REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Para María Emilia Benavides


Carlos Bracho

'Yo tenía la sensación de que Van Gogh no había tocado con su fuego inquebrantable a ningún pintor. Pensaba que sus sueños y sus pesadillas mórbidas y lucientes habían quedado sin descendencia y que con el holandés errante se habían ido de este mundo las figuras y los colores de Vulcano. Yo estaba equivocado. Me explico. Había pasado el tiempo, mucho tiempo desde que había yo visto la pintura de María Emilia Benavides. Ante sus creaciones siempre estuve recibiendo, como si mi rostro fuera la tela, restos de azules lúdicos, pinceladas interminables de bermellones inquietos y excitantes, recibía en una sucesión veloz y plena las ondas del calor de los abismos -¿o cielos?- de las figuras que danzaban frenéticas ante mi azorada vista. Sí, la pintura de María Emilia no transita por las telas con desdoro o con miedo o con temblor de espíritu pequeño, no, mil veces no, sus lienzos, todos, son el concierto universal de las almas en pena, de los espíritus perseguidos por la lujuria, de los cuerpos que claman amor, que piden a gritos una mano confortante, que braman de celo, de pasión. Sí, no hay tintas medias o medios tonos mediocres o titubeos en técnica o forma, no, son paricutines, son volcanes que arrojan al infinito el fuego eterno del erotismo y de la pasión, son piedras encendidas que pegan de lleno en los ojos de los veedores, son -como Van Gogh- pinceladas en remolino, pinceladas en donde cabe todo el discurso estelar del sentimiento. Son pinturas que no lo dejan a uno descansar plácidamente, no -lo sabemos-, el amor, el erotismo, la pasión, no permiten a quien esté vivo el descanso, se descansará cuando dos metros de tierra cubran los cuerpos. Mientras a vivir, a abrir los ojos con desmesura, a dejar que el alma salga a llenarse de colores, a dejar que la mente divague y se vaya, junto a los personajes de María Emilia, a recorrer los límites del arco iris y al terminar los viajes de una exposición, llegar al hogar, tomar una copa, encender un puro y dar sorbos al café humeante y repasar, como una película votiva, todo el mundo que Emilia nos ha dado.'
Vale
Carlos Bracho
Enero 2011