viejísimo, sostenida, al parecer, sólo por el polvo. O notará que han remodelado la librería Porrúa. Podrá ver los innumerables negocios que se albergan en edificios que, estoy seguro, violan más de diez reglas de seguridad, atendidos, además, por gente de aspecto torvo; detalles, donde dicen que el diablo está, y uno lo cree cuando siente la mirada de los tatuadores que se hallan en contra esquina de Templo mayor. Esta ciudad, que es la que construimos los que la recorremos a pie, una ciudad entretejida con punto fino, es la que no se aprecia a una velocidad mayor que la de la caminata.
También es posible, y menos engorroso que el auto, recorrer el centro en bicicleta, y ello permite apreciar ciertos detalles que ni el carro ni la caminata dan; ya no es, sin embargo, un método seguro de paseo: quien anda en bicicleta por la ciudad sabe que su llanta delantera y trasera son cargadores de un revolver en el que constantemente se juega a la ruleta rusa. Lo mismo aplica para las motocicletas, y son estos dos vehículos los que normalmente usan los repartidores de comida y servicios para proferir una herida de distancia en el cuerpo de la ciudad. Entonces, si la caminata sirve para recorrer espacios imposibles para el auto, pero no es tan útil si se trata de trasladar mercancías, la motocicleta y la bicicleta son la opción perfecta, un correcto sincretismo entre accesibilidad y la capacidad de recorrer distancias considerables, mercancía a cuestas. Los repartidores, como ya he dicho, los mensajeros y los policías dan fe de que dos ruedas son mejor que cuatro cuando se trata de avanzar en el caótico tránsito de la ciudad. Aunque, justo es decir que, dependiendo de la cantidad y volumen de la mercancía, el automóvil se antoja la única opción; lo mismo con el tipo de mercancía (imaginemos a un hombre que desea la compañía de una dama de las que tantas hay cerca de metro Revolución, que toma su bicicleta y, luego de pagar la cantidad acordada, sube a la mujer a los diablos y pedalea hasta el hotel más cercano: imposible).

III

Me gusta recorrer la ciudad, ya lo he dicho, y disfruto de los callejones y pasillos que nacen entre un edificio y otro en el centro del DF, pero a veces, cuando no se desea la compañía de mucha gente, o se requiere más aire para lograr un sentimiento de holgura, confieso que el sur de la ciudad, cerca de la colonia Narvarte y zonas aledañas, es mi primera opción. Si se viene del Estado de México (y uno llega por medio del tren suburbano, como es mi caso) hay dos opciones para llegar a dicho lugar: el transporte privado o, para los que no tenemos auto, el metro o el Metrobús (se puede hacer el recorrido en bicicleta o a pie, aunque no es tan fácil como suena). Debo decir que prefiero el segundo, por la simple y sencilla razón de que éste tiene más aire y luz que el primero, y que, además, cuenta con la ventaja de los paisajes (un hombre que ha recorrido durante diez años el DF, siempre en metro, ¿en verdad conoce la ciudad?).
Aunque hay horas en las que se antoja más fácil ver un dodo conduciendo el Metrobús que hacerse de un asiento, a veces es posible sentarse y recorrer la avenida Insurgentes con la mirada en la ventanilla del Metrobús y los pensamientos en otra parte. Después de la zona cercana al centro de la ciudad, hablo de la estación Plaza de la República, viene la Glorieta de Insurgentes, esa enorme araña de luces y piedras de todo tipo, que contiene, a su vez, gente de las más distintas esferas socioeconómicas y adscripciones sexuales y culturales. Aquí la ciudad comienza a abrirse, la aglutinación del centro va quedando en los espejos retrovisores del vehículo en cuestión; el riesgo de infarto de la ciudad se ve ya como algo lejano.
Se llega a la estación la Bombilla, luego de avanzar por algún tiempo, y entonces, al menos para mí, empieza esta otra ciudad (ya habíamos dicho que una ciudad es muchas ciudades; como cuando llueve, y en cada gota, por un segundo, hay otra ciudad, la misma, aunque distinta), la que permite relajarse, la que es posible recorrer en auto, en bicicleta o a pie, y apreciar distintos detalles en cada una de las tres. A mí me gusta recorrerla a pie, lentamente, con la mirada no horizontal, sino errática, imprevisible; nunca se sabe lo que habrá por ahí. Aunque en realidad, a veces, cuando se recorre una ciudad, o un lugar (al menos en mi caso) lo que se recorre es la vereda interna, las calles de uno mismo: se vuelve al lugar que se añora o que nunca se tuvo; la ciudad, las calles, como lugar liminal, las aves como bisagras de puertas hechas de aire y cosas rotas que llevan, siempre, a otro lugar. A veces voy hacia Miguel Ángel de Quevedo, y entro a las librerías a hojear (ojear) los libros, otras bisagras de otras puertas. O, por el contrario, se puede ir hacia San Ángel, en dirección opuesta a donde quedan las librerías, y llegar a ese pueblo que parece no querer hincar la rodilla frente a la modernidad y se viste con piedras y argamasa, donde las calles son de rocas y no de asfalto (hay un dolor, pequeño pero aun así dolor, al caminar sobre este tipo de calles, más aún si se hace con zapatos de suela delgada; este tipo de detalles son los que escapan a quien recorre la ciudad en auto porque, para mí, recorrer la ciudad en auto, y más a una velocidad considerable, es como tragar sin masticar, sin oler la comida).
Un par de estaciones después de la Bombilla (hablo, por supuesto, de las estaciones del Metrobús) cuando se viaja en dirección al Caminero, viene Ciudad universitaria, una ciudad dentro de otra ciudad; ondas en el agua, una circunferencia más en la telaraña; pequeñas muñecas rusas. Esta ciudad, como la que la contiene, posee sus propias maneras de recorrerse, en auto, a pie o bicicleta. Ciudad universitaria se recorre de otra forma, tiene sus propios ritmos, sus propias pulsaciones y, como ya he dicho, aunque acepta el paseo en carro, la bicicleta y la caminata son las mejores opciones. Quienes han estudiado aquí concuerdan en dos puntos: que es ideal para relajarse pasear por las áreas verdes y que los tacos de canasta son el alimento base de los universitarios; los vendedores de esta especie de tacos (porque hay más variantes de tacos que variantes dialectales en la ciudad, creo), siempre en bicicletas, se pueden percibir a cierta distancia (tanto olfativamente como visualmente); recorren CU de la misma forma siempre, en bicicleta. Como ya decía antes, la bicicleta es camaleónica y danza —rueda— con libertad entre los vehículos motorizados y el andar a pie. Me atrevo a decir algo: la ciudad que ellos se han construido, sobre sus bicicletas y con la venta en la mente, es diametralmente opuesta a la que se construyen los estudiantes, a pesar de estar construida con las mismas piezas arquitectónicas y las mismas áreas verdes.
Si hay para quienes CU es los alimentos que ofrece —una especie de sinécdoque culinaria— y la sazón de éstos es un mapa gustativo (hay quienes aseguran que los tacos que se consiguen en la Facultad de Filosofía y Letras son mejores que otros, y así se guían espacialmente) lo mismo se aplica para la ciudad de México. Pienso en un amigo de la preparatoria a quien, siempre que le cuestionábamos sobre algún lugar, se guiaba a través de puestos de comida.
—Ayer que no viniste nos mandaron al museo Dolores Olmedo, ésa es la tarea. ¿Sí sabes dónde está?
—Sí, por ahí como a dos calles venden unas quesadillas de este tamaño —y abría las manos como si fuera a estrangular a un león.
No importaba el lugar mencionado, él siempre encontraba una referencia culinaria. Lo imagino circulando por las avenidas cercanas al metro Constitución de 1917, la estación más cercana a su casa, a bordo de su Volkswagen blanco, con ojo vigilante —y quizás olfato y papilas gustativas en alerta— presto a desembarcar en el puesto más insospechado para, así, construir su ciudad a través de sentidos con los que, normalmente, no navegamos: una especie de baquiano citadino, un sibarita nómada e insaciable. Y como él he conocido a más personas, todos ellos hermanados por un vientre prominente y, además, trabajos que les requieren moverse constantemente por la ciudad, en una combinación de auto y caminata: técnicos de teléfonos, electricistas, repartidores de muebles. Otra ciudad dentro de la ciudad. Una ciudad comestible, surcada por ríos de grasa líquida.

IV

Hace años, casi 20, mi papá tenía, en la cajuela de su carro, un ejemplar destrozado de la Guía Roji. Me gustaba ver los mapas, aunque luego de un par de minutos la desesperación por ver tantas calles era inevitable y dejaba el ejemplar en el olvido, para luego limpiarme el aceite quemado que lo cubría. En las pocas ocasiones en que me llevó a visitar la oficinas de su trabajo —que también él visitaba poco, ya que al ser agente de la dirección general de servicios al transporte, las calles eran su oficina— recuerdo ver a los demás agentes subir a sus autos y desbarrancarse en donde terminaba mi vista, todos a cubrir una parte distinta de la ciudad; ellos, quizás, construían su ciudad de forma colectiva. En el camino de regreso a casa, en el Estado de México, las calles me parecían eternas, idénticas a veces, y me daba miedo pensar que me dejarían abandonado ahí, a mi suerte, y que no sabría volver a casa. La ciudad como un animal incomprendido, a quien se teme injustificadamente.
— ¿Y te sabes todas las calles? — le pregunté una vez, con la Guía Roji en la mano, dispuesto a iniciar un examen sorpresa.
—No todas, son muchas. No creo que alguien se las sepa todas todas.
Me intrigaba, aún me intriga, debo confesarlo, la existencia de este hombre —o mujer— que conozca todas las calles del Distrito Federal, hasta las más pequeñas, donde no vive casi nadie, a donde no se llega por error. Supongo que no existe, y que aplica aquí el principio de que no podemos saber todo sobre algo, pero podemos saber algo sobre todo.
La Guía Roji desapareció un día, no recuerdo si la tiraron a la basura. Mi hermano, a quien pregunté sobre la dirección aquélla, ahora es quien más parece saber, de los cuatro hermanos que somos, sobre el DF; es una especie de ritual de iniciación en la familia: mi abuelo, agente de policía y tránsito, pasó la antorcha de las calles a mi padre, quien la pasó, indirectamente, a mi hermano. Ahora la Guía Roji ya no se usa: hay aplicaciones de celular que localizan cualquier calle de la ciudad, y hasta dicen cuánto falta para llegar. Hace unos días, mientras un grupo de amigos y yo recorríamos las calles del centro en el auto de uno de ellos, en busca de un banco (las calles, al anochecer, mutan, ya no son la misma que por la tarde: pasa el Metrobús, sin gente casi, a mucha velocidad, y uno se pregunta si el olvido viaja en esos asientos vacíos) pensé en preguntar a alguien en la calle sobre lo que buscaba, pero no fue necesario: la esposa de uno de ellos localizó un banco con ayuda de su teléfono celular. O sea que ya no se usa el ¿disculpe, dónde hay un banco de tal o cual?, les dije en broma, pero fue cierto, y ahí se me murió un pedazo del mundo que conocí, de la ciudad en la que crecí. Estábamos cerca de la calle Regina, y a nuestro lado, una vez que encontramos estacionamiento a esas horas de la noche, y nos dirigíamos a un bar, pasó un grupo de jóvenes totalmente ebrios. La ciudad que se construirán, me dije, no se parecerá a la mía, a pesar de que estamos en la misma calle, entre los mismos edificios; como esa cuestión, casi filosófica diría yo, de entender si el rojo que yo veo es el rojo que tú ves.
Pensé en mis primeras visitas a esta zona de la ciudad, cuando mi mamá me llevaba, de la mano, a comprar ropa interior para toda la familia en las tiendas aledañas, casi todas propiedad de judíos mal encarados, que trataban a los empleados de las formas más hostiles; eso fue la semilla de mi ciudad, la que comencé a construir hace años ya. Antes, pensé por un segundo, mientras entrabamos a una vecindad que usan como bar, antes no existía el Metrobús; en mi mente, además, la ciudad era un manchón enorme, insospechado, terrible y seductor, al que ahora, al paso de los años, le he colocado edificios, casas, estaciones de metro y, sobre todo, experiencias y recuerdos. Como dice José Emilio Pacheco, en voz de Carlos, protagonista de Las batallas en el desierto: “Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquello años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia”. Creo que yo la tengo.

V

En el juego “Adivina quién” tan de moda cuando yo era niño —finales de la década de los 80´s, principio de los 90´s— uno tiene que adivinar qué personajes tiene el contrario, y esto se logra con base en ciertas preguntas que nos llevan, directamente, a adivinar ante qué personaje nos encontramos; es decir, vamos construyendo una fisonomía, y por ende un personaje, a través de lo que éste no es. Se empezaba con la pregunta básica “¿tú personaje es hombre/mujer?, y teníamos la primera pista: el género. Fuera cual fuera la respuesta sabíamos, por acierto o discriminación, el género del personaje, y de ahí partíamos a más pistas (menos mal que el juego se inició antes de la época floreciente de la comunidad LGBTI, porque entonces las partidas hubieran sido más extenuantes). Las preguntas siguientes disipaban, gradualmente, las dudas, y develaban una fisonomía a la que iba pegada un nombre. Ganaba quien adivinara primero todos los personajes del rival. Lo mismo se puede hacer con la ciudad.
— ¿Tu ciudad huele a pasto mojado a las 9 de la mañana, cerca de metro Etiopía?
—No.
— ¿Tu ciudad sabe a muerte, a olvido, a las cuatro de la mañana a las afueras de metro Chapultepec?
—Mmmmm… creo que no.
Otra vez, el elefante y los ciegos, cada quien viendo un punto distinto del mismo lugar, desde donde cambia. Empatar lo que nuestras ciudades no son, no tienen en común, para ver qué cosas sí tienen con común. La ciudad sólo es la misma ciudad para todos en cuanto a hechos, jamás en percepciones.
Viene a mi mente una canción de La ley, “En lugares.” Nunca la he acabado de comprender bien (y quizás, por eso, es de mis favoritas) pero, además de sus arreglos y la voz que la acompaña, algo de lo que más me intriga es la letra:

Esto no es California ni noche en Madrid
Son cuerpos y hombres, próximo fin
Cómo escapar a esos gritos
Dónde encontrar el sentido

En lugares.
En lugares.

Esto no es Barcelona ni calles de abril
Son cuerpos en bares buscando un fin
Cómo escapar a esos gritos
Dónde encontrar el sentido

En lugares.
En lugares.

Y eso es todo. A mi parecer, esta canción, como las ciudades mismas, como en el juego, con pocos elementos (pocos edificios, pocos callejones, pocas palabras) se nos da la libertad de crear infinitas ciudades. Si la canción nos dice lo que no es, nos queda, solamente, con nuestras propias experiencias, crear lo que sí es. Y como en el juego que mencionaba, a veces, sin haberlo explicitado, con familiares o amigos he cotejado su ciudad y la mía, construida a partir del DF.
De una base común, una misma concatenación de construcciones y calles, una ciudad tabula rasa, digamos, se construyen infinidad de lugares, a veces más con el pensamiento que con la vista o los hechos. Una calle puede separarnos para siempre, afirmaba De Quincey; en todo caso, un vistazo de la misma calle (al mismo tiempo, incluso) puede separarnos para siempre; como hablar un idioma distinto porque, como dijo una maestra “una lengua es una forma de comprender el mundo, de adueñarnos de él”. Seguro estoy, podría jurarlo, que estas calles, esta ciudad, es otra cuando la recorre, por ejemplo, un angloparlante. Pienso en la película Italiano para principiantes, de Lone Scherfig, donde un grupo de Daneses viajan juntos, acompañados por su maestro de italiano, a Venecia, que no es la misma Venecia, estoy seguro, que se construye un ítalo parlante. El arco donde dos de los protagonistas se enamoran no es el mismo arco por el que sólo pasaron los demás, a pesar de ser las mismas piedras. La ciudad, en ocasiones, me parece un test psicométrico, donde se verá quién eres (o quién no eres) con base en lo que construyas con esos bloques de cemento y calles.
La ciudad, un acertijo, un laberinto a medio construir, semilla de ciudades. Dónde encontrar el sentido.


VI

La ciudad también tiene, en ocasiones, su doble casi exacto, sólo distinto en pequeñas cosas. Por ejemplo, recorrer la ciudad de noche, cuando no hay tanta gente —porque las ciudades sólo pueden estar vacías en las pesadillas— es como mirar los negativos de una fotografía; parece haber fantasmas, sombras que no pertenecen a ningún cuerpo.
Llueve a veces, y los edificios y las casas se tiñen de cristal. La ciudad no es la misma cuando llueve, algo cambia, es como verla detrás de un cristal esmerilado (si una ciudad puede asirse, digamos, este agarre cambia durante la lluvia, y con ello el tacto; nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas, dice Cummings). Y luego, cuando la lluvia cesa, esa ciudad, la que queda, no es la ciudad seca ni la ciudad durante la lluvia: es otra. Incluso nace otra ciudad en los charcos, una que está de cabeza, y deja ver cosas que normalmente no veríamos. La mejor forma de recorrer la ciudad, según mi experiencia, mientras llueve, es a pie, y no sólo por cuestiones de apreciación, sino de seguridad: las calles mojadas son peligrosas si se recorren en bicicleta, y lo mismo, aunque en menor medida, aplica para los autos.
Del aire no hablo, es decir, de recorrer la ciudad por encima de los edificios: nunca he viajado en helicóptero, y la ciudad desde un avión, dada la altura y la velocidad, es un parpadeo, dos a lo mucho, una ciudad de hormigas, una brizna de edificios que se va rápidamente.
Pienso otra vez en la ciudad bajo la lluvia (imposible ignorar esa imagen) y en que ésta es, para mí, la mejor forma de recorrer la ciudad; la lluvia, además, brinda la soledad necesaria para recorrer las calles: la gente corre a refugiarse y entonces queda, para los demás, mucha ciudad, casi imposible de asir en su totalidad. Además, olvidé mencionar, la ciudad lluviosa, la ciudad lluvia, me es más fácil de recordar (será que somos agua, pienso, y nos buscamos con ella, y nos hacemos casi uno mismo) y me es más fácil recorrerla de la forma que considero más profunda: con la memoria, con el lenguaje. Recordar la ciudad, en un ejercicio similar a la regurgitación, para extraer de ella todos los nutrientes, todos los detalles, todas las vistas posibles que hayamos podido capturar sin darnos cuenta; recordar es re correr por la ciudad, volver a transitarla. Salir a caminar por las calles de la ciudad es disparar con el obturador de la mirada para, una vez en casa, en el silencio, revelar las fotografías en el papel en blanco o en el papel del habla y apreciar, con lupa, los detalles que estaban ahí, a veces más importantes que lo que apreciamos en primer plano, como en El ciudadano Kane. Después de todo, como dije, la ciudad son sus detalles, sus pequeños recovecos que, como clavos, a veces rasgan el velo de la distracción y nos quitan la cotidianidad de los ojos. La ciudad que implota, digamos, y va adquiriendo certeza y rostro conforme atendemos más lo pequeño que lo evidente; como ir de lo macro a lo micro. Como dijo Brodsky:
Si hay un aspecto infinito del espacio, no es su expansión, sino su reducción, aunque sólo sea porque ésta, por raro que parezca, siempre es más coherente. Está mejor estructurada y tiene más nombres: célula, armario empotrado, tumba. Las ampliaciones sólo tienen un gesto ampuloso.

VII

Pensemos en museos, casas de cultura, teatros, cines, galerías: la ciudad de México, cosmopolita, como muchos la adjetivan. En los museos, por ejemplo (y pienso en el Museo de antropología e historia, así como en el Museo del estanquillo) hay vestigios de otras ciudades, de otros tiempos; lo que el curador o los historiadores consideran valioso, representativo, es lo que se conserva, lo que se muestra: nosotros, los espectadores, los que estamos del otro lado de la vitrina, construimos una ciudad a partir de esas muestras que nos brindan; otra vez, el recorrer la ciudad a pie parece ser la mejor opción. Y en el museo del estanquillo, por ejemplo, se puede recorrer la ciudad no sólo en términos espaciales, sino temporales: un viaje a la ciudad que dio origen a esta ciudad que conocemos. Después de todo, creo, el recorrer la ciudad en cualquiera de los medios que mencioné (es decir, diseccionar la ciudad de distintas formas) es similar a recoger objetos para un museo; el recuerdo, el habla, la memoria, serán las herramientas de limpieza con las que demos mantenimiento a estos fragmentos de ciudad que recabamos con cada visita.
Porque las cosas no son simplemente lo que son, me parece, sino lo que dejan en nosotros; que la ciudad, ante todo, es un enorme espejo donde, una vez que nos vemos, cambiamos; la ciudad cambia a la par que nos hace cambiar. Y porque la ciudad, más que significado, es significante: un vocablo que despierta mil imágenes, acaso más, dependiendo de quién la escuche. Construiremos una ciudad, sólo una, en nuestra vida: nacerá en nuestro primer contacto con ella, con sus edificios y calles, su gente y sus espacios abiertos; a lo largo de los años añadiremos o quitaremos detalles, pero siempre será la misma ciudad.
Porque a quien diga ciudad, y en el pecho no le nazcan postes, edificios, una lluvia como mecanografía de cristal, calles eternas, rostros, voces y un pasado y un futuro, entonces algo ha hecho mal todos estos años. Porque a quien la palabra ciudad le evoque solamente un espacio para llenar los días, un algo que está ahí entre el escritorio de trabajo y la cama, tal vez debiera replantearse el no sólo correr por la ciudad, sino recorrerla.