REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
28 | 01 | 2020
   

Confabulario

Rumbo a Tepo


Juan Alfonso Milán López

Estábamos viendo el futbol y en el último minuto un pendejo falló una clara oportunidad de gol. Se llevó las manos al rostro como queriendo evitar la vergüenza y disculparse por su error. Cualquiera pudo haber clavado ese balón, estaba completamente solo. Lo vi lamentarse moviendo la cabeza. Cuando terminó el encuentro salió del campo de juego cabizbajo, no quiso hablar con nadie. Un muchacho al que le decían el Guayabo se le acercó tratando de animarlo dándole una palmada en la espalda. El aguacero arreciaba y enlodaba de manera grotesca un amplio sector de la media cancha. Los charcos se formaban debajo del arco y los relámpagos alumbraban las gotas de agua que caían casi de lado.
—Ojalá mañana esté haciendo buen tiempo, se han adelantado las lluvias —dijo Eli mientras cogía mi brazo.
Había permanecido los noventa minutos distraída, cada que un jugador amagaba con horadar la portería volvía sus ojos al área chica, pero después del error se concentraba en sus zapatos y llevaba su mano al mentón llena de aburrimiento.
“Si continúan dándole espacio a la Lombriz, va a terminar anotando”. Pensé mientras la abrazaba y besaba su cabeza. “Mañana acariciaré cada recoveco de tu cuerpo; hundiré mi anular y medio en lo más profundo de tu vientre”.
El partido había tenido sus emociones a pesar de la falta de goles. Casi al concluir vino la lluvia, y arreció cuando ese idiota falló. Los jugadores se habían dispersado y algunos aficionados nos refugiábamos del aguacero debajo de las láminas del graderío. Hacia las tres de la tarde dejó de llover y salimos del deportivo. Íbamos camino a su casa cuando Eli volvió a hablar de la peregrinación que haríamos el día siguiente.
—Llevaré atún en lata y agua embotellada. ¿Tienes lista la casa de campaña y los sleeping bags?
—Sí, y la lámpara de halógeno y una caja de galletas. Iba a decir: “también un paquete de condones ultra sensibles”; pero enmudecí mientras observaba cómo Eli brincaba sobre un charco y su falda se levantaba impidiendo ver los primeros centímetros de piel que cubrían sus pantaletas. Ven acá que te estás mojando las piernas.
La acerqué a mí tomándole las muñecas y tratando de alcanzar su boca. Amagó con aceptar mi beso, aunque en el último impuso se alejó y sonrió con malicia. Tuve miedo que notara mi erección y le pedí que volviéramos a caminar, mantuve un paso atrás para poder cubrirme debajo de la cintura desfajando mi camisa.
Llegamos al portón de su casa, y notamos que el sol había sustituido completamente a la lluvia. Un vapor de agua ascendía del pavimento y Eli me preguntó por qué me había desfajado. Tomó la hebilla de mi cinturón y fue entonces ella quien me acercó a su cuerpo con un brusco movimiento. Me fajó otra vez la camisa e inmediatamente me volvió a pasar. Lo notó y pasó las yemas de sus dedos sobre la mezclilla. Después me tomó del cuello y dijo “mañana”. Nos despedimos fijando la hora en que nos veríamos.
“Por fin me llegó la hora”, y me dirigí feliz a casa aspirando el aroma de la tierra mojada.
“Pienso en ti, en tu ombligo, en la humedad de tu lengua, en las copas de encaje de tu sostén blanco.” Alguien quiso abrir la puerta del baño y simulé bajar la palanca mientras jalaba con más fuerza. “Tu voz se transforma en una sinfonía de gemidos y acaricio tus muslos mientras te beso los tobillos”. Insistían girando la chapa, y un chorro blancuzco salió con gran velocidad esparciéndose en mi pecho. Unas gotas entraron en mi boca y las escupí al sentir el sabor amargo.
—¡Ahora salgo!
Tomé un pedazo de papel para limpiar el líquido que escurría hasta la panza e imaginé a Eli haciendo esa tarea.
Las horas se apresuraron hasta alcanzar la noche, revisé por tercera ocasión que todo estuviera listo. Cerré los ojos pensando en ella, en el roce de sus yemas, en el color de su cabello.
La alborada amenazaba con desprender nuevas gotas de lluvia, pero conforme había mayor claridad, el aroma a humedad se fue perdiendo entre el calor de los peregrinos que llegaba a la explanada de Luvianos. La luz acariciaba tímidamente sus ojos aún adormilados, que se fueron abriendo a cada sorbo de café.
Eli estaba entusiasmada, esperaba con emoción a la vanguardia que nos conduciría hasta Tepotzotlán. La pequeña camioneta pick up arribó mostrando en su parte descubierta una enorme imagen de San Isidro Labrador. Con aplausos y vivas comenzó la caminata. Nos esperaban cuatro días de marcha ardua y sin mucho descanso. La columna había salido a la autopista, y se alargaba tanto, que según oímos decir después, los últimos peregrinos dejaron de distinguir a la camioneta que abría el paso. Eli y yo nos mantuvimos en medio, nuestro grupo se había reducido a diez personas. Hablamos de anteriores peregrinaciones, había un señor que estaba cumpliendo su decimosexta aventura hacia Tepotzotlán.
—A mí nunca me falla San Isidro, siempre me socorre con buenas cosechas y salud. ¿Ustedes tienen alguna petición que hacerle? —nos preguntó. Eli se adelantó a contestar. —Yo voy a pedirle a María de la Cabeza, su esposa, que pueda casarme pronto —me apretó la mano. También voy a pedirle a la Virgen de Guadalupe por la salud de mi pequeña prima. Tiene dolores muy fuertes de estómago y los doctores no saben lo que es.
No expresé ningún deseo porque en realidad no iba a pedir nada. Era la primera ocasión que iría a Tepotzotlán. Quizá sí tenía algo que pedir, pero lo guardaba para mí. “Deseo poner tus pies en mis hombros y hacerte mía hasta el hastío”. Sabía que esa noche la tendría a mi disposición por primera vez, pensé en todas las evasivas que había dado. “Esta semana no puedo porque tengo mucho trabajo”; “Mejor esperemos una ocasión especial. ¿Qué te parece si me acompañas a la peregrinación? estaremos lejos de Luvianos y podremos hacerlo, será emocionante.
“Ayer a estas horas mirábamos el futbol. ¿Qué estará sintiendo el inepto que falló aquella jugada?” Tuvimos hambre y paramos en la cabecera de Tejupilco. Los de la vanguardia habían hecho lo propio y se organizaban para continuar el viaje.
—Les regalo una manzana —ofreció el acólito que creía estar ocupando el cargo vacante del curato de Luvianos. Parece que vamos bien, ojalá esta noche lleguemos a Temascaltepec.
A las cinco de la tarde pasamos por los campos de San Simón de Guerrero. Al toparnos con una milpa le pedí a Eli que se adelantara en lo que arrancaba algunos elotes. Cuando crucé la milpa noté que los que iban adelante habían escogido las piezas maduras y que dejaron unas cuantas tiradas entre las zanjas. Me agaché para tomar una que podía aprovechar. Escuché que alguien se quejaba y al adentrarme en la maleza descubrí a Pablito el herrero mordisqueando las corvas de Mariquita, la hija del quinto regidor. No se percataron de mi presencia y me acerqué para observarlos desde un mejor lugar. Pablito terminó en un abrir y cerrar de ojos. Mariquita consoló su segura insatisfacción tocándose ella misma. “Se acerca mi turno, estoy seguro que duraré más tiempo que este cabrón”. Me alejé buscando otra mazorca, cuando alguien gritaba iracundo. Al parecer era el dueño de la milpa que preguntaba con qué derecho tomábamos sus elotes. Salí de allí corriendo procurando no ser visto, me tropecé con Mariquita quien me señaló la dirección de la carretera.
—Espera —me pidió. Pablito estaba buscando maíz conmigo, pero se retrasó, ayúdame a buscarlo.
Regresé al lugar. Pablito estaba subiéndose el pantalón, y no se dio cuenta que el agricultor llegó por detrás.
—Con que tú eres el que se está robando mi parcela.
No permitió que se levantara el pantalón. Lo amagó con la pistola, le apretó los huevos y se lo llevó a rastras a otra parte. Me reencontré con Mariquita y le dije que Pablito me había pedido que lo esperara. Salí de la milpa y me integré al grupo de los rezagados.
Aceleré el paso para alcanzar a Eli. Eran las ocho de la noche y todo el pelotón se acomodaba en el atrio de la iglesia de Temascaltepec. El sacerdote del lugar salió para avisar que en una hora más daría una misa para bendecir nuestro camino. Algunos peregrinos aprovecharon para pasear por la plaza principal. Me avisaron que Eli estaba allá. Los vendedores de nieves y dulces aprovechaban nuestro paso para incrementar sus ventas.
Vi que Eli estaba probándose un collar de conchitas de mar.
—Se te verá muy bien —pagué su precio y se lo acomodé en el cuello. Mi pecho tocó su espalda y otra vez se abultó la parte entre mis piernas.
—Ya casi, no te desesperes.
Las nueve fueron anunciadas por un toque de campanas. Había que agradecer al anfitrión, todos los peregrinos prestábamos atención al cura que reconocía también las bondades de San Isidro.
—Esperamos que este sea un año muy productivo para sus parcelas. Verán que la divina voluntad del Señor y de San Isidro Labrador habrá de cumplirse para bien de sus cosechas. Les damos la bienvenida y esperamos que su peregrinación concluya con bien.
El sermón del padre me pareció más largo que todo el primer día de recorrido, ya eran casi las diez y cuarto cuando los compañeros de viaje empezaron a instalar sus refugios. La mayoría se quedó en el atrio. Los más jóvenes decidimos aventurarnos y acampar en los matorrales que nacen justo a unos cuantos metros de la iglesia. Busqué el lugar más cómodo, pero al mismo tiempo más apartado. La casa de campaña quedó levantada. Los nervios me impidieron abrir la lata de atún. Eli vio mi torpeza con gracia y me quitó el abrelatas con ternura.
—Primero hay que comer y luego platicar un ratito. Cuando estemos a punto de dormir empezamos.
Hablamos de aquella primera jornada, de lo que nos esperaba los días siguientes, que mañana tendríamos que pernoctar en Toluca. La vi triste, recordaba a su prima enferma.
—Apenas catorce años. ¡Tiene toda la vida por delante!
No debió decir esa última palabra. Miré directamente a sus senos. Quería beber de ellos y después quedarme dormido. Dieron las once y media, y le hice saber que era el momento al tratar de alcanzar sus muslos pero sin lograrlo. Estaba temblando y ella tocó mi rodilla diciendo “tranquilo”. Nuestros besos aceleraron la pasión antes contenida. Cumplí el sueño de conocer lo nunca antes visto. Faltaba completar el círculo, pero lo que antes le había hecho notar, primero con vergüenza y luego con orgullo, no podía estar firme.
—A veces tarda un poquito, verás que después de acariciarnos más estará listo.
Las palabras se llevaron a la práctica, lamentablemente seguía estando dormido.
—Eli, seguro que si tú lo estimulas…
Sacó de su bolsa un aceite para bebé, se humedeció las manos y le dio un masaje. Estaba todo embadurnado de grasa y continuaba totalmente flácido. No funcionó nada, ni el calentamiento previamente practicado aunque en un nivel mayor. A la una nos rendimos y acordamos dormir. Lloré, me abrazó y dijo que estaba bien, que no me preocupara, que quizá fue el nerviosismo o el cansancio de la marcha anterior. Sus brazos me arroparon con cariño maternal.
—Te quiero mucho, no imaginas cuánto. Lo que no pasó esta noche no es indispensable para mí. Mañana las cosas irán mejor —me dijo mientras enjugaba mis lágrimas.
Subimos los cierres de los sleeping bags y dormimos.
A las tres de mañana el acólito decía nuestros nombres afuera de la tienda campaña.
—¿Qué pasa?
—Perdonen, no quise molestarlos a esta hora —su mirada censuraba nuestra situación. ¿Alguno de ustedes ha visto a Pablito y Mariquita? Los hemos buscado por todas partes, no llegaron con nosotros.
Mentí al respecto y Eli dijo que no sabía nada.
—Por cierto Elisa, me comuniqué con tu padre y me dijo que tu prima Ileana se puso grave, está internada en un hospital; es un problema de úlceras. Si quieres suspender el viaje, el transporte de emergencia te puede regresar mañana.
—Sí, tengo que ver a mi prima.
El acólito se fue, no conciliamos el sueño. El resto de la madrugada Eli lo dedicó a orar; yo prendí un cigarro y evoqué la jugada que había errado aquel joven, comprendí la vergüenza que pudo haber sentido y me identifiqué con él.