REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
05 | 12 | 2019
   

De nuestra portada

Apuntes que intentan descifrar el significado de “revolucionario institucional”


Hugo Enrique Sáez A.

Cuando en 1976 llegué exiliado a México y visité por primera vez la librería Gandhi quedé casi petrificado: se vendían libros de Marx y Engels, de Althusser, de Mao, de Freud, de Piaget, y de varios otros autores, obras que criminales militares en Argentina se dedicaban a quemar en público. Con asombro miré para todos lados buscando agentes de los servicios de seguridad ocultos tras un disfraz para sorprender al eventual comprador de ese material 'subversivo'. Me di cuenta de que mi gesto era una especie de tic nervioso adquirido después de vivir bajo el imperio de una dictadura que despojaba de derechos mediante el estado de sitio. En esas condiciones se genera una especie de delirio de persecución que no tiene nada de patológico porque de lo que se trata es de estar alerta para advertir el peligro de los terroristas del Estado que secuestran y matan con impunidad. En mi nuevo entorno empecé a experimentar una sensación de libertad que casi había echado al olvido en los años de militancia, obligado a la clandestinidad en los últimos meses. Simpaticé de inmediato con una huelga de telefonistas encabezada por un joven dirigente llamado Francisco Hernández Juárez, cuyo objetivo -cumplido al final- era acabar con el liderazgo de un secretario general que en su gremio se había eternizado 11 años en el cargo. Wikipedia informa que Francisco Hernández Juárez desde entonces a la fecha “se ha reelegido en forma democrática en sucesivas ocasiones”.
Como profesor de filosofía en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo tomé contacto con intelectuales de izquierda, en particular el poeta Ramón Martínez Ocaranza, quien había sufrido cárcel acusado de secuestrar un autobús en medio de un movimiento estudiantil y de invitar a que los transeúntes subieran gratis a dicho transporte. No pudieron probarle que supiera manejar ni siquiera bicicleta. En julio de 1976 se lesionó a la libertad de prensa con la expulsión de brillantes articulistas del diario Excélsior, golpe ordenado por el presidente Echeverría. Héctor Aguilar Camín lo noveló en La guerra de Galio. Primer foco rojo de que la libertad en mi nuevo domicilio no era tan amplia como yo me la imaginaba. Luego ocurrió un episodio violento de resonancia nacional con la tentativa de secuestro de Margarita López Portillo en un operativo que realizara la guerrillera Liga 23 de Septiembre, exterminada en la guerra sucia. ¿En dónde estaba? ¿Cómo adaptar mi percepción a los nuevos fenómenos? ¿Había democracia con la elección de un presidente sin antagonistas? Me deslumbraba que la constitución política incluyera en los artículos 27 y 123 los derechos de los campesinos y de los trabajadores urbanos. En contraste, los salarios eran bastante bajos y los campesinos al igual que los indígenas vivían marginados por la pobreza y la exclusión racial que se hacía notoria hasta en las telenovelas. Mis sospechas se enfocaban a que existía un abismo entre las leyes escritas y su cumplimiento efectivo.
Poco a poco fui desenmascarando el ardid de la burguesía política mexicana. Así, por ejemplo, se permitía en la universidad el ejercicio de la libertad de cátedra mientras que había próceres de izquierda que iban a cenar a Chez Maxim´s, en el entendido de que a los altos funcionarios hasta les divertía leer a Monsiváis y Poniatowska, por mencionar algunos personajes que no acordaban con el statu quo. La realidad nacional se desarrollaba como una obra de teatro en la que se pronuncian parlamentos sin conexión con la cotidianidad de carne y hueso. Me invitó a una cena Eugenio Méndez Docurro, el entonces ex ministro de Echeverría, y compartimos la mesa con José María Pérez Gay. Algo insólito en mi país de origen: sentarme y platicar cara a cara con un funcionario de un gobierno que había matado estudiantes un Jueves de Corpus. Allá me habrían apresado o desaparecido.
Entonces se me manifestaron síntomas del sutil entramado. Piensen lo que quieran y publiquen lo que se les dé la gana; en sus clases enseñen las cochinadas de 'degenerados' como Bataille y el Marqués de Sade. La única condición es que no se filtre una gota de pensamiento más allá de los muros de la universidad. Era como tener un cuarto de juegos para niños en el que está permitido embadurnar las paredes con excrementos, siempre y cuando no se escabullan de esas cuatro paredes. Permanezcan allí, en esa clínica para mentes desarrolladas, pero no se les ocurra llevar sus ideas a la práctica.
Ahora bien, no se trata de una descalificación fácil y generalizada hacia los estamentos intelectuales, en los que existen ejemplos de coherencia como José Revueltas y Efraín Huerta, entre muchos otros, además de una paciente obra de creación y de investigación por parte de destacados académicos. La valentía de un rector como Javier Barros Sierra al frente de las manifestaciones en los tristes días de 1968 revela que el sistema de dominación tiene fallas, que no ejerce un control perfecto e inviolable.
En contraste, el radicalismo extremo parecía rendir dividendos muy interesantes mediante la cooptación. El caso de Enrique Ramírez y Ramírez planteaba un inquietante galimatías. Los exiliados provenientes allende el Suchiate hasta Tierra del Fuego leíamos el periódico El Día, dirigido por él, debido a que en política exterior informaba sobre América Latina con una inclinación progresista; no obstante, resultaba chocante el servilismo de su estilo frente al sistema presidencialista. No fue difícil enterarse que en su mocedad había sido encarcelado y torturado por comunista; le llegaron a llamar “el Lenin de América”, hasta que sus furibundas ideas revolucionarias fueron calmadas con un regalo gubernamental, precisamente dicho periódico. Además, en la L Legislatura llegó a ser diputado por el Partido Revolucionario Institucional. El embrollo difícil de descifrar se extiende a este nombre de partido, un auténtico oxímoron. Es como decir dictadura democrática, expresión válida en la Feudalia de Les Luthiers.
Con un salto al presente, mis largos años en el país me han servido para asimilar lo que significa ese invento mexicano que Salvador Novo designó como el “sistema métrico sexenal”. Se halla en crisis el sistema, una crisis que se desencadenó por un segmento muy sensible del tejido social, el de la educación. Y no se trató en principio de las grandes universidades públicas; no, la chispa se encendió en un gen contestatario sobreviviente de la revolución de 1910: las escuelas normales rurales, una herencia indirecta del heroico movimiento de Villa y Zapata; un olvidado y pequeño segmento de las grandes reformas generadas por la constitución de 1917 que nunca se volvió “institucional”. Sus actores responden a un proyecto ideado en la década de 1920 por el entonces Secretario de Educación Pública, Moisés Sáenz. La intención del proyecto era llevar la educación a las grandes masas empobrecidas del país. Los estudiantes de las normales rurales, principalmente en Guerrero, decidieron convertir el pensamiento en acción. Y por ahí anduvieron Lucio Cabañas Barrientos y Genero Vázquez Rojas, egresados de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, quienes tomaron las armas para convertirse en jefes de experiencias guerrilleras rurales que son leyendas inspiradoras de liberación.
Uno de los sobrevivientes de la matanza en Iguala y del secuestro de los 43 estudiantes, Omar García, refleja en su léxico esa conciencia forjada entre la pobreza y la escuela. Reproduzco una de sus declaraciones porque nos convierte en aprendices de futuro en una lucha que ha comenzado para devolver la dignidad a un país inundado de inmundicia corrupta. “Detestan que seamos gestores de las comunidades, y especialmente detestan que fundemos escuelas. Muchos maestros rurales fundan escuelas. En nuestras prácticas como estudiantes vemos lo que ha pasado en México: las niñas quieren estudiar, pero los niños quieren ser narcos. Quieren serlo aunque la expectativa de vida dentro del narco es como máximo de dos años. Esto es cultural. Nosotros queremos hablarles de otras formas de vida. Por eso nos quieren callados, pero no tenemos miedo. Yo vi matar a un hombre por primera vez cuando tenía seis años. Alguien sacó a bailar a mi hermana y ella dijo que no y se fue a bailar con otro. El desairado sacó un arma y mató al acompañante de mi hermana. Todos nosotros crecimos viendo cosas así. Si en México a la gente la matan por cosas tan pequeñas, cómo no habrían de querer matarnos si tenemos otra idea de cómo debería ser este país”.
Hay una elite que ha privatizado el Estado y éste ya no está al servicio de la población sino del crimen organizado y del gran capital extranjero, como el chino y el estadunidense. En medio de esta situación hay que hacer el mayor esfuerzo para detener la escalada represiva porque caso contrario México desaparecerá como país y será botín de esas fuerzas extranjeras aliadas con la peor ralea del país.
Ahora estudiantes y profesores somos peligrosos, porque nos hemos puesto a caminar con los explotados, los subalternos de una sociedad dividida por una brecha de desigualdad en lo económico, lo cultural y lo político. El pensamiento se vuelve acción y eso produce alarma y escozor en la oligarquía plutocrática. Continuemos caminando por avenidas que cada día serán más amplias con todos los que día a día comprenden que esto es una dictadura de corruptos que son cómplices y se protegen entre sí.