REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Franz Kafka 90 años (1883-1924)


Roberto Bravo

Franz Kafka nació en el barrio judío de Praga en 1883. Su vida y pensamiento los conocemos principalmente a través de su diario, de su narrativa y del testimonio de dos de sus amigos: Max Brod y Gustav Janouch. Kafka era un hombre alto y delgado de pelo negro peinado hacia atrás, nariz corva y hermosos ojos azul grisáceos debajo de una frente estrecha. Sus labios los mostraba distendidos en una expresión agridulce. Su cara morena era muy vivaz. Una sonrisa, un juntar las cejas, el fruncir la frente, o el osado pronunciamiento, ora de uno, ora de ambos labios, eran movimientos que suplían su expresión oral. Era enfermizo y hosco: íntimamente nunca dejó de menospreciarlo su padre y hasta 1922, después de treinta y cinco años, lo tiranizó. De ese conflicto, declaró él mismo que procede toda su obra. Entre el padre y el hijo no hubo diálogo posible, aunque ni uno ni otro fueran responsables de esta incompatibilidad. Tal situación sin salida implacablemente fotografiada en la Carta a mi Padre, será el origen de su atormentada relación con el mundo, tormento que todas las circunstancias contribuyeron a ahondar a medida que fue entrando a la vida. Era judío; se hallaba, pues, fuera de la sociedad de su país natal. Su familia, asimilada de tiempo atrás a la población alemana de Praga, no pertenecía tampoco a la comunidad judía tradicional y no practicaba, salvo muy formalmente sus costumbres y religión. Kafka era ajeno, pues, al cristianismo, ajeno al judaísmo. Ajeno a su lengua, el alemán, de la que decía: “En el idioma alemán no soy sino un invitado.” No conocía el hebreo, que comenzó a aprender en los últimos años de su vida. Era ajeno también a la vida familiar que giraba en torno al padre distante. Ajeno al ambiente comercial que se respiraba en su casa. Las circunstancias familiares lo llevaron a estudiar derecho y luego a trabajar en una compañía de seguros a pesar de que su vocación era la palabra. Era un intelectual nato y era artista; estaba hecho para decir aquello, la interior aventura del alma, que muy pocas veces logra ser trasmitida. Pero sólo podía dedicarse a la búsqueda de sus caminos imaginarios, ratos perdidos robados a sus horas de oficina. Para completar el cuadro de obstáculos que lo cercaban, su mala salud psíquica y nerviosa iba agravándose a medida que pasaba el tiempo, y muy pronto debió comprender que nunca llevaría una vida libre y normal. Todas estas vallas configuraban una suerte de cárcel hecha a su medida que lo aislaba separándolo de toda comunidad, de toda posible armonía con él mismo y con los otros. Se sentía preso en este mundo, le faltaba espacio; le acometían la pena, la debilidad, las enfermedades, las alucinaciones de los presos; ningún consuelo le bastaba, precisamente por ser tan sólo consuelo; tierno y doloroso consuelo frente al hecho brutal de estar preso. Pero si se le pregunta qué es lo que desea en realidad, no sabe responder, porque no tiene, ése es uno de sus argumentos más fuertes, idea de lo que es la libertad. Esto nos aclara su más indiscutible virtud: la invención de situaciones intolerantes. A pesar de su solipsismo, Kafka tenía del matrimonio el concepto más elevado. En la carta al padre escribe al respecto: El casarse, fundar una familia, aceptar todos los hijos que lleguen, mantenerlos y hasta encaminarlos un poco en este mundo inseguro es, según mi convicción, lo máximo que puede conseguir un hombre.
Después de esto se entiende que el encuentro con la mujer que despertó en él por primera vez el deseo de casarse, lo conmovió en lo más hondo. El 13 de Agosto de 1912 conoce en casa de Max Brod a una joven berlinesa, Felice Bauer, de la que traza en su diario un retrato poco halagador. A pesar de que la primera impresión no parece haber sido muy favorable, Kafka no deja de pensar en ella y a finales de octubre se inicia una voluminosa correspondencia que durará hasta 1917. Cinco años de relaciones tan laberínticas como sus novelas. Por primera vez piensa seriamente en casarse, pero al mismo tiempo le horroriza la posibilidad del matrimonio. Bajo la influencia de esta relación, trabaja con más ardor y produce una buena parte de su obra. Casi un año después, su relación con Felice, le parece un callejón sin salida donde lentamente ha encerrado su destino. Escribe a la joven y a su padre previniéndoles de las catástrofes que podría originar este matrimonio, de su incapacidad para hacerla feliz. En octubre, va a Praga una íntima amiga de Felice, Grete Bloch, probablemente para disipar equívocos que pudiera haber entre ambos. Pero Grete complicó aún más las cosas: en 1915 tuvo un hijo de Kafka, sin que él llegara a saberlo nunca. Este hijo murió al cabo de siete años, antes que el propio escritor; Grete fue fusilada por los alemanes en Italia en mayo de 1944. Cada vez sintiéndose más sólo y desvalido sueña con el matrimonio como una tabla de salvación. Consigue convencer a Felice y a finales de mayo tiene lugar en Berlín el compromiso oficial. Inmediatamente la sensación que experimenta Kafka es la de estar atado como un delincuente. Y antes de que termine el mes se traslada a Berlín y rompe su compromiso. En 1915, la desesperación lo empuja otra vez a pensar en el matrimonio con Felice y consigue que reanuden sus relaciones para casarse. A comienzos de agosto, Kafka tiene su primera hemoptisis. Su opinión es la de que no ha de poder casarse con Felice a causa de su enfermedad. En diciembre de 1917 Kafka pasó unos días en Praga, donde se encontró con Felice; fue la ruptura definitiva. Felice Bauer, que desaparece así de la vida de Kafka, contraerá matrimonio al cabo de poco más de un año y morirá en los Estados Unidos en 1960. Franz, en noviembre de 1918 se traslada a una aldea al norte de Praga, junto al río Elba, y hasta la primavera siguiente vive allí. En esta aldea conoce a Julie Wohryzek, una joven judía cuyo padre era zapatero. Una segunda desgraciada historia de amor que terminó pronto. Cuando Kafka parece firmemente decidido a casarse con Julie, tropieza con la inflexible oposición de su padre, quien considera que pertenecen a clases sociales incompatibles.
A principios de abril de 1929 va a hacer una cura de tres meses a Merano; y allí se inicia una larga correspondencia con una de las figuras más interesantes que cruzaron por su vida. Milena Jesenka, que tenía 25 años por estas fechas, es decir doce menos que Kafka, vivía en Viena desde hacía dos años y estaba casada con el escritor Ernst Polack. Ante esta joven tan generosa como tiránica Kafka parece un poco asustado; pero le subyuga su personalidad, y lo que empieza siendo una correspondencia amistosa y de tono casi profesional, se convierte en un amor absorbente y torturado. Antes de volver a Praga, pasa cuatro días en Viena, cediendo a las insistentes peticiones de ella. Y de nuevo en Praga rompe con Julie, tal como Milena le había ordenado que hiciese. Las cartas de Milena le mantienen en un continuo estado de espera ansiosa que agrava su insomnio y acelera su enfermedad. Kafka había pedido a la joven que dejara Viena y fuese a vivir con él, pero ella se negaba, no queriendo abandonar un hogar que sin embargo se estaba deshaciendo por sí mismo.
A comienzos de 1922 empieza la última de sus obras extensas, El castillo, en él abundan las alusiones, en lenguaje simbólico, a su amor imposible.
En verano de 1923 va de vacaciones a una colonia a orillas del mar Báltico, allí conoce a Dora Dymant y comienza la relación con la que sería la compañera del resto de su vida. Esta vez el escritor decidió romper definitivamente con su pasado. A finales de Julio se instala en Berlín con Dora. Pero llega un invierno catastrófico, Alemania vive la peor época de su inflación, la miseria es general en la ciudad, no hay alimentos ni carbón. En esos momentos tan críticos para el país -a finales de octubre- ha habido una insurrección comunista en Hamburgo, y a principios de noviembre el fracasado Putsch de Hitler en Munich. Kafka se aferra a las pocas cosas que conoce como propias e inconmovibles: la compañía de Dora, su literatura, y un judaísmo en el que ha acabado por ver sus raíces. A principios de abril de 1924, ingresa en una clínica de Viena en donde se conoce el diagnóstico definitivo de su enfermedad: Laringitis tuberculosa, una condena a muerte a corto plazo.
Murió el 3 de junio de 1924, un mes antes de cumplir los 41 años.
El cadáver fue trasladado a Praga y el entierro se celebró el día 11 en el cementerio judío (Nuevo cementerio judío).
Desoyendo la prohibición expresa del muerto, su amigo y albacea Max Brod publicó sus múltiples manuscritos. A esta desobediencia feliz debemos el conocimiento cabal de una de las obras más singulares de nuestro tiempo. Kafka es no sólo un autor de importancia dentro de la literatura contemporánea y un novelista absolutamente original; es, además, por el significado de su obra y por su insólita repercusión en los principales países de occidente, un acontecimiento histórico expresivo del estado de cosas en el interior de la vida y la cultura europeas en la primera mitad del siglo pasado.
Como devoto discípulo de su maestro, Kafka debería ostentar en su tumba el pensamiento de Pascal que dice:

Cuando considero a la pequeña duración de mi vida, absorbida en la eternidad que le precede y que le sigue, el pequeño espacio que lleno y aún el que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí y no ahí pues no hay razón para que yo esté aquí y no ahí ahora y no entonces; ¿Quién me ha puesto? ¿Por orden y conducta de quién este lugar y este tiempo ha sido designado para mí?
El silencio eterno de estos espacios infinitos me espantan.