REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

TRANCO I
Para qué insistir en lo mal que está mi país, pobre país. Sí, para qué lanzar mis dardos contra el presidente en turno, para qué decir que ha tirado a la basura la poca dignidad que todavía se tenía en la vida diaria, para qué hablar del cinismo de diputados y senadores y gobernadores, para qué poner énfasis en la venalidad de los jueces mexicas, para qué recordar que la impunidad es la cultura y la práctica y forma de ser de la justicia que pervive en estos lares, para qué retorcerse de dolor cuando se habla de los soldados que han -como lo expresó el obispo Vera- asesinado a miles y miles de ciudadanos mexicanos a lo largo de la historia. No, ya basta. Mejor ocupemos el tiempo en cosas mejores, olvidemos los robos y los fraudes y los delitos fiscales y la corrupción imperante -un amigo en la cantina me dijo que sí, que éste no es un Estado fallido; no, insistió, es un Estado corrupto. Y cuando eso me dijo casi con lágrimas en los ojos, yo recordé a Mario Orozco Rivera, pintor ya fallecido, que en los momentos fúlgidos y trágicos del 68, estando en CU aquella mañana de septiembre, tomó el micrófono y nos dijo que ahora cantaría una canción con letra que él había compuesto y ¡zas! Se lanzó con la guitarra, cuyos lamentos llenaron aquella plaza en donde cientos y cientos de estudiantes, con la rabia y el coraje que les iluminaba el rostro, escuchaban atentos a Mario, y ¿cuál era la letra de aquella canción de protesta compuesta por mi amigo? va: -“Corrupción, corrupción, corrupción./ Corrupción, corrupción, corrupción, corrupción./ Corrupción, corrupción, corrupción (se repite) y así, lo hizo, repitiendo el “Corrupción” tantas veces que contamos media hora continua de esa canción. Corrupción, corrupción, sí, si hoy estuviera Mario Orozco Rivera con nosotros y tomara nuevamente el micrófono universitario, volvería a cantar “Corrupción, corrupción” llegaría a nuestros oídos igual que aquellas veces del 68. Sí, México es un Estado corrupto. Claro que si usted, lectora insumisa, tiene otra opinión y cree que eso no es cierto, está usted en todo su derecho a disentir. Y así, aquella memorable y fúrica tarde del 68, al infinito los campos de la Universidad se llenaron con aquella canción, con aquel himno de protesta, con aquel lamento de la multitud vejada, asesinada por los soldados, por los policías. Hoy quedan como recuerdo las pinturas y las bellas creaciones plasmadas en lienzos de Mario… y su voz… y su protesta estelar…
Y como arriba dije, para qué azotarnos con tanta barbarie, para qué llorar ante los crímenes y los asaltos y los robos ¿para qué? No tiene caso. No va a pasar nada. Todo sigue igual. El “caiga quien caiga” o el “llegaremos hasta las últimas consecuencias” son las frases cotidianas que adornan las páginas de la prensa escrita y llenan los espacios de la TV. Mejor, lectora no priperredepanista, tome un libro, tome a Dostowyevski o a Dante o a Cervantes o a Shakespeare y viaje a las estrellas con sus personajes que son parte profunda de la vida misma. Allí, con estos autores, uno aprende de todo, aprende el valor de las caricias, el valor de la amistad, el valor de los amores profundos, con los personajes que salen de las páginas insólitas, el lector de hoy conocerá a fondo las traiciones, las lealtades, los actos heroicos. Con ellos aprende uno de historia, conoce uno, y no superficialmente, sino con todas las de la ley, el valor de la política. O sea, como dijo Churchill: para aprender política hay que leer a Shakespeare. Sí, lean, lean. Lean a los clásicos, allí, al abrir el libro, los espíritus burlones saldrán a habitar nuestra mente y nos darán algo de vida y nos darán lecciones profundas para sobrellevar las cargas existenciales. Lean. Sí, para existir en la vida hay que leer. Y hoy más que nunca hace falta tener esa maravillosa disciplina. Hoy nos hace falta leer y leer mucho. Hoy, en esta época de satélites y de ipads y iphones y de CP, y de fibras ópticas y de rayos lasser, el placer de tomar un libro, olerlo, sostenerlo con las manos ávidas de amor, acariciarlo, y luego empezar su lectura -puede acompañarse y es muy recomendable con una copa de vino- y meterse de lleno en las aventuras, en los capítulos, en el bagaje inmenso que subyace en ellos, eso, digo, eso es vivir, eso es saber vivir. Es un viaje fantástico estar al lado del Quijote y gozar y sufrir con sus aventuras, es terrible convivir con el pavorosamente poético criminal Ricardo III, y azorarse al estar junto a Macbeth, y soñar y tomar partido por Romeo y añorar el amor por Julieta.
En fin, lectora amiga, la invitación para este año terrible es para que lea. Usted escoja. Hay clásicos que son imperecederos. Búsquelos y léalos. Mientras un abrazo. Vale. Abur.