REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

¿El crecimiento económico puede ser favorable para la democracia?


Francisco J. Carmona Villagómez

Robert Dahl 1 responde a esta pregunta diciendo que el crecimiento económico permite disminuir situaciones de extrema pobreza y, por lo tanto, puede ofrecer una mejor calidad en las condiciones de vida de las personas al reducirse la intensidad de los conflictos sociales y políticos, ya que proporciona más recursos disponibles para alcanzar una serie de compromisos mutuamente satisfactorios, donde la población tenga algo que ganar, disminuyendo al máximo la eventualidad de juegos de suma cero, en que la ganancia de uno significa la pérdida del otro. Además, el crecimiento y una adecuada política fiscal proporcionan a los gobiernos recursos excedentes, que permiten financiar una política social más intensa.
Según, Ernesto Garzón Valdés, para la democracia es importante tener éxito económico y que los bienes del desarrollo se socialicen. La democracia tiene que ver con la economía -para que funcione adecuadamente- debe haber homogeneidad social, para que al poder gozar cada persona de mínimos de bienestar, se sientan representados por las instituciones. Sobre el particular, este autor ha dicho: “La sociedad democrática debe ser homogénea para que no haya sectores sociales que siempre pierdan todo y, con ello, estén dispuestos a seguir jugando al juego de la democracia”2.
Si bien, esta afirmación es útil para revisar algunas aristas que hacen posible la vinculación entre la democracia y el mercado, no puede dejar de reconocerse que en las relaciones económicas se genera desigualdad, no sólo en cuanto a la acumulación de propiedades o bienes materiales, sino a su poder de influencia en la toma de decisiones. Por ello, con motivo de esa desigualdad algunos ciudadanos obtienen una influencia mayor que otros en las decisiones políticas y las acciones del gobierno. Esas asimetrías no son triviales porque cuestionan la base moral de la democracia, que es precisamente la igualdad política entre los ciudadanos.
Siguiendo el razonamiento anterior, frente al 'laisser-faire' del Estado liberal, es válido señalar que éste no ha podido soportar la presión de los movimientos sociales y las razones de la protesta social, ni la inercia de los ciclos económicos. La lección frente a estos episodios es que el capitalismo sin intervención y regulación estatal no puede subsistir. Menos aún en los países con una democracia incipiente, por las siguientes razones:
a) Las relaciones de mercado exigen una intervención estatal, toda vez que los mercados financieros, el respeto a lo pactado o lo contratado entre los distintos actores económicos y la prevención de monopolios, dependen de la regulación del Estado, por la sencilla razón de que el mercado no se auto-regula; y,
b) Si no hay intervención estatal, muchas personas pueden resultar dañadas porque los actores económicos movidos por su interés personal, no tienen incentivos para preocuparse por los otros, ni por el interés colectivo cuando tratan de lograr utilidades.
La democracia en su relación con el mercado enfrenta, entre otros, el siguiente problema: La dominación del sistema económico y financiero global aumenta la desigualdad entre las personas, la heterogeneidad de las sociedades y, por lo tanto, la exclusión de los sectores sociales más débiles. Esta dominación ocasiona diferencias en el acceso a los servicios, como es la atención médica, la educación…, entre otros, pero, sobre todo, a la información, y de esta manera habrá personas que invariablemente quedarán sometidos a la lógica instrumental de los intereses económicos sin posibilidad de revertir esta situación 3.
Para Touraine la democracia tiene tres objetivos: a) disminuir las distancias sociales, lo que supone la regulación del Estado sobre la economía; b) garantizar el respeto a la diversidad cultural y la igualdad de derechos y libertades políticas; y, c) reconstruir el Estado de bienestar.
Hoy corremos el riesgo de que una parte de la población sea excluida del desarrollo y una noción mínima de dignidad. En los países occidentales donde el nivel medio de los salarios y las prestaciones sociales son elevados, existe una tendencia a aceptar la marginación de los sectores de baja productividad y bajos salarios que existen en los países pobres, quienes son los más expuestos a la rigidez de las relaciones de mercado y competencia económica frente a los países industrializados.
El reflejo de esa situación en los países pobres es el vasto sector de los desempleados y de los marginados. Estas personas, considerando la argumentación de Dahl -con la que abrimos este apartado- carecen de 'recursos políticos', no se han beneficiado de la dinámica del crecimiento económico, es decir, no tienen peso ni influencia en el proceso de toma de decisiones; por lo tanto, aunque si bien acuden a expresar su preferencia electoral en los comicios, están marginadas de los procesos democráticos más profundos, porque el peso real de sus decisiones carecen de importancia en la aldea global.
Michelangelo Bovero 4, al referirse a este fenómeno, señala que “la globalización económica ha rediseñado el mapa del globo. En realidad el mundo sin fronteras para la producción y la circulación de bienes y recursos se encuentra marcado por fronteras cada vez más profundas de exclusión y marginación. Es más, la lógica que guía a las trasnacionales a elegir o descartar posibles lugares para localizar sus empresas, induce a los gobiernos a reducir condiciones salariales y desmantelar las garantías normativas del trabajo, con lo que, de paso, se sustrae poder y derechos fundamentales a muchos consumidores”.
Por eso, el maestro italiano manifiesta que existe una fuerte tensión entre el mercado y los principios democráticos, entre los derechos de las personas y la eficiencia del modelo de democracia en el mundo. Asimismo, parafraseando a Bobbio, en su libro el futuro de la democracia 5, Bovero afirma que “después de la caída del muro de Berlín, hemos vivido una efímera estación del triunfalismo democrático, pero la democracia integral no llegó”, peor aún, el problema de la democratización no sólo no avanzó, sino que parece que ha invertido la marcha (barruntos de regresión), y esto se debe a la globalización de los problemas sociales, el modelo hegemónico de algunas economías, la crisis de soberanía de los estados nacionales y la formación en el nivel trasnacional de oligarquías híbridas, político-económico-financieras.
Por eso, se puede afirmar que la mayoría de las decisiones globales carecen de control o legitimidad democrática. El mundo de los poderes globales parece oscilar entre la oligarquía y el estado de naturaleza 6, otra vez, el retorno de los lobos y las bestias que poseen un poder absoluto, la nueva versión del darwinismo del mercado, ante el repliegue de las facultades rectoras del Estado democrático.
Noam Chomsky 7, va más lejos aún, al señalar: “…mundialmente la democracia se encuentra amenazada, incluso en los países más industrializados; al menos si con ‘democracia’ queremos decir algo sustancial que implique la capacidad de la gente para participar en el control sobre sus asuntos personales y colectivos…” “Esta situación está relacionada con los ataques a la democracia y los fundamentos en los que se basa un mercado justo y equilibrado. Estas agresiones nacen del poder de entes corporativos cuya estructura interna es totalitaria, crecientemente entrelazados y dependientes a los intereses de sus respectivos países hegemónicos, y en gran medida libres de toda obligación frente al resto de las naciones. Su inmenso poder sigue creciendo como resultado de una política social que globaliza el modelo estructural del Tercer Mundo, con sectores enormemente ricos y privilegiados, frente a un incremento en la proporción de aquellos que trabajarán con todos los agravios que impone esta vida, suspirando en secreto por una distribución más equitativa de las satisfacciones 8”.
En este sentido, es importante visualizar cómo se han incrementado dentro de un mercado globalizado las asimetrías entre los países y, al mismo tiempo, cómo se han limitado los márgenes de sobrevivencia para los sectores sociales más desprotegidos, quedando cuestionada la capacidad de la participación democrática de estos grupos, lo que se confronta con una realidad que niega los derechos fundamentales de los individuos ante la avasallante cultura del consumo y el poder económico.

NOTAS
Dahl, Robert. Politics, economics, and welfare: planning and político-economic systems resolved into basic social processes, with Charles E. Lindblom. New York, Harper, 1963, p. 25.
2 Cfr. Garzón Valdés, Ernesto. El concepto de estabilidad de los sistemas políticos; Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1987.
3 Touraine, Alain. ¿Cómo salir del liberalismo?, Paidós. México. 1999, p. 76.
4 Bovero, Michelangelo. “Globalización, Democracia, Derechos, ¿Siete Globalizaciones?”, en la Revista de Justicia Electoral, número 17, Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, México, 2002, p. 52.
5 Bobbio, Norberto. El futuro de la Democracia, traducción: José Fernández Santillán, Fondo de Cultura Económica, Segunda edición, México, 1996.
6 Después del 11 de septiembre de 2001, en la escena mundial se están delineando otras figuras de la globalización. La primera es la que podemos llamar la globalización del miedo: el sentimiento de vulnerabilidad; la segunda es el conflicto entre los estados y los intereses económicos del mundo, la respuesta a la globalización del miedo, es la globalización de la guerra”… y, a fin de cuentas la misma violencia que caracterizó al Estado primitivo. Bovero, Michelangelo, op. cit, p.p 55 y ss.
7 Chomsky, Noam. Profit over people, Neoliberlaism and Global Order, introduction by Robert Mc Chesney, Seven Stories Press, New York, 1999.
8 Chomsky, Noam. op. cit. p.p. 124 y ss.