REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 11 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

La invención de Morel


Bioy Casares

Adolfo Bioy Casares, un notable narrador y un hombre de amplia cultura, de prodigiosa imaginación y de un sentido del humor demoledor, nació en 1914, como Julio Cortázar. Fue novelista, ensayista, cuentista, traductor, autor con su mejor amigo, Jorge Luis Borges, de diversos trabajos literarios. Hombre de muy amplio bagaje cultural tuvo una vida afortunada y exitosa.
Borges escribió a manera de prólogo algunos párrafos memorables que nos orientan sobre los méritos de Bioy Casares. Para recordar al notable prosista argentino, utilizamos dicho prólogo y optamos por insertar algunos fragmentos de su autobiografía Descanso de caminantes. Aun así, no es posible darle a muchos lectores una idea de la grandeza literaria de Adolfo Bioy Casares. Su autobiografía es un libro poco común, construido no sólo de recuerdos e historias personales sino de opiniones y comentarios las más de las veces irónicos que no siempre dejan bien paradas a las grandes figuras literarias argentinas o de otras nacionalidades.
Bioy Casares fue sin duda el mejor amigo de Borges, hay infinidad de pruebas de los vínculos cariñosos que sostuvieron y que al final de sus vidas se deterioraron. Pese a las dificultades finales entre Borges y Bioy los libros que juntos idearon o de plano llevaron a cabo los unirá para siempre. Si de forma individual ambos lograron obras extraordinarias, que enriquecieron las letras en castellano, juntos dejaron huellas imborrables. Quizás la prueba más contundente y sin duda la más discutida y discutible es Borges, un inmenso volumen donde Bioy recupera las conversaciones que llevaron a cabo a lo largo de cuarenta años de intensa amistad.

El Búho

Prólogo al libro La invención de Morel de Bioy Casares
Jorge Luis Borges

Stevenson, hacia 1882, anotó que los lectores británicos desdeñaban un poco las Peripecias y opinaban que era muy hábil redactar una nove1a sin argumento, o de argumento infinitesimal, atrofiado. José Ortega y Gasset —La deshumanización del arte, 1925— trata de razonar el desdén anotado por Stevenson y estatuye en la Página 96, que “es muy difícil que hoy quepa inventar una aventura capaz de interesar a nuestra sensibilidad su error”, y en la 97, que esa invención “es prácticamente imposible”. En otras páginas, en casi todas las otras páginas, aboga por la novela “psicológica” y opina que el placer de las aventuras es inexistente o pueril. Tal es, sin duda, el común parecer de 1882, de 1925 y aun de 1940. Algunos escritores (entre los que me place contar a Adolfo Bioy Casares) creen razonable disentir. Resumiré, aquí, los motivos de ese disentimiento.
El Primero (cuyo aire de paradoja no quiero destacar ni atenuar) es el intrínseco rigor de la novela de peripecias. La novela característica, “psicológica”, propende a ser informe. Los rusos y los discípulos de los rusos han demostrado hasta el hastío que nadie es imposible: suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia, personas que se adoran hasta el punto de separarse para siempre, delatores por fervor o por humildad... Esa libertad plena acaba por equivaler al pleno desorden. Por otra parte, la novela “psicológica” quiere ser también novela “realista”: prefiere que olvidemos su carácter de artificio verbal y hace de toda vana precisión (o de toda lánguida vaguedad) un nuevo toque verosímil. Hay páginas, hay capítulos de Marcel Proust que son inaceptables como invenciones: a los que, sin saberlo, nos resignamos como a lo insípido y ocioso de cada día. La novela de aventuras, en cambio, no se propone como una transcripción de la realidad: es un objeto artificial que no sufre ninguna parte injustificada. El temor de incurrir en la mera variedad sucesiva del Asno de Oro, de los siete viajes de Simbad o del Quijote, le impone un riguroso argumento.
He alegado un motivo de orden intelectual; hay otros de carácter empírico. Todos tristemente murmuran que nuestro siglo no es capaz de tejer tramas interesantes; nadie se atreve a comprobar que si alguna primacía tiene este siglo sobre los anteriores, esa primacía es la de las tramas. Stevenson es más apasionado, más diverso, más lúcido, quizá más digno de nuestra absoluta amistad que Chesterton; pero los argumentos que gobierna son inferiores. De Quincey, en noches de minucioso terror, hundió en el corazón de laberintos pero no amonedó su impresión de unutterable and self-repeating infinities en fábulas comparables a las de Kafka. Anota con justicia Ortega y Gasset que la “psicología” de Balzac no nos satisface; lo mismo cabe anotar de sus argumentos. A Shakespeare, a Cervantes, les agrada la antinómica idea de una muchacha que, sin disminución de hermosura, logra pasar por hombre; ese móvil no funciona con nosotros. Me creo libre de toda superstición de modernidad, de cualquier ilusión de que ayer difiere íntimamente de hoy o diferirá de mañana; pero considero que ninguna otra época posee novelas de tan admirable argumento como The turn of the screw, como Der Prozess, como Le Voyageur sur la terre, como ésta que ha logrado, en Buenos Aires, Adolfo Bioy Casares.
Las ficciones de índole policial —otro género típico de este siglo que no puede inventar argumentos— refieren hechos misterios que luego justifica e ilustra un hecho razonable; Adolfo Bioy Casares, en estas páginas, resuelve con felicidad un problema acaso más difícil. Despliega una Odisea de prodigios que no parecen admitir otra clave que la alucinación o que el símbolo, y plenamente los descifrados mediante un solo postulado fantástico pero no sobrenatural. El temor de incurrir prematuras o parciales revelaciones me prohíbe el examen del argumento y de las muchas delicadas sabidurías de la ejecución. Básteme declarar que Bioy renueva literariamente un concepto que San Agustín y Orígenes refutaron, que Louis Auguste Blanqui razonó que dijo con música memorable Dante Gabriel Rossetti:

I have been here before,
But when or how I cannot tell:
I know the grass beyond the door,
The sweet keen smell,
The sighing sound, the lights around the shore…

En español, son infrecuentes y aun rarísimas las obras de imaginación razonada. Los clásicos ejercieron la alegoría, las exageraciones de la sátira y, alguna vez, la mera incoherencia verbal; de fechas recientes no recuerdo sino algún cuento de Las fuerzas extrañas y alguno de Santiago Dabove: olvidado con injusticia, La invención de Morel (cuyo título alude finalmente a otro inventor isleño, a Moreau) traslada a nuestras tierras y a nuestro idioma un género nuevo.
He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta.

Fragmentos de la autobiografía Descanso de caminantes
Adolfo Bioy Casares


EXTRAVAGANTES

Febrero 1980. Conocí a Sábato poco después del 40. Sé que en esos días Borges y yo habíamos publicado Seis problemas para don Isidro Parodi y sé que yo vivía en la casa de la calle Coronel Díaz. Sábato me pareció una persona de inteligencia activa —como Ricardo Resta, 1 de quien se aseguraba “piensa todo el tiempo”— y eso me bastó para recibirlo como a un amigo. De vez en cuando Sábato se permitía, a manera de apoyo, pedanterías infantiles, que molestaban a Borges. Si había dicho algo intencionadamente paradójico, exclamaba (como si hubiera hablado otro y él aprobara por lo menos la audacia del concepto): “¡Margotinismo puro!”. El tono de este comentario aparentemente críptico era de extrema suficiencia. Si uno pedía explicaciones, Sábato vagamente y con aire de pícaro aludía a un profesor alemán llamado quizá Margotius o Margotinus o algo así. Evidentemente se trataba de su monsieur Teste, su Bustos Domecq, su Pierre Menard; no quería ser menos que nadie; Borges no celebraba la broma: tal vez la invención de Sábato no fuera más allá del supuesto profesor, no llegara nunca a un reconocible estilo de pensamientos. A falta de eso, ponía Sábato ese inconfundible tono de satisfacción para exclamar “¡Margotinismo puro!”. De todos modos, Sábato me parecía digno de estímulo y convencí a Borges (lo convencí superficialmente, para nuestras conversaciones de entonces) de que Sábato era inteligente. Se me ocurre que Borges no creía en esa inteligencia cuando estaba solo o con otros amigos. Silvina, por su parte, fue aún más difícil de persuadir.
Creo que Sábato se acercó a mí con mucho respeto, ingenuamente persuadido de su papel de escritor bisoño, frente al escritor consagrado. Por eso incluyo sin siquiera vacilar su articulito sobre La invención de Morel en su primer libro de ensayos Uno y el Universo. Me pregunto si con el tiempo no se arrepintió de esa inclusión o si habrá pensado estoicamente: Quod scripsi, scripsi.
Yo mismo me encargué de bajar del pedestal en que mi protegido me había puesto. Por modestia, por buena educación, por temor de parecer fatuo, le aseguré que mis escritos eran bastante chambones. “Hago lo que puedo, pero tengo la misma conciencia que usted (o “que vos” si ya lo tuteaba) de mis límites”. Cuando publiqué Plan de evasión, Sábato apareció en casa arrebatado de admiración y me pidió permiso para mandar a Sur una nota sobre el libro. Tan perfectamente lo convencí esa tarde de que “el libro no era para tanto” que publicó poco después en Sur una nota neutra, indiferente, desde luego desprovista de todos los elogios que le boché o le contradije. Sin embargo estoy seguro de que llegó a dudar de la sinceridad de mis juicios sobre mis escritos porque en una conversación exclamó: “Ya estás con tu humildad china”.
Un día me trajo (ya estaba viviendo yo en la casa de la calle Santa Fe, donde ahora vive Alicia Jurado) el manuscrito del Túnel “para que se lo corrigiera”. Me pregunto por qué en el trato de escritores hay tantos malentendidos ¿por falsas modestias? ¿por una vanidad que siempre merodea, como un chacal hambriento? Lo cierto es que leí con lápiz colorado el librito y, según mi costumbre (en ese tiempo corregía las traducciones de El séptimo círculo y de La puerta de marfil), lo corregí casi todas las veces que fue necesario. Cuando Sábato vino a retirar su novela, comprendí mi error. Él venía dispuesto a recibir elogios por un gran libro; yo le devolvía un librito, plagado de errores de composición, que no podían corregirse (como esa patética imitación de Huxley, la discusión sobre las novelas policiales que interrumpía el relato) y con las páginas garabateadas de elementales correcciones en rojo: correcciones de palabras, como constatar, de sintaxis, etcétera. Nuestra amistad, que nunca fue del todo espontánea, empezó a deteriorarse.
Recuerdo lo que me dijo un día mientras sucesivamente orinamos en el baño de casa: “Cómo te envidio. Vos andás por la calle sin que nadie te moleste, sin que nadie te reconozca. Yo voy por la calle y la gente me señala con el dedo y exclama: ‘Allí va Sábato’. Es horrible. Estoy muy cansado”.

Lilí, de quien estuve bastante enamorado hacia el 44 o 45, era de tez blanca y rosada, de ojos celestes, grandes, luminosos, que parecían comunicar alegría y deslumbramiento, de pelo rubio, baja de estatura. Recuerdo que las calles abundaron en aquel tiempo de cartelones de propaganda de unos cigarrillos, donde aparecía fumando, con el letrero: Qué rubia y qué rubios. Nunca me hizo caso.
Una tarde la visité en su casa; por La Lucila, Olivos o Vicente López. Recuerdo el desorden de la casa, la negligencia de la ropa de su persona y del chiquerío al pie. Entre esos chicos debía de estar el que veintitantos años después entró en la clandestinidad y encontró la muerte en un tiroteo con la policía. Dicen que esa muerte indujo a Lilí a hacerse montonera. Cuando supe que era una cabecilla importante, no pude creerlo: yo la conocía bajo otro aspecto (la frase es frívola, pero expresa una verdad). A mucha gente conocemos bajo un aspecto u otro, verdaderas anteojeras que no nos permiten saber casi nada sobre ellas. En tiempos de Lanusse me enteré de que la habían detenido; estuve seguro de que se trataba de un error... Consulté con amigos. Me desengañaron: No había nada que hacer. Estaba muy comprometida. Etcétera.

Martínez Estrada era enjuto, de frente ancha, ojos redondos, hundidos, afiebrados, labios finos, voz criolla, baja, de expresión tajante; podía ser muy despreciativo si el interlocutor no le inspiraba temor o siquiera respeto. Carecía de coraje. Durante el primer peronismo estuvimos los dos en la comisión directiva de la Sociedad Argentina de Escritores, él como presidente, yo como vocal. En las conversaciones entre amigos aventuraba juicios condenatorios del peronismo; pero como presidente de nuestra Sociedad, descollaba por encontrar siempre razones de orden estratégico para postergar toda declaración que pudiera molestar al tirano. Su habilidad era prodigiosa: en casi todas las reuniones conseguía suprimir o modificar algún proyecto de protesta sin que a nadie se le ocurriera jamás que lo impulsaba la cobardía o la tibieza de convicción.
Yo tal vez había olvidado que al comienzo de la guerra, cuando habían caído Polonia, Francia, Bélgica, Holanda, Noruega, cuando Inglaterra defendía sola al mundo libre, nos reunimos (por indicación de Borges y mía) en el restaurant chino La Pagoda, en Diagonal y Florida, para firmar un manifiesto en favor de los aliados. Esa mañana, los primeros en llegar fuimos Borges, Ulyses Petit de Murat, Martínez Estrada y yo. Entre Borges y yo explicamos nuestro propósito. Martínez Estrada dijo que él quería hacer una salvedad o, por lo menos, un llamado a la reflexión. Nos preguntó si no habíamos pensado que tal vez hubiera alguna razón, y quizás también alguna justicia, para que unos perdieran y otros triunfaran, si no habíamos pensado que tal vez de un lado estaban la fuerza, la juventud, lo nuevo en toda su pureza, y del otro, la decadencia, la corrupción de un mundo viejo. Yo pensé que con un personaje así no se podía ni siquiera discutir y, mentalmente, lo eliminé de la posible lista de firmantes. Me apresuraba, me equivocaba. Ulyses Petit de Murat se levantó y dijo que para nosotros el asunto era más simple: “De un lado está la gente decente, del otro los hijos de puta”. “Si es así —contestó Martínez Estrada— firmo con ustedes encantado”, y ante mi asombro estampó su firma.
Era un pensador continuo, de ideas confusas. Su ignorancia era enciclopédica. Aceptó sin vacilar el encargo de escribir para no sé qué editor, quizá Rueda, una Historia de la literatura universal. No estaba preparado para la obra. Ignoraba a Johnson, a Boswell. Recuerdo que le dijo a Silvina: “Estoy leyendo con placer y provecho a Edgar Allan Pope”.
Serenidad, impavidez, aire inescrutable, bien probada conformidad consigo mismo, desdeñosa actitud para casi todo el mundo: estos caracteres, para quien no lo tomara demasiado en serio, lo volvían agradable o desagradable, según fuera con uno amistoso o inamistoso.
No sé por qué me dio por imaginarlo como un viejo cochero criollo, aislado en su alto pescante, arropado en la intemperie de la noche, pintoresco por lo taimado y por el tono irónico, por una perceptible sabiduría hecha de ignorancia y de malos sentimientos.

Con razón mi amigo Marcial Quiroga señala apenado la injusta inquina de mucha gente contra médicos. Sin embargo debemos reconocer que, por injusta que sea, la tal inquina configura a lo largo de los tiempos una siempre renovada tradición literaria, prestigiada por clásicos refulgentes, como Rabelais y Molière. Yo debo lo que tengo de salud, o de bienestar, a indicaciones, a consejos, a remedios que médicos me dieron, sin contar las operaciones quirúrgicas, también aconsejadas y ejecutadas por médicos, que terminaron tramos sombríos de mi vida y me devolvieron a la actividad y a las esperanzas, de modo que por nada contribuiré a enriquecer dicha tradición.
Hablaré ahora de lo que no entiendo. El hombre está acostumbrado a eso. Quiero decir que hablaré de una parte de lo mucho que no entiendo: de la medicina o, para decirlo del modo más general, del arte de curar.
Yo sería injusto si olvidara mi deuda con los médicos. Más que a nadie quizá, debo a Lucio García que empleaba sus conocimientos como una varita mágica: con esa varita me tocó la cabeza y desaparecieron dolores que me torturaban y destruían desde muchos años. Al doctor Browne le debo la prodigiosa curación de una alergia. A Pouchet, salir de una renguera. A De Antonio y al kinesiólogo Quiveo, el ser un hombre sano, con ocasionales lumbagos, y no un enfermo, con intervalos de bienestar. A Florin las operaciones de la tiroides, que extiende mi gratitud a Molfino, y de próstata, que la extiende a Montenegro. Dicho lo anterior, no negaré que al odio contra los médicos debemos una venerable tradición literaria y que de vez en cuando me acomete la tentación de contribuir con algún aporte personal, por modesto que sea.
Las otras tardes conversábamos con un veterinario, sentados en los sillones de mimbre del corredor de la estancia Rincón Viejo. El veterinario dijo:
—Qué lindos esos árboles. Qué sanos.
Yo pensé: Los jóvenes tienen cuarenta años; casi todos cien o más; algunos pocos serán anteriores a 1860 y alguno habrá sido plantado alrededor de 1835. La verdad es que están sanos y que nadie les cuidó la salud.
A esta altura de mis reflexiones admití que si tenía a la vista sanos, sabía también que en el monte había algunos enfermos. Tampoco veo achacosos, que murieron, como el espinillo fundador. Ése sí era de 1835. También deben de ser de entonces las casuarinas grandes que están detrás de la casa del fondo. Entre ellas hay dos o tres enfermas. ¿Cuánto gasté, o gastaron, mis padres y mis abuelos, en médicos de plantas? Absolutamente nada.
Tampoco gastábamos mucho, veinte o treinta años atrás, en veterinarios para las vacas. Recuerdo que cuando poblé el campo, el ex arrendatario de mi padre, don Juan P. Pees, me aconsejó: “No ponga ovejas, Adolfito. Con ellas no para uno de gastar en remedios y siempre las persiguen la sarna y las lumbrices (sic). Ponga vacas. Basta darles campo y agua y ellas le darán un ternero todos los años.” Los partes diarios de 1936, que estuve leyendo, confirman este asunto. No hay casi mortandad de vacas; no hay casi gastos de veterinario para ellas. Tendría que recorrer los partes de años sucesivos para descubrir cuándo empieza la continua atención veterinaria del ganado con la consiguiente partida de gastos, una de las mayores en el ejercicio anual de las estancias. Antes había enfermedades de vez en cuando, pestes de vez en cuando y muy poco gasto en veterinaria. Ahora hay enfermedades de vez en cuando, pestes de vez en cuando, y enormes gastos en veterinaria. Me pregunto, pues, si estadísticamente podría demostrarse que hay un verdadero progreso para la salud de animales y de los hombres en la constante atención veterinaria y médica. Ha de haber progreso; un progreso muy inferior, sin embargo, al que advierten veterinarios (y médicos) en sus alforjas.

A veces nos parece que lo único mágico (terriblemente mágico) de la vida es la muerte. En realidad la muerte es el fin de la magia.

27 febrero 1980. Pardo. He leído con agrado Mi ocio de Italo Svevo: una suerte de encantador vademécum para todos los viejos decrépitos como yo. Podría objetarse que es demasiado simbólico; pero sé que yo seguí el texto con interés y sólo después de concluida la lectura entreví los símbolos, que me parecieron aciertos suplementarios y magistrales, otra riqueza de un texto afortunado: el viejo, que se retira, se detiene en la escalera y protesta; su último amor, Felicità, no lo oye, porque está allá arriba, ocupada en cerrar con llave la puerta del departamento de sus amores, al que no volverán juntos.

Género comercialmente afortunado: el de las historietas de ensoñación. Toda la obra de Simenon; buena parte de la de Somerset Maugham.

Tratándose de autor de otra época, la divergencia de opiniones políticas frecuentemente no molesta. Stendhal es uno de los autores preferidos de Toulet.

Rincón Viejo, 1° marzo 1980. Con repulsión leo capítulos (?) de la desproporcionadamente llamada Vida del Chacho Peñaloza por el fraile federal José Hernández. Hernández realmente se encolumna junto a los más deleznables cachafaces de nuestra literatura política.

Lloriquear. Sólo ahora me entero de que lloriquear es cosa de viejos. Trataré de reprimirme, lo que no será fácil, porque desde joven, a lo largo de toda la vida, he tenido ese motivo de enojo conmigo mismo. He lloriqueado en cines (a veces debí salir de la sala, para interrumpir los sollozos), he lloriqueado en despedidas, en entierros, cuando he leído (sobre todo en voz alta) noticias patéticas, heroicas, expresivas de generosidad y desprendimiento. Me aborrecí por ello, aunque no faltaron personas que se mostraran favorables al llorón, pura sensibilidad y corazón de oro; yo sabía que tal suposición era totalmente falsa; me acordaba de mi tío Gustavo, egoísta y vanidoso, que se quería a sí mismo, sin importarle un bledo de los demás y para quien cualquier motivo era válido para derramar lágrimas en enormes y finísimos pañuelos blancos.

Soy el amante que las mujeres hacen de mí. Un chambón con algunas; un diestro profesional con las que me exigen. Evidentemente soy mejor cuanto más me exigen. En general no valgo mucho cuando tengo una sola mujer, que no quiere acostarse más de una o dos veces por semana. Cuando tengo dos mujeres, o más, mis reflejos obedecen en el acto, cada una me estimula, me enseña y se beneficia de las enseñanzas y de estímulos de la otra (o de las otras).

Viejo dicho, muy sentido por el autor:

Acuérdate mi alma, de lo que hablo:
en todo apuro tiene parte el diablo.

Retrato. Airadamente profiere acres afirmaciones enfáticas y condenatorias, que a poco andar los hechos refutan. Ajena a la equidad, no explica ni se excusa; alza la destemplada voz y con la mirada puesta en el mismo, o en otro, blanco arremete con nuevas denuncias mal fundadas.

Un secreto. Según decía la gente, mi padre y yo éramos de la misma estatura. En realidad, él medía 1.77 y yo 1.76. Cuando me enrolé, vi con desagrado que, después de medirme, estamparon en la libreta 1.75. Eso no es nada. Ayer, 17 de marzo de 1980, el doctor Schnir me midió en su consultorio y anunció:
—1.71 y medio.
Pensé: “La ventaja de esta información es que no incita a la jactancia”. Dije:
—Una estatura un poco deprimente.
El médico replicó:
—Deprimida, querrá decir. Por el cuarto y el quinto disco rotos y más que nada por el paso de los años.
Antes (mayo 1978) de las operaciones pesaba 62 k.; ahora, 67.

Para muchos argentinos el nombre Eva está definitivamente viciado por una connotación evidente.

El que ya no escribe:

Las personas que recibo
y me impiden escribir,
me visitan porque escribo.
A la larga hay que mentir.


Traducción negligente de versos de compasión y protesta compuestos por Juan Hus, durante su tortura, en Constanza, en 1415:

¡Pobres muchachos los de esta unidad!
Sabrán, por gritos de derecha e izquierda,
que no son buscadores de verdad,
sino unos torturadores de mierda.

Ce pauvre Albert.


Girri, fortuito por antonomasia,
se mantiene distante de la gracia.

16 abril 1980. Nace mi nieta Lucila.

Una amiga de Silvina dice que mientras estuvo en Río, “sovía y sovía” (“s” francesa, como en casino, en caserne, en casoulet, en casau).

La línea diaria.

¡Escribir una línea cada día!
Toda costumbre es haraganería.

“No hay mejor modo de llegar a escribir en serio que el de garabatear algo todos los días” (Italo Svevo).

Fiel a Svevo, muchísimo escribí.
Al releerme, de pena me morí.


Recibo por correo una invitación a no sé qué acto. En el sobre, con letra desmañada, alguien anotó: y se abren fisuras en lo cotidiano por donde atisban curiosas criaturas del sueño que soñamos. Morel. Evidentemente se trata de una alusión (de un lector anónimo) a uno de últimos reportajes, donde traté de explicar mi atracción por las situaciones fantásticas.

*Tomado de: La invención de Morel. Adolfo Bioy Casares. Editorial Emecé. Buenos Aires, Argentina. 5ª edición 1969. 11-15 Pp.
Descanso de Caminantes. Adolfo Bioy Casares. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, Argentina. 2001, 129-139 Pp.