REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 09 | 2018
   

Arca de Noé

Artistas al Cubo


Martha Chapa

La comunión entre el arte y la solidaridad tuvo una plena expresión hace unos días en un productivo e interesante encuentro convocado por Artistas al Cubo. Se trata de un proyecto en favor de niños con problemas serios de salud, creado por Rebeca Borgaro Payró, directora médica del Hospital del Niño y Adolescente Morelense.
De verdad, la iniciativa es tan original como encomiable. Así la explican los propios organizadores de este exitoso programa:

Así como un cubo tiene muchos lados que conforman una sola figura, la salud es el resultado de muchos factores que inciden en una sola persona.
Restablecer la salud de un niño o adolescente con alguna enfermedad sólo es posible con la convergencia de muchos factores: la atención y cariño de la familia, la ayuda médica oportuna con calidez, y también la participación de la sociedad que reconoce en cada niño el futuro de toda la comunidad.
Esto es Artistas al cubo: la intervención artística en piezas de cerámica frágiles como puede ser la salud, pero tan llenas de aliento, luz y color que devuelven esperanza a los niños y niñas que tanto lo necesitan.

De modo que Artistas al Cubo es, en realidad, una oportunidad para que los artistas se unan a fin de plasmar su talento en un cubo de cerámica que luego entregan en donación para que sea subastado. Los recursos recabados se destinarán en su totalidad para solventar tratamientos y necesidades especiales de niños extremadamente prematuros o de niños y adolescentes que padecen enfermedades como cáncer y sida.
Desde el Hospital del Niño y el Adolecente Morelense, la doctora Rebeca Borgaro, quien también es coordinadora general de Artistas al Cubo, ha desplegado una labor excepcional. Debo mencionar que el DIF de Morelos, conducido con acierto por Elena Cepeda de León, ha apoyado esta causa y la ha hecho suya.
Este encuentro se llevó a cabo en un escenario ideal: las instalaciones de Jardines de México, un lugar en verdad hermoso, casi un paraíso, ubicado en Jojutla, Morelos. Ahí se exhibieron los cubos elaborados por más de 500 artistas que se sumaron al proyecto y elaboraron y donaron sus obras para esta causa. Ese día –más bien ya por la noche– se llevó a cabo con éxito la subasta de las obras.
Comparto con ustedes las palabras que expresé ante los niños, niñas y adolescentes presentes en ese emotivo evento:

“Amiguitas y amiguitos: Desde este cubo que pinté llena de emoción, les dedico estas líneas a nuestros niños que, por cierto, no creo que sólo representen el futuro, pues estoy convencida de que son también el presente y la única esperanza real para conducirnos a un mundo mejor. Por eso, en la calidad de la salud y la educación que les proporcionemos en el seno familiar y en sus centros educativos está la clave de nuestro hoy y nuestro mañana. Además, es la única manera de preservar nuestra identidad y nuestro destino.
“Pues bien, escribir y pintar en este cubo ha sido como un encuentro mágico y maravilloso, ya que compartir tal experiencia con ustedes significa la posibilidad de que mi trabajo llegue a sus ojos, sus almas y sus mentes. Pero, sobre todo, mi propósito es que se sume en favor de la salud y prosperidad de cada uno de ustedes.
“Participar en este proyecto representa, pues, la cristalización de muchos de mis sueños y afanes. Les contaré algo de mi infancia: fui una niña nostálgica, que calificaban de “triste”, aunque déjenme decirles que no es lo mismo. Asistía desde muy chiquita al jardín del arte y mi primera maestra fue María O’Higgins, quien daba clases en unos jardines justo en la Alameda de mi tierra natal, Monterrey, Nuevo León. Desde esa edad tuve la capacidad de contemplar a los pintores, de extasiarme con un arte que, aún sin entenderlo del todo, me transmitía mensajes con gran intensidad.
“Tuve también la fortuna de contar con el amor de dos tías, Chanita y Cuquita, que me marcaron de manera indeleble, pues una era pintora y la otra, cocinera. Todavía recuerdo que una de mis más grandes emociones era verlas en plena acción, pintando o cocinando. Y en esas ocasiones me decía a mí misma: “cuando sea grande quiero ser como ellas.
“Y aquí me tienen, después de muchos intentos, uniendo ambos quehaceres en uno solo, y hasta he tenido la osadía de haber agregado otro más: las letras. Porque me considero una pintora que cocina y una mujer que escribe, que va y viene, pero sobre todo, una mujer que ama a México y se interesa en su cultura y sus retos. Por esa razón estoy aquí, atestiguando esta hermosa y trascendente obra de Rebeca Borgaro, con quien coincido en la convicción de que los niños deben ser siempre nuestra prioridad.
“Quizá desde aquellos tiempos de mi infancia, con espíritu democrático me preguntaba por qué los pintores no creaban para los niños y les mostraban su obra de manera especial. Mi papá, quien, por cierto, fue un gran doctor, solía leerme los cuentos de Óscar Wilde y de diversos escritores mexicanos, y me decía que ojalá los pintores hicieran lo mismo, o sea, ayudar a los demás con sus pinturas. Ahora afortunadamente he encontrado muchos casos de colegas que crean y donan sus obras para muy buenas causas.
“Así como ustedes, cuando era niña yo también pintaba un poco de todo, lo que iba saliendo de mi corazón, y con mis inquietas manitas dibujaba personajes imaginarios. Desde luego, estaban en primerísimo lugar mi mamá, mi papá, mis hermanitos, y no podían faltar mis amiguitas y amiguitos, y hasta mis maestros. De igual manera, me encantaba delinear animales y, claro está, los frutos que veía en el mercado, al cual iba con frecuencia.
“Quiero platicarles brevemente la historia acerca de por qué empecé a pintar manzanas. Miren qué bonito relato, escúchenlo con atención y verán que tengo razón. Mi padre, que solía llegar tarde por las noches a casa porque atendía a muchos enfermos, pensaba que una manera de expresarme su cariño era con una bolsa de lustrosas manzanas que compraba en la frutería La Victoria. Así que en las noches dejaba una manzana en mi buró mientras yo dormía. Por las mañanas, cuando despertaba, me sentía feliz de encontrarme con esa roja señal del amor de mi padre.
“Y, bueno, como cualquier otra persona, no nací pintando, pero si comencé desde pequeña a hacerlo. Porque era capaz de ver y de sentir mucho y muy profundo; tal vez un poco diferente a todos los demás, porque dicen que los artistas percibimos con mayor intensidad el aroma de las flores, vemos con claridad la infinita variación cromática de los colores, y hasta descubrimos el misterio del aletear de los colibríes...
“Como les decía, nací en Monterrey, allá donde está el Cerro de la Silla, es decir, en la tierra de grandes escritores y artistas; de gente buena, que tiene fama de ser muy trabajadora, que se ha enfrentado a las inclemencias del desierto y a sus cielos avaros que en ocasiones no dejan caer ni una sola gota de agua. Y donde el clima es muy extremoso: cuando hace frío, hace de veras un frío que cala hasta los huesos, y cuando hace calor, éste es muy intenso, sofocante. Además, Monterrey está rodeado de inmensas montañas, que, por cierto, también he pintado una y otra vez.”

En fin, para despedirme les recordé que la manzana fue el primer fruto que probó la humanidad, pero su valor fundamental proviene de que nos nutre y nos da salud física y mental, además de que es símbolo de amor, amistad, salud y convivencia profunda y entrañable. Por eso, les llevé una manzana que creció en mi imaginación, con los mejores deseos para todas y todos. ¡Una manzana de corazón!

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