REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 11 | 2019
   

Arca de Noé

Los enemigos de México


Benjamín Torres Uballe

Hace pocos días, Alemania y el mundo celebraron el 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín, uno de los mayores logros del hombre en aras de la libertad. El país germano es, actualmente, una de las mejores naciones en todos los sentidos. En 70 años pasó de la destrucción provocada por la guerra a ser ejemplo de desarrollo, progreso y democracia, y para ello tuvo que superar escollos que parecían imposibles, siendo el principal y de mayor mérito el profundo odio entre los propios alemanes. Cuando lo hicieron, trabajaron en pro de su patria, alcanzando nuevos y promisorios horizontes. “Podemos cambiar las cosas para mejorar”, dijo Ángela Merkel, la canciller alemana, en los festejos.
Pero mientras los teutones avanzan a pasos sólidos, en México nos afanamos por destruirnos, por exacerbar y torcer las diferencias naturales que como seres humanos tenemos derecho a expresar, a discrepar de los demás; lastimosamente, a mostrar la intransigencia que nos caracteriza cuando pretendemos adueñarnos de la verdad y disentimos, entonces somos prontos para la violencia.
Los muy lamentables hechos en Ayotzinapa no han hecho otra cosa sino soltar las amarras de la intolerancia, del oscurantismo, de los propósitos mezquinos y cobardes de los que creen que incendiando al país y aniquilando las instituciones se podrán apoderar del mismo. Nada más lejano de la realidad. La Conferencia del Episcopado de México (CEM), al margen de los dogmas religiosos de cada quien, alertó del peligro, el miércoles pasado, en un mensaje titulado “¡Basta ya!”, y en uno de sus párrafos va al fondo: “Que nadie esté como buitre esperando los despojos del país para quedar satisfecho”.
México ha estado sumergido en la violencia desde hace muchos años a causa de la impunidad, corrupción, inmoralidad y por la fatídica clase política que por años se ha olvidado de servir al país.
Ninguna reforma constitucional por sí misma, a pesar de lo infalible que parezca, puede privilegiarse sobre la correcta aplicación de la justicia, del abatimiento de la pobreza, de la educación y del desarrollo; ello constituye una utopía y un flagrante error político.
Es verdad que resulta necesario adecuar e insertar al país en el entorno mundial con la dinámica y los instrumentos precisos; sin embargo, esto no puede llevarse a cabo saltando las necesidades básicas y urgentes de una nación como la nuestra donde la mitad de su población vive en pobreza.
Y resulta doblemente criticable que las carencias estructurales padecidas cotidianamente por esos millones de mexicanos (55 aproximadamente, según el Coneval) pretendan ser subsanadas con programas clientelares que al final, y como en cada sexenio, resultan estériles, y que sirven, en no pocos casos, sólo para el dispendio y enriquecimiento obsceno de quienes están a cargo de ellos.
De lo anterior, se desglosa la justificada indignación de la sociedad mexicana por los acontecimientos recientes de Ayotzinapa y la podredumbre perredista que la provocó. Pero es igualmente motivo de ira y de vergüenza los 72 inmigrantes asesinados en San Fernando, Tamaulipas, o los 22 presuntos delincuentes ejecutados por el Ejército. Pero también cada uno de los asesinados y arrojados a fosas clandestinas en todo el país, así como cada uno de los miles de desaparecidos y que parecen no importar a nadie. Menos al gobierno.
Ignorar necesidades vitales e impostergables de tantos connacionales, tarde o temprano, se convierte, por necesidad, en un peligroso coctel que en más de las veces es aprovechado por fanáticos y antagonistas del orden, armonía, respeto y la paz para agredir y destruir.
Justo es lo que están haciendo los enemigos de México, esos que con una cobardía y bajeza tal se han dedicado a delinquir bajo el cobijo de una capucha, al manto protector de una multitud, pero sobre todo, alentados por la cómplice pasividad y tolerancia criminal de las autoridades en detrimento de la convivencia social y la frágil democracia nacional.
La devastación de propiedades federales, estatales y municipales, incluso de instalaciones de partidos políticos, muestra los propósitos reales de quienes están obcecados en la destrucción de las instituciones y la historia, en deshonrar a México hasta límites diabólicos. Por eso es que no les importa asaltar, profanar, quemar la Puerta Mariana o el Palacio Nacional entero; lo mismo les da incrustarse en las genuinas protestas por los normalistas que en el movimiento del IPN o provocar, de manera perenne, a la UNAM para tratar de inducirlos a la anarquía.
¡Basta de las conductas enfermas, de los enemigos de México!, es la voz que crece día a día. El país no necesita de más violencia, lo que requiere con urgencia es paz, justicia, educación, trabajo, y desarrollo, pero también demanda dejar de lado la actitud timorata de quienes están obligados a preservar el tan devaluado estado de derecho y aplicar la ley ––y aquí nadie debe torcer lo que esto significa, nadie habla de reprimir, simplemente de aplicar la ley––, pues no hacerlo también implica faltar a ella.

@BTU15