REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

De nuestra portada

De utopías andantes…


Julio César Ocaña

“No son éstos, tiempos propicios para la utopía”, nos recuerda don Adolfo Sánchez Vázquez (†).
―Más aún, don Adolfo, sepultureros de la utopía abundan, y son bien pagados por cierto…
“Utopía” es un concepto renacentista (si bien ya de utopías etéreas escribía Platón). Pienso en “Utopía”, la clásica de Tomas Moro, pero también en las utopías de Campanella y Bacon, y en la de Morelly, en el siglo de las luces. Por supuesto, en las de los socialistas utópicos, ya entrado el siglo XIX (Saint-Simon, Owen, Fourier y Cabet). Pero, sobre todo, pienso en la utopía comunista de Marx y Engels, la única realmente posible, la única apalancada científicamente; la utopía en la cual creo, en la que sueño; la que me alienta...
“El hombre libertario seguirá creando sueños y tramando utopías hasta el fin de sus días” (Cartas desde Berlín, p. 20).... Aunque no es guisar enchiladas, eso de tramar utopías. Ya sabemos eso, dolorosamente lo sabemos. Por eso, creer en utopías no es cosa de hombres comunes, es misión histórica de Caballeros andantes…
Acabo de releer, una vez más, El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, esta ocasión en la práctica y funcional versión digital, esa bella que anda navegando por allí, gratuitamente, en el ciberespacio…
Como todas las veces, me sumergí en la loca y sutil, aunque profundísima sabiduría de su protagonista, y me solacé con su cándido humor, con ese humor que para Octavio Paz es “el gran invento” de los tiempos modernos, invento que debemos a Cervantes, fundador del arte de la novela (junto con Rabelais), y padrino de la era moderna, en opinión de Kundera (al menos en la literatura, reflejo elaborado de la realidad).
Pues bien, me detuve un poco más en el Capítulo XI (I), a pensar y a repensar el discurso de Don Quijote, donde se refiere a esa “dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío…”

Discurso que da pie a esta aventurada reflexión que gustoso comparto, de la mano, debo decir, de los preclaros encaminamientos del respetable filósofo hispano-mexicano Adolfo Sánchez Vázquez.
Pero, sigamos con el discurso de Don Quijote a los cabreros hospitalarios y generosos que, azorados, escuchaban palabras tan descabelladas:
“Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas que literalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para la defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre; que ella, sin ser forzada, ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los concejos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño, ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había asentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había que juzgar, ni quien fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, solas y señeras, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento las menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propia voluntad…”
He aquí la utopía del caballero andante: Un mundo dichoso, una edad dorada, que algún día existió, aunque fuese en su imaginación, pero que, en la visión de otros quijotes más modernos, no sólo es deseable, sino posible.
En su fantasiosa y fantástica reseña, don Quijote apunta tres aspectos dignos de resaltar:
a) La ignorancia del “tuyo” y del “mío”; es decir, la ignorancia de la propiedad privada.
b) La comunidad de bienes, y
c) La liberación del trabajo.
Justamente son estos tres elementos las piedras angulares de la sociedad comunista, visualizada por Carlos Marx y por Federico Engels. Esto solo me bastaría para afirmar categóricamente que en lo más profundo de los anhelos quijotescos anidaba esta grandiosa idea. Es verdad que el manchego atolondrado hablaba mirando hacia atrás en el tiempo, en tanto que los marxistas lo hicieron (lo hacen, lo hacemos) mirando hacia adelante en la historia. Lo importante para este caso es la existencia de la idea, de lo posible pasado, en un caso, y de lo posible futuro en el otro. Pero no es mi intención adjudicar semejantes pensamientos, locos o no, a unos cuantos precisos. Si somos curiosos, veremos que tanto en el antiguo Platón como en el renacentista Moro, o en el ilustrado Rousseau, sin pasar de largo a los predicadores del socialismo utópico, aparecen, una y otra vez, en distintos pasajes de sus magnas obras, o incluso en varias de ellas, los mismos conceptos, más remarcados en unos que en otros, pero presentes siempre en todos ellos. No es pues ocurrencia de uno el sueño de una sociedad que ignore el “tuyo” y el “mío”, que viva en comunidad de bienes y que se halle liberada del trabajo. Tan no es ocurrencia de uno o dos iluminados, preclaros, visionarios, que ya los humildes y auténticos primeros cristianos habían hecho de estas locas ideas forma de vida y convivencia, tal y como nos narra el evangelista Lucas en los Hechos de los apóstoles. Si bien, el último elemento, el de la “liberación del trabajo”, sólo lo encontramos en Carlos Marx y en Don Quijote, aunque distintos por su contenido y por sus formas.
En su obra fundamental, Das Kapital, el fundador del materialismo dialéctico e histórico y de la economía política marxista concibe la generación de “tiempo libre” como escenario propio de la libertad. ¿Pero, de dónde sale el tiempo libre? Pues de la productividad del trabajo. Ésta, a su vez, es resultado de un desarrollo colosal de las fuerzas productivas del hombre: de la ciencia, de la técnica, de la tecnología, del desarrollo organizacional… Al liberarse el hombre del trabajo, de la necesidad de trabajar, o al lograr la posibilidad de dedicar cada vez menos tiempo al trabajo, sin por ello ver menoscabada la producción de bienes y servicios en su beneficio, pasa del reino de la necesidad al reino de la libertad. Esto es, en la visión de Marx (en resumidas cuentas) el comunismo. O sea: ¡Riqueza! ¡Tiempo libre! ¡Libertad! (mas, para todos, no para unos cuantos, como sucede en las sociedades de clases). Me refiero, esencialmente, a lo mismo de lo que hablaba don Quijote a los cabreros. Resulta interesante observar cómo el héroe manchego no se queda en lo económico (como tampoco Marx), sino que va más allá todavía.
Veamos: “Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia... No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y la llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señera, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propia voluntad.”
Así era la imagen de la sociedad utópica (pasada) que soñaba don Quijote, una sociedad que existió en los tiempos dichosos de una Edad de Oro supuesta…
Es de resaltar que la utopía de nuestro entrañable deschavetado implicaba también una crítica de su entorno, de su realidad circundante. Crítica que percibimos claramente cuando se refiere a la “Edad de Hierro”, en la que impera el fraude, el engaño y la malicia; en la que no existen la paz, la amistad ni la concordia, y en la que el entendimiento del juez se asienta en la “ley del encaje”.
Me vienen a la mente, por analogía, las palabras pesimistas, pero tristemente verídicas, de Octavio Paz en La llama doble:
“Si pensamos en términos históricos, vivimos en la edad del hierro, cuyo acto final es la barbarie; si pensamos en términos morales, vivimos en la edad del fango.”
La crítica cervantina en El Quijote va más allá, pues, del plano económico (propiedad privada) de la “Edad de Hierro”. Se extiende a lo político, a lo social, a las instituciones (Iglesia, Estado), y a la moral imperante que dicta, que prescribe, que prejuzga, y que juzga y condena… Sin querer queriendo, sin decir diciendo, nos aclara don Quijote que todas esas inhumanidades del hombre derivan de un pecado original: La propiedad privada, y en esto coinciden (¿curiosamente?) ambas visiones, la quijotesca y la marxista. Si acaso hubo una dichosa “Edad de Oro”, se debió a la ignorancia del “tuyo” y del “mío”. Si acaso habrá una dichosa nueva, futura “Edad de Oro”, se deberá entonces a la abolición de ese “tuyo” y de ese “mío”.
Y, otra coincidencia más: al igual que en Marx, Don Quijote no se detiene en la proclamación de la superioridad y la grandeza de la Edad de Oro. Este último se propone, ferviente y apasionado, desinteresado por supuesto (como corresponde a todo caballero andante), mediante sus temerarias hazañas, hacer realidad esa Edad de Oro.
Poner en práctica los postulados de justicia, equidad, honradez y solidaridad, es para nuestro héroe manchego un imperativo moral, una cuestión de honor; y, sobre todo, una cuestión de amor… Y por ello y para ello fue que “se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos….”
Y remata contundente, digno y orgulloso:
“Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el agasajo y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero…”
Bien podría haber agregado, digo yo: ¡Cabreros de todos los países, uníos!
La Edad de Oro es posible, mas no por arte de magia o por milagro divino, sino fruto de la lucha, de la batalla, de la aventura, del milagro de la acción.
Don Quijote teoriza, pero demuestra que su convicción es, también, un asunto de hechos. Teoría y Praxis, diría Marx. Por ello afirma Sánchez Vázquez que la utopía cervantina “no es sólo asunto de ideas o de ideales, sino de acción y actividad práctica. La utopía es aquí no sólo la visión de un mundo ideal, sino de un mundo que debe existir, y este 'debe', como imperativo moral, es el que empuja a Don Quijote a la acción.”
Y, sin embargo, Don Quijote fracasa una y otra vez en su incansable afán libertario y justiciero. ¿Por qué fracasa nuestro héroe? ¿Acaso porque construir utopías no es “enchílame otra”? Creo que eso lo sabemos de sobra, y de allí se afianzan, de ahí se agarran con uñas y hasta con dientes, los sepultureros del ideal socialista, los enterradores de la utopía comunista. “¿Ven? El socialismo ha fracasado, el socialismo no sirve, el socialismo no es posible”, nos escupen en el rostro. “¿Lo ven?: Marx estaba equivocado”. “Déjense, de una vez por todas, y para siempre, de sueños, de utopías… La Edad dorada es quimera quijotesca…” “¿Abolición de la propiedad privada? ¡Jamás!” “Un mundo sin propiedad privada es inconcebible…”, pregonan histéricos.
¿Es imposible la utopía, acaso porque es contraria a la naturaleza humana? ¿Existe una “naturaleza humana”? O existen, más bien, circunstancias…, y por tanto, situaciones moldeables, modificables, superables… Si me preguntan, yo digo que el hombre no es ni bueno ni malo por naturaleza; el hombre, en cambio, puede elegir ser bueno o ser malo, o sus circunstancias lo pueden predisponer para lo uno o para lo otro. Y aquí hallamos otra razón para el fracaso de Don Quijote: Él quería transformar el mundo como resultado de su lucha solitaria; mas, al contrario, tan colosal y tan compleja tarea no puede ser una tarea individual, sino colectiva. He aquí una de las diferencias entre ambas intenciones “utópicas', la de Don Quijote y la de Carlos Marx.
Miguel de Cervantes Saavedra, el prohombre renacentista, iniciador de la Edad moderna, nos enseña más y nos demuestra, aunque de manera subliminal, que fue un tan genial como sublime precursor de la concepción y de la visión marxista del hombre y de la historia. El Manco de Lepanto insinúa que la utopía de su Quijote está condenada a fracasar una y otra vez; sí, pero siempre y cuando no se ofrezcan determinadas condiciones para su realización. Don Quijote fracasa, entre otras cosas, porque toma ventas por castillos y molinos por gigantes; y porque cabalga en un jamelgo escuálido, y porque sus armas son rudimentarias, y porque tiene por acompañante a un único y pobre hombre ignorante y mal comido, por si lo anterior no bastara. Fracasa, prácticamente, por ser un héroe solitario.
Y nos preguntamos preocupados: ¿El fracaso de Don Quijote equivale, acaso, al fracaso de la utopía?
Una lección importantísima, entre muchas más, de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, es que la locura de transformar el mundo será una locura perdurable en tanto no entendamos que transformar nuestras circunstancias debe ser la obra de muchos quijotes individuales, pero unidos en pensamiento, en palabra y en acción. La transformación de nuestra “Edad de Hierro” en una “Edad de Oro”, será fruto de la unión, de la cooperación, de la organización y la solidaridad de muchos Quijotes y, entre más seamos, mejor. O, simplemente, no será…
El fracaso concreto, al pretender realizar nobles ideales, como bien apunta el maestro Sánchez Vázquez, no significa, por ello, que hay que renunciar a la utopía en nombre del más craso realismo. “No se puede vivir sin utopías”, nos dice, “como sugieren los agoreros que hoy proclaman su fin.”
Por eso Cervantes, a pesar del trágico fracaso de su personaje ficticio, no renuncia a ella, a la utopía.
En el capítulo final: “De cómo Don Quijote cayó malo y del testamento que hizo, y su muerte”, así nos lo confirma.
Al volver Don Quijote a ser de nuevo Alonso Quijano; o sea, al despertar de su locura, al final de sus días, pareciera que, luego de tantísimos desastres y penurias, sus sueños se disiparían y morirían con él. Y sin embargo, no sucede así. Sancho Panza, su fiel escudero, toma entonces la estafeta y se hace cargo del legado utópico de su Señor, y le dice: “Levántese desa cama, vámonos al campo…”. Y con ello, Cervantes reafirma lo que se desprende de la lectura de su visionaria obra como sueño deseable y posible, como utopía realizable. A saber: que un emprendimiento como el de don Quijote de la Mancha, está, ciertamente, destinado a fracasar. Que esto, sin embargo, no representa el fin de la utopía. Que, por el contrario, la utopía es tan necesaria e ineludible como lo es el anhelo de una vida digna, justa y libre; de una vida en armonía, paz y amor. Que esta utopía es no sólo necesaria sino apremiante, y que bien vale, por la altura de sus miras, por la nobleza de su intención, enfrentar todos los escollos que se opongan a su realización y correr todos los riesgos que implique, que no serán ni pocos ni pequeños.
Finalmente, me resta decir, parafraseando al recientemente fallecido maestro Adolfo Sánchez Vázquez, uno de los filósofos marxistas contemporáneos más preclaros y consecuentes, que esta utopía, necesaria para trascender el mundo existente y vivir una vida mejor, será, sí, una locura quijotesca, siempre y cuando quienes pretendamos realizarla no tomemos en cuenta la realidad que nos hemos propuesto transformar. Tal premisa es una de las tantas enseñanzas que nos brinda la lectura de El ingenioso Hidalgo en tiempos en que, ante el fracaso de una utopía histórica concreta, los apologistas de la propiedad privada y de la explotación del hombre por el hombre proclaman el “fin de la utopía”.

¡El comunismo es una utopía andante, viva y andante!