REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 09 | 2020
   

De nuestra portada

Manuel M. Flores: el éxtasis de la caída


Roberto Martínez Garcilazo

Dolor ipse est voluptas - San Agustín - Confesiones
EN ESTE MUNDO

Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), el académico español, para condenar al poeta poblano Manuel M. Flores escribió en su Historia de la poesía hispanoamericana T.1:

“Dígase lo que se quiera de la influencia del clima y del temperamento, la poesía española, aún en los países tropicales adonde ha sido trasplantada, conserva su castidad nativa, y rara vez se abate a tan vil tarea como la expresión del deleite sensual por el deleite mismo; expresión que las más de las veces no es signo de vigoroso temperamento, sino de precoz impotencia, lujuria de la cabeza más que de los sentidos. Manuel M. Flores a Alfredo de Musset le leyó mucho y aún le tradujo algo, y es sin duda el poeta erótico del Viejo mundo que más se le parece, pero lo que Alfredo de Musset tiene de gran poeta no es la calentura sensual, sino la grandeza de la pasión, que le hace entrever los más hondos misterios del dolor humano y levantarse a una esfera trascendental y casi religiosa, desde el estercolero de la orgía en que nos muestra sus llagas”

No sabemos si al escribir lo anterior el académico tenía en mente los versos del poema “Orgía” que Manuel M. Flores escribió en 1860, pero conviene recordar algunos fragmentos para mejor comprender su airada desaprobación:

¡Ven, cortesana! ¡Abrázame en delicias!
Quiero las tempestades del placer,
Tropicales, frenéticas caricias
Con que reanime mi cansado ser. (…)
¡Bebed amigos! Si al vivir soñamos,
¿Despertaremos al morir quizá?
¿Qué será despertar? ¡Y bien, bebamos!
¡Qué importa lo que traiga el más allá! (…)
Llena Mercedes, la apurada copa;
Bebamos… hasta el fin…así…vacía.
Y ahora… desgarra la importuna ropa,
¡Desnuda el seno al beso de la orgía! (…)
¡El amor, el amor! ¡Ay! Hubo un día
En que su llama encandeció mi ser,
En que se alzó dentro del alma mía,
Rival del mismo Dios, una mujer.
Y a Dios negué mi culto, mi creencia,
Y ante ella -miserable- me postré
Disfrazada de un ángel de inocencia
Era una meretriz la que adoré. (…)
Oh la vida, la vida es una orgía;
De llanto y hiel ante la copa llena,
Siéntese en el festín de la alegría
Espectro el corazón, ebrio de pena. (…)
¡Oh, si el alma es la luz, la llama santa!
Que al soplo del señor queda encendida,
¿Por qué no de este fango se levanta
En que yace tan ruin y envilecida? (…)
¡Hurra, bebed! En deliciosos lazos
El importuno día nos halle presos,
¡Hurra, bebed! El choque de los vasos
Sea la música ardiente de los besos.
¡Vino, más vino aún! Aquí está el día.
¡Sol que la tierra miserable alegras,
Al opacar las luces de la orgía,
Tornas las horas de mi vida, negras!

En contra del duro juicio del Santanderino se elevaron significativamente las voces y las plumas de Tablada y Urbina. El siguiente pasaje de José Juan Tablada pertenece a un prólogo para las Poesías inéditas de Manuel M. Flores:

“La vida de Manuel M. Flores, del poeta del amor, es el símbolo y la esencia de su obra. Vivió ante un prodigioso deslumbramiento, con los ojos fascinados ante la luz y el amor, y una trágica enfermedad cegó sus ojos. Pero ya sin ojos el poeta no quedó a oscuras. Siguió
ardiendo como una antorcha; irradiando como una lámpara milagrosa, enviando su luz como esos astros que ya muertos siguen proyectando sus fulgores en el espacio”

Por su parte, Luis G. Urbina con vehemencia exclama: “¡No, no eras un pervertido adorador de la carne turgente y el espasmo convulsionado; no eras un lúbrico enamorado de las curvas provocativas de Venus Calipigia, poeta que pasaste por la existencia sacudiendo la antorcha que te abrazó la mano y el corazón! Tuviste tus horas de arrepentimiento, tus periodos de ensoñación cándida, tus arrobos místicos, tus estremecimientos de sollozos, tus platonismos llorosos y pudorosos, la inefable caricia de la ternura, que teme manchar con una mirada la epifanía virginal del primer amor”.

Pero, tal vez, nos haga falta una visión más cercana del poeta; una mirada que contextualice sus obras para conferirles sentido.

En esa perspectiva ordenadora es crucial la opinión de Octavio Paz:

“El siglo XIX es un período de luchas intestinas y de guerras exteriores. La nación sufre dos invasiones extranjeras y una larga guerra civil, que termina con la victoria del Partido Liberal. La intelligentsia mexicana participa en la política y en la batalla. Defender el país y, en cierto sentido, hacerlo, inventarlo casi, es tarea que desvela a Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano y a muchos otros. En este clima exaltado se inicia la influencia romántica. Los poetas escriben. Escriben sin cesar, pero sobre todo combaten, también sin descanso. La admiración que nos producen sus vidas ardientes y dramáticas -Acuña se suicida a los 24 años, Flores muere ciego y pobre- no impide que nos demos cuenta de sus debilidades y de sus insuficiencias. Ninguno de ellos -con la excepción, quizá, de Flores, que sí tuvo visión poética aunque careció de originalidad expresiva- tuvo conciencia de lo que significó realmente el romanticismo. Así, lo prolongan en sus aspectos más superficiales y se entregan a una literatura elocuente y sentimental, falsa en su sinceridad epidérmica y pobre en su mismo énfasis. La irracionalidad del mundo, el diálogo entre éste y el hombre, los plenos poderes que confieren el sueño y el amor, la nostalgia de una unidad perdida, el valor profético de la palabra y, en fin, el ejercicio de la poesía como aprehensión amorosa de la realidad, universo de escondidas correspondencias que el romanticismo redescubre, son preocupaciones y evidencias extranjeras a casi todos esos poetas. Se mueven en la esfera de los sentimientos y se complacen en contarnos sus amores y entusiasmos pero apenas si rozan la zona de lo sagrado, propia a todo genuino arte romántico. La grandeza de estos escritores reside en sus vidas y en su defensa de la libertad. ”

Por esto es fascinante la vida de Manuel M. Flores, porque es un héroe del romanticismo literario mexicano, porque su vida es un texto literario, porque vivió su poesía plenamente. Recordemos que el alma romántica, según Paul Van Tieghem contiene los siguientes rasgos distintivos: desequilibrio e hipertrofia de las facultades humanas; rechazo de la vida y de la sociedad; escepticismo moral; y fastidio vital. Van Tieghem resume lapidariamente la definición del alma romántica utilizando un aforismo de Goethe: Clásico es lo sano, romántico es lo enfermo.

En este punto enlazamos la vida de Manuel M. Flores con la noción romántica de la enfermedad: el poeta como el estigmatizado, el enfermo, el diferente, el raro, el oscuro, el desgraciado que muere después de protagonizar la más atroz de las agonías. Manuel M. Flores es el gran enfermo de la poesía mexicana: satiriásico, sifilítico, alcohólico, hidropésico, ciego, demente y miserable.

Manuel M. Flores, en el año 1869, funda y dirige en Puebla el periódico El Libre Pensador; en 1872 el inicia su carrera académica en el Colegio del Estado de Puebla como catedrático de Historia y Literatura; en 1877 funda, con su hermano Luis, un colegio de instrucción básica para niños en la Casa de los Muñecos, ubicada en el centro de la ciudad de Puebla; y en el año 1878 a través de una carta a Rosario de la Peña sabemos que se encuentra gravemente enfermo y que su vivienda en Puebla está ubicada en el Costado de la Iglesia de San Juan de Dios, número 10.

Siete años duró la atroz agonía del poeta. Su lucha contra la enfermedad empezó en 1878 y terminó a las seis de la mañana del 20 de mayo del 1885, en la Ciudad de México. Cuarenta y cinco años antes había nacido en San Andrés Chalchicomula, Puebla, durante el jueves de Corpus.

DONDE LÁGRIMAS TANTAS SE DERRAMAN

Escribe Beguin, para quien la lectura era una exigencia espiritual, que “Toda época del pensamiento humano podría definirse, de manera suficientemente profunda, por las relaciones que establece entre el sueño y la vigilia. Sin duda nos admiraremos siempre de vivir dos existencias paralelas, mezcladas una a la otra, pero entre las cuales no llegamos nunca a establecer una perfecta concordancia. Cada criatura se encuentra, tarde o temprano y con mayor o menor claridad, continuidad y, sobre todo, urgencia, frente a esta pregunta insistente: ¿Soy yo el que sueña? ¿Soy yo el que sueño en la noche? O bien ¿me he convertido en un teatro en que alguien o algo presenta sus espectáculos ora ridículos, ora llenos de una inexplicable cordura? El sueño, la poesía y el mito toman formas de advertencias y me invitan a no satisfacerme ni con la conciencia de mí mismo -que basta para mi conducta moral y social- ni con la distinción entre los objetos y yo -que me hace creer que mis órganos de percepción ‘normal’ registran la exacta copia de la ‘realidad’”.

Antes de proseguir, recordemos que para Hayden White nuestra vinculación con el pasado es -y no debe dejar de ser- emotiva, y que, luego entonces, la dimensión poética y expresiva del texto histórico es inquebrantable y determinante. No existe distinción alguna entre historia y ficción, luego entonces, es falso el criterio según el cual la historia relata acontecimientos reales y la ficción acontecimientos imaginarios. Ahora bien, para el mejor funcionamiento de este artículo es necesario que el lector acepte la siguiente hipótesis: El ideal poético es una forma del sueño.

Efectivamente, puede colegirse que el Romanticismo es la época del pensamiento humano en la que la relación entre el sueño y la vigilia -entre lo que somos y no somos- carece de fronteras. Por ello el poeta romántico es el poeta por antonomasia. ¿En que parte de su vida -sueño o vigilia- se reconoce el poeta romántico? En el sueño, sin duda. El poeta es lo que sueña o dicho de mejor modo: el poeta es su sueño. Por esto no hay diferencia alguna posible entre vida y obra. Y por esto, también, el poeta romántico es paradigma de congruencia moral: la poesía erótica y la enfermedad venérea; el liberalismo y la política militante.

Dramática y desgraciadamente, Manuel M. Flores vagó por los laberintos de la historia y la política mexicana del siglo XIX hasta caer vencido por la realidad inapelable. Trece años antes de morir ignominiosamente, durante su discurso de ingreso al Colegio del Estado, un Manuel M. Flores exultante y con absoluta confianza en lo porvenir, ingenuamente profería estos votos ante sus compañeros profesores y los alumnos:
“La historia ha dejado de ser una ciencia especulativa para ser una ciencia práctica desde que la democracia ha abierto a todas las individualidades, las aptitudes, las vías del poder, en que tan necesarios son el conocimiento de los hombres, la filosofía de las instituciones y la ciencia de los sucesos. La historia resolverá, alumbrada por la ciencia, los oscuros problemas que como un cortinaje de sombras envuelven la cuna del género humano. La historia tiene por objeto a todo el hombre, al hombre inmortal, perfectible, indefinidamente progresivo y siempre ascendente en esa inmensa escala que partiendo de la salvaje felicidad del paraíso, perdida por el robo del fruto prohibido, y pasando por el sublime martirio de Prometeo, causado por el robo del fuego celeste, acaso no se detenga sino en el punto misterioso en que el alma de la humanidad, llegada al supremo grado de ciencia y amor, se confunda con el alma divina que incuba la creación.”

UN NO SE QUÉ DE BENDICIÓN

Si la Poblanidad existe -supongo que- debe ser un conjunto simbólico elegido; debe ser la proyección épica de la subjetividad del postulante de ese hipotético valor. Por esto para algunos el emblema de la Poblanidad es la China Poblana; para otros, Martín Garatuza y, para unos más, Manuel M. Flores.

Arrebatado y finalmente destruido por tormentas políticas y amorosas, Manuel M. Flores fue sepultado casi en secreto en el Panteón de Dolores y años después, exhumados sus restos, arrojado a la fosa común. Veintisiete años antes de su muerte paradigmática -como su vida lo es del Romanticismo: congruencia radical de la vida y la obra- trazó Ignacio M. Altamirano, en el prólogo de las Pasionarias el siguiente retrato del poeta adolescente:

“Corrían los años de 1857 y 1858, entre las porfiadas luchas del partido liberal y del partido reaccionario, que ensangrentaban la República y apenas dejaban tiempo para pensar en otra cosa que no fuese la política o la guerra (...) Había entrado a principios de aquel mismo año de 1857, a cursar filosofía en Letrán, como interno, un joven de diez y seis años, moreno, pálido, de grandes ojos negros, de abundante cabellera ensortijada y de aspecto triste y enfermizo (...) También Flores tuvo que salir de la Ciudad de México; también él formó parte en la política liberal, y tan pronto como se vio libre de los encantos de su Circe, fue a combatir en Puebla en la primera oportunidad. Defensor siempre de su patria y de sus ideas, con la pluma y con la acción, supo en la Guerra de Intervención cumplir con su deber como soldado, y a consecuencia de esto, no tardó en ser perseguido y preso en el castillo de Perote por orden del general francés De Thun, comandante en Puebla. Permaneció encerrado en las mazmorras de la vieja fortaleza con su hermano Luis, por espacio de cinco meses, hasta que salió para ser confinado en Jalapa. Después ha tenido una suerte varia, pero ha seguido firme en sus opiniones democráticas, y por ellas ha merecido venir dos veces a ocupar una curul en la Cámara de Diputados de la Unión, de la que hoy es diputado suplente, siendo propietario en la Legislatura de Morelos”.

Lo anterior lo publicó Altamirano en 1882, tres años antes de la muerte de Manuel M. Flores. Ahora, con el retrato en la mente, leamos el siguiente poema en el que la blanda morbidez, la férvida sed de absoluto y la lascivia verbal son tósigo irresistible para el lector:

AMÉMONOS

Buscaba mi alma con afán tu alma,
Buscaba yo la virgen que mi frente
Tocaba con su labio dulcemente
En el febril insomnio del amor.

Buscaba la mujer pálida y bella
Que en sueño me visitaba desde niño,
Para partir con ella mi cariño,
Para partir con ella mi dolor.

Como en la sacra soledad del templo
Sin ver a Dios se siente su presencia,
Yo presentí en el mundo tu existencia,
Y como a Dios, sin verte te adoré.

Y demandando sin cesar al cielo
La dulce compañera de mi suerte,
Muy lejos yo de ti, sin conocerte
En el ara de mi amor te levanté.

No preguntaba ni sabía tu nombre.
¿En dónde iba a encontrarte? Lo ignoraba;
Pero tu imagen dentro de mi alma estaba,
Más bien presentimiento que ilusión.

Y apenas te miré... tú eras el ángel
Compañero ideal de mi desvelo,
La casta virgen de mirar de cielo
Y de la frente pálida de amor.

Y la primera vez que nuestros ojos
Sus miradas magnéticas cruzaron,
Sin buscarse, las manos se encontraron
Y nos dijimos “te amo” sin hablar.

Un sonrojo purísimo en tu frente,
Algo de palidez sobre la mía,
Y una sonrisa que hasta Dios subía...
Así nos comprendimos... nada más.

¡Amémonos, mi bien! En este mundo
Donde lágrimas tantas se derraman,
Las que vierten quizá los que se aman
Tienen yo no sé qué de bendición

¡Amémonos, mi bien! Tiendan sus alas
Dos corazones en dichoso vuelo;
Amar es ver el entreabierto cielo
Y levantar el alma en asunción.

Amar es empapar el pensamiento
En la fragancia del Edén perdido;
Amar es... amar es llevar herido
Con un dardo celeste el corazón.

Es tocar los dinteles de la gloria,
Es ver tus ojos, escuchar tu acento,
En el alma sentir el firmamento
Y morir a tus pies de adoración.

Son 12 estrofas de arte mayor, llamadas serventesias, en las que se despliega la hipersensibilidad enfermiza del alma romántica. De la agonía al éxtasis; de la postración al vuelo.

Pero -y esto es rasgo distintivo del romántico poblano-, más allá del poeta en lánguido desmayo amoroso que se deleita en la auto-contemplación del fracaso amoroso -plañidero Narciso- está el combatiente político radical que toma las armas -simbólica o realmente, no sabemos con certeza- para defender sus ideas. De ese temple guerrero son prenda los fragmentos del siguiente poema:

ODA A LA PATRIA

(...)

Silba la bala, la metralla ruge,
Se avanzan con furor los batallones
Se chocan los guerreros,
Se desgarran flotando los pendones,
Crujen tintos en sangre los aceros,
Tiembla la cumbre, tiembla la llanura
Al estruendo mortal de la pelea,
Y de humo y polvo en la tiniebla oscura
El cañón formidable centellea.

¡Terrible batallar! Potente rabia
de insensato furor ebrio de sangre;
Festín de la venganza
En que sólo resuena pavoroso
El salvaje rugir de la matanza;
En que fiera la vida
Se escapa palpitante por la herida
Del corazón indómito que aún late
Encendido en las iras del combate;
Instante de terror y de grandeza
En que el débil en bravo se convierte
Y se hace león el corazón del fuerte;
Y convulsa la vida se desgarra,
Y se goza el Horror y ríe la Muerte.

¡Terrible batallar! Golpe por golpe,
Furor contra furor, vida por vida
Y sangre nada más: allí la fama
Del francés vencedor y su pericia
Contra el derecho transformado en pueblo
Y armado de justicia...
Terribles las legiones
Cual de la mar las olas turbulentas
Que flagela el furor de las tormentas
Se encuentran y se chocan y se rompen
Feroces y sangrientas...
(...)
Las águilas francesas que algún día
Tendieron sobre el mundo
Ebrias de triunfos las potentes alas
Llevando entre sus garras las banderas
Vencidas y hechas trizas
De naciones altivas y guerreras;
Las águilas que guiaron la fortuna
Sangrienta de los fieros Bonaparte,
No posaron su vuelo victorioso
Después, del Guadalupe en el baluarte.
Y queda allí, soberbio monumento
De patriotismo y gloria.
Vistiendo con la sangre no lavada
La púrpura triunfal de su victoria.

Allí queda a su planta la esforzada
Guerrera de Atoyac, Puebla la bella,
La tierra de mi hogar que guarda altiva
Cual cicatrices que la gloria sella,
Sus rotos muros, sus desechos lares,
Sus calles destrozadas,
Y en pié las ruinas de sus grandes templos
Por la bala francesa acribilladas;
Elocuente padrón del heroísmo
Y del patrio denuedo,
Página de la historia
Del mexicano corazón sin miedo.
(...)
¡Allí queda ese Fuerte de los libres
Ante cuyo granito de soberbia
De los nunca vencidos se destroza;
Allí queda ese campo de pelea
Donde hollaron las cruces de Crimea
Los cascos del corcel de Zaragoza!

¡Allí quedas, mi Puebla! Y si algún día
Arroja el extranjero
El grito de la guerra a tu muralla,
Renueva tu osadía,
Vibra de nuevo el matador acero,
Desata el huracán de la metralla,
Fulmina fiero de la muerte el rayo,
¡Y la sangre del campo de batalla
La seque aún otra vez la esplendorosa
Lumbre de gloria de tu sol de mayo!

Construida con endecasílabos y heptasílabos, esta lira beligerante, aullante, terrible, fragorosa, llameante, homicida y épica no sólo es la descripción de la batalla sino -sobre todo- la construcción de dos mitos nacionales: el mito liberal de la invencibilidad intrínseca de la soberanía en armas y el de la condición virginal de la patria representada en la ciudad de Puebla. Llevadas a la extrapolación límite las imágenes de la Amada y de la Patria, éstas se funden en una sola y poderosa -destructiva- entidad femenina que después de una intensa lucha (agonía) disuelve en el éxtasis de la comunión en la tierra (la fosa común del Panteón de Dolores) al poeta radical que es emblema de la Puebla romántica, trágica y liberal. De la Poblanidad ésta es la ecuación: El poeta y la mujer es la danza lujuriosa de las palabras con la muerte. Vean, si no, carísimos lectores:

Él escribe: “Dime mi Rosario, dulce realizadora de este sueño ¿Puede acaso el amor de todo el mundo tener estos goces íntimos, estas voluptuosidades ideales del alma que aún pálida de dolor, pero sonriente, se levanta de la prueba entre la sombra para recibir el beso de ese ángel en que es preciso creer en ciertos momentos: la felicidad?”

Ella responde: “Yo te amo con toda mi fuerza, eres el ídolo de mi alma, pero no estoy satisfecha de ti. Las nieblas luminosas me deslumbran y el delirio de felicidad hoy me enajena. He aquí lo que siento, he aquí lo que me obliga a palparme para comprender que no es un sueño, que no son mis deseos los que han producido esta alucinación de dicha apenas entrevista en mis arrebatos de pasión. Piensa siempre que tú eres el que me abandonas. Pero yo no te digo adiós, porque ésa es la palabra absurda, imposible en el amor de las almas que no pueden separarse sino por el olvido y tú bien sabes que no podremos jamás olvidarnos. Acuérdate de que te has encontrado en mi camino para derramar por un instante, pero a manos llenas, sobre mí las más ardientes dichas del amor”.

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1 Edición nacional de las obras completas de Menéndez Pelayo. Vol. 27, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1948.
2 Flores, Manuel M. Obras. Tomo II, Pasionarias. Gobierno del Estado de Puebla, Secretaría de Cultura. Puebla, México, 2001. Facsímil de la edición de 1882.
3 Flores, Manuel M. Poesías inéditas. (Prólogo de José Juan Tablada, fechado en octubre del 1909) París. Librería de la Vda. de Ch. Bouret. s.f.
4 Urbina, Luis G. La vida literaria de México. 1ª. Ed. Madrid, 1917.
5 Paz, Octavio. “Introducción a la historia de la poesía mexicana”. En Generaciones y semblanzas; Antecesores y fundadores. México en la obra de Octavio Paz; 4, II. Fondo de Cultura Económica. México, 1989.
6 Van Tieghem, Paul. El romanticismo en la literatura europea. UTEHA. México, 1958.
7 Flores, Manuel M. Obras. Tomo I, Rosas caídas. Gobierno del Estado de Puebla, Secretaría de Cultura. Puebla, México, 2001. Facsímil de la edición de 1882.
8 Béguin, Albert. El alma romántica y el sueño. FCE. México, 1996
9 El texto histórico como artefacto literario. Paidos, 2003
10 Flores, Manuel M. Obras. Tomo I, Rosas caídas. Gobierno del Estado de Puebla, Secretaría de Cultura. Puebla, México, 2001. Facsímil de la edición de 1882.
11 Flores, Manuel M. Obras. Tomo II, Pasionarias. Gobierno del Estado de Puebla, Secretaría de Cultura. Puebla, México, 2001. Facsímil de la edición de 1882.
12 Flores, Manuel M. Cartas a Rosario de la Peña. Gobierno del estado de Puebla. Secretaría de Cultura. Puebla, México, 2002.