REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 01 | 2020
   

De nuestra portada

La Arquitectura Mexicana durante el Siglo XIX


Luis Ortiz Macedo

En México, las condiciones políticas de las últimas décadas del siglo pasado y la primera del presente, fueron propicias al desarrollo material del país; construcciones de todo género fueron fomentadas por el gobierno y por los particulares; se levantaron edificios públicos y suntuosas residencias, todos ellos de acuerdo a la moda francesa y a la influencia de algunos arquitectos norteamericanos. “Desde la residencia hecha a manera de castillo feudal hasta el edificio de oficinas en estilo veneciano, toda clase de estilos encontraron lugar en nuestra metrópoli, resultando de ello dos males graves: la destrucción de muchos edificios primordiales de la época colonial y la incongruencia originada por edificios de toda índole que pretendían imponer nueva fisonomía al paisaje urbano”.

LOS FERROCARRILES Y LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

El ferrocarril fue, en todas partes del mundo, uno de los principales detonadores del progreso. Desde 1850, en que se inaugura el primer tramo de la línea México-Veracruz (Veracruz-El molino), éste adquirió un rol determinante en el desarrollo estructural del país. El ferrocarril, por tanto, se convirtió en “el requisito más importante del progreso después de la estabilidad política y social”.

Habían edificado estaciones de carga y de pasajeros. Las haciendas porfirianas, contaban con una pequeña estación cercana a la casa principal para de ahí embarcar productos a los principales mercados. En las zonas mineras las estaciones se reducían a grandes patios para el manejo de los minerales, lo mismo que en las zonas petroleras. Las principales industrias del momento también contaban con conexiones a diversas líneas ferroviarias, tanto para introducir materias primas como para llevar a los principales mercados sus productos. Los puertos de Tampico, Veracruz, Puerto México y Puerto Progreso, en el Golfo, así como Salina Cruz y Manzanillo, en el Pacífico, contaban con líneas que conectaban sus muelles y bodegas con las redes troncales del sistema ferroviario.

En la geografía mexicana eran contados los ríos que cumplían con los requisitos de creación de energía eléctrica. La dispersión de la industria textil sobre el territorio nacional y, con ella, la de la población obrera, encuentra su explicación en las ventajas que era la productividad representaba contar con energía más potente y confiable aún a riesgo de que las fuentes de aprovisionamiento y los mercados, pudieran alejarse un tanto. El Conchos en Chihuahua, el Lerma Santiago en Jalisco, el Río Blanco y el Tlilpan en Veracruz, el Zahuapan en Tlaxcala y el Atoyac en Puebla, fueron algunos de los ríos cuyas aguas se aprovecharon para mover las fábricas textileras.

En 1898 se termina “El Centro Mercantil” en la ciudad de México, estilo “neo-griego” por fuera y art nouveau en su interior está considerada como la primera obra en ese estilo en México. “…Este imponente palacio despertó, con su complicado plano y atrevidas fachadas, la admiración de todos. Su propietario le dio el nombre de Centro Mercantil, edificándolo a propósito para albergar profusión de despachos y almacenes”. “…El interior estaba distribuido en veintitrés almacenes y cien despachos. …Está provisto también de elevadores, y no falta ninguna de las comodidades que la vida moderna exige en las habitaciones, como agua corriente, buzones de correo, estación telegráfica y telefónica, etc., etc.…”

Pero uno de los casos más interesantes es el que llevó a cabo el ingeniero civil Octavio L. Cabrera Hernández, en San Luis Potosí. Este ingeniero realizó varios proyectos. Pero, sin duda alguna el más destacado y prototipo en su género, fue el Edificio Ipiña (1906-1912). El conjunto multifuncional estaba porticado en dos de sus fachadas, la iluminación natural se proveía por medio de patios interiores. La estructura es de fierro, combinada con losas de vigueta de fierro y bóveda de ladrillo.

Pasemos revista a los arquitectos que se distinguieron durante este período finisecular, con el propósito de informar acerca de las obras o proyectos en los que intervinieron. De los discípulos de Cavallari, “Antonio M. Anza, recimentó los templos de San Felipe de Jesús y de la Profesa, y a quien se debió el Pabellón de México en la exposición de París en 1879 en estilo morisco” , Manuel Calderón, renovó la iglesia neoclásica de El Carmen y adaptó el antiguo Teatro Iturbide, obra del arquitecto Santiago Méndez, para Cámara de Diputados y Manuel Francisco Álvarez, quien, además de sus conocimientos científicos y las investigaciones de todo género que realizó, se distinguió entre sus colegas como el único investigador y crítico de arte y de arquitectura en México de su generación.

Los hermanos Juan y Ramón Agea trabajaron activamente durante la segunda mitad del siglo; todavía en ellos no estaba clara la función del arquitecto con respecto al ingeniero y defendían con encono las bases teóricas. Entre las obras que realizaron se cuentan las restauraciones que efectuaron en el Palacio Nacional y del Castillo de Chapultepec, en los cuales actuaron también en el decorado de los salones, así como el proyecto de restauración realizado para ampliar la Basílica de Guadalupe, y numerosas residencias y edificios comerciales en el centro de la capital. Conviene mencionar a los arquitectos que defienden con energía su posición ante los ingenieros, en el sentido de orientar la arquitectura unilateralmente hacia lo artístico; posición en la que sobresale Emilio Dondé, quien fue un arquitecto de prestigio como constructor de residencias en la ciudad de México; proyectó obras de embellecimiento y urbanización para la misma, con la idea de abrir nuevas avenidas conectando las existentes; realizó un proyecto para el Palacio Legislativo y construyó el templo expiatorio de San Felipe de Jesús y adaptó el Palacio de Iturbide para usos comerciales. “Antonio Rivas Mercado fue uno de los que más contribuyeron a la introducción en México de la escuela francesa de arquitectura, dado que su formación la recibió en la Escuela de Bellas Artes de París. Realizó un proyecto para el Palacio Legislativo, y proyectó y construyó el Monumento a la Independencia en el Paseo de la Reforma, así como el Teatro Juárez de Guanajuato, además de numerosas residencias y el acondicionamiento moderno de viejas construcciones”.

Al ganar el premio en el concurso abierto en París, convocado para la construcción del Palacio Legislativo de México, Emilie Bérnard se trasladó a la capital, en donde formó un taller de proyectos en el que se anunciaba el deseo de realizar obras a base de la utilización de elementos europeos y mexicanos; colaboró con él, el arquitecto francés Maxime Roisin, quien al igual que Bérnard fue gran dibujante y poseyó amplios conocimientos de la arquitectura clásica; ambos maestros influyeron mucho en el ambiente y en la formación de algunos arquitectos. Con ellos trabajó Eduardo Macedo y Arbeu, más conocido con el nombre de “Mochicho”, autor teatral, maestro de la Escuela de Arquitectura y propagandista de esta profesión, y el talentoso y malogrado Jesús T. Acevedo, que había trabajado en París con Lalou, en el proyecto del Palacio de Justicia de aquella capital y que se distinguió años después con sus discursos y exhorto dentro del Ateneo de la Juventud, tratando de imponer un camino nacionalista a la arquitectura.

Adamo Boari, arquitecto italiano, fue el autor del proyecto para el Teatro Nacional, ahora Palacio de Bellas Artes; proyectó y llevó a cabo también el edificio de Correos de la ciudad de México; la cimentación y construcción del mismo estuvieron a cargo del ingeniero militar Gonzalo Garita, quien colaboró en muchas otras obras de la época, como especialista en cimentaciones y estructuras. Por la importancia que tuvo en su época la construcción del Palacio de Bellas Artes, recordemos algunos datos: por iniciativa del entonces Ministro de Hacienda José Ives Limantour, se empezaron las obras el 1° de octubre de 1904. La construcción de un gran teatro en la capital tenía por objeto sustituir al antiguo, -el Teatro Nacional construido por Lorenzo de la Hidalga, demolido al prolongar la avenida Cinco de Mayo en 1900 para comunicar la Plaza de la Constitución con la Alameda Central-.

“Boari, a partir de la realización de su espectacular proyecto, deseó realizar con el teatro algo grandioso, el mejor y más suntuoso edificio moderno. La cimentación se encomendó al arquitecto especialista, W.H. Birkmire de Nueva York, de la casa Milliken Bros, de Chicago; las principales esculturas en mármol de la fachada, fueron obra del maestro italiano, Leonardo Bistolfi y las de las fachadas laterales del escultor Boni; las claves de los vanos, las guirnaldas, florones, máscaras y varios motivos escultóricos, le fueron encomendados al maestro Gianetti Fiorenzo; el grupo de bronce que remata la cúpula fue obra de Geza Maroti, y los Pegasos diseñados para rematar los ángulos superiores del cuerpo de tramoyas obra del escultor catalán Agustín Querol, uno de los más connotados realizadores de monumentos de su época. En 1910 se instaló en la bocaescena, la cortina de mosaico de cristales, fueron obra de Geza Maroti de Budapest. Otros encargos de elementos decorativos para el gran foyer, fueron suspendidos a partir de 1910”.

Sigamos la lista de los principales arquitectos mexicanos que actuaron a finales del siglo: Manuel Gorozpe fue el autor del edificio del Palacio Municipal de la ciudad de México, del templo de la Sagrada Familia y del Seminario Conciliar. Guillermo de Heredia proyectó y llevó a cabo el Monumento a Benito Juárez en la Alameda Central, así como numerosas residencias y edificios comerciales; Mauricio Campos, quien realizó en tiempo récord la antigua Cámara de Diputados en la calle de Donceles, el edificio Cinco de Mayo y numerosos edificios y residencias en la colonia San Rafael; Nicolás Mariscal proyectó el primitivo edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, modificada a los pocos años por el arquitecto Carlos Obregón Santacilia, además de edificios escolares y algunas residencias, dedicándose durante largos años a la enseñanza; Federico E. Mariscal, además de la conclusión del Palacio de Bellas Artes, cuenta en su haber muchas otras obras, como la del edificio construido en la esquina de Victoria y Revillagigedo en estilo renacimiento francés, para la inspección de Policía de la capital, así como numerosas residencias particulares; José Luis Cuevas proyectó y llevó a cabo el edificio que ahora ocupa el Banco Mexicano, que originalmente estuvo destinado a hotel y prolongó la 3ª calle de Gante y la de Palma Norte en compañía del urbanista Carlos Contreras, así como la actual casa que ocupa el University Club en el Paseo de la Reforma. Pronto, el maestro Cuevas se dedicó exclusivamente al urbanismo, al que dedicó su madurez profesional, así como a la enseñanza; por último, los hermanos Manuel y Carlos Ituarte trabajaron en diversos proyectos, como el propuesto Museo de Bellas Artes en estilo romano, no realizado, en el que colaboraron con Deglán, arquitecto del Grand Palais de París, así como un arreglo de la Plaza de la Constitución, en que ya incluían la apertura de la avenida 20 de noviembre y el arreglo del patio de la Escuela de Bellas Artes, primer patio colonial cubierto con cúpula de cristal y la primera restauración del patio del Convento de la Merced. Posteriormente, Manuel Ituarte realizó un nuevo proyecto para la estación terminal del ferrocarril en Buena Vista, y otro para un Museo de Arte Religioso anexo a la Catedral, en el sitio en que se encontraba el antiguo Seminario Conciliar, que no llegó a terminarse por la Revolución de 1910.

El Casino Español, fue uno de los edificios construidos ex profeso para cumplir las funciones de este género arquitectónico. Ubicado en la ciudad de México, este suntuoso edificio se destinó a la vida social de la colonia española. Fue construido en estilo renacimiento español; realizado en piedra de cantera, mármol italiano y tecali, ricas maderas y mosaicos. Nos dicen las reseñas de la época que el gran salón de recepción era de una suntuosidad deslumbrante. Otro ejemplo del mismo género existe en San Luis Potosí en el edificio conocido como La Lonja; lo más llamativo de este edificio era su salón de fiestas, fiel reflejo de la riqueza decorativa que fue fruto del gran esplendor de la época. “Su decoración revela la influencia de los grandes salones vieneses y húngaros”, según una reseña contemporánea. El Club Churubusco, llamado Country Club, cercano al poblado de dicho nombre en la ciudad de México, fue construido en 1906 para proporcionar a los socios toda clase de distracciones deportivas. Era una “graciosa construcción, de estilo norteamericano hecha de cemento y piedra”, techada con revestimiento de pizarra. En su interior había amplios salones, un teatro, restaurante y salón de refrescos. En sus terrenos se practicaba el béisbol, futbol, golf y frontenis.

El régimen porfiriano, propició la construcción de múltiples edificios teatrales de muy diversa índole. Desde la alta comedia hasta el género chico, bien puede considerarse que todo tipo de obras encontró acogida en los nuevos edificios. Sobresale el Juárez en Guanajuato, ubicado en lo que fue el Convento de San Diego. El arquitecto Rivas Mercado conjuntamente con el ingeniero mecánico Alberto Malo, comenzó la obra en 1891. Partiendo de un proyecto anterior del arquitecto Noriega, las modificaciones introducidas por Rivas Mercado se limitaron a cambiar el pórtico, el vestíbulo y el foyer. Pero además se insistirá en la realización de dos pórticos laterales y una gran terraza, su propuesta se orientó de lleno hacia los terminados del teatro, que incluían obras de carpintería, fierro y ornamentación. “Su decoración, fue sin duda la que le confirió el perfil y su tónica ecléctica, por las que es tan conocido”.

Otros teatros en provincia fueron el Peón Contreras del arquitecto Pío Piacentini, el Carmelita en Ciudad del Carmen, del Merino de San Juan Bautista construido por el maestro Froilán Merino en Villahermosa, el Lerdo de Xalapa, el Pedro Díaz de Córdoba construido por el ingeniero A. Durán, el Solleiro de Huatusco obra del arquitecto José Apolonio Téllez Girón, y del maestro Félix González, el Morelos de Tehuacán y el Lafragua de Atlixco, el Rosas Moreno de Lagos de Moreno, Jalisco, obra del ingeniero Primitivo Serrano. Representantes de los patrones norteamericanos son el Teatro Acuña construido por el ingeniero Henry E. Guindon, el Juárez de Monterrey, el Princesa de Torreón y los que proyectó el ingeniero George F. King para los gobiernos de Zacatecas -el Calderón- y de Chihuahua -el de los Héroes-.

ARQUEOLOGÍA Y ARQUITECTURA.

En 1852 José Martí escribe: “La arqueología asociada al arte se ha convertido en el verdadero obstáculo al progreso del arte moderno. Toda obra que procede servilmente del pasado, lleva en ella el puñal del arqueólogo; es decir, es una obra muerta”. Esto nos muestra hasta qué punto la arquitectura ha sido dominada por la arqueología. El desarrollo de la prensa en general y la especializada en particular, habían permitido la difusión de los modelos y referencias arquitectónicas de los monumentos más prestigiados del pasado; basta con hojear los títulos principales de las revistas o las publicaciones especializadas que surgieron entre 1860 y 1914, y que recibía puntualmente la Academia Mexicana para ilustrar a sus alumnos, para encontrar de inmediato el repertorio completo de todas las arquitectura. Durante el último cuarto del siglo durante las exposiciones anuales de la Academia, presentaron cierto número de dibujos arqueológicos entre los proyectos originales; conviene aclarar que se presentaban con orgullo los de los pabellones mexicanos de las exposiciones internacionales en franco estilo neoprehispánico y los dibujos de monumentos arqueológicos que realizaban para el Museo Nacional el arquitecto Cordero y el pintor José María Velasco.

La proximidad de la Exposición Internacional que se celebraría en 1900 en París, para la cual se le había pedido a todos los países que enviaran pabellones “en el estilo típico de la nacionalidad que representaban”, así como la aparición de la revista El Arte y la Ciencia dirigida por el arquitecto Nicolás Mariscal, propiciaron el inicio del gran debate teórico sobre estas obras en 1899, ofreciendo atención particularmente a las posibilidades de incorporación de formas prehispánicas en la arquitectura, con perspectivas tanto nacionalistas como modernas.

Luis Salazar escribe su polémico ensayo: “La arquitectura y la arqueología”, elogiando los apoyos recíprocos que ambas profesiones podían prestarse en el mejor conocimiento del pasado histórico, e intenta persuadir acerca de la capacidad de dicho pasado para fecundar ampliamente a la arquitectura moderna. El autor no desconoce cómo la sociedad modifica los requerimientos arquitectónicos para su servicio, ni pretende copiar mecánicamente formas y disposiciones que son a todas luces frecuentemente incompatibles con las ideas modernas, ni soslaya que la arquitectura está obligada a satisfacer lo más artísticamente posible las exigencias del gusto moderno. Con todas estas salvedades, no obstante, Salazar se lanza a la palestra proponiendo “una arquitectura nacional, que pudiese nutrirse, de los “antiguos monumentos mejicanos”, con el fin de sentar, a través de transiciones sucesivas, las bases de una arquitectura nacional y moderna a la vez.

Al inaugurar las sesiones del XVIII Congreso Internacional de Americanistas, Justo Sierra insistió en fortalecer una política cultural nacionalista desde las esferas del poder ejecutivo, haciendo gala del orgullo que nuestro país había hecho de su pasado prehispánico. En aquella oportunidad, dijo: “Todo ese mundo precortesiano cuyos archivos monumentales venís a estudiar aquí, es nuestro, es nuestro pasado, nos lo hemos incorporado como un preámbulo que cimenta y explica nuestra verdadera historia nacional, la que data de la unión de conquistados y conquistadores para fundar un pueblo mestizo… que está adquiriendo el derecho de ser grande. Sólo de este modo, sería posible asignarle a la universidad la tarea de demostrar que nuestra personalidad tiene raíces indestructibles en nuestra naturaleza y en nuestra historia; que participando de los elementos de otros pueblos americanos, nuestras modalidades son tales, que constituyen una entidad perfectamente distinta… La Universidad tendrá la potencia suficiente para coordinar las líneas directrices del carácter nacional…”.

Durante las fiestas del Centenario, se otorgó el grado de Arquitecto Emérito a ocho miembros: Antonio Rivas Mercado, quien a la sazón era director de la escuela Nacional de Bellas Artes, Antonio M. Anza, Samuel Chávez, Carlos Herrera, Carlos Lazo, Nicolás Mariscal, Luis E. Ruiz y Antonio Torres Torija. Varios de ellos habían promovido el giro teórico que transformó la concepción de la práctica arquitectónica en su conjunto y de la enseñanza de la misma, en lo particular. La importancia de este sistema de enseñanza basado en la arqueología, puede comprenderse por el lugar preferente que ocupan en las exposiciones realizadas en el seno de la Academia, lo cual preludia el nacionalismo que surgirá a partir de 1910, desencadenado por los miembros del llamado Ateneo de la Juventud.

Antonio Rivas Mercado, en el discurso pronunciado al tomar posesión del cargo de la dirección de la Escuela Nacional de Arte se expresó en estos términos: “Tengo la idea de que los arquitectos con sus ojos abocados en la manera del correr de las formas, con su inteligencia hacia las creaciones características y su acertado juicio acerca de los orígenes del arte, son con frecuencia, capaces de realizar hipótesis históricas que plantean sin imaginación los simples arqueólogos. La segunda corriente arqueológica que anima a nuestro siglo XIX, independiente a la clasicista que se fomentaba desde Roma, París y las escuelas norteamericanas, viene a materializarse en el interés apasionado que comienza a suscitar la Edad Media, el Islam y las variantes españolas del Renacimiento; se recomienda el primer período histórico para los edificios religiosos y los monumentos funerarios, el segundo para patios de residencia y salones fumadores y el tercero se usó incluso en empresas oficiales de gran envergadura”.

El monumento a Cuauhtémoc, erigido en el Paseo de la Reforma en 1906, fija el punto de partida de los proyectos resultantes de la conjunción de arqueólogos y arquitectos, así como el Museo Local que Batres mandó construir en la zona arqueológica de Teotihuacán, hoy desaparecido; la arquitectura neo-maya surgida en Yucatán, pertenece ya al período post-revolucionario, por lo que no cabe mencionarla en el cuerpo de este estudio. Entre las obras neo-coloniales que produjo el enfoque historicista interesado en lo nuestro, destacan el edificio de la Universidad encomendado por el Ministro de Educación Justo Sierra, y la ampliación del edificio del Jockey Club, realizado en 1902, al abrirse en este tramo la avenida Cinco de Mayo, copiando las formas de las fachadas y los recubrimientos de azulejos poblanos del edificio anexo (el ex-palacio de los Condes del Valle de Orizaba), copiando con fidelidad arqueológica sus componentes originales, así como un edificio anexo al palacio que construyó para el Conde de Buenavista -hoy Museo de San Carlos- obra de Manuel Tolsá, siguiendo el mismo camino historicista.

La producción gráfica realizada por los arquitectos y pintores es muy abundante; el arqueólogo Batres y después Gamio, se valdrán de sus servicios para realizar los dibujos de sus proyectos de restauración arqueológica.