REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 11 | 2019
   

Arca de Noé

La culta polaca


Por Supuesto

¡El colmo! No respeta el derecho de autor quien debiera protegerlo El reciente escándalo
El reciente escándalo Rulfo, susceptible de convertirse en pleito judicial contra la Secretaría de Educación Pública por violar los derechos de autor del cuentista, subraya lo que se va volviendo costumbre en esa dependencia, que regula al Indautor (Instituto Nacional del Derecho de Autor) y que es la primera en violar lo que debiera proteger.
Un sentimiento gazmoño, pudibundo o perverso, pero sin duda oficialista, animó a alguien (¿será un famoso escritor?) a cambiar, mutilar, adecentar y corregirle la prosa al escritor Juan Rulfo, de quien la SEP (aunque ahora se pretende inculpar al Ceneval) le ordenó “adaptar o adecuar” el cuento “Es que somos muy pobres” para hacerlo presentable a los bachilleres en la prueba Enlace de educación media superior.
Luego de aplicarle al cuento “los tres movimiento de FAB”, quedó bien aseadito, sin palabras impropias y muy mejorado, porque como Rulfo no dominaba la prosa había que darle una “ayudadita” y quitarle ese estilo, que hace unos 60 años sólo deslumbró a tecleadores inexpertos e incultos como García Márquez. Porque, a ver ¿qué es eso de “A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas”? El buen aseador decidió quitar esa frase y muchas más, tal vez para no confundir a los muchachos bachilleres.
Y en cambio, lo que es de agradecer, le agregó a la vaca descrita por Rulfo los innecesarios y ridículos adjetivos: “rechoncha y pizpireta”, en una frase y en otra la expresión “coqueta”, inaplicables al animalón, a menos que Freud tenga otra interpretación.
¿Y será también asunto de diván de psicoterapeuta, lo que el pudibundo “adaptador” decidió eliminar del cuento original? Quitó esta frase: “y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados, para llamar la atención”. Y esta otra, también, ¡cómo no!: “y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse”
¿Qué habría pasado si no se eliminan estas frases de un texto que iban a leer los inocentes muchachitos preparatorianos? ¡Qué bueno que ya regresó el Santo Oficio –que nunca debió haberse ido– y que el Obispo Chuayffet vela por la santidad de los jóvenes y hace todo lo posible porque no vengan a alborotarles la hormona –muy tranquilita, como corresponde a su edad.
Seguramente la SEP espera que la buena gente, sensata y madura, entienda que debía poner a salvo las buenas costumbres y no pervertir a los jóvenes, por lo que también se eliminaron palabras soeces como “piruja” y “pirujas”. No faltarán, desde luego, los agitadores de siempre que se rasguen las vestiduras por “la violación a los derechos de autor de figura tan prominente de la literatura”. Pero el señor Obispo de la SEP, nuevo héroe cívico, podrá rendir su parte de guerra al “señor presidente”: “Las letras nacionales se han cubierto de gloria”.


El Calendario quijotesco
El heterónimo de esta sección, Héctor Anaya, creador de Calendarios de Escritores, propone un Calendario Quijotesco, para el próximo 2015, cuando se cumplirán 400 años de la publicación de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, denominada Del Ingenioso Caballero, puesto que la primera fue Del Ingenioso Hidalgo, ya que no había sido armado caballero.
Se trata de la nueva modalidad de un Calendario de Escritorio, puesta en circulación este año, que fue y terminará siendo de centenarios, con los de los investigadores María del Carmen Millán y Óscar Lewis, mexicanos ambos, más que por nacencia por interés en los asuntos de este país.
Es un calendario de formato pequeño, para colocarlo como portarretrato en el escritorio, la mesa de trabajo o la del centro de una sala, de 14 x 12.5 cm, con hojas cambiantes de todos los meses (muy a propósito para regalo navideño), que traerá, aparte de imágenes del Quijote, de la autoría de pintores, dibujantes e ilustradores, como Guillermo Ceniceros, Julia López, Aída Emart, Jorge Carreño, Derek López, Daniel Benítez y varios más, información variada y poco divulgada sobre la magna obra cervantina.
Quienes adquieran el Calendario, al precio módico de $75.00, en algunas librerías o directamente con el autor-editor, que les reserva de regalo un CD sorpresa, fuera de circulación (5553-2525 o abrapalabra@prodigy.net.mx) sabrán de lo que sí contiene El Quijote –porque le han inventado palabras que no escribió Cervantes–, cuál es el origen real de las fábulas que cuentan quienes no lo han leído; conocerán la leyenda del “Quijote venezolano” que supuestamente inspiró a Cervantes su obra; sabrán de las vicisitudes de la novela –inicialmente más apreciada por los británicos que por los españoles–; descubrirán el “cantinflismo” de Cervantes y hallarán el incentivo que habían necesitado para emprender la real lectura de las dos partes del Quijote y encontrarán las razones del mayor encomio que se ha hecho de la segunda parte, la del Ingenioso Caballero.
Hay que apartar su ejemplar, porque la edición artesanal es limitada.

El campo de batalla de Paco Prieto
Tras haber leído la novela Campo de batalla, de Francisco –Paco– Prieto no se puede más que agradecer que todavía haya quien produce una novela, tan verdaderamente ejemplar -no como las de Cervantes-, de una belleza estremecedora, intensa, de fina arquitectura, equilibrado apasionamiento y una creatividad propia de la madurez literaria, que deviene en lección magistral. Y todo ello, en los linderos del duelo y el vagaroso reproche.
El marco es esplendente: lenguaje pulcro, manejo preciso de los recursos narrativos, la sabiduría y la erudición bien administradas, fruto redondo de un largo aprendizaje de autor y lector.
El autor de este comentario pertenece a la generación que padeció el filicidio, la de René Avilés y la de Paco, pero aunque Por Supuesto escribió el largo ensayo Los parricidas del 68 y lo dedicó a su padre, en realidad no ha tenido que volcar a la literatura sus sufrimientos de hijo, porque un día enfrentó verbalmente a su padre. Sin embargo, este autor lee con deleite vicario cuentos y novelas en que se refiere esa victimización, que en la novela de Prieto es tratada con sobriedad, altura de miras y alteza de letras.
Beber un cáliz es la novela de un gran escritor, Ricardo Garibay, vinculada a los cuentos de Fiera infancia, en la que se manifiesta el dolor de la orfandad con padre, que Paco también trasmite. Buenos escritores, los dos, Ricardo atemperó en su novela la arbitrariedad y el atropello de un señor de feudalismo familiar, con pasajes amables, recordables, de una paternidad que podría haber sido mejor asumida. Pero no obstante la maestría de Garibay, no logró contagiar esa tensión que Prieto sabe imprimir en el músculo de la narración, que no decae ni en momentos de reposo. Sus golpes certeros, de eficacia literaria, conducen al lector a un emotivo desgarramiento.
En ese juego de voces del relato, que practica de principio a fin, asombra en el primer párrafo con un desliz sentencioso, que matizará a su personaje, para quitarle lo maniqueo que cualquier escribidor podría atribuir al malvado padre, que se confiesa autárquico desde el arranque de la novela: 'todo mi amor con todo mi egoísmo'.
Ese Yo con que desdobla al padre y al hijo es un ejercicio de estilo, que por joyceano muy pocos intentan, temerosos de la anfibología. Paco sí, porque domina las artes del relato y con sus atrevimientos da una lección de literatura avant-la-letre, porque muestra el magisterio de lo bien escrito y bien leído.
A sus alumnos de Redacción literaria, el heterónimo Héctor Anaya les ha dado a conocer algunos párrafos de la novela, para mostrarles la validez de una premisa que sostiene, en el sentido de que la literatura no es, ni puede ser, predicativa, sino demostrativa, y es que Paco al presentar su personaje abunda en la sustantivación más que en la adjetivación.
Una emoción semejante, crispación verdadera, sólo se siente al leer el relato estremecedor de Martín Luis Guzmán, denominado “La fiesta de las balas”, en que cuenta con elegancia magistral -que no se merece Fierro- cómo el sanguinario segundo de a bordo de Pancho Villa va terminando con la vida de los prisioneros.
Por fortuna, en la novela de Prieto el castigador no acaba con el prisionero, aunque el relato de las “proezas” del padre haría esperar. Ni es la muerte la que termina con el soberbio protagonista. La vida es la que lo desmorona y lo va extinguiendo en partes, hasta que de ese totalitarismo -que tanto abomina Paco- no queda nada.
Bueno, sí: una lección de literatura, que toda la gente debiera conocer y que por desgracia la magra edición de Jus, apenas de mil ejemplares, no permitirá, aunque merecería una amplia difusión su magistral pieza, que justifica la admiración del lector, pero sobre todo el agradecimiento.
Finalmente, cabe señalar que es notable la analogía entre el hijo que en su novela resiente la humillación del padre que lo lanza al mar y lo pone en riesgo de morir porque no sabe nadar el niño y el pasaje kafkiano de su Carta al padre, en el que se siente humillado ante el cuerpo atlético del padre y sus habilidades natatorias. El mar –dirían los freudianos–, el seguro vientre materno. O el espejo en que –según Baudelaire– el hombre libre se refleja, en ese movimiento infinito de sus olas.

El Grito incompleto
Ya se ha comentado y censurado públicamente –al tiempo que el gobierno justifica el tentaleo, por “razones de seguridad”–, el manoseo o “cacheo” a que sometieron los vigilantes en este año a los niños que asistieron al festejo patrio del Zócalo, mientras dentro del Palacio Nacional no pocos miembros de la delincuencia organizada, se paseaban impunemente sin que nadie se atreviera a cuestionar su inexplicable riqueza. Claro, eran los invitados oficiales, los cuates del gobierno y hasta socios del mismo.
Fue ese tentaleo el elemento ilógico que se añadió a “la noche del Grito”, puesto que si alguien supuso que habría riesgos lo primero que tendrían que haber ordenado es que no dejaran entrar a la Plaza de la Constitución a los niños. Pero como se ha dicho que muchos de los asistentes fueron “acarreados” del estado de México y pagados con dinero público, seguramente los necesitados papás tuvieron que aceptar la humillación como parte del trato.
Pero más bien lo que le faltó agregar a Peña Nieto en la lista de vitoreados fue “¡Vivan las autodefensas que nos dieron Patria!”, porque los que se insurreccionaron no estaban adscritos a las fuerzas armadas oficiales (salvo Allende, los Aldama y algunos cuantos militares de carrera), eran simple pueblo indignado, harto de injusticias y pobrezas, sin armas verdaderas, pero con mucho valor y determinación.
Habría sido una forma de hacerle justificia a los desarrapados que empezaron la lucha por independizar a México. Pero… –tal vez alguien arguya– habría sido muy injusto para Peña Nieto, quien con trabajos pudo decir los nombres de los héroes más populares, (y eso echándole miraditas que pretendían ser furtivas a las tarjetitas que le prepararon sus ayudantes) los que toda la gente se aprendió de memoria desde la primaria.
Se ha vuelto previsor el presidente: qué tal si en vez de Morelos dice “Morales” o en lugar de “La Corregidora” se le ocurre “La Correctora” o “Josefina Vázquez Mota”, en vez de Josefa Ortiz de Domínguez. Más vale que la gente dude de su capacidad para memorizar unas cuantas palabras y no que cometa los errores que le han dado fama.

El racismo de lo “políticamente correcto”
Fue motivo de escándalo y de linchamiento en las redes sociales, sobre todo, la desafortunada declaración del político panista, Carlos Manuel Treviño Núñez, ex funcionario del gobierno queretano, quien irritado por el congestionamiento vial, lanzó un mensaje por correo-e en el que calificó al futbolista delantero de Los gallos blancos, Ronaldinho, de “SIMIO, brasileño, pero simio aun”.
Aunque recibió el apoyo de unos cuantos, el rechazo a su postura racista generó el repudio general y en especial de los políticos de otros partidos, pero no se reparó en que la calificación de “políticamente incorrecto” ya es en sí racista, pues se sanciona públicamente al político panista o al público holandés –hace tiempo– por comparar con un simio a los negros, los mulatos, la “gente de color”, africanos o “afroamericanos”, o cualquier otro eufemismo con que se pretenda disimular su negritud.
Si este político hubiera comentado que obstruyen el tráfico un grupo de monos adictos al futbol, no habría llamado la atención, pues no se habría considerado ofensivo para un grupo étnico o discriminatorio por el color de la epidermis de los aficionados a la patabola. Ni siquiera si hubiera escrito: “Estos malditos güerejos que taponan las calles”.
¿Quién acusa de racistas a los que califican de gorilas a los escoltas de un político o a los simples grandulones que intimidan con su volumen corporal?
¿Se censuró a Tintán por llamar “changuitas” a las mujeres que conquistaba en sus películas o mencionaba en sus canciones?
A nadie se acusó de racista en el 68 por comparar en los carteles a Díaz Ordaz con un gorila o por gritarle en el Zócalo: “Gorilita, gorilón, sal al balcón, hocicón”, aunque el propio gobernante sintió profundamente el ataque –según confesó después– porque se lastimaba “la investidura presidencial”, aunque en realidad le dolía que se pusiera el acento en su fealdad y carácter violento.
Tampoco se creyó que había racismo, sino burla estudiantil, cuando se le hacía la broma al rector Nabor Carrillo Flores, al preguntar porqué se le llamaba eximio al presentarlo: “¿Por qué ex si todavía lo es?”.
¿Habrá algo de rencorosa reminiscencia cuando se tilda de simiesco al negro o mulato procedente de África, o “afroamericano”, porque le recuerda al mundo que la madre poblacional de todos nació en el “continente negro”?

¿Se puede enseñar a escribir?
Aunque abundan en las librerías manuales de redacción, mayoritariamente de la autoría de profesores y académicos que no escriben, la idea de que se le pueda enseñar a alguien a escribir, lo que se llama escribir, la rechazan casi todos los escritores que escriben y publican.
“No puedo enseñarte a escribir –previenen los más sensatos y honestos–, pero tú si puedes aprender a escribir”. Y no hay contradicción en esta idea, porque el autor experto y conocedor de los meandros del oficio, puede trasmitirle su experiencia, la manera como él “mató sus pulgas” que no tiene que ser la del aprendiz, facilitarle el conocimiento de las reglas que realmente debe aprender; puede mostrarle los atajos que le permitan llegar más pronto a la meta, pero no puede ahorrarle el tránsito, puesto que lo más importante del viaje no está en llegar, sino en las peripecias del camino. “Se hace camino al andar”, anticipó hace tiempo Antonio Machado.
Además si se le enseñara a escribir –no en el sentido de juntar letras y armar frases conforme a las reglas gramaticales–, como el maestro de primaria o el de pre-escolar que se toman el trabajo de llevar la mano del niño para que aprenda a escribir la A o la S, si de esa misma forma tratara el maestro de redacción de asistir al aprendiz de escritor, no le ayudaría en nada, sino que obstruiría el desarrollo de sus propias capacidades y en última instancia el descubrimiento de su propio estilo. Juan José Arreola advertía el riesgo al hacerle una recomendación a sus talleristas: “No quiero hacer Arreolitas”.
Pero esa oposición del maestro-escritor que se niega a clonarse, no justifica la notoria ausencia en los planes de estudio oficiales de dos asignaturas básicas: escribir y leer, que de incluirse en la proclamada Reforma Educativa, sí habrían merecido el aplauso general.
Ningún escritor profesional, ningún autor de constantes publicaciones, aseguraría que en la educación básica –y ni siquiera en la superior– le enseñaron a leer y escribir. Cuando mucho a juntar letras y palabras en un caso, a pronunciar 200 palabras por minuto y tal vez a recordar la historia o anécdota leída, pero a entender las diferencias entre un autor y otro, a desentrañar lo que se halla detrás de la anécdota, descubrir el sentido de una oración, averiguar cómo utiliza el lenguaje figurado, siquiera saber cómo se sirve del adjetivo, del verbo o el adverbio; o de qué se vale para hacer armoniosa, musical, una frase, eso no lo toma como tarea el maestro de educación básica, porque a él tampoco le dieron los recursos para hacer una lectura profesional de un texto literario.
En cuanto a escribir… Los planes educativos no van más allá de lo que la Gramática y en especial la Sintaxis determinan: Redactar correctamente una, pero sólo una, oración, con la debida disposición del sujeto, el verbo y el complemento directo e indirecto. Eso, no es escribir.
Al maestro de Español se le pide que a su vez solicite al alumno que escriba un texto: un cuento, una crónica, un reportaje; pero no se le provee de los recursos, las herramientas para descubrir y en todo caso aconsejar, orientar al alumno, para que mejore su escritura, más allá de corregir su ortografía, acentuación y puntuación. “Escribe, yo no sé cómo, pero escribe” –parecería ser la consigna.
Y se complementa la instrucción, con el terrorismo verbal: aprende a usar la preposición, la conjunción, los determinantes, conjuga límpidamente los verbos irregulares, usa bien el gerundio y no abuses de la voz pasiva. Como si eso preparara al alumno para aprender a escribir, a comunicarse verdaderamente.
Ni siquiera quien alcanza ese tipo de perfección idiomática, con buena caligrafía, inmejorable ortografía, apropiada sintaxis, amplio vocabulario, insuperable retórica, escribe bien. Octavio Paz recelaba del académico: “Es posible que escriba con corrección, pero sin emoción”. Y a conmover, tendría que aspirar quien desea escribir bien, no en pos de un Premio Nobel, sino simplemente de argumentar de manera convincente, de exponer con claridad y comunicar lo que verdaderamente pretende.
Para subsanar esta falta, el heterónimo Héctor Anaya está preparando libros y cuadernos de trabajo, en que condensa sus largos años de magisterio y de creación literaria, que pondrá al servicio del profesor y del alumno, dentro de una serie denominada Pensar e imaginar el español, que seguramente servirán para orientar a los maestros de la materia, que hoy no saben ni por dónde empezar a motivar al niño o al joven para que escriba y lea, realmente.
Ha prometido el heterónimo de esta sección, seguir informando de sus avances, pero los interesados en contar con esta herramienta, pueden comunicarse con él mediante el correo-e: abrapalabra@prodigy.net.mx o directamente por teléfono si marcan el 5553-2525.