REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 05 | 2018
   
26-09-2017 
Xalapa 1920
Autor: Alberto Calderón Pérez
Xalapa 1920
Cronica de un temblor
El tercer día de enero transcurría sin novedad, los propósitos hechos en la despedida de la última noche de 1919 trataban de cumplirse al pie de la letra, las añoranzas de un mejor año rondaban en las mentes de los más humildes acompañados con un frio que calaba los huesos. Al pasar las horas marcadas por el reloj de Catedral poco a poco disminuía el bullicio y la gente retornaban a sus casas, a la tranquilidad de sus hogares, en un ambiente apacible en las calles y callejones, escuchando el canto de los grillos, los jazmines y madreselvas esparcían su envolvente aroma cobijado en la neblina que a esa hora bajaba a descansar arrullando las calles y asomándose a las ventanas herméticamente cerradas impidiéndole entrar; pero como si estuviéramos cercanos al alba, los gallos iniciaron un cacaraqueo poco habitual para esa hora, más de un habitante notó con extrañeza el adelanto del canto, el ladrido de los perros retumbaba a lo lejos, al poco tiempo los aullidos también hicieron acto de presencia en un extraño concierto pocas veces escuchado, los relojes marcaban las nueve cuarenta de la noche, muchos moradores se encontraban acomodándose en el cobijo de sus colchas, otros preparaban los últimos detalles del siguiente día antes de irse a dormir.
No pasaron ni diez minutos cuando el reloj de Tacubaya en la ciudad de México marcó las 21:48:03, iniciando un movimiento que los primeros en sentirlo pensaron que se trataba de un mareo repentino pero a medida que transcurrían los segundos, la tierra se sacudía de una forma cada vez más intensa. La gente salió de sus casas, los niños asustados eran tranquilizados por sus padres que no daban crédito a lo que estaban viviendo, con pánico escuchaban los crujidos de las vigas de sus casas, veían caer las tejas por doquier y los muros se venían abajo ante la mirada incrédula de los xalapeños, en un espectáculo catastrófico.
Los rumores de la destrucción llegaban a toda velocidad como el movimiento que no tardó más de doce segundos y que bastó para terminar con muchas casas; la gente corría sin rumbo fijo tratando de librar las gruesas paredes de piedra que perdían la vertical intentando caer sobre los habitantes que evitaban a toda costa que eso sucediera en la oscuridad de la noche.
Algunos dijeron haber escuchado el sumbido de un viento fuerte mientras la tierra se movía bajo sus pies, otros mencionaron haber oído como un rugido o el ruido de un rio caudaloso, algunos destellos de luz se notaron en el cielo. Mientras las ondas subían y bajaban con gran violencia atravesando la ciudad para perderse en la inmensidad de la oscuridad derribando casas, tirando aleros, sepultando indefensos seres. El recuento de daños fue doloroso: las torres de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús terminaron como un rompecabezas incompleto, la Catedral sufrió una cuarteadura a lo largo de su nave central, el Palacio de Gobierno se vio afectado, grietas importantes en el Colegio Preparatorio, la iglesia del Calvario perdió una torre y casi todos los edificios de la calle Juan de la Luz Enríquez sufrieron cuarteaduras o desplomes al igual que las casas que se encontraban construidas en donde había mayor inclinación, éstas se deslizaron perdiéndose en su totalidad, muriendo algunas personas; provocó avalanchas en los cerros que desgajados arrastraban consigo majestuosos árboles y maleza llegando a humildes caseríos a lo largo de su epicentro sepultando a más de cuatrocientos diecinueve habitantes cuyas rancherías y pequeños poblados casi desparecieron, como Cosautlán , Platanalá, Pue. Una importante parte de Teocelo y otras poblaciones aledañas, se podía ver a lo lejos gran cantidad de cerros desgajados. Es de destacar la labor de los héroes anónimos y los benefactores de la ciudad como el Ingeniero William K. Boone que con recursos propios compró las vigas para apuntalar las construcciones evitando el desplome de muchas de ellas, con el apoyo de sus trabajadores. Otra mano siempre bondadosa fue la de Monseñor Rafael Guisar y Valencia apoyando a la población en el desastre, pidió que el dinero reservado para su recibimiento como obispo se destinara a los damnificados. Se dio a la incansable tarea de ayudar a quienes lo necesitaban y a visitar personalmente las regiones más afectadas llevando víveres para asistir a todos los dañados por el sismo, que tuvo una magnitud de 6.4 grados Richter, según el Observatorio de Tacubaya, y 8.0 grados de” magnitud de momento” según datos de otras fuentes, resultando las más afectadas Quimixtlán, Pue., epicentro del movimiento telúrico, y la Ciudad de Xalapa , dejando 650 muertos. Otros datos oficiales, incluso científicos de la UNAM, hablan de más de 2000. Fue el tercero más desastroso en la historia del país.

Alberto Calderón P.
xalapa2000@hotmail.com