REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Dos ríos


Ylia Kazama

Río Primero

Hoy piso la tierra decidida a contar en palabras sencillas
los rostros que florecen en el pan recién hecho,
las manos que se abrazan de las ramas de los árboles.
Estoy decidida a dejar en el muro de los lamentos
las sogas que me miran avanzando.

Fui concebida un abril, entre incendios anudados
con soplos de los caudales de los ríos
me dio a luz el recuerdo prendido en la trama del silencio.
Tres años se incrustaron plegarias, lágrimas
alegrías, sonrisas
contra viento y marea di testimonio
de pasos acertados, tristes, ciegos, equivocados
que fueron caminando sobre el polvo
creyendo con torpeza que subían
hacia el nacimiento.
No supe en qué esquina extravié el camino.
Conocí los dedos que escribieron cartas
en la piel equivocada, en el compartimiento de las alas
de las mariposas densas
que se lanzaron en picada para agonizar
en la humedad de la tarde en un pueblito marinero.

Perduró brevemente el latido de los insomnios,
se astilló en la orilla de mi piel
el perenne calor de la sangre
y la herida fue creciendo entre la sal
deteniéndose a mirar las tardes que jugaban
junto al mar.
La liquidez roja fue manando en silencio,
resistiéndose a rebelarse del todo
acertando a darse como blanco
ante los disparos de las despedidas.

Una gota de amargura ha ido escurriendo
tras los ojos, la luz entrecortada apenas respira
y cansada de mis noches, la vida empuja a
empezar de nuevo, a roer las cuerdas,
a desmoronar las esquinas y borrar el frío
rozando el desaliento de la hiedra que crece
alucinante entre los muros.

Doblar cada recuerdo, soñar en cabalgar
perseguir desnuda mi nombre y mi morada
es todo el aliento que tengo para destruir
las sombras que luchan por perdurar
en esta batalla de esfuerzos
donde la soledad se agranda.

Me unto el silencio que me nombra,
descobijo las penas, las huidas
el llanto, esas piedras líquidas que escurren
por mis ojos
miran lo que construí en tres años
día por día.

Recién me detengo en Bueu
la luna se adentra en la noche
y frente a mis delirios de grandeza en el amor
surco hacia la encrucijada de mi vida.

Ignoro el vuelo de la angustia,
deshabito mis pies y cavo una fosa
justo bajo el árbol de nísperos
que me vio, hace años, hacer piruetas
cuando el amor era la ribera de mis desvaríos.

Alumbro la frontera de la vida y la muerte
le explico a las estrellas que no tengo
cadáver alguno.
Pero en la noche alta, bajo hacia la tierra insumisa.
Los besos, las manos agrandando con mis pechos
las renuncias que deshabilitaron
la claridad de las horas para convertir años en cenizas.

¡No es un entierro clandestino!
Lo he ido anunciando a los cuatro vientos,
he acudido al cielo a solicitar templanza
para lograr gastar lo poco que me queda,
adentrándome en la verdad que delatará la traición
mientras se evapora el sueño.

Oscuras piedras frente a la piedra blanca
traspasan la mar para ignorar las alas
que se van con la historia que dilató en mis ojos
para convertirlos en rías bajas y altas;
en mares sumisos y tormentosos.

Ahora frente al río
polvo soy y en arena me convierto,
entrego al mar todas mis lágrimas
la totalidad de mis humedades.
Cegada por los nombres precisos
que claman por el gozo de tener el quehacer
de no asustarse al contemplar un corazón de tiza
desnudo calentándose con viento.

Mis pies están dolidos
he caminado tanto y tan descalza
que sangran auspiciando diminutos manjares rojos.
La tristeza está sembrada desde entonces.
Tres años doblando recuerdos en el regazo,
rayando palabras que se han reído
de mis esperanzas que ahora, dormidas
no se afanan por nada;
ni reparten fallas, ni culpas, ni días de fiesta.
Solo emanan luces con severidad
sobre las piedras
y dejo de nombrar sus manos de carpintero
para zurcir la ropa derrochada
de los pronunciamientos.

No me queda nada y los callos duelen,
duele clavar los ojos en la nada,
duele arrinconar los zapatos
dejar que la gruesa arena
lastime más las plantas.
Pero es menos, siempre es menos
que el ahogo de haber perdido el alba,
de reconocer que el amor es un ladrón
que encuentra a una tonta
soñando que fue amada.

Aprieto las manos con su nombre grabado
en cada dedo, desanudo la medalla
labrada con su nombre,
desprotejo los pecados y la jornada
parece que no acaba.
Peino mis cabellos, abrazo mi cuerpo;
repartiendo paisajes en el viento.
El rumbo, desde el umbral del barco
navega, hora tras hora sin respuesta.

Justo es Dios, lo he sabido siempre.
Pedí agua para mi sed antigua,
bordé en la tierra breves plazos
grabé mis penas entre los sueños.
Ahora me abrazo solitaria, rezo por piedad
ante mis arrojos
y un hueco va tomando forma, restando o sumando
fortalezas en el ataúd que he dejado bajo
nuestro árbol.

Quiero irme de mí, pero no es posible.
Deseo hilvanar mi alma con mis renacimientos,
deseo dejar un billete sobre el buró
pagarle a la vida
por cada llave equivocada que me dio
cerrar una puerta viajera transitoria
que marque el fin de los advientos.

Duermevela ha sido cada noche durante tres años,
el olvido respiró entorpeciendo mis avances
el amor inagotable se fue muriendo
pretendiendo ser eterno, se escribió a renglón seguido
y desperté anoche con la seguridad
de que giraré el tiempo y estos años serán la siembra
para lavar mis lunes, mis martes, mis domingos;
para hacerme saber los miércoles
que la página apenas empieza:
que los jueves están sin fecha
y que los sábados son para Dios
tendiendo la mano en voz bajita
para llegar a olvidar
que en abril me concebiste
y que en abril, tres años más tarde,
el amor está muerto.


Río Segundo

No se cómo decirte adiós, tiendo la mano a la mar
copio la soledad de ayer para llorar a gritos.
Porque echo de menos tu cuerpo,
porque tu ausencia me escribe cartas que no llegan
mientras, vestida de negro, rezo por tu alma
y pretendo que sepas,
que aunque el amor ha muerto
cuentas conmigo en este entierro.

Remonto hacia la luz oscura
me fugo a ratos de la historia
y sé, mal mío, que serás el bien
que me concibió en una noche larga,

A ti, a quien llamé mi cielo,
dueño de caricias y desvelos
a ti, bengala de los vientos,
te pido ¡te imploro! que aun muerta
me bajes la estrella prometida,
me des un rastro desde el deshielo
y sepas amanecer por fin con luz clara
para arruinar la oscuridad que me circunda.
A ti, con quién estrené espacios y besos;
a ti, mi hombre con manos de curandero,
te pido que cambies el rumbo de mi muerte,
para vencer las orillas y caminar mar adentro.
Desde el corazón volver a llamarte
por última vez, ¡mi cielo!,
y decirte adiós, que donde estás,
no pertenezco

Hoy, mi loco ignorante de la verdad
flota hasta el misterio del límite de la vida
y despídete por siempre y para siempre
de mi vera.
Recítame tres versos, ése donde el destino
te cobraría por los bienes que te dio
sin que pudieras dar cuentas
del amor que puso en tus manos
y que, por miedo, dejaste en el misterio del ritmo
guardado y sangrando en el cajón de la mesilla.
Otro, porque siempre fue la hora vital
aunque el tiempo no dijo nada en sus misterios.
El último, porque a pesar de todos los desvelos
liberé la soga que te ataba
y desde ahora y para siempre
estás por tu cuenta.

Dime adiós y vuelve a cantar bajo la farola,
aclimátate a estar sin mí y sin desbordarte
pregunta a los cielos si hubo otra voz femenina
que llamara a su amado, ¡cielo!, como si fuera
a Dios a quien fundiera con su vida.

Camina, cielo mío, cruza el agua,
dime con tus manos, en las manos de los de niños,
que me piensas.
Sabe que he perdonado tus derrotas
que derrotaron mis esperanzas de amar
cuando el silencio fue lo que hubo en la compuerta.

Pongo una cruz sobre la tumba, es la hora de las brujas,
un día no recordaré ni tus ojos, ni tus besos;
no pensaré que eras el dueño de mis sueños,
respiraré sin pensar que cada inhalación
me aleja de la muerte.

Pinto tu nombre, el día de nacimiento.
Un julio que se desbordó el mundo con lluvia
que marcó dos fechas, una, donde me concebiste
y otra donde decidiste irte sin decir nada,
sin liberar mi palabra de tus besos.

Camino, no sé adónde, no tengo parlamento,
no poseo ni hogar, ni manos, ni retrocesos;
soy dueña de las lágrimas, de estas oraciones
que piden a gritos liberarme del dolor en duelo.
Tres años he tenido el cadáver del amor
encima de la cama.
Me voy, llevo mis escritos, la ribera de mis silencios;
la estela de las alegrías, el gozo de mi cuerpo;
la miel de mi pecho.
Dos flores, dos lágrimas, dos nísperos
recién cortados son todo mi tesoro.
Los coloco encima de la tumba
y entonces el cielo llora conmigo
porque todos perdimos en esta batalla ganada.

El cielo perdió ser la palabra que nos unía,
yo perdí mi corazón en el camino,
el amor perdió altura para entregarse a la tierra
que lo recibe igual que yo, desnuda
y hoy, ¡a partir de hoy! es su morada.

Me voy, te dejo donde retrocediste el primer día
aquí, en este pueblo donde migramos las obras
te dejo, donde perteneces

yo vuelvo al agua ... arena al polvo
... el camino... aguarda.

Galicia – Bueu - Playa Banda do Ríos
© Ylia Kazama
http://www.yliakazama.com
yk@yliakazama.com