REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 02 | 2018
   
26-11-2012 
Humo de cigarro.
Autor: Eunice Gamboa Ramírez
Me gusta sentir tu sexo entre mis manos, esa humedad que parece refrescar mi espíritu y calienta mi cuerpo.
Tratar de que mis senos queden justo sobre los tuyos para experimentar todo lo que esa dulce fricción despierta en mí.
Esas líneas en tu espalda que parecen ser un camino por el que criaturas invisibles, hadas lujuriosas y pasionales me quieren encantar con su danza.
Me besas justo abajo del ombligo mientras lentamente desciendes y te pierdes entre mis piernas que provocativamente se fueron abriendo poco a poco.
No puedo aguantar un gritito de placer y una exhalación profunda en lo que mis ojos necios se niegan a permanecer abiertos. Me concentro solo en el éxtasis.
Pareces la reina del lugar, cada movimiento parece ser ensayado hasta el cansancio miles de veces atrás, pero no me importa. Sólo quiero que me des todo lo que tu cuerpo y el mío parecen anhelar.
Después de mi orgasmo escandaloso, sales de entre la obscuridad de las sabanas con tu cabello alborotado pero dejando ver una parte de tu cuello que me invita a otorgarte el mismo placer que me fue dado.
Mientras me aferro a tus caderas y mis dedos sienten tu interior, trato de hacer todos los movimientos posibles para observar tus reacciones.
De un lado a otro mis manos reconocen tu mundo. Me parece fascinante como te estremeces con cada caricia. EL ritmo aumenta y mis manos comienzan a tener una habilidad guiada por la lujuria.
Esos perfectos cinco minutos posteriores al trajín pasional en donde mis manos y el abismo de tu alma se unen en un desenfreno total, el cual terminó en suspiros alborotados y una innegable fatiga.
Tus ojos entrecerrados y tu cuello pálido suben mi ego inconscientemente y empiezo a perderme en pensamientos e ilusiones idílicas donde la palabra “amor” empieza a tener mayor peso en mi alma. Me imagino siendo la mujer de tu vida, la diosa de tus sueños, la musa de tus guerras, la puta con la que siempre te quieras acostar.
Miro al techo una vez más, anhelando un cigarro que no tendré porque no te gusta el humo y sintiéndome tranquila porque al menos lo último, ya lo logré.