REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 01 | 2020
   

Confabulario

Mexenías


Leonardo Compañ Jassol

Tenía una sonrisa extraña, peculiar, aún recuerdo: mostraba la calma de la mar, en noches de luna clara. Sin embargo, su calidez era lejana, distante, como si el fulgor de sus ojos dijera: '-ahí quédate, no te acerques-. Cruzaba una mano sobre otra, reposadamente, mientras el paisaje ambarino liberaba sus llanuras y sus campos, su verdor y sus árboles, atrás de ella, habitando el horizonte. Jamás me dijo su nombre, pero algunos la llaman “Mona Lisa”.

Tenue aroma despedía el clavel en sus cabellos, negros como la noche oscura, dispuesta al amor y los secretos, dichos al oído, bajo sábanas olorosas a jazmín y azucena. Cuando la miró el pintor, la recostó y pintó vestida… pero también desnuda. Entonces, entre el escándalo de los siglos, la nieve de su piel llegó a mis ojos.

Apuró el vino del dolor hasta descubrir la poesía del tulipán y el perfume del hueledenoche. Sepultó sus triunfos y fracasos y una mañana, muy de mañana, cuando aún el rocío olía a luna y estrellas, emprendió el camino por la vida para deshacer entuertos con lanza, locura y nobleza.

Allá, en tierras lejanas, donde las ramas de los árboles crecen hacia los cuatro puntos y se entrelazan en frescas sombras para conceder reposo y alivio, quedó su corazón en el vuelo de las mariposas y el agua de los arroyos.

Las aves cantan a la mañana y el crepúsculo, pues duermen durante la noche y vuelan en el día. Y es que no hay vuelo en el canto ni canto en el vuelo.

Teje, con gozo, el andar y extravíate; no busques, ya la tierra dará sus frutos y ortigas. En lo superior, no hay riqueza ni pobreza, sino destino.
Bajo un ciprés, descansaba el caballero de tanto andar. Los ojos, cerrados; la espada, recargada al árbol; la lanza, a sus pies y el caballo, atada la cuerda a un tronco. Reposaba su fatiga y hacía mal, pues la muerte lo sorprendió descuidado.

Y el mendigo soñaba viandas, acompañadas de vino tinto, pero despertó.
Nadó en camello el desierto hasta morir de sed. Buscaba un oasis y sólo halló espejismos.

De tanto mirar al cielo se convirtió en árbol y quedó a merced del talador.
Posó sus labios en la piel del durazno y probó que el beso también es mordisco.

Un día de días descubrió que la invención es la capacidad humana para ser insecto. Su castigo fue ignorar que la creación es la aptitud divina para serse dios.

Nutría con tiempo sus pensamientos hasta que el tiempo lo desnutrió. Se ajaron sus mejillas, le creció la barba y dedicó el resto de sus días a pedir limosna.

Leía al fondo de su bacín de plata, alrededor del ojo labrado “te estoy viendo”, antes de dejar correr el oro de su soledad. Después, volvía al lecho y se soñaba princesa.

Bajo la lupa, las hormigas marchan como soldados.

El brillo de su rosa de rubíes perfumaba la luna con el fuego intenso del amor hecho piedra. Para honrarlo la doncella tomó su daga de fina hoja labrada en plata y le ofrendó la sangre de su corazón.
-De grande seré militar- escribió cuando era niño. -Y conquistaré un imperio…- siguió escribiendo y describiendo hasta que acabó siendo escritor. Pero usó la pluma como espada.

-Caballero… ¿dónde está tu caballo?
-Bajo mi corazón.
-¿Y tu corazón?
-Montado en mi caballo.
Desde el ojo de la catedral, miraba el Reino de Dios. Y, maravillada, dos lágrimas de orín rodaron por sus mejillas de gárgola.
Liberó al viento lo único que le quedaba: el nombre.

Se alimentaba con luz y trabajaba durante muchas horas, con tal eficiencia que produjo un corto circuito. Como era de esperarse, acabó en la basura.