REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

La culta polaca


Por Supuesto

El palacio de Lázaro
Formalmente el edificio tiene la denominación de Congreso de la Unión, pero esa encubierta admiración que los periodistas tienen por la aristocracia, los ha llevado a llamar al recinto legislativo “El Palacio de San Lázaro”, a imitación de Alexander von Humboldt, que llamó Ciudad de los Palacios a la colonizada Tenochtitlan.
Pero en vista de la retrógrada y entreguista aprobación de la llamada Reforma Energética, que devuelve a los países expropiados hace 76 años las instalaciones y la riqueza petrolera, habrá que quitarle –ahora que lo están remodelando– lo sacrosanto al edificio, hecho por el arquitecto Ramírez Vázquez, para dejarlo en simple “Palacio de Lázaro” (aunque también podría llamarse ahora “El Falacio de San Lázaro”).
Porque a diferencia del bíblico, el santificado Cárdenas de la polaca nacional no resucitó y andó. Si a este consagrado Trompudo, Esfinge nacional, se encomendaron los autodenominados diputados de izquierda, en vista de que les falló, tendrán que descontinuarlo y eliminarlo del calendario laico y patriótico y de la nómina a sus sucesores.
Aunque ciertamente “los chuchos” y demás congéneres, no tuvieron una capacidad de respuesta creativa, convincente, independiente e incorrupta, contra los falaces argumentos del PRI y sus colaboradores “maiceados” o “ingenuos”, que aprobaron, sin analizar, irresponsablemente, y de espaldas a la Nación, las medidas legislativas que le quitaron a la Constitución las “anacrónicas” barreras que alguna vez se impusieron para preservar el patrimonio del suelo y el subsuelo mexicanos.
Más que Palacio, merece denominarse “El cuchitril”, pues allí van a dormirse –o a que los duerman–, muchos de los bien pagados diputados.

Impuestos y subsidios
Puesta al descubierto la goebbeliana mentira de que con la tal Reforma Energética iban a bajar de precio la gasolina, el gas, la electricidad, los políticos defensores de la medida han aceptado finalmente que las tarifas no bajarán e incluso que las de la luz van a aumentar.
La “explicación” parece elemental, primaria, lógica: va a bajar el precio para la industria, a fin de que los empresarios puedan tener costos competitivos, pero como el consumo doméstico “está subsidiado” (es su argucia favorita), en un porcentaje que es una carga para el Estado (“que no debe ser paternalista ni protector de los pobres”), a la larga, al quitar ese subsidio, el consumidor tendrá que pagar más, o sea “lo justo”.
Y como se ha venido preparando por décadas a la sociedad civil para que acepte la idea de que todo anda mal en el país, porque el gobierno es mal administrador y le hace “competencia desleal” a los señores del dinero, hoy parece natural que el Estado deje de prestar servicios de carácter social, como los hospitalarios, educativos, de protección, de apoyo a la cultura, de comunicación y mensajería, pues “cada quien debe rascarse con sus uñas” (menos los altos burócratas, legisladores y jueces, que ponen todas sus capacidades y talentos al servicio de la población).
Así fue como el Estado fue abandonando sus obligaciones sociales y dejó a la iniciativa privada los servicios de vigilancia y seguridad (la policía, pues) y por eso ahora abundan las escoltas particulares, los custodios privados; igualmente dejó que se deterioraran los envíos postales y de mensajería, para que las empresas transnacionales, DHL, Federal Express y otras cubrieran esas necesidades, por encima de los pobres y tardíos servicios de Mex-Post, de origen oficial.
La atención hospitalaria, que antes enorgulleció al Seguro Social, al Hospital General, al Infantil y otros sostenidos por el gobierno, ahora han dado origen a las fortunas millonarias de los Vázquez Raña y su cadena de saludables suites que de angelicales sólo tienen el nombre.
El agua ya no es potable: la bebible se vende en garrafones de propiedad privada; la electricidad tiene costos superiores; el gas fue entregado a particulares, para que se autorregularan –lo que no hacen–; la educación básica y superior de carácter público, se dejó degradar para la mayor gloria de las instituciones privadas; los mercados públicos dejaron de construirse, para cederle el campo a los particulares, que se autoproclamaron supers y hasta megas. Primero fueron connacionales, pero al final sus dueños comodinos declinaron a favor de los walmart y los carrefours.
Lo que hoy defienden los cómplices a ultranza de la privatización de los servicios, que debieran ser obligación del Estado, es que ya no se regalen a los ciudadanos, sino que se les cobre lo que valen en el mercado libre.
La medida sería aceptable e inobjetable jurídica y políticamente, si los “servidores públicos” también declinaran ser protegidos paternalmente por el Estado, es decir que ya no percibieran los altos ingresos que superan a lo ganado por los ejecutivos de las empresas particulares.
Así que, si el ciudadano ya no va a recibir los beneficios a que antes tenía derecho con el pago de sus contribuciones, entonces lo justo sería que ya no tenga esa carga impositiva, que sólo sirve para cubrir los altos sueldos de funcionarios que no funcionan y que en empresas particulares, regidas por resultados tangibles, no durarían ya no se diga un sexenio, ni siquiera un par de meses. ¿O acaso podría disfrutar de sus canonjías quien anuncia un día que va a aumentar el empleo y luego se desdice, porque “las condiciones no lo permitieron”? ¿O quién asegura que el crecimiento económico va a ser de 4% y termina diciendo que sólo alcanzó para 2.8%? Hasta Servitje, el piadoso, lo habrían corrido de Bimbo.
Nada de subsidios, está bien, pero tampoco de impuestos.
Y que la mínima burocracia de un Estado adelgazado, se gane su sueldo y mes tras mes se asegure el derecho a seguir cobrando, como cualquier hijo de vecino.

Un cuentista que merece lectores y editores
Roberto Gutiérrez Alcalá, escribe y es corrector de estilo, pero no deshace textos ajenos, sino que los enriquece. Tiene formación en letras, pero no es autor acedémico de esos que decía Octavio Paz “escriben bien, pero no emocionan”.
Roberto maneja el lenguaje y el humor, aunque como carece de editor no tiene todos los lectores que debiera. Su ironía es fina y requiere lectores avanzados, como los necesitaban Arreola, Monterroso, Elizondo, autores a los que admira Roberto, sin repetirlos. No es escritor para escritores. Quien sepa leer lo puede leer, quien sepa editar lo debiera editar (“Quien sepa de amores…” decía la canción).
Roberto Gutiérrez Alcalá merece ser leído y editado, y como La Culta Polaca ni es envidiosa ni regatea admiraciones, con gusto le brinda espacio para que la gente conozca el talento del cuentista (y de paso los editores se hagan de un buen autor).

Línea directa
Un día, misteriosamente, apareció publicado en los periódicos y revistas de todo el mundo –así como en infinidad de sitios de internet– un pequeño anuncio en el que se daba a conocer el número telefónico de “una novedosa y exclusiva línea directa con Dios. Márcalo. No te arrepentirás”.
Al principio, como era de esperarse, la gran mayoría de la gente no lo tomó en serio. Sin embargo, con el paso de los días, de las semanas, de los meses... se fue corriendo cada vez más la voz de que aquella línea era realmente efectiva en cuanto a obtener consuelo y fortaleza para los sufrimientos y las aflicciones de cada quien.
Luego de dos o tres timbrazos, los millones de personas de distintas razas, religiones y nacionalidades que hablaban a diario –y a todas horas– a ese número, oían una voz sibilante e hipnótica que con inconcebible dulzura les transmitía el siguiente mensaje: “Dios –el Gran Creador, el Único, el Bueno...– está ocupado ahora, atendiendo otra llamada. Deja tu nombre y tu número telefónico, pues en cualquier momento Él podría ponerse en contacto contigo para atenderte como te mereces...”

El escritor que no escribía
En una época en la que el terror a la página en blanco se había transformado en un desbocado frenesí por llenar –a como diera lugar– diez, treinta, cincuenta cuartillas al día..., en la que, así como llegaban a las librerías, cantidades ingentes de novedades editoriales se iban a oscuras y olvidadas bodegas, sin tan siquiera haber sido hojeadas por alguien..., en la que ya no importaba tanto de qué trataba una novela, un libro de cuentos, de ensayos, como en qué terribles (o felices o anodinas) circunstancias habían sido escritos por sus autores..., aquel escritor que no escribía, que se la pasaba sentado en un estado cuasi catatónico frente a su escritorio, dudando ad infinitum sobre la pertinencia o no de poner por escrito la historia que venía imaginando desde hacía años, décadas, cobraba, a ojos de no pocos lectores que algo habían oído hablar de él, una grandeza apabullante, mítica.
Pero si quieren saber más de Roberto, escríbanle a: robargu@hotmail.com

Cursos de Lectura y de Escritura
El heterónimo de esta sección, Héctor Anaya, que ha escrito –y publicado– 25 libros de variados géneros: novela, cuento, ensayo, teatro, obras didácticas, cuentos para niños y guiones de cine, radio y televisión, hace cursos trimestrales de Redacción y de Lectura de los Clásicos (Castellanos y Universales), con el fin de cubrir dos asignaturas pendientes en la educación formal –pública y privada– que se imparte en México, de prescolar a profesional.
El siguiente curso va a empezar la segunda semana de septiembre. El de Redacción lo imparte los martes –aunque de ser necesario, si hay demanda, suele abrir otro día–, siempre por las tardes, de 18:30 a 20:30 horas. Los de Lecturas de Clásicos tienen lugar los sábados por la tarde (Castellanos de 16:00 a 18:00 horas y Universales, de 18:10 a 20:10 horas). El cupo está limitado a 10 personas, con el objeto de que la enseñanza sea personalizada y pueda observar los avances de quienes asisten, los problemas a que se enfrentan, para auxiliarles y ayudarles a descubrir los caminos.
En una invitación, dirigida a quienes se interesen por aprender a redactar, asegura que toda la gente debiera saber escribir, no necesariamente para hacer una obra maestra, sino tan sólo para comunicarse bien, ya que tarde o temprano una persona exitosa, no importa el área en que se mueva, va a necesitar comunicarse.
Este es el texto que circula por las redes:
Escribir de verdad, no sólo juntar letras y poner en su sitio el sujeto, el verbo y el complemento, la mayoría de la gente no sabe. Por la sencilla razón de que nadie le enseñó.
Los planes de estudio de la educación pública y privada no responden a esta necesidad. Y la Gramática no la cubre, porque la Sintaxis se limita a la oración y las partes que la componen. Pero escribir es hacer algo más que una oración, hay que darle sentido a muchas, saber empezar y saber terminar. Eso sí es escribir.
Saber del sustantivo, el adjetivo, el verbo, la preposición, el adverbio, la conjunción, la ortografía, puntuación y acentuación, inclusive si se usan correctamente, no es lo que hace de un escrito un texto digno de leerse, ameno, agradable, bello, elegante, propio, con estilo, claro, sencillo, emotivo o simplemente bien ordenado y preciso.
Todo mundo debiera saber escribir.
Carlos Fuentes se lamentaba de que en México sólo un grupo especializado: escritores, periodistas, algunos profesores [habría que aclarar: algunos escritores, algunos periodistas], sepan escribir, cuando en Europa todos saben expresarse por escrito: ingenieros, abogados, arquitectos, contadores, químicos, biólogos, matemáticos, físicos, profesionistas titulados y gente sin carrera.
Tarde o temprano se manifiesta la necesidad de escribir.
Al buen contador, al buen médico, al buen administrador, al exitoso arquitecto, al comerciante avezado, algún día le piden que dicte una conferencia, imparta un curso, redacte un artículo y no sabe cómo hacerlo, porque en su formación escolar, a lo sumo, le enseñaron a hacer monografías, pero no buenos textos.
Motivar esta escritura, proveer de los recursos necesarios para conformarla, cubrir la asignatura pendiente en la educación, es el objetivo principal del curso de Héctor Anaya. El siguiente comenzará el 9 de septiembre, de 18:30 a 20:30 horas. Cupo limitado a 10 personas.
Eso, por lo que respecta a la Escritura, que por lo que se refiere a la Lectura, en la que la OCDE asegura que México tiene un rezago de 65 años, el heterónimo Anaya indica:
“Leer a los clásicos”, es una de las recomendaciones más comunes expresadas por escritores y académicos, cuando se les pregunta “qué hay que leer”.
Pero los autores clásicos, que no necesariamente son antiguos, sino “los que tienen clase”, según los griegos, no son fáciles de leer. Algunos precisamente por su antigüedad: El Cid data de hace unos 800 años, El lazarillo de Tormes tiene más de 450, El Quijote 400, eso por lo que hace a los escritos en castellano. Los universales tienen más edad: la Ilíada y la Odisea pueden remontarse al siglo VIII a.C., en tanto que la Eneida apenas tendría unos 2040 años, suficiente distancia del tiempo para que muchos de sus referentes culturales y lexicográficos dificulten la comprensión de las obras, sin una guía que permita situarlas histórica, política y geográficamente, además de darles el contexto lingüístico y sintáctico en que fueron escritas. Porque las palabras evolucionaron y algunas hoy tienen diferentes significados, lo que se vuelve especialmente complejo cuando se trata de traducciones.
El encuentro con los autores clásicos, aun los más recientes, puede ser traumático y alejar al presunto lector de la afición a leer, que sólo se produce por contagio, si considera que se trata de lectura para iniciados. Por el contrario, si los descubre amenos, divertidos, trascendentes, plenos de ideas y de historias y personajes que traspasan el tiempo y conservan su actualidad, el trato con autores como Homero, Cervantes, Virgilio, Dante, Shakespeare, Garcilaso de la Vega, Lope de Vega, Rabelais, Sor Juana, Manrique, Goethe, López Velarde, Kafka, Martín Luis Guzmán, Rulfo, puede ser el comienzo de una larga amistad con la lectura.
En los cursos de 13 sesiones de Lectura de Clásicos Castellanos y Universales, se proporciona a los alumnos el encuadre lexicográfico, etimológico, retórico, histórico y geopolítico y se responde a las dudas que la lectura genere, a fin de hacer plenamente comprensibles las grandes obras de la literatura.
Pero hay algo más que vuelve urgente la necesidad de aprender a leer, aun cuando se crea que juntar letras equivalga a la verdadera condición de la lectura real, que según Borges y Cortázar, es “una forma de la felicidad”.
La prueba PISA (Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes, por sus siglas en inglés), según información de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), ha revelado que en 2013 la deficiente enseñanza de la lectura colocó a México a 65 años de distancia de las naciones desarrolladas. La verdadera goliza de Holanda a México es que la nación europea está en el 2° lugar de lectura y México en el 105.
En el país, se ha divulgado ampliamente, se lee muy poco, pero ahora hay datos ciertos que podrían explicar esa condición de analfabetismo funcional, ya que no se lee porque no se sabe leer, pues en rigor en todo el sistema escolar, de la educación básica a la superior, no se enseña a leer a los alumnos, sino a juntar palabras con cierta velocidad, lo que no equivale a comprender, ni menos aún entender lo que se lee.
¿Cómo leer, entonces, si no se le encuentra gusto y no resulta placentera la lectura? ¿Si no se retiene ni se entiende lo que se lee, de qué manera incorporar ese placer a la vida diaria?
Para ayudar a superar este rezago, el Mtro. Héctor Anaya, ofrece en su taller Abrapalabra cursos de Lectura de los Clásicos Castellanos o Universales (los sábados) durante un trimestre.
Los cursos comenzarán en la segunda semana de septiembre, el 13, Día de los Niños Héroes (si los hubo y si fueron niños) pero dado que el cupo es limitado, se recomienda inscribirse lo más pronto posible para asegurarse el lugar.

Informes e inscripciones: 5553-2525 y abrapalabra@prodigy.com.mx

Salario mínimo
salario máximo


De repente en el verano…
Que aparece el superhéroe, el que sin predicar que “los pobres son primero”, quiso hacer realidad el evangelio de Andrémanué y se lanzó a salvarlos y de paso salvarse a sí mismo, pues sus bonos cayeron con el “No circula” para los coches viejos.
El gobernante del DF, el NohayMancera que la que arde, recuperó su lugar en los medios con el anuncio de un sustantivo aumento al salario mínimo, que resultó bastante asustativo para los de la Patronal. Y eso que no iba a pasar de $100.00
Ignorantes como son los empleadores, no saben que un aumento salarial fue la clave que los voraces capitalistas estadunidenses, como Ford, Rockefeller y John P. Morgan, urdieron para salir de la crisis del 29, por una razón más pragmática que beatífica: de no hacerlo, ¿quién les compraría sus productos y servicios?
Brincaron aquí, de inmediato, los empresarios, comerciantes, líderes sindicales, políticos y comentaristas “expertos”, sobre el nada angelical Miguel Ángel y seguramente muy poco Mancera de la línea del filántropo Gabriel, el de la calle, quien cedía su sueldo de diputado para obras de beneficencia y becas (¡a ver qué legislador imita estas “locuras” y dona su sueldo o siquiera su aguinaldo, ya no se diga sus bonos).
Seguramente no le aceptarán el aumento a Mancera, pues no tendrá el apoyo patronal ni siquiera del muy piadoso, cristiano y legionario Servitje, tan orgulloso de haber encontrado la clave de la riqueza (“si quieres hacerte rico, véndele a los pobres”) y quien debería entender que los miserabilizados ya no van a poder comprarle sus panes, galletas y pastelillos engordadores (ya verás, Lorenzo: Recuérdame).
Pero como lo que en realidad quería NohayMancera que la que arde era volver a estar en los medios y en última instancia tener un lema para la grande: “Aumentaré el salario mínimo” (al fin que ‘el prometer no empobrece’: ¿no dijo alguien: “prepárense para la abundancia”?, y no dijo otro “seré el presidente del empleo” y uno más: “soy el presidente del cambio”? Y nadie cumplió, y la Nación no se lo demandó, como indica la Carta Magna, en un artículo que también se puede derogar). En fin, La Culta Polaca, generosa y desprendida, le regala una nueva proposición: “¡Salario máximo!”, que él mismo podría poner en práctica: $20,000.00 para políticos, al fin que el culto y preparado Ernesto Cordero, como Secretario de Hacienda y tras cálculos infinitesimales, aseguró que con $6,000.00 se podía vivir bien. Para que no pasen apuros los funcionarios y no tengan que pedirle favores a La Tuta o hampones parecidos, que cobren más del triple y con eso se ahorraría la Patria muchos problemas.
Un sustito de estos lo colocaría otra vez en el centro de la discusión.
De nada.

Un día sin clientes
El malestar general crece, la popularidad de los gobernantes disminuye, la decepción de los ciudadanos aumenta y la convicción de que han sido engañados se incrementa, pero nadie hace nada.
Los precios suben, los salarios se estancan, la oferta laboral escasea, la calidad de vida desmerece, en tanto que la riqueza se concentra en unas cuantas manos y las leyes se alteran para favorecer a los pocos. Y en el país no pasa nada.
En nombre del mercado libre y del capitalismo salvaje, todo se permite. La zanahoria y el garrote han doblegado a la oposición, en tanto que los medios han inoculado el miedo, al tiempo que han exaltado el conformismo y han bendecido que aquí, “gracias a Dios, no tenemos luchas internas”.
¿Y si un día los pacíficos y domesticados clientes se rebelaran?
No con las armas en la mano, pues eso daría pretexto a los racistas del norte para exigir a las fuerzas armadas, aéreas, marítimas y terrestres, marca USA, que invadan y bombardeen a los primitivos lugareños, para poner en paz sepulcral a quienes todavía se permiten hacer revolufias.
Pero…
¿Y si para acabar con los gasolinazos un día, nadie, pero nadie, carga gasolina y se quedan solitarias las gasolinerías en todo el país? ¿No entendería el gobierno que ya ha abusado de ese pretexto para hacerse de alguna lanita?
¿Y si otro día, igualmente nadie entra al super, a los grandes almacenes y deja de comprar en esos lugares (aunque adquiera lo inmediato y perecedero en mercados populares)? ¿Entenderían los comerciantes que tienen que bajar los precios de los productos y los servicios?
Y como sería un movimiento sin líderes, no tendrían a quién encarcelar, excepto (¡gulp!) a quien dio la idea (Pero nadie va a rajar, ¿verdad?).

¿Coincidencia? ¿Burla añadida?
El 13 de agosto de 1521, luego de una heroica resistencia, que la traición de unos y las enfermedades de otros, minaron considerablemente, la ciudad de México-Tenochtitlan, cayó en manos de los españoles, que de inmediato empezaron la labor de despojo de las riquezas naturales situadas en el subsuelo, sobre todo.
El 13 de agosto de 2014, ya vencida la resistencia, debilitada por la traición, la corrupción, la insensatez y la ignorancia, las fuerzas españolas, asociadas a compañías de Estados Unidos, Inglaterra, Holanda y quién sabe cuántas empresas de otros países, consumaron el reparto del botín, que sin energía el Secretario Coldwell (“bien frío”) entregó en generosas tajadas. México-Tenochtitlan, ahora ya no sólo una ciudad, sino toda una nación y con plena conciencia de su patrimonio, cayó al cambiarlo por espejitos que sus gobernantes difundieron como “oportunidades”.
Casi 500 años después, los poderes constituidos (Ejecutivo, Legislativo, Judicial, Cuarto Poder de la Prensa y Quinto Poder de la Televisión), ayudaron a que volvieran a apropiarse de lo ajeno los países afectados hace 76 años por una expropiación legal y justificada.
¿Habrá sido casualidad, pura coincidencia (y al parecer ningún periodista reparó en comparar las fechas (¿tan ignorantes serán?) o alguno de esos “intelectuales orgánicos”, de ribete historiador, capaz de escribir lo que Peña Nieto firma como libro propio, habrá aconsejado la fecha? Si ya se vendió una vez, ¿qué más da volver a hacerlo?