REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

Confabulario

DesCuentos por La Madrastra de las Cuentas Claras


Ylia Kazama

     Había una que otra vez unos cuentos de juguete que se
     contaban los unos a los otros.


Cuentos de Juguete serie Ñoños

–¡Frota, cielo!... ¡Sigue frotando!... No te detengas...
–Cuando encuentres mis deseos lo sabrás...
Enterado el mundo de su fin, pidió su última voluntad.
-¡Sea!, dijo y... fue.
Se despertó llorando, soñó que él la abandonaba. Al abrazar la almohada, empezó a sonreír, había sido sólo un sueño. Escucho la puerta cerrarse...


Cuentos de Juguete serie del Reino

La princesa calzó las zapatillas al príncipe,
mordieron la manzana envenenada,
repetían el amor nuestro de cada día
y murieron felices para siempre.

El bardo se enamoró de la reina madre; de su edad y tono de voz. Él, poco a poco, fue quedando mudo, la reina sorbía sus palabras para dar a luz a peones hablantines.
La sota de copas cambiaba las barajas, encendía cirios y estiraba los brazos hacia el cielo. Las mezclaba de siete en siete cada día viernes porque deseaba dejar de ser quien era para ser la Reina de Corazones Negros.
En el Imperio del Destierro vivía un Príncipe que estaba enamorado de la muñequita de la tarta de bodas. Así, él se casaba cada semana y encerraba en la torre a sus esposas. Era la única manera de abrazar a la muñeca cada siete días.
El espejo real se fue enamorando de la cortesana. Cada vez que ella se observaba, el reflejo perdía la serenidad y llovía.

Cuentos de Juguete serie Amo A To´

El Doctor


Cuando tenía siete años, José, mi mejor amigo, me dijo de jugar al doctor.
Mis amigas ya habían jugado con otros niños, pero yo no sabía de qué iba el juego, así se lo dije a José. Él contestó que era fácil: se trataba de tumbarme boca arriba y poner las manos juntas, quedarme quietecita; así lo hice y me quedé dormida.
Cuando desperté, José no estaba. Mi madre me regañó, dijo que el chico se había marchado hacía horas; que era de mala educación soñar mientras tenía visitas.
De niña nunca más jugué al doctor, pero desde entonces sé que mis encuentros con seres del sexo contrario son algo extraños –eso dicen también mis pocos amigos normales–; conozco desde a Jack el DesPrestigiador hasta a Xan el psicópata que pinta grafitis en el metro de Nueva York.
A Jack le he enseñado a seducir sin destripar; al psicópata, a pintar sobre cuerpos en vez de muros yertos.
Cuando tengo insomnio, me tiendo a juego a morirme y entonces sueño que visito a José el Forense y le enseño los misterios de la auscultación.

La ventana, el marco

     “…Escribo por ese poco de sangre que aún me importa,/
     por los que creyeron en mí/
     y ahora están tan traicionados como yo./…”
   
Daniel Osorio
    Periodista, poeta nacido en 1969 en Santiago de Chile


Sofía pensó en sus manos apoyadas en el dintel de la ventana, desnuda de la cintura para abajo. Pensó en el cuerpo entero, no solo en el pene de Juan penetrándola mientras ella lo poseía. Sudaban y se amaban de la misma manera, nunca hubo otra pareja tan unida como ellos. A pesar de que llevaban más de diez años juntos, siempre parecía que recién habían descubierto los besos. Esa noche se poseyeron como dos locos, alargaban el momento del orgasmo pero ese 11 de septiembre no hubo tal.
De pronto, el estallido. La suerte estaba echada. La tropa había dado un golpe sin retorno, La Moneda era un billete de cambio. Llegaron tres militares y mataron a Juan, no sin antes violar ante los ojos de él a Sofía. Torturaron, vejaron cada centímetro del cuerpo de él y cobijados por la oscuridad, lo arrojaron a la puerta de su casa; el aire olía a papeles quemados.
El corazón de Sofía se hizo jirones. No existe peor cosa que una mujer buena con el corazón roto, porque cada pedazo se reparte en el mundo dando a luz, cada amanecer, a un dolor nuevo.
Hacía dos años que Juan había sido asesinado, tenía heridas en todo el pecho, sus orejas rasgadas, sus pies sin dedos, partidos en dos porciones; como una mañana ciega sus ojos, su boca como pozo seco. Juan en lo más hondo. Pasarían centurias y Sofía jamás olvidaría cómo se amaron, lo que eran él y ella durmiendo juntos: una prosa con solapas verdaderas.
Ahora nadie le dice Sofía sino puta. Una Sofía enterró con sus manos a Juan en medio de la tormenta para que nadie supiera dónde había quedado el cuerpo y de ahí, otra mujer salió a repartir el corazón a la gran ciudad mexicana. Ingenua creyó que al exiliarse su dolor se liberaría, pero las pequeñas cosas esclavizan más que las lágrimas. Descubrió que miraba un mundo que apenas recordaba, desde otro lado del mundo donde ella solo sobrevivía. Arrastraba el alma, escribía su historia con los huesos, leía y releía; volvía sobre sus pasos, tomaba la dimensión del tiempo acercando su historia a las historias de los otros. Ahora Sofía es la mujer que pasea su llanto por el Monumento a la Revolución.

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