REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2019
   

Arca de Noé

La culta polaca


Por Supuesto

Conmigo no cuentan, por Supuesto
Encabezada por Javier Sicilia circula una proposición, que por lo menos se debe considerar ingenua, puesto que con ella se quiere demostrar el hartazgo de los electores ante los partidos políticos, que no representan a los ciudadanos: no votar, no participar en las próximas elecciones. Pero si sabes contar, poeta, no cuentes conmigo, por Supuesto.
–«Para que nada nos ate –postulaba paradójicamente aquel prodigioso verso de un congruente y político poeta, Pablo Neruda–, que no nos una nada». Y está bien el consejo para los amantes, a quienes sólo debe ligar el amor, pero no para el contrato social democrático que deben significar las elecciones y el respeto al voto.
¿De veras creerá Sicilia que con no ir a votar se van a avergonzar los políticos y a partir del rechazo popular van a prometer portarse bien para recuperar la credibilidad? En primer lugar, si supieran lo que es el honor no serían políticos, como ocurrió con el heterónimo de esta sección, Héctor Anaya, quien rechazó hace tiempo la proposición que le hizo el Dr. Lauro Ortega cuando presidía el PRI, para que aceptara ser diputado de ese partido. Y con un poco de pundonor no secundarían a los partidos que los hayan ungido legisladores.
Pero ni tienen vergüenza ni tienen dignidad. Se les ha exhibido, se han difundido las videograbaciones en que aparecen prepotentes, en el momento de recibir dinero o cuando lo solicitan, se les ha expuesto en plenos actos amistosos con personajes de la delincuencia organizada, narcos o asesinos, ¿y qué han hecho?
Lo que aconseja el Manual del perfecto infiel cuando la cónyuge lo sorprende, negar todo, nunca aceptar: «No soy yo», «Editaron mi voz o mi imagen», «Yo nunca he dicho (o hecho) eso». Pero si las pruebas son contundentes y si inclusive hay testigos que lo confirman en alguna comparecencia, siempre hay el expediente de la teoría de la conspiración: «Mis rivales políticos me están armando un teatrito», «Les pagaron para que declararan contra mí», «Mis enemigos políticos han inventado todo».
En apoyo del abstencionismo, se dice que «el gobierno impone a los suyos», que todo es puro chanchullo, que los poderes fácticos van a volver a triunfar, que el voto ciudadano no vale. ¿Y entonces? ¿Dejar el campo libre es lo mejor?
De esa manera, gobernadores, presidentes municipales y de los otros, quedarán en libertad de manipular todo cómodamente, a sus anchas, con legisladores a modo, jueces serviles y dizque defensores de derechos humanos proclives al soborno o sumisos a la amenaza.
Puestos en ese plan, rendidos ante la realidad y ya que es comprobable que al periodista crítico tampoco se le hace caso, ni se le toma en cuenta, habría que dejar de escribir en contra, para que les duela a los corruptos que ya no nos ocupemos de ellos.
A partir de una lógica semejante, que tampoco la gente proteste, ni participe en manifestaciones, aunque le maten a sus hijos, violen a sus hijas, mutilen a sus familiares, desaparezcan a sus amigos.
Por el contrario, poeta, hay que ejercer el voto para contener un poco el despotismo –no ilustrado, sino analfabeto–. Con que algunos diputados honestos y unos cuantos senadores pundonorosos lleguen al Congreso, se les puede aguar la fiesta a quienes conspiran contra el país y sus habitantes. No hay que dejarles el carro completo, como cuando López Portillo fue el único candidato y entonces con un solo voto podía ganar. ¿Para qué le sirvió el poder absoluto?
Se le reprocha a Bartlet no haber sido lo que ahora es: un contestatario; pero sin él y sin Javier Corral, sin Encinas, sin la Sansores, no habría habido contrapeso a los afanes mercantiles del neoliberalismo.
Así que, poeta Sicilia, lo reitero: si sabes contar, no cuentes conmigo, Por Supuesto.

Leer y escribir
Como ya se sabe, el heterónimo de esta sección, Héctor Anaya, imparte privadamente, desde hace varios años cursos especiales de Redacción Literaria y de Lecturas de los Clásicos, Universales y Castellanos, con los que pretende subsanar la falta de dos asignaturas pendientes en todo el sistema escolar: Leer y Escribir.
Y es que de primaria a universidad, no se enseña al educando a leer, sino apenas a cumplir con lo que su etimología exige, légere: ligar, juntar, recoger, reunir. Que el alumno aprenda a juntar letras, palabras, o a lo sumo, en la llamada “lectura de comprensión”, que recuerde la anécdota, la historia y que junte 200 palabras por minuto.
Pero “entender, para que leer sea un placer” no forma parte del aprendizaje escolar; descubrir qué es lo que el escritor pretendió decir con una historia determinada, no está en las prioridades educativas, ya que no se sigue el principio que hace más de 200 años señaló el preceptor de Simón Bolívar, el profesor Simón Rodríguez: “El deber de un maestro no es trasmitir conocimientos, que para eso está la Enciclopedia, sino enseñar a pensar”. (Hoy podría decirse “la internet”).
De ahí que se considere importante estimular la verdadera escritura, ya que entraña ordenar los pensamientos y expresar con claridad las ideas o los sentimientos. Escribir tampoco es “juntar palabras” sino comunicar textualmente (texto, es tejido, por eso la industria es textil), de una manera precisa, lógica, bella de ser posible, elegante, amena, imaginativa, propia y con riqueza de vocabulario.
En vez de ello, se distribuyen recetas de escritura, que repiten presuntos maestros, tal vez conocedores de teoría y de técnica, pero que no escriben, no publican y no saben cómo reaccionan los lectores ante sus proposiciones.
La creatividad literaria es así reducida a cartabones. En vez de estímulos a la imaginación, muchos profesores tratan de reducir todo a reglas inquebrantables y en lugar de explorar con el alumno los alcances de la palabra, imponen los límites que la Academia determina. Y no es que la redacción no requiera de la disciplina y el orden, sino que las herramientas y los recursos literarios deben ser usados en beneficio de la creatividad y no en contra de ella.
El esquema escolar de la escritura es pobre y caduco. Ningún escritor respetable y acreditado, escribe como indican en la cátedra: anunciar el asunto, establecer los antecedentes, exponer el tema, desarrollarlo de manera lineal, de principio a fin, concluirlo y después explicar qué se quiso decir.
No resulta extraño que con esas deudas en la currícula académica, la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) haya determinado que el país tiene 65 años de rezago en la lectura y que la UNESCO sitúe a México en el lugar 107 de los 108 que enlistó por sus hábitos de lectura. Si se hiciera una evaluación en lo que hace a la escritura, seguramente México ocuparía lugares semejantes, ya que entre escribir y leer hay un paralelismo inseparable.
Por eso en el Taller Abrapalabra, Escritura y Lectura tienen vasos comunicantes que se nutren mutuamente. La Redacción, impartida por el maestro que lee, escribe y publica, explora las posibilidades lúdicas del texto leído y escrito. Los libros de los mejores autores son gozados y estudiados, en tanto que a los alumnos se les estimula para que produzcan una escritura imaginativa, divertida, regida por juegos más que por leyes, para volver placentero el conocimiento de reglas gramaticales, que no encarcelen a las palabras, sino que las dejen vagar en libertad.
Al término de los cursos, el alumno habrá entrado al terreno de la gran literatura universal y castellana, sabrá de los mejores ejemplos de prosa y poesía y conocerá de los alcances y posibilidades de la escritura correcta y clara. Tendrá mejores medios de expresarse.
Los cursos los imparte el escritor, periodista y editor Héctor Anaya, con gran experiencia docente, pues ha dado clases de Creación Literaria y Lectura de los Clásicos, en la UNAM, la UAM, el Politécnico, la Universidad Pedagógica Nacional, la Escuela de Escritores de SOGEM, de la que fue maestro fundador.
Es autor de 25 obras publicadas, de varios géneros literarios: Cuento, Novela, Teatro, Ensayo, Guión de Cine, Radio y Televisión e innumerables obras didácticas. Como periodista condujo y produjo en radio y televisión programas culturales, en Televisa, TV Azteca, Radio Universidad, la XEW, la XEQ, la XEX y actualmente colabora en Radio Red. Sostuvo, durante año y medio en Radio Educación, lecciones de Lectura de los Clásicos Castellanos y Universales.
Entre sus obras más importantes, destacan las novelas: El sentido del amor, Vida y Milagros, Los cuadernos de Ariadna (en prensa); los cuentos: El suicida (Premio Nacional de Cuento), Como el calor al fuego (Premio Iberoamericano de Cuento), Kid Sapito, Cuentos de mediodía y cuentos de medianoche; las obras de teatro La adivinanza, Yo, tú y lo cursi, Cenicienta 2000, Remedios contra la melancolía; los ensayos: Los monitos, Los parricidas, En público de la gente, Hacerse de palabras, Libertadores y revolucionarios con nombre de calle, El arte de insultar, El patrimonio intangible, Gente con nombre de calle (en prensa); y varias obras de literatura infantil: Cuenta cuenta (Premio Nacional de Cuento Infantil), Palabras en juego, Clásicos… pero divertidos, Adivinanzas de nuestro mundo y de nuestro tiempo, La magia de las palabras, Cuentos nuevos para nuevos niños, Cuentos para no dormir, Etimologías para niños, Fiesta de palabras.

La imaginación abandonó el poder
En el 68, los jóvenes de entonces, presumimos en todo el mundo que la imaginación había tomado el poder.
Y es que entonces, en efecto, se pusieron en práctica nuevas formas de protestar: frases en los muros, manifestaciones multitudinarias, lemas polémicos, reflexivos, tan eficaces que ahora los más conservadores los usan, en otro sentido.
Todo se reinventó: canciones, bailes, festivales al aire libre, vestimenta, peinados, otra manera de decir las cosas, formas distintas de organizarse y de expresarse, de amarse, de comunicarse, de combatir, de resistir. Nació el poder juvenil, el femenil, la diversidad sexual y ambiental, los organismos de derechos humanos...
Pero la parte contraria también aprendió y además de infiltrar a los grupos contestatarios y colocar a provocadores dentro de las filas de manifestantes, reinventó los medios en su provecho, para dar lugar a la “mediatización” y actualizó el esclavismo y el terrorismo. Puso la televisión, el cine, la prensa, los libros, al servicio de la disgenesia y la enajenación y se dio sus mañas para encarcelar a la imaginación.
Frente a esas nuevas tácticas del poder, la protesta se ha anquilosado: se siguen las viejas prácticas de la manifestación, el mitin, el volanteo, la arenga, el griterío de lemas y la única novedad ha sido el uso de las redes sociales, que pueden ser bloqueadas, “hackeadas”, “desfiguradas”, con la misma instantaneidad con que se producen.
El poder se defiende con leyes, reglamentos, policías, soldados, represión justificada en función de la seguridad del estado o por medidas “antiterroristas”, copiadas de la metrópoli. Los poderes fácticos controlan todo con dinero, empleo o la amenaza del despido, segregación, estigmatización. Y la otra delincuencia organizada impone leyes de la selva, o aterroriza con asesinatos, ejecuciones, descuartizamientos, mutilaciones, cobra cuotas que son impuestos ilegales sobre los legales.
¿A nadie se le ocurren nuevos métodos de lucha contra una economía neoliberal que a todos subordina?
¿Quién le pega al monstruo en las entrañas?
¿No hay un Odiseo que le clave una lanza al ojo del cíclope?
¿Y si en vez de no pagar impuestos, que es un hecho punible, se ensaya el no gastar, que no es delito, pues no está prohibido por la ley y no hay manera legal, constitucional, de obligar a nadie a comprar?
¿Qué tal si un día, un solo día, ningún automovilista carga gasolina en los establecimientos expendedores y deja sin ingresos a los concesionarios y a Pemex y a Hacienda? ¿Qué tal si de esa manera se acaban los gasolinazos?
¿Y qué tal si un día la gente deja de entrar a las tiendas Wal-Mart, Soriana y a los supers, a las tiendas de conveniencia -lo que esto signifique- y no le hace el gasto a Liverpool, Palacio de Hierro y en general no acude a las plazas comerciales y todos los demás tendajones? ¿Se sentirían obligados los comerciantes a bajar los precios?
Son acciones legales, no armadas, no violentas, que podrían demostrar el poder ciudadano y que mostrarían que hay otras formas de pelearle a las sociedades mercantiles.
¿Que no son fáciles y que hay que trabajarlas? Pues sí, pero ésa es la tarea de las nuevas generaciones. Los del 68 ya hicimos lo nuestro.

El patrimonio intelectual de los políticos
A lo mejor un día los políticos se ponen la soga al cuello, en caso de que lleguen a aprobar una efectiva ley contra la corrupción y el conflicto de intereses, que además los obligue a rendir declaración detallada de sus bienes y riquezas, para que la gente sepa si son bien habidos o mal habidas y también informen cómo es que se incrementa su patrimonio.
Aun así, apenas si sabríamos algo de cómo llegan a acondicionar el progreso nacional con su propio enriquecimiento. ¿Pero de su patrimonio intelectual cómo se puede saber a cuánto asciende? ¿Están preparados, tienen el mínimo coeficiente intelectual para hacerle bien al país? ¿Fueron educados para pensar? ¿Tienen la inteligencia suficiente para hallarle solución a nuevos problemas o solamente fueron instruidos para aplicar recetas enviadas del extranjero?
En el año 2001 otro fantasma recorrió el mundo, el fantasma del idiotismo, pero en este caso aplicado a George W. Bush, a quien un supuesto Instituto Lovenstein de Pensilvania, le atribuía un coeficiente intelectual (IQ) de 91 puntos, en tanto que Clinton alcanzaba 145, más allá de la media, de 80 a 120.
Luego resultó que no había tales estudios, ni tal Instituto y que todo había sido una broma, aunque el bajo coeficiente de Bush sí fue cierto, aunque un poco más arriba de 91 puntos. Más tarde apareció un no desmentido psicólogo político, Aubrey Immelman, que enlistó a todos los presidentes, Obama incluido, y siguió colocando a Bush entre los menos favorecidos en el reparto de neuronas y a James Carter entre los mejor dotados
Algo parecido, ni de broma lo ha intentado psicólogo mexicano alguno y menos aún alguna institución de prestigio. Pero no estaría por demás exigir alguna demostración de la capacidad intelectual no sólo del aspirante a Primer Mandatario, sino de todos los componentes del gobierno y de los servidores públicos en general, para saber realmente qué salario se merecen. El curriculum vitae, que a lo sumo se le exige a alguien, no es suficiente. Pueden tener los políticos licenciaturas, maestrías y hasta doctorados, sin que ello signifique necesariamente capacidad para saber administrar los asuntos del país, en beneficio de la nación y no de los capitales extranjeros. Además de que muchos de tales títulos pueden ser “hechizos” o conseguidos tramposamente, ya sea en instituciones de estudios superiores, nacionales o extranjeras.
Lo que habría que garantizar es un buen puntaje de coeficiente intelectual, una especie de evaluación, que los legisladores y el Secretario de Educación y el presidente Peña Nieto le exigen a los profesores, pero a la que ellos no estarían dispuestos a someterse.
Si no quieren sujetarse a un simple examen médico, para que los votantes conozcan sus condiciones de salud física, menos aceptarán otros que mostraran su salud mental y menos aún su capacidad intelectual.
Pero, situados en el idealismo, cabe esperar que algún día pueda conseguirse saber si los gobernantes, de los tres o cuatro poderes que existen, se sirven de las pocas o medianas neuronas que tienen para dedicarlas al incremento del PIB (Producto Interno Bruto) o puede esperarse de ellos que quieran aumentar el PII (Producto Interno Inteligente).