REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 01 | 2020
   

De nuestra portada

El joven José Gorostiza, como crítico


Marcela del Río Reyes

Cuando la crítica se refiere a José Gorostiza (1901-1973) generalmente lo describen como poeta, y se olvidan sus años de juventud, en los que ejerció la crítica no sólo analizando y comentando a los poetas, sino también a los dramaturgos y a los teatros de revista. Sin embargo es interesante revisar sus artículos y ensayos en revistas literarias para comprobar que sus preocupaciones poéticas sobre la muerte como transformación o evolución hacia otra forma de vida, ya podían vislumbrarse desde su juventud, en esos textos críticos.

Intertextualidad discursiva y arte poética

En la producción no poética de Gorostiza, la que desarrolló como crítico a lo largo de su vida -anterior a Muerte sin fin- hay un sinnúmero de indicios de su maduración reflexiva de los conceptos que operan dentro de las metáforas de su poema y de su concepto mismo de la poesía.

Gorostiza no fue un escritor improvisado, sus lecturas lo atestiguan, su labor como crítico lo confirma. Y por los autores que cita y estudia puede avanzarse, con el hilo de Ariadna en la mano, por el camino que seguían sus lecturas, que fueron su alimento y que conformaron su cultura, de la que él era el único Minotauro.

1921-1925

Se tomará para este comentario sólo un lustro de su juventud, cuando apenas iba a cumplir su mayoría de edad, ya que había nacido en la ciudad de San Juan Bautista, hoy Villahermosa, el 10 de noviembre de 1901 (recuérdese que en aquellos tiempos, la mayoría se cumplía a los veintiún años).

Así pues, contando apenas veinte años, al escribir la crítica sobre una obra de Jesús S. Soto lanza su primer grito de rebeldía, con el que demuestra que para entonces, tenía ya formada una cultura y sabía lo que decía al exclamar:

Dos mil años de tradición literaria pesan sobre nosotros y restan pureza a las impresiones de los sentidos, que ya sólo pueden advertir la belleza en forma estereotipada por el tiempo.

Gorostiza procuró siempre evadirse del estereotipo y de buscar en lo más íntimo de su razón, de su pensamiento y de su capacidad de observación, la definición poética, la metáfora, la imagen, no fiándose de la pura emoción, sino buscando en la introspección de sí mismo, el elemento vivo que diera proyección universal a su poesía. No se olvide que una de las preocupaciones que compartieron todos los miembros del grupo de los Contemporáneos fue el de la “universalidad” de su escritura.

Gorostiza no se preocupó sólo por los textos de los escritores de las literaturas europeas o norteamericana, sino también, y profundamente, por los textos de la literatura mexicana de todas las épocas, y muy especialmente, por la de sus “contemporáneos” -también los de fuera del “grupo sin grupo”, fueran poetas, dramaturgos, novelistas, cuentistas o ensayistas y por la de las generaciones posteriores a la suya. Así, en las páginas de México Moderno aparece en 1921 la crítica a El corazón juglar de Luis G. Urbina, destacando de entre los poemas que contenía: “El beso de la sombra”, “El dolor cansado” y “El cementerio” “por su profunda melancolía de gran intensidad emotiva.”

Al año siguiente, hace la presentación del tomo de Cultura dedicado a Rabindranath Tagore, en donde expresa ya esa filiación a la teoría de la evolución universal:

Todo cuento presenta, con más o menos intensidad, un conflicto. Su justa solución es ineludible y la queremos siempre, aunque las majaderías literarias cuentan con numerosos amigos.

No creo que pase inadvertida para nadie, esta idea de justicia que acompaña a las obras de arte y, más aún, a la vida misma. De la piedra al árbol, del árbol a la carne, de la carne al espíritu, igualmente nobles todos, se prosigue una obra de justicia.

Es el año de 1922, cuando el poeta tiene sólo 21 años, esa opinión ya puede compararse, aunque en su dirección inversa, con aquel retorno, que describe en Muerte sin fin, del espíritu y la carne hacia la materia inorgánica y el fuego:

…mientras unos a otros se devoran
al animal, la planta
a la planta, la piedra
a la piedra, el fuego
al fuego, el mar
al mar, la nube
a la nube el sol” (1969, 140);

Este texto demuestra cómo la concepción filosófica del poeta se fue gestando probablemente desde la adolescencia misma del poeta como un río subterráneo, antes de emerger definitiva en Muerte sin fin. Y aquí hay que agregar la segunda parte del párrafo de Gorostiza, relativo a Tagore:

Aun cuando, en apariencia, el conflicto se resuelva injustamente o deje de resolverse, reserva el cumplimiento de la justicia para otra encarnación o en otro mundo; y el necio corazón humano se da por satisfecho.

El pasaje denota lecturas complementarias de Tagore, sobre la re¬encarnación, que habrán de dejar profunda huella en su concepción de la muerte como paso para una nueva vida. Es indudable que ya para entonces ha leído a Keats, a quien cita en su ensayo crítico sobre Tagore, así como a filósofos de muy distintas escuelas y concepciones, que lo hacen renegar de la “teosofía, complicada y absurda, de algunos escritores europeos” y en cambio, aceptar postulados de credos indios, al decir:

Una enseñanza más nos da la obra de Tagore: que no debemos pensar en la India como de un país cerrado a nuestro conocimiento o distante de nuestra comprensión.

Al contrario, de ella obtendremos la verdad, por gracia de la religión que dice: Aquél que se ve a sí mismo en todos los seres, que concibe todos los seres como a sí mismo, conoce la verdad.

Otra intertextualidad que habrá de persistir en su obra, proveniente de esas lecturas, será su “dialéctica de las hierofanías” tal como es descrita por Mircea Eliade, y que bien puede encontrarse en esa necesidad de Gorostiza de oponer, incorporándolos, lo sagrado y lo profano.

Ese año, 1922, y el siguiente, aparecen otros ensayos críticos, uno es sobre un libro de Nahui-Olin: Óptica cerebral, otro, sobre Desolación de Gabriela Mistral. Gorostiza no sólo admiró a Ramón López Velarde, fue su amigo entrañable, y en 1924, publica un artículo en México Moderno sobre su obra, en el que descubre su afinidad con López Velarde, específicamente en lo que se refiere a la armonía del lenguaje que es creada por el ritmo, cuando hay amor entre las palabras mismas:
…el amor como armonía de elementos opuestos en apariencia; las sílabas largas y las breves, (…) se aman en cuanto dejan de oponerse para producir una armonía: el ritmo.

En ese mismo ensayo, Gorostiza confiesa su rechazo al hermetismo, cuando responde a quienes atacaban el estilo raro de López Velarde:

…lo raro fue un accidente de la evolución de su lenguaje, y no el fin propuesto de su obra, que nadie se propondrá nunca, teniendo la honradez artística y personal de Ramón, escribir con el único objeto de que no se le entienda.

Y así como rechaza el hermetismo, en lo que tiene de exceso de complicación poética, rechaza también los ataques de extranjerizante que se le lanzaron a él y a su grupo de amigos, sólo por poseer una cultura universal:

…López Velarde nos enseña otra cosa: Tenemos tierra y cielo propios, es decir paisaje; tenemos maneras de expresarnos, es decir idioma, y por último, costumbres o vida regular e inconfundible. Los tres elementos, paisaje, idioma y costumbres son la mejor base para un mexicanismo de dentro a afuera.

Para terminar reafirmando su mexicanismo con un enunciado que se lanza como un proyectil hacia el espíritu-agua de Muerte sin fin, que sólo puede erguirse al llenar la forma que le proporciona el vaso, y que, en este caso, es el de la patria:

El espíritu no nos pertenece ni nos pertenecerá mientras la forma no se anime con la poesía del suelo.

Para llegar a una conclusión: la de que los ataques hacia la falta de nacionalismo del grupo de los Contemporáneos, son resultado de dos extremos: “desconocimiento y egoísmo” acusando directamente de lo primero a Victoriano Salado Álvarez y de lo segundo a Julio Jiménez Rueda.

Si se hace un recuento de todos los autores y las obras que cita, allá por el año de 1925, se verá que su interés abarca además de la poesía y el nacionalismo, el teatro y no sólo el teatro serio: Shakespeare, Ibsen -habla de Peer Gynt y de Brand-, también las revistas del Follies y el bataclán. Cuando escribe sus “Glosas al momento teatral” cita “entre los mejores nombres del teatro moderno” a Antoine, Reinhardt, Stanislavsky y O'Neill. Descubre que el teatro avanza hacia dos rumbos: la tradición española por un lado, y el naturalismo por el otro, para acabar aceptando que: “México vive con un par de años de diferencia todos los momentos de la vida intelectual” en lo que toca a la poesía o a la pintura, no obstante, esta ley artística no se cumple en el teatro, donde el retraso es aún mayor y revela que hay una “falta de cultura donde filtrar la tradición.” En este mismo ensayo, Gorostiza llama la atención hacia el teatro sintético, lo cual revela sus lecturas de Molnar, especialmente. Recuérdese que el único teatro que Gorostiza escribió fue teatro sintético, precisamente al estilo de los “short plays” de Molnar y Dunsany, citados por Gorostiza. Y su concepto de la muerte como renacimiento se lo aplica, en su ensayo, al propio teatro al asentar que:
El teatro nace y muere cada día. Muere, repetido hasta la fatiga, en los teatros comerciales. Nace, nuevo, en el “pequeño teatro o “teatro experimental.”

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i 'Jesús S. Soto”, México Moderno II, (Mayo, 1921): 10.
ii Presentación de “Cultura”, sobre Tagore. Azulejos, I, 7 (Mayo, 1922): 15.
iii Revista de Revistas, XIV, 738 (Junio, 1924): 28-29.
iv José Gorostiza México: Fondo de Cultura Económica, 1969: 107.
v 'Juventud contra (los) molinos de viento', La Antorcha I, 17 (Enero 24, 1925) 27-28.
vi 'Glosas al momento teatral', El Universal Ilustrado, IX, 448 (Diciembre 10, 1925) 31. Reproducido en Prosa, 1969, 3-6.