REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 07 | 2019
   

Confabulario

El baturro de la Guerrero


Benjamín Torres Uballe

Como cada viernes en los últimos meses, descendí del Metrobús en la estación San Juan. Me reuniría con Elías, mi gran amigo desde hace 39 años. Quedamos de vernos en la calle de Dolores. Llegué a las tres como lo habíamos acordado por teléfono el día anterior, él, lo hizo cinco minutos después. Bromeamos un poco y enseguida nos encaminamos al café, ahí “arreglaríamos” el mundo, lo hacíamos semanalmente en el Villa Arias y en ocasiones saludábamos ahí al autor de Chin Chin el Teporocho, Armando Ramírez, al parecer asiduo cliente del lugar.
-Buenas tardes, dos capuchinos por favor, el encargado, a fuerza de pedirle lo mismo, le dijo a su ayudante en tono imperativo: -trabajan par de capuchinos más cargados. Cada sorbo resultaba catártico, el aroma era un placer sólo similar al que me sigue produciendo ver, después de tantos años, los esplendorosos ojos moros de mi mujer.
Salimos después de una hora, caminamos por la vetusta calle de López, hasta alcanzar la Avenida Juárez, nos encontramos con el gentío; incorporados a ella, admiramos del lado izquierdo el imponente Palacio de las Bellas Artes que en ese momento recibía en su costado derecho las otoñales pinceladas del astro rey, haciéndolo lucir aún más sobrio y elegante.
Al pasar frente al Sanborns recordamos cuando, laborando en esta zona, con frecuencia desayunábamos allí, en la barra, atendidos por la siempre amable y diligente Perita, que terminó prendada, más que de los encantos físicos del terrible Elías, de su seductora retórica. Ellos, en malévola complicidad querían afanosamente concertarme una cita con “la Güicha”, una locuaz compañera del restaurante; hoy, aún, no sé con qué perversos fines.
Cruzamos el Eje Central y con el primer paso que dimos en la calle Madero, queda la impresión de adentrarnos en un fascinante paseo surrealista. Artistas urbanos, organilleros -pocos y en extinción-, volanteros ofreciendo lentes rápidos “los que necesite, en una hora”; otros, insistiendo en el espléndido bufet a tan sólo 70 pesos, “es el mejor del centro, no se va a arrepentir”.
Hasta donde la vista alcanza, sólo se ve un vasto río de gente, la mayoría son jóvenes, también turistas, una de ellos, blanca, con dos trencitas, vistiendo una falda floreada que le llega hasta los tobillos pero que permite ver los huaraches atiborrados por unos pies descuidados y mugrosos le pregunta a Elías en un español casi ininteligible: -oh, señor, ¿dónde estar las Bellas Artes?-, antes de contestarle, mi amigo le aplica una mirada escaneadora, para enseguida contestarle poniendo en práctica su fluido inglés aprendido en el curso gratuito impartido por el DIF de Tlalnepantla: -two blocks right-, sorprendentemente la güera, cuyo aroma a leguas denotaba la ausencia de un buen baño en varios días, le contestó con una amplia sonrisa: -ok, thank you very much-, para de inmediato dar la vuelta con su pesada mochila en la espalda.
Siendo los dos un par de irredentos chilangos (bueno, él por adopción, ya que en realidad nació en Pánfilo Natera, Zacatecas) disfrutamos cada paso en la calle más bonita de la ciudad de México, nos regodeamos con las bellezas arquitectónicas, los templos de San Francisco, el expiatorio de San Felipe de Jesús, el Palacio de Iturbide, el Museo del Estanquillo, la Profesa, y la inagotable cantidad de mujeres hermosas que desfilan por la antigua calle de Plateros, lo mismo que la versatilidad de los productos que se ofertan en los aparadores de la zona: joyerías, ópticas, tiendas de ropa, chácharas, ¡ah!, y nos hemos vuelto unos habilidosos y sagaces escapistas de las hordas de limosneros, vendedores ambulantes, predicadores de todos los cultos, en fin, de todos esos profesionales de la mendicidad y del “taloneo”.
No podía faltar la típica escala en los helados. Aunque nuestras respectivas economías abandonaron hace muchos años una incipiente bonanza, de vez en cuando aún podemos darnos ese paradisiaco placer; yo pedí el de costumbre: menta con chispas de chocolate, Elías, el de chocolate triple.
Realmente el helado me provoca un estado extático. Dedicados ambos a saborearlo, transcurría nuestra caminata hacia el Zócalo, cuando delante de nosotros vimos una figura impresionante dentro de unos jeans ajustados, rubia, de andar exquisito. El pervertido de mi amigo y yo nos volteamos a ver con cara de “qué bruta, está buenísima”, la escultural mujer, que a su paso atraía las miradas lujuriosas de los transeúntes, dobló a la izquierda en la calle de Palma, rumbo a la de 5 de Mayo, ése no era nuestro camino, pero instintivamente la seguimos. Las hormonas se apretujaban dentro de nosotros y ya nos era imposible apartar la mirada de esa graciosidad.
Caminábamos metro y medio atrás de ella. Entonces pasó un repartidor de pizzas en una bicicleta que, disminuyendo sensiblemente la marcha le gritó: -adiós mamacita, si como lo mueves lo bates, ¡qué rico chocolate, biscochote!-, iban nuestros brazos en el aire para recordarle a la autora de sus días al osado mequetrefe, cuando escuchamos de parte de la dama: -biscocho tu madre, estúpido naco-, nos quedamos fríos Elías y yo, la voz era potente, grave y ronca; ¡de un hombre! Discretamente nos escurrimos en dirección contraria y al doblar la esquina reímos estrepitosamente, en tanto dijimos: “le cae negra al que lo cuente”. A nadie lo contamos jamás ni hemos vuelto a tocar el tema.
Cuando llegamos al Zócalo, previo al crepúsculo, soplaba un ligero vientecillo frío, sin embargo, había igualmente mucha gente en la plancha central, familias, enamorados tomados de la mano y perpetuándose en alguna selfie, algunos vendedores furtivos, el infaltable brujo realizando “limpias”. Por sobre todo ello, llamó poderosamente mi atención la esplendorosa Bandera monumental que majestuosamente ondeaba como saludando a los visitantes.
-Mira, dijo Elías, -señalando precisamente en dirección a la base del asta-, ese loco vestido de torero, vamos a ver.
Caminamos unos cien pasos y llegamos, había unos cuantos curiosos. Era un hombre de piel blanca vestido con un traje que alguna vez fue de torero, la montera era negra, quizás con rojo, tenía un agujero al frente; la taleguilla era un desastre, pero aún, a pesar de lo sucio podían adivinarse los colores oro y vivos verdes aunque una de las mangas estaba sostenida del resto con abundante cinta canela. Pude darme cuenta -después de varios intentos- que la camisa era blanca, muy percudida y le faltaban botones, sobre ella el delgado corbatín negro. El pantalón marfil adornado con bordados azules, le quedaba holgado, y mostraba una abertura en el costado de la pierna derecha. No traía las medias, ni las zapatillas usuales de los matadores de toros; este orate usaba unos deteriorados tenis Converse rojos de bota, incluso, uno sin agujetas.
El tipo tenía en el piso un letrero de cartón escrito a mano con la leyenda: “Ayuden a un matador en desgracia”. Algunos compasivos mirones le arrojaban monedas al bote vacío de chiles serranos que tenía una etiqueta de “La Costeña” dispuesto para tal propósito. Mientras, él declamaba con voz maltratada pero fuerte, un poema de García Lorca:
“Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso…

Lo decía con profundo sentimiento, con los ojos al cielo, y cuando los bajó para ver a quienes lo oían, hizo una pausa, como de distracción, como si hubiese olvidado la letra, el semblante mostró atención en los que estábamos al frente del semicírculo, permaneció así unos 10 segundos y de súbito gritó: -eres tú, sí, claro tú eres-, los sorprendidos espectadores nos volteamos a ver unos a otros tratando de saber a quien se dirigía, entonces le dije a Elías, -ya vámonos-; empezábamos a caminar cuando el tipo gritó: -alto, te lo ordeno, no os marchéis, insensato Efraín.
Seguramente vio en mi rostro la encendida sorpresa y en mi actitud defensiva, el deseo de alejarme mientras se abalanzaba con los brazos abiertos -salúdame hermano, ¿acaso me has olvidado?, Elías, sumamente sorprendido al igual que yo, advirtió -cuidado, enloqueció, ¿lo madreamos? -No, tranquilo, aguanta -respondí un tanto nervioso.
Evadí el abrazo, pero acepté la arrugada mano, en ese momento ya no me pareció peligroso, más bien sincero y cálido.
-Efraín, soy yo, Francisco.
-No te recuerdo, dime de dónde me conoces.
-De la escuela, de la primaria.
Entonces mi mente buscaba la conexión, ir hacia la información que me llevara hasta el punto de procesar mis distantes recuerdos escolares, y había en ellos una especie de punto vago y muy lejano que, sin embargo resultaba insuficiente todavía.
-¿Qué primaria? -pregunté capciosamente
-La Belisario Domínguez, ¿recuerdas?
Efectivamente -me sorprendí-, ésa era mi escuela primaria, pero caray, quien era él.
-Cuál era la dirección, dije, para comprobar el dicho.
-En la Guerrero, en Héroes 25
Todo apareció entonces como una nítida biografía en el momento que observé detenidamente sus marchitos ojos claros.
-¡Paco, claro, pero hace tantos años recabrón, ¿qué chingadas loqueras haces aquí?
-Los avatares de la inexorable vida, hermano.
-Pero, intenté interrumpirlo.
-Busqué destacar en la fiesta más noble sobre la Tierra: la Fiesta Brava, y de verdad me esmeré en ello, empecé como novillero, igual que lo hacen las grandes figuras del toreo, pasando hambres y soportando abusos de los voraces e inhumanos empresarios que te pagan un peso por torear en plazas de los pueblos más recónditos sin las mínimas condiciones de seguridad ni de honor.
-Ahora recuerdo que muchas veces platicabas en el recreo acerca de los toros, pero a los diez años pues no se le presta demasiada atención a ello.
-Empezaba a recoger los frutos de mi esfuerzo, representaba ya algo de dinero, fama, mujeres, comodidades, pero… -, y agachando la cabeza, guardó silencio.
-¿Qué pasó entonces? Solté a bocajarro.
-Una cornada, hermano, una dura cornada aquí en la ingle, dijo, señalando esa parte de su cuerpo; el cuerno del toro atravesó la ingle y dañó parte de mi columna vertebral, limitando mi andar. Tan desgraciado accidente me imposibilitó para torear más. Allí se acabó mi vida, la vida del Curro el Intrépido que era así como me conocía la noble afición en el tendido de sol.
-Pero, ahora, ¿qué haces, a qué te dedicas?
-A esperar la hora del arrastre, mi vida es más triste que una tarde del invierno más gélido, dijo con una gran pesadumbre.
-Hombre, que no eres precisamente un anciano, puedes hacer otras cosas.
-Joder, no digas sandeces, nunca aprendí otro oficio, aposté mi vida a la tauromaquia y no me arrepiento, aunque hoy los ignorantes compañeros del albergue donde mal duermo, socarronamente me llamen despectivamente el Baturro de la Guerrero.
Se encendieron las primeras luces de Palacio Nacional, del Edificio del Antiguo Ayuntamiento y de la Catedral, caían entonces las primeras luces de la noche, extendí mi mano y le dije:
-Sentí emoción de verte Paco, cuídate mucho-, nos abrazamos con fuerza, despedía un olor nauseabundo, tal vez a fracaso.
-Hermano, ¿acaso podrías obsequiar algunos duros a un matador en desgracia?
De los 200 pesos que llevaba en la cartera separé 20 y el resto se los entregué, me di cuenta que sus ojos azules se humedecieron y que las palabras se agolparon en la garganta.
-Adiós, mataor, que la Virgen de Guadalupe te bendiga siempre, fue mi deseo cuando nos despedimos.
-Hasta siempre, Efraín, respondió con la potente voz, mientras con su mano derecha simulaba un pase de pecho que los escasos mirones que todavía permanecían festejaron a coro con un ¡oleeeee matador! que retumbó en los edificios cercanos.
Callados atravesamos la plaza para volver a casa. La Noche ya se había adueñado del hermoso Patrimonio de la Humanidad, nuestro inigualable Centro Histórico.
-¿Qué te pareció Elías?
-Historia conmovedora, como muchísimas alrededor del mundo.
-Vale, Elías, nos hablamos en la semana.
-Ok. Ya quedamos, nos abrazamos con el indestructible sentimiento de dos amigos, lujuriosos, sí, pero también generosos.

©Benjamín Torres Uballe
18 enero 2015