REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 05 | 2019
   

Confabulario

Bitácora de una navegación efímera


Ulises Paniagua

La Criatura de Trapo
Inicios de Agosto; misma desesperanza
Al girar la embarcación, huyendo de este Océano de soledad inmensa, divisamos a lontananza un extraño banderín que ondeaba, discreto, sobre el mástil envejecido de una fragata de menores dimensiones que la nuestra. En el banderín, apenas perceptible ante un viento que soplaba sin convicción, creímos reconocer la estrella de David.
El barco en cuestión era de lo más intrincado. Las amarras se conectaban unas a otras por medio de extensos hilos de cáñamo que brindaban al navío la apariencia de una maraña juglaresca. El casco gozaba de un diseño gótico, mediante el recurso de ventanas de arcos de medio punto. En la cubierta, mástiles ataviados con velas de diseños medievales dotaban a la embarcación de un estilo inquietante.
Justo al centro de la fragata, absorto en su labor, un hombre de avanzada edad ignoraba nuestra presencia. Me tomó poco tiempo adivinar, debido a su vestimenta, el oficio sacerdotal del judío. El rabino trabajaba, con concentración enfurecida y ajeno a nuestras miradas, sobre una mesa, recargado en una silla rústica de madera de olivo. Su labor parecía inagotable: el zurcido rudimentario de un muñeco de trapo.
A un costado de la mesa, un conjunto de matraces, cazuelas metálicas e instrumentos de rigurosa alquimia esperaban pacientes su participación en el génesis. Al fondo de la embarcación, recargado en la borda y descansando la cabeza sobre su pecho como un trasto inútil, una criatura fabricada con arcilla pobre se desmaterializaba en el olvido de un creador resentido. Junto a la criatura, por supuesto, una escoba inservible acusaba la futilidad de las empresas humanas.
Recordé, en aquél instante, una tarde en que visité en Getzamaní, en un viaje de comercio e intercambio, una mezquita discreta y sombría. En aquél templo, donde apenas el parpadeo de una docena de cirios agonizantes constituía la iluminación, sostuve una conversación con un rabí, quien se encargaba del barrido de la loseta y la limpieza de las columnas del lugar. El solitario personaje me habló -una vez que tuvo la confianza suficiente- de un extraño proyecto para dotar de vida a un empasto de barro. Enardecido por sus propias ideas, explicó, detalló y defendió con teoremas teológicos y químicos la concepción de la vida mediante un instrumento material: el Golem. Aquella tarde, la impresión que rescaté es que estaba tratando con un hombre trastornado por la vanidad.
Desde el episodio referido habría pasado más de una década, pero el interés ante la posibilidad de crear vida no disminuyó ni un palmo en mi persona. Me pregunté entonces si la criatura que se recargaba en la baranda sería la misma que habitó el templo de Getzamaní, y si, más allá de una leyenda ridícula, aquél mogote se movería algún día con la naturalidad de un animal; o si sería capaz, como dictaba la leyenda, de asear las losetas de la Sinagoga. Me pregunté, en adición, si el experimento del Golem de trapo gozaría de mejor suerte que su antecesor. Mis comentarios, sin embargo, me los reservé ante el morbo de la tripulación. Además, el sacerdote de la fragata vecina se notaba tan convencido, que temí mucho una interrupción de fatales consecuencias. Lo mejor para el rabino era navegar un sueño perpetuo. Nosotros, por nuestra parte, estábamos demasiado preocupados por nuestro futuro para indagar a fondo la labor de aquel hombre.

Un episodio de lealtad
Jornada siguiente
Apenas asomó el alba, topamos a babor con un desvencijado galeote que se balanceaba descompasado, proveniente de un origen incierto. Agonizante, escandalizaba con el rechinar de sus goznes y el crujir de sus maderas. Estaba desierto. Pudimos comprobarlo una vez que una pequeña comitiva, comandada por nuestro valiente gaviero, se atrevió a internarse en sus pasillos. Tal y como lo predijo el bucanero que comanda la cocina, no encontramos a bordo ninguna persona. Sin embargo, a pesar del estado lamentable en que se hallaba, era evidente que alguien se encargaba de darle mantenimiento esporádico; de otra manera sería imposible que siguiera navegando. Debo confesar que no pudimos sacar nada en claro después de la incursión a los camarotes de la vecina mole de madera; así que temibles rumores de apariciones y brujerías comenzaron a surgir entre nuestros tripulantes. Asustados, permitimos que el galeote continuara su viaje a la deriva.
Más tarde habría de conocer el porqué de la soledad de aquel barco; pues el gaviero, demostrando una discreción encomiable, decidió confiarme un valioso objeto que revelaba el misterio: sobre mi escritorio lo vi depositar, con una mirada de complicidad, un grueso legajo de papeles que alguna vez habrían conformado un diario. Con cuidado; grave rebuscó entre el papeleo que yacía frente a nosotros, hasta encontrar entre el legajo una página amarillenta, donde una serie de anotaciones llenas de enmendaduras narraba una historia que se antoja fantástica, pero que explica el abandono del que fuimos testigos. En las siguientes líneas, me he atrevido a transcribir las anotaciones referidas:

Theatrum Orbis Terrarum
Estas líneas imprecisas, estimado viajero, no tienen otro fin que la confesión de un futuro pecador, quien, en busca de redimir la afrenta a Nuestro Señor que todo lo ve y juzga, intenta hacer uso de estas anotaciones en descargo de su conciencia.
La suerte de nuestra embarcación, durante estas semanas, ha estado llena de injusticia y desamparo. Nuestras desavenencias con los corsarios y piratas que gobiernan estos mares remotos, no podían salir peor libradas, a tal punto que podrían incluso parecer motivo de mofa o chanza: bombardeados varias ocasiones por barcos que enarbolaban una bandera con la cruz de dos tibias siniestras; perseguidos por una carabela fantasma que no dejaba tregua a nuestra inquietud; atacados cinco veces por el mismo corsario inglés, quien al vernos no pudo disimular siquiera el desconcierto ante tan feroz coincidencia.
Harta de los abusos y humillaciones por parte de los bandidos, la tripulación decidió actuar.
Uno a uno, desencantados por un viaje que ya no significa meta alguna para nosotros; mis hombres decidieron terminar el suplicio arrojándose desde la proa que gobierna el galeote. El mar, mudo como siempre, devoró la fila de marinos que decidieron entregarse al descanso perpetuo entre sus aguas.
Víctima de la soledad, si bien los primeros días me resistí a la tentación de pasar a formar parte de la legión de los suicidas, descubro en mi pueril aislamiento la ansiedad del sacrilegio: esta noche, justo cuando el reloj de arena apunte las doce, me integraré a esa caterva de espectros que puedo ver desfilar, desde el fondo del casco -atravesando la cubierta- hasta la proa desvencijada; condenados a repetir cada luna su sacrificio. Su desconcierto es tal; se les mira tan contrariados y tristes, que considero una obligación, como capitán y jefe supremo, atender cuanto antes sus ruegos. Al punto de la medianoche, como ya ha sido referido en este diario; ni un minuto más ni minuto menos, tengo pactado un compromiso ineludible. Espero que algún desconocido pueda encontrar algún día estas notas; y pida al Señor por el descanso de nuestras doloridas almas.

Capitán Drakon
Galana Armada de los suicidas
El apunte me ha congelado la sangre. No deja de parecerme conmovedora la lealtad del capitán ante una situación tan atípica. Ceremonioso, cuidándome de las miradas morbosas de mis hombres, espero paciente la hora aciaga de la medianoche. Justo entonces, iluminado apenas por un débil y macabro rayo de luna, devuelvo a las aguas una prenda que no me pertenece. El sonido seco del legajo, al caer, simula perfectamente el de un cuerpo al estrellarse en el océano. A lo lejos, el galeote continúa su viaje perpetuo.

Retorno a la Mar Tenebris
Si bien la bruma se presenta ante nuestros ojos como un obstáculo, lo cierto es que he decidido erradicar mis temores de la mejor manera que para tal fin se requiere: enfrentándolos.
Después de una serie de cálculos considerados, me di cuenta de que en esta región del globo terráqueo las corrientes marítimas funcionan de manera incierta. Quiero decir, que imprevisible, la Mar Tenebris ha estado girando sobre nuestro barco, dibujando espirales continuas para envolvernos en su curso. De esta forma, no es la fragata la que dibuja su ruta; sino que son las aguas traidoras las que delimitan el rumbo, confuso y torpe, de nuestro navío, con la evidente intención de conducirnos a la catástrofe. De este hecho me convencieron dos importantes razones: una carta elaborada por el mejor cartógrafo lusitano; y el sueño recurrente de un ataque de escorpiones y serpientes que ha venido inquietando a nuestro laudero más distinguido. La naturaleza de estas visiones no deja de alarmarnos…

El ataque del Leviatán
Mar Tenebris. Desconozco hora y fecha
De pronto, de la niebla que envuelve el barco con la intimidad fraterna; desde la vertiginosa maleza de un oleaje impío; del hocico mismo del miedo; surge la imponente figura del Leviatán.
Sobre la cresta avasallante de una ola, se eleva como un mazo que anuncia la colisión demoledora. Los arcángeles, impávidos, ejecutan con sus trompetas las trece escalas musicales del Apocalipsis; mientras la tripulación se arremolina en la proa del barco, aferrándose a las sensuales y voluptuosas formas de los mascarones femeninos, anhelando salvación.
Entonces quiero imaginar que esa negra silueta que recorta el cielo, que impide el libre paso del sol hasta mis ojos; es apenas la tramposa invención de mis pesadillas; una suma de terrores personales que me juegan una mala pasada. En cambio, el ojo fulgurante, lleno de odio ancestral; ese tizón de fuego que incendia el mar, me despierta del letargo.
Juro que es la mano del mismo San Jorge la que vira el timón a estribor, en una maniobra absurda. Contemplo a la mole azotar una de sus aletas a nuestro costado. El mar estalla en mil astillas que golpean nuestros rostros con fuerza brutal. La fragata se arremolina, se contrae, se aletarga y resurge de un ataque furioso de coletazos que, por fortuna, no consiguen hacernos naufragar. Los marineros se aferran a cualquier madero ridículo, y más de uno es consumido por la vorágine de las aguas. Elevo plegarias. Concierto blasfemias: impúdicos reclamos a la suerte perra. Desboco la ira, usando palabras ácidas sobre el Leviatán, que castiga al océano con la insistencia de su golpeteo estruendoso.
Ruedan sobre cubierta matraces, tableros de ajedrez con las piezas desperdigadas de la probabilidad mudéjar; talegas reveladoras conteniendo las monedas de los infieles; una cabeza reducida que guarda bajo su almohada algún jíbaro que no pierde sus costumbres salvajes. Ruedan también las primeras letras del Antiguo Testamento; la historia de Job; las aventuras de Enkidú y Gilgamesh labradas en sólidos papiros de alguna antigua traducción egipcia. Y me miro resbalando, estrellándome contra la dura madera de roble con la que fabricaron la esperanza de esta embarcación.
El Leviatán se levanta, intimidante, sobre la quilla de la Fragata. Me consume la certidumbre del fin. Cierro los ojos. Decidida, la bestia maniobra, girando su tonelaje inmenso; girando como un barreno del diablo. Libra la proa de nuestra nave. Luego, de manera inexplicable, se hunde, imperioso, en el silencio de las aguas. Es engullido por la misteriosa llamada del fondo del mar. Después del ataque, gobierna el silencio.
Fado, tambaleante, se dirige al timón. Los acróbatas turcos, que comparten el camarote con un polizón andrógino, se arrojan como gatos sobre el velaje desgarrado. A zurcidos urgentes e imprecisos, recomponen el rumbo.
Sobre la mar, la calma. Sobre nuestros miocardios, la congoja de los difuntos recientes; pero sobre todo, apesadumbrado, el remordimiento de disfrutar una brisa que aleja la niebla de nuestra presencia, que nos permite huir de una Mar Tenebris que, como mudo testigo, recuerda que es posible escapar al macabro juego del azar. Pero una vez que uno ha logrado rescatar la vida en la partida; es mejor no tentar a la suerte. Mis órdenes son terminantes. A toda vela con destino a nuestro puerto de partida. Por supuesto y por superstición, prohibido comentar el episodio del Leviatán.

*Tomados del libro Bitácora de una navegación efímera de Ulises Paniagua.