REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Confabulario

¡A sus órdenes jefe!


Benjamín Torres Uballe

¡No puede ser!, exclamó David cuando observó la inmensa fila de aspirantes a solicitar un puesto en la policía del Distrito Federal. Se rascó la cabeza con impaciencia y resignado dirigió lentamente sus pasos al final de la formación para ocupar un lugar. Le tocó tras una mujer treintona, baja de estatura, extremadamente morena, con el cabello rizado y muy corto, las llantas se le desbordaban generosamente por debajo de la pequeña blusa, las caderas eran amplias como trasatlántico.
El sol ya caía a plomo y apenas eran las once de la mañana. El bochorno hacía más insoportable la espera, sin embargo, no le quedaba de otra, tenía ya casi un año sin trabajo y los exiguos ahorros habían llegado a su final. Estaba desesperado, se habían acumulado 6 meses en el alquiler del viejo departamento en la colonia Guerrero, el desalojo era inminente a menos que pagara de inmediato el total del adeudo que ascendía a la “escandalosa” cifra de doce mil pesos.
Llamó su atención que un tipo vestido con traje brilloso color plata, de cabello envaselinado y peinado totalmente hacia atrás, casi obeso, se aproximaba en sentido contrario a quienes integraban la formación sobre la banqueta, y después de cuchichearles algo, rápidamente lo hacía con el siguiente; tardó unos 20 minutos en llegar a él; sin el menor pudor le dijo -doscientos pesos y te paso al frente de la fila. -No tengo- contestó David. -Puro jodido, carajo, qué maldito día-, refunfuñó entre los dientes amarillentos el sujeto de cuya ancha frente caían gruesas gotas de sudor mojándole el cuello desabotonado de la camisa negra.
Una hora después, mientras intentaba cubrirse del sol con el sobre tamaño oficio de papel manila, en el que guardaba la documentación, oyó un murmullo, provenía metros adelante de la fila, ahora alcanzaba a ver un par de uniformados que algo entregaban o recibían de los solicitantes, también notó que luego de la acción muchos de los pretensos abandonaban la formación vociferando y haciendo ademanes.
Cuando estuvieron junto a David, de forma cortés le pidieron sus documentos para revisarlos, mientras lo hacían pudo ver que no parecían policías, pues eran educados, de modales finos y de apariencia más bien refinada, como de universitarios; sobre las hombreras del uniforme brillaban unos símbolos dorados en forma de punta de lanza lateral cuyo significado desconocía.
-Están correctos, -le dijo quien parecía ser el jefe. -¿Por qué quieres ingresar a la policía si tu perfil da para más? -La necesidad y el hambre señor, respondió un tanto fastidiado por la pregunta que le pareció chocosamente obvia. -Cuántos años tienes -inquirió su interlocutor. -44 años, aquí está mi acta de nacimiento. -A ver, déjame ver, porque ya rebasaste la edad. El oficial continuó leyendo el documento y de pronto el rostro se le iluminó con una leve sonrisa. -Así que naciste en Fresnillo, en Zacatecas. -Sí, así es, ¿tiene algo de malo? -No, pero yo nací ahí. Luego de decir eso, se quedó meditando brevemente para enseguida decirle a David en voz muy baja, cerca del oído, -Mira, te voy a ayudar, ya no esperes en la fila, vete a tu casa y mañana vienes a las 3 a buscarme, toma una tarjeta mía.
Camino a casa, fuera de la estación Pino Suárez del Metro, aprovechó la ganga promocionada en la cartulina blanca con letras negras: “6 tacos de canasta por 10 baros”. Con otros diez le alcanzó para la Lulú roja de medio litro.
Sentado en la orilla de la vetusta cama sacó la tarjeta de la cartera con el logo de los Pumas, decía en letra cursiva: Arturo Rojas Chaires, primer suboficial, subjefe Oficina de Reclutamiento.
Llegó puntual. En la recepción, un policía metralleta en mano lo cuestionó hoscamente -¿A dónde va? -Tengo una cita a las tres con esta persona. Milagrosamente la actitud del jenízaro cambió al leer la tarjeta. -Por favor regístrese y vaya por el elevador hasta el quinto piso, en la tercera oficina.
Desde el escritorio Arturo hizo una seña para que esperara. Después de terminar la llamada le indicó que pasara. -Eres puntual, eso me gusta. -Intento serlo siempre, contestó David. -Siéntate y charlemos.
-Como te lo dije ayer, voy a ayudarte porque entre paisanos debemos hacerlo. Vas a entrar como policía raso con sueldo de 3,300.00 al mes. David frunció levemente el entrecejo, lo cual advirtió su interlocutor. -Mira, sé que es poco el salario y riesgoso el trabajo, pero no hay otra forma de que ingreses a la corporación, empero, aquí viene la ayuda importante, vas a la academia a tomar el curso de capacitación que dura dos semanas y luego muevo mis contactos para que te asignen un buen crucero, ¿qué te parece, te interesa?
-Sí, sí me interesa, -respondió David, más obligado por las circunstancias económicas que por estar convencido de ello. -Sólo hay un pequeño detalle -le informó el otro-, -a cambio debo retener la mitad de tus quincenas durante 6 meses; no es para mí, tú sabes, es para repartir “arriba” y evitar que algún trámite se “atore”.
-El uniforme y los zapatos esos te los descuentan por nómina quincenalmente, pero si te pones listo puedes lograr que el jefe de Sector autorice que sean sin cargo. -Pero es que no me quedaría nada, repuso con voz afligida David. -Ya pensé en eso, te vamos a enviar a la zona de la Merced, y te garantizo que ahí recuperas muy rápido tu inversión, porque es una inversión ¿eh?
-Pues no sé, me parece complicado. Al ver esto, el oficial respondió sin dilación -vamos, no te desanimes, seguro que al cabo de unas semanas el dinero será lo que menos te preocupe, ¡ánimo muchacho! -Está bien, pero usted me ayuda, ¿verdad? -Por supuesto, te lo prometo y te lo cumplo.
Firmó todos los formatos, incluido el contrato, también le tomaron una foto para la credencial, y le entregaron copia del oficio para que recogiera el uniforme y se presentara al día siguiente en el centro de capacitación por el rumbo de Xochimilco, dio las gracias y se despidió con una sonrisa fingida digna del mejor de los hipócritas.
Las dos semanas de la “intensa” capacitación fue una envidiable pachanga, nada le enseñaron, la pasaban holgazaneando. El sargento encargado de impartir el curso lo mandó un par de ocasiones a pagar unas notas pendientes en la cervecería donde solía comer. Otro día, la misión consistió en ir al Estadio Azul a comprarle dos boletos de platea. Como David se mostraba atento con él, al término del riguroso entrenamiento lo felicitó y el mismo día le entregó la constancia respectiva.
El lunes siguiente se apersonó a las 9 de la mañana en la oficina de Arturo. Después de media hora en la que pudo discretamente observar cómo varios uniformados ingresaban y le entregaban pequeños sobres amarillos, su protector lo recibió. -Bueno, ahora estás listo, te voy a mandar con un compañero para que te presente con los de la zona y te instruya. -Sí señor. Entonces, Arturo llamó por el radio y vino un tal Menchaca -a sus órdenes jefe. -A ver, lleva en una patrulla de las de guardia a este nuevo compañero al cuadrante XL-2, se llama David, lo presentas directamente con Carmelo y le dices que lo entrene muy bien, que no falte nada porque es mi recomendado, ¿entendiste? -Sí, mi jefe. -Bueno, de volada y no te tardes para que laves mi carro cuando regreses.
Carmelo era el oficial a cargo, tenía un vientre muy abultado, por esa causa debía fajarse el pantalón debajo de la tremenda panza, era de estatura pequeña, quizás de unos 52 años. Como supo que era el recomendado de uno de los jefes, lo recibió con amabilidad. Luego, en cuanto se marchó Menchaca, le dijo: -¿cómo te llamas? -David. -Mira David, aquí nadie nos ayuda, nadie ve por nosotros, a los jefes sólo les importa su entre, a la gente le caemos mal, nos ven con rencor y si pueden nos insultan y hasta nos echan los carros encima, y cuidado que les hagamos algo porque van a los derechos humanos y hasta al “bote” nos andan clavando. David lo escuchaba muy atento. -Te voy a dar un consejo, no hagas más de lo necesario, y sobre todo, no intentes jamás hacerle al héroe, esos sólo existen en la tele. Dedícate a lo que vienes, a tratar de hacer un poco de lana. Fíjate, aquí se estacionan muchos que no deben hacerlo, ahí están los discos, yo de ellos me “rallo”, vamos para que te estrenes, encomiéndate a San Juditas.
-Ahí está uno, le dices con cara seria que está prohibido y haces como que le quitas una placa, elige a los que son de provincia esos son más barcos, ah, y no aceptes menos de un “ciego”.
-Jovenazo, está prohibido estacionarse, ahí está el disco, le voy a tener que retirar una placa.
-No oficial, por favor, si sólo fue un momentito, me acabo de parar, “horita” ya me voy.
-Lo siento, y lo peor es que la multa es de 30 días de salario mínimo.
-Jefe no me la quite, nos podemos arreglar, le doy para el “chesco”.
-Pues tendría que ser uno familiar.
-Ándele, aquí está uno de 50 debajo de mi licencia.
-Uy, no, me ofende mucho, de plano se la quito.
No’mbre, bueno, se lo cambio por uno de cien.
-De veras usted no quiere que lo ayude, además voy a llamar a la grúa y le costará el arrastre. No lo quiero perjudicar, deme doscientos, y rápido antes que me arrepienta.
-Está bien, aquí están y ya me quito enseguida.
-No, para que vea que soy buen servidor público, quédese, yo represento a la ley y lo autorizo.
-Qué bárbaro, lo hiciste como si ya tuvieras años en la corporación, muy bien, buen debut, le comentó el otro oficial con una enorme sonrisa que permitía ver sus dientes desalineados y acentuaba la pequeñez de sus ojos. -No olvides persignarte con el dinero para que haya más.
Cuando David se quedó sólo en el crucero sintió un poco de remordimiento, pero al recordar lo fácil que había sido obtener el dinero, los seis meses de renta pendientes y los días de mal comer, hizo a un lado sus escrúpulos y dando un sonoro silbatazo dijo con voz potente al chofer de la camioneta de carga con placas de Campeche -Detente a la derecha, te pasaste la luz roja y casi atropellas a la viejita, te voy a tener que llevar al corralón…

©Benjamín Torres Uballe
Exclusivo para la revista El Búho.